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Paz y Ciencia
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domingo, 23 de enero de 2022

OPTIMISMO: LUIS ROJAS

 
Luis Rojas Marcos. Psiquiatra. Psicología.


¿Qué es el optimismo?

"Hemos de explicar un poco lo que es el optimismo. Los escritores y filósofos del siglo pasado tenía una visión muy negativa del mismo, lo asociaban a la ignorancia y la ingenuidad. En la década de los 90 del siglo pasado empieza a estudiarse de un modo más científico, coincidiendo en el tiempo con la medicina de la calidad de vida. Ya no se trata sólo de curar enfermedades sino de mejorar y alargar la vida. En farmacología la primera medicina que va en esta dirección es la píldora anticonceptiva. También comienzan a analizarse los beneficios del ejercicio físico. En este contexto, el optimismo se pone bajo la lupa y se descubre ligado al concepto de esperanza -pensar que lo que deseamos va a ocurrir- y al descubrimiento del centro de control dentro de uno mismo -poder decirnos: 'yo soy capaz de hacer algo para salir de aquí y por protegerme', en vez de fiarlo todo a la suerte. Otro rasgo del optimismo está vinculado a la forma de explicarnos las cosas. Dado que el cerebro humano no funciona sin explicaciones, todos con el tiempo desarrollamos nuestro estilo explicativo, de modo que las personas más optimistas se caracterizan por no culparse ante los fallos y por pensar que el daño se va a arreglar. Y otro ingrediente del optimismo es la memoria biográfica positiva, es decir, centrarse en los buenos recuerdos a la hora de enfrentarnos a una adversidad".

domingo, 17 de noviembre de 2013

Felicidad y resiliencia: Luis Rojas Marcos

ENTREVISTA | Luis Rojas Marcos

'El instinto de la felicidad funciona incluso en las situaciones más difíciles'


El psiquiatra Luis Rojas Marcos. | El Mundo El psiquiatra Luis Rojas Marcos. | El Mundo

Ángeles López | Madrid
Actualizado martes 08/01/2013 08:17 horas
    En plena crisis económica, y rodeados de noticias que van minando nuestra alegría diaria, Luis Rojas Marcos dice haber identificado los protectores de la dicha. En su nuevo libro, 'Secretos de la felicidad', enumera además los mecanismos neuroquímicos que están detrás de las emociones placenteras. De esto y, de muchas otras cosas, este psiquiatra, que dirigió durante siete años el Sistema de Sanidad y Hospitales Públicos de Nueva York, ciudad donde reside, habla en una entrevista con ELMUNDO.es durante una visita en Madrid.
¿Por qué escribe sobre felicidad?
La medicina hizo un cambio significativo hace 20-25 años y fue cuando nos dimos cuenta de que no basta con curar las enfermedades, sino que es importante valorar el estado inmunológico y emocional, qué cualidades tenemos los seres humanos naturales que nos protegen o que nos ayudan a superar situaciones difíciles en la vida. Se empezaron a investigar temas como el optimismo y la felicidad, la capacidad de relacionarse... Es un tema que antes trataban los filósofos, pero no se había estudiado de una forma metódica. De ahí que yo también entrase en ese mundo, de estudiar la influencia de las cualidades positivas.

¿Es usted feliz?
Yo me doy un 8,5. Ese número va a ser muy parecido en muchas personas diferentes, aunque cambies de país, excepto en aquellas que no tienen cubiertas sus necesidades y también en las personas que están deprimidas. Al 80%, si le preguntas, va a dar más de un 5, hombres, mujeres, mayores...

¿Los españoles tienen alguna particularidad?
Aquí no se habla de la felicidad. No se presume de ser feliz. En Estados Unidos, en cambio, se glorifica la felicidad, y no es que sean más felices (normalmente se puntúan también con un 7 o un 8), sino que la cultura fomenta hablar del tema, hasta el punto de que la mayoría de las personas creyentes piensan que cuanto más feliz eres más probabilidades tienes de ir al cielo.

¿Por qué les cuesta tan poco ser felices a los niños?
Porque el instinto de la felicidad es genético. Todos nacemos con la capacidad de proteger y buscar nuestra satisfacción de la vida, necesaria para que la especie continúe. Los niños, si les dejamos tranquilos, de forma natural van a ser felices, porque está en sus genes. Incluso algunos que pasan por una infancia muy dura, luego les preguntas cómo de felices son y te dan un 7 o un 8, porque lo han superado. Normalmente, el ser humano tiende a sentirse bien.

¿Usted fue un niño feliz?
Síiii (pensativo), yo fui un niño con problemas, hiperactivo, que me cateaban, y lo pasé muy mal, porque a mis padres no le gustaba lo de los cates. Pero en aquel momento, si me hubieras preguntado, cuando tenía 12, 13 ó 14 años no sé lo que hubiera contestado. Luego tuve la suerte de que mi madre me dijo: 'parece que tienes buen oído para la música, ¿por qué no pruebas algún instrumento?'. Y empecé a tocar el piano, y con 15 años ya tocaba la batería en un conjunto, que es el instrumento ideal para un niño hiperactivo. Aquello ayudó a mi autoestima porque, aunque me cateaban, eso de tocar por la radio, me ayudaba a ligar y pensaba: 'Soy un desastre en el cole, pero mira, caigo bien'. Eso me sirvió para nivelar mi autoestima. A medida que empecé a comprender que podía utilizar el exceso de energía para estudiar más o trabajar, me fue yendo mejor. Mirando hacia atrás, con todos los problemas, en general me doy un 8,5.

¿Cómo se potencia la autoestima en un adulto?
En una persona adulta es más complicado, a no ser que su autoestima haya bajado por algo concreto. En ese caso, estas personas son más fáciles de ayudar. Por ejemplo, si está deprimida porque ha roto con su pareja o tiene problemas en su familia, es lógico que la autoestima baje. La cuestión es superar ese problema.
Ahora, si la persona ha crecido con una autoestima baja y se mantiene, cambiar eso requiere tiempo y mucho esfuerzo, y dinero por lo menos en Estados Unidos, porque es algo que se ha consolidado. Hay que empezar a hacer listas, para encontrar algo con lo que se encuentre bien. Y comenzar a desarrollar parcelas que la persona pueda desarrollar para aumentar su autoestima.

¿Se puede ser feliz con una situación económica difícil?
Sin conocer el caso concreto no se pueden dar consejos buenos. Si una persona no tiene empleo, lo primero que le preguntaría es cómo se siente. Y probablemente nos llevaríamos una sorpresa. Porque es fácil que nos diga que bien. Porque puede decir: 'Aunque no tengo trabajo tengo la suerte de que mi familia me ayuda, y me entiende, y también me he organizado mi día, hago deporte, leo más... Del cero al 10, estoy en un 6'. El instinto de la felicidad funciona incluso en las situaciones más difíciles. Nacemos con esa necesidad de sentirnos bien. De forma instintiva echamos mano de protectores. Hay algunos que podemos trabajar mejor, también hay que diversificar.

¿Es mejor dejar de hablar de la crisis para ser felices?
La queja forma parte de la esencia de este país. La utilizamos para dialogar, para relacionarnos. Nos quitan la queja, ¿y de qué vamos a hablar? Es un elemento esencial en esta cultura. ¿Cómo le vas a decir a la gente que deje de hacerlo? Aquí atrae mucho hablar de la tragedia, pero cuando preguntas: '¿Y tú cómo estás?' Normalmente, la gente se da una nota alta, a pesar de estar rodeados de tragedias. Hay que tener en cuenta esa dicotomía, lo general y lo individual.

¿Hay muchas personas que no se fían del psiquiatra?
Sí, y muchas otras que no van por miedo al que dirán. La enfermedad mental tiene mucho de estigma, no en todos los sitios, por ejemplo en Nueva York hay gente que presume de ir al psiquiatra. Pero todavía ir al psiquiatra no es fácil, sobre todo en los pueblos o en las ciudades pequeñas.

Usted, psiquiatra, ¿ha ido alguna vez al psiquiatra? ¿Ha tenido alguna vez depresión?
Sí. Cuando murió mi padre, estaba en Nueva York. Él había sido un buen padre, pero era autoritario. Luego me fui y nunca hablamos. Me hubiera gustado hablar con él, aclarar cómo me sentía con él. Me sentí deprimido. Y me ayudó ir a un colega.
Después del 11-S, que lo viví muy cerca, me dediqué a trabajar. No notaba nada hasta que un día empecé a sentirme raro. También fui a hablar con un colega y le conté lo que había vivido aquel día y aquella semana.

¿Tomó alguna medicación?
No, no me la recetaron, pero me la hubiera tomado.

¿Cuáles son las herramientas para conseguir la felicidad?
Hablar, contar historias... Contar algo que no entiendes bien, al hablarlo lo organizas, y al organizarlo empiezas a entenderlo, a darle sentido. Cuando empecé a hablar con mi colega sobre el 11-S, le empecé a contar mi historia, y de esta manera le di su significado.
Por otro lado, está demostrado que el ejercicio físico es muy útil para la mente.

Usted empezó a correr a los 40 años, ¿por qué lo hizo?
Por la hiperactividad y el estrés. Mi mujer me dijo: 'Mira Luis, no hay quien te aguante'. Yo nunca había hecho ejercicio. Lo mío era aplicar la energía en otra cosa. Ella me convenció y compró una cinta [rodante] que puso en el dormitorio. Fue un reto. Recuerdo que corría dos minutos y tenía que parar. Pero con el tiempo notaba que me sentaba muy bien aquello de sudar. Así que pasé al parque y vi que me gustaba. Y cuando alguien me dijo: '¿Por qué no corres un maratón?' Lo intenté, y ya llevo 19 maratones.

¿Su mujer notó diferencia?
Sí, y yo también. Quería mantener la relación. Hubiera hecho lo que fuera.

O sea, ¿que empezó a correr por amor?
Sí, empecé a correr por amor. No se me había ocurrido.

http://www.elmundo.es/elmundosalud/2013/01/04/neurociencia/1357324787.html
 

domingo, 22 de septiembre de 2013

Instinto de Felicidad

'El instinto de la felicidad funciona incluso en las situaciones más difíciles'

El psiquiatra Luis Rojas Marcos. | El MundoEl psiquiatra Luis Rojas Marcos. | El Mundo
En plena crisis económica, y rodeados de noticias que van minando nuestra alegría diaria, Luis Rojas Marcos dice haber identificado los protectores de la dicha. En su nuevo libro, 'Secretos de la felicidad', enumera además los mecanismos neuroquímicos que están detrás de las emociones placenteras. De esto y, de muchas otras cosas, este psiquiatra, que dirigió durante siete años el Sistema de Sanidad y Hospitales Públicos de Nueva York, ciudad donde reside, habla en una entrevista con ELMUNDO.es durante una visita en Madrid.
¿Por qué escribe sobre felicidad?
La medicina hizo un cambio significativo hace 20-25 años y fue cuando nos dimos cuenta de que no basta con curar las enfermedades, sino que es importante valorar el estado inmunológico y emocional, qué cualidades tenemos los seres humanos naturales que nos protegen o que nos ayudan a superar situaciones difíciles en la vida. Se empezaron a investigar temas como el optimismo y la felicidad, la capacidad de relacionarse... Es un tema que antes trataban los filósofos, pero no se había estudiado de una forma metódica. De ahí que yo también entrase en ese mundo, de estudiar la influencia de las cualidades positivas.

¿Es usted feliz?
Yo me doy un 8,5. Ese número va a ser muy parecido en muchas personas diferentes, aunque cambies de país, excepto en aquellas que no tienen cubiertas sus necesidades y también en las personas que están deprimidas. Al 80%, si le preguntas, va a dar más de un 5, hombres, mujeres, mayores...

¿Los españoles tienen alguna particularidad?
Aquí no se habla de la felicidad. No se presume de ser feliz. En Estados Unidos, en cambio, se glorifica la felicidad, y no es que sean más felices (normalmente se puntúan también con un 7 o un 8), sino que la cultura fomenta hablar del tema, hasta el punto de que la mayoría de las personas creyentes piensan que cuanto más feliz eres más probabilidades tienes de ir al cielo.

¿Por qué les cuesta tan poco ser felices a los niños?
Porque el instinto de la felicidad es genético. Todos nacemos con la capacidad de proteger y buscar nuestra satisfacción de la vida, necesaria para que la especie continúe. Los niños, si les dejamos tranquilos, de forma natural van a ser felices, porque está en sus genes. Incluso algunos que pasan por una infancia muy dura, luego les preguntas cómo de felices son y te dan un 7 o un 8, porque lo han superado. Normalmente, el ser humano tiende a sentirse bien.

¿Usted fue un niño feliz?
Síiii (pensativo), yo fui un niño con problemas, hiperactivo, que me cateaban, y lo pasé muy mal, porque a mis padres no le gustaba lo de los cates. Pero en aquel momento, si me hubieras preguntado, cuando tenía 12, 13 ó 14 años no sé lo que hubiera contestado. Luego tuve la suerte de que mi madre me dijo: 'parece que tienes buen oído para la música, ¿por qué no pruebas algún instrumento?'. Y empecé a tocar el piano, y con 15 años ya tocaba la batería en un conjunto, que es el instrumento ideal para un niño hiperactivo. Aquello ayudó a mi autoestima porque, aunque me cateaban, eso de tocar por la radio, me ayudaba a ligar y pensaba: 'Soy un desastre en el cole, pero mira, caigo bien'. Eso me sirvió para nivelar mi autoestima. A medida que empecé a comprender que podía utilizar el exceso de energía para estudiar más o trabajar, me fue yendo mejor. Mirando hacia atrás, con todos los problemas, en general me doy un 8,5.

¿Cómo se potencia la autoestima en un adulto?
En una persona adulta es más complicado, a no ser que su autoestima haya bajado por algo concreto. En ese caso, estas personas son más fáciles de ayudar. Por ejemplo, si está deprimida porque ha roto con su pareja o tiene problemas en su familia, es lógico que la autoestima baje. La cuestión es superar ese problema.
Ahora, si la persona ha crecido con una autoestima baja y se mantiene, cambiar eso requiere tiempo y mucho esfuerzo, y dinero por lo menos en Estados Unidos, porque es algo que se ha consolidado. Hay que empezar a hacer listas, para encontrar algo con lo que se encuentre bien. Y comenzar a desarrollar parcelas que la persona pueda desarrollar para aumentar su autoestima.

¿Se puede ser feliz con una situación económica difícil?
Sin conocer el caso concreto no se pueden dar consejos buenos. Si una persona no tiene empleo, lo primero que le preguntaría es cómo se siente. Y probablemente nos llevaríamos una sorpresa. Porque es fácil que nos diga que bien. Porque puede decir: 'Aunque no tengo trabajo tengo la suerte de que mi familia me ayuda, y me entiende, y también me he organizado mi día, hago deporte, leo más... Del cero al 10, estoy en un 6'. El instinto de la felicidad funciona incluso en las situaciones más difíciles. Nacemos con esa necesidad de sentirnos bien. De forma instintiva echamos mano de protectores. Hay algunos que podemos trabajar mejor, también hay que diversificar.

¿Es mejor dejar de hablar de la crisis para ser felices?
La queja forma parte de la esencia de este país. La utilizamos para dialogar, para relacionarnos. Nos quitan la queja, ¿y de qué vamos a hablar? Es un elemento esencial en esta cultura. ¿Cómo le vas a decir a la gente que deje de hacerlo? Aquí atrae mucho hablar de la tragedia, pero cuando preguntas: '¿Y tú cómo estás?' Normalmente, la gente se da una nota alta, a pesar de estar rodeados de tragedias. Hay que tener en cuenta esa dicotomía, lo general y lo individual.

¿Hay muchas personas que no se fían del psiquiatra?
Sí, y muchas otras que no van por miedo al que dirán. La enfermedad mental tiene mucho de estigma, no en todos los sitios, por ejemplo en Nueva York hay gente que presume de ir al psiquiatra. Pero todavía ir al psiquiatra no es fácil, sobre todo en los pueblos o en las ciudades pequeñas.

Usted, psiquiatra, ¿ha ido alguna vez al psiquiatra? ¿Ha tenido alguna vez depresión?
Sí. Cuando murió mi padre, estaba en Nueva York. Él había sido un buen padre, pero era autoritario. Luego me fui y nunca hablamos. Me hubiera gustado hablar con él, aclarar cómo me sentía con él. Me sentí deprimido. Y me ayudó ir a un colega.
Después del 11-S, que lo viví muy cerca, me dediqué a trabajar. No notaba nada hasta que un día empecé a sentirme raro. También fui a hablar con un colega y le conté lo que había vivido aquel día y aquella semana.

¿Tomó alguna medicación?
No, no me la recetaron, pero me la hubiera tomado.

¿Cuáles son las herramientas para conseguir la felicidad?
Hablar, contar historias... Contar algo que no entiendes bien, al hablarlo lo organizas, y al organizarlo empiezas a entenderlo, a darle sentido. Cuando empecé a hablar con mi colega sobre el 11-S, le empecé a contar mi historia, y de esta manera le di su significado.
Por otro lado, está demostrado que el ejercicio físico es muy útil para la mente.

Usted empezó a correr a los 40 años, ¿por qué lo hizo?
Por la hiperactividad y el estrés. Mi mujer me dijo: 'Mira Luis, no hay quien te aguante'. Yo nunca había hecho ejercicio. Lo mío era aplicar la energía en otra cosa. Ella me convenció y compró una cinta [rodante] que puso en el dormitorio. Fue un reto. Recuerdo que corría dos minutos y tenía que parar. Pero con el tiempo notaba que me sentaba muy bien aquello de sudar. Así que pasé al parque y vi que me gustaba. Y cuando alguien me dijo: '¿Por qué no corres un maratón?' Lo intenté, y ya llevo 19 maratones.

¿Su mujer notó diferencia?
Sí, y yo también. Quería mantener la relación. Hubiera hecho lo que fuera.

O sea, ¿que empezó a correr por amor?
Sí, empecé a correr por amor. No se me había ocurrido.

sábado, 14 de septiembre de 2013

El Escenario

Qué extraño, dondequiera que fijo los ojos, siempre ven las cosas desde mi punto de vista.
Asleigh Brilliant.
Pensamientos, 1985

La curiosidad por entenderse a sí mismos es la principal fuerza que impulsa diariamente a millones de hombres y mujeres a buscar con avidez historias humanas con las que identificarse.

Pero basta ya de mí! Hablemos de ti... ¿Qué piensas de mí?"
Edward I. Koch, alcalde de Nueva York, entrevista 1987

jueves, 31 de enero de 2013

Termómetro de Felicidad: Luis Rojas Marcos

El cielo no es menos azul porque las nubes nos lo oculten o los ciegos no lo vean. (Proverbio danés)

El termómetro de la satisfacción con vida marca niveles muy reconfortantes y saludables entre la población general. La excepción son aquellos que carecen de recursos básicos para poder sobrevivir o quienes están sumidos en el sufrimiento constante y pierden las ganas vivir. Numerosas investigaciones multinacionales confirman que alrededor del 85% de las personas afirman sentirnos satisfechas con la vida en general. Este mismo porcentaje de individuos no solo se declara razonablemente feliz, sino que al compararse con el resto del mundo, se considera más dichoso que "los demás" o que "los otros". De hecho, nuestro cerebro está programado para que sea así.
Si nos centramos en los españoles, estamos entre los diez más felices del planeta.
La actitud positiva  de las personas ante la vida es perfectamente compatible con una amplia variedad de infortunios e inconvenientes, siempre que estos no resulten muy dañinos para la autoestima y el bienestar cotidiano.

Sobre el libro de Luis Rojas Marcos: Secretos de la Felicidad


http://youtu.be/DjzgjhSJ2Oc Me haces bien

miércoles, 30 de enero de 2013

Felicidad: Secretos

La felicidad no es un ideal de la razón, sino de la imaginación

[...] desde el amanecer de la humanidad, los genes que configuran el instinto de felicidad han promovido los temperamentos más sintonizados con las emociones agradables o las experiencias dichosas, sumándose al proceso de selección natural que premia las cualidades beneficiosas para la prolongación de la esperanza de vida. Por ello no debemos olvidar que muchas de las conductas gratificantes también nos ayudan a sobrevivir. En este sentido, la felicidad es el premio que recibimos por obedecer a nuestros impulsos naturales que favorecen nuestra supervivencia.
La propensión a sentirnos dichosos se plasma continuamente en nuestras relaciones afectivas y en las actividades que llevamos a cabo como seres creativos. Tal propensión es también evidente en los valores culturales, las normas sociales y las creencias que albergamos. El instinto de felicidad se complementa, además, con estrategias protectoras que aprendemos y practicamos a lo largo de la vida.
La satisfacción con la vida no está reñida con las preocupaciones o los contratiempos cotidianos.
Poco a poco se va entendiendo también la influencia de ciertos genes concretos sobre la satisfacción con la existencia: recientemente, genetistas como Avshalom Caspi y sus colegas han descubierto un gen, denominado 5-HTT, implicado en la distribución en el cerebro de la serotonina, la hormona que regula nuestro estado de ánimo. Cuando este gen se daña, la persona se hace propensa a los principales impedimentos o barreras de la felicidad: el desánimo, el estrés psicológico y la ansiedad.
En conjunto, los estudios sobre la influencia de los genes demuestran que el ADN heredado de nuestros progenitores determina aproximadamente el 40% de los protectores de nuestra felicidad, como la salud, la autoestima, el pensamiento positivo, la sociabilidad, la extroversíón y otros rasgos temperamentales que nos predisponen a sacarle a la vida lo mejor que ofrece.

Extraído de fragmentos de la obra de Luis Rojas Marcos: "Secretos de la Felicidad"

martes, 29 de enero de 2013

Felicidad

Pensar que el futuro es color de rosa es algo tan biológico como las fantasías sexuales... La esperanza es tan natural como andar a dos patas. Lionel Tiger
Todos venimos al mundo equipados con genes resistentes que nos impulsa a perseguir aquello que nos hace disfrutar...
Hoy sabemos que los sentimientos estables de felicidad responden a mecanismos neuroquímicos cerebrales, activados continuamente por estímulos internos y externos.
Al fin y a la postre, nuestra disposición emocional y nuestra perspectiva de la vida obedecerán al entramado de numerosos factores físicos y psicológicos, innatos y adquiridos, con fuerzas ambientales, sociales y culturales. Esto explica que los humanos experimentemos, expliquemos y exterioricemos nuestra felicidad de formas tan personales como diferentes.

viernes, 7 de septiembre de 2012

Luis Rojas Marcos: el Optimismo Inteligente






A pesar de ser una de las pocas personalidades made in Spain que ha tocado con los dedos el cielo de Nueva York, el Doctor Marcos –como le conocen al otro lado del Atlántico– resulta cercano desde el minuto uno de partido.
No es fácil encontrar entre personas que se mueven por las altas esferas gente sencilla y agradable que no peque de un cierto aire de superioridad. Este psiquiatra criado profesionalmente en Manhattan es una de esas raras avis.
Le gusta Nueva York, la ciudad que tan bien le acogió hace cuatro décadas cuando hizo las maletas y emprendió vuelo a tierras americanas, pero no olvida sus raíces españolas lo que le lleva a practicar la actividad literaria en castellano como forma de mantener el contacto con sus orígenes.
De vez en cuando, mientras camina por la Gran Manzana, se para y charla con los homeless (sin techo), porque según ha confesado en alguna ocasión “siente compasión por los que sufren”, una tradición heredada de su abuelo Miguel, al que no conoció, que dejaba una peseta debajo de la almohada de los más pobres.
Luis Rojas Marcos pertenece al club de los “optimistas” porque “no se gana nada no siéndolo”. No debe ser mala opción cuando la NASA, que selecciona a sus candidatos a astronautas con exquisita delicadeza, incluye entre las cinco skills más apreciadas el talante optimista del aspirante; y es que como apunta este experto, los beneficios del optimismo se producen en todos los ámbitos: en la salud, en las relaciones personales, en el trabajo, en el deporte o incluso en la política, donde diversos estudios empíricos han contrastado la relación entre la disposición optimista o pesimista de los candidatos a presidente de Estados Unidos entre 1900 y 1984 y el resultado de las elecciones, concluyendo que el electorado prefirió en el 82% de los comicios al aspirante más optimista en sus discursos.
 
El optimismo es rentable y su explicación sencilla. El optimista es más perseverante, lo intenta más veces y eso hace que llegue más lejos. El pesimista, por su parte, ante las dificultades abandona pronto cumpliéndose sus pronósticos más derrotistas; o dicho con palabras de Isaac Singer: “Si continúas diciendo que las cosas van a ir mal tienes buenas probabilidades de convertirte en un profeta”.
Su contacto cercano con la enfermedad y el dolor le ha servido para extraer dos lecciones; la primera, el inmenso poder reparador del pensamiento positivo; el segundo, el afán de esperanza que abunda entre las personas; hipótesis refrendadas durante casi cuarenta años de profesión y avaladas con mayor precisión tras los atentados terroristas contra las torres gemelas del World Trade Center el 11-S de 2001.
Asegura que el mayor enemigo del hombre es la depresión que anula toda posibilidad de esperanza, y una vida sin esperanza carece de sentido y está amortizada anticipadamente.
Su nivel de satisfacción con la vida en general, del uno al diez, ronda el ocho, algo que no es exclusivo, ya que según afirma “está demostrado que la mayoría de las personas asegura sentirse satisfecha. No puede ser de otra forma, sino la humanidad no habría podido sobrevivir”.
Una de las máximas que rige su vida es la de diversificar las fuentes de bienestar entre diversos ámbitos y diferentes personas como estrategia de compensación de tensiones, y entre sus recomendaciones habituales está la de hablar mucho debido a su alto poder terapéutico ya que disminuye la presión arterial y fortalece el sistema inmunológico: “la confesión existía mucho antes de que la Iglesia católica usara ese rito tan saludable del desahogo para trasladar los problemas a otros. Tiene un gran componente saludable”.
Naturalidad, sencillez, humildad y humanidad son sólo la proa de un ramillete de virtudes que definen a este andaluz cuyo hablar pausado y comedido rezuma sabiduría, una sabiduría que sólo está al alcance de quien sabe no confundir lo “accidental” con lo “esencial”.
Luis Rojas Marcos nació en Sevilla en 1943. De niño, fue al colegio de los jesuitas y como él mismo confiesa tenía un trastorno de déficit de atención: “De pequeño era un trasto, trepaba por los árboles, me escapaba de casa..., no podían conmigo. No aprobaba ni Educación Física ni Religión”.
En una ocasión, con apenas 9 años, le retaron a prender fuego a un monte y así lo hizo. Acabó en el cuartelillo de la guardia civil de Liendo, entre Castro Urdiales y Laredo. Después ingresó en el colegio del Santo Ángel, donde llevaban a los que suspendían y, allí, con 14 años “empecé a aprobar y todo cambió”.
 
Desde muy pequeño ya sabía que quería ser médico: “esta ilusión me la inculcó mi madre. Ella siempre me contaba anécdotas muy interesantes de su padre, mi abuelo Miguel, a quien no conocí, y que fue médico de Liendo, un valle pequeño y maravilloso de Cantabria”.
Pasada la adolescencia estudió Medicina en la Universidad de Sevilla donde se licenció en 1967. Un año más tarde, con apenas 24 años y un inglés de andar por casa, cogió las maletas y emigró a Estados Unidos para especializarse en psiquiatría en la ciudad de los rascacielos aunque como confiesa también para “huir de una situación política, social, familiar y moral tensa. Cuando decidí marchar, a pesar de los obstáculos normales que tiene cualquier emigrante, había una parte de mí que se sentía bien, ya que por aquel entonces en España el ambiente no era muy bueno, y también me fui huyendo de las tensiones emocionales que yo sentía”.
Nada más aterrizar se compró un libro que decía “cómo aprender inglés en un mes”, pero como nada se consigue sin esfuerzo, le costó algo más, un año y medio. Su idea era permanecer uno o dos años pero lleva casi cuarenta y no hay visos de vuelta definitiva. Las nuevas tecnologías y los aviones le permiten mantener el contacto con su España natal sin desprenderse del cariño cultivado en tierras americanas.
De 1982 a 1992 fue Director del Sistema Psiquiátrico Hospitalario Municipal de Nueva York. En 1992 tomo el mando como Jefe de los Servicios de Salud Mental, Alcoholismo y Drogodependencias, cargo que ocupó hasta 1995, año en que fue nombrado Presidente del Sistema de Sanidad y Hospitales Públicos de la ciudad neoyorquina, con un área de competencia de 16 hospitales y una plantilla de 43.000 empleados, hasta que en 2002 abandonó el puesto.
Durante esa etapa le tocó vivir los atentados terroristas del 11-S de 2001 contra las Torres Gemelas del World Trade Center. Testigo privilegiado de aquella tragedia que le sirvió para escribir una de sus obras, el Dr. Rojas Marcos confía plenamente en la esperanza que, como decía Alejandro Dumas, “es el mejor médico que conozco”.
Posee el título de Doctor por las universidades de Bilbao y Nueva York, y hoy día, más alejado de la gestión hospitalaria, el Dr. Rojas Marcos se dedica a la docencia como profesor de Psiquiatría de la New York University, es miembro de la Academia de Medicina de Nueva York, de la Asociación Americana de Salud Pública y de la Academia Americana de Psicoanálisis.
En nuestro país es Patrono de la Fundación La Caixa y asesor de distintas instituciones preocupadas por temas sociales y de salud pública. Además, es conferenciante de Thinking Heads (www.thinkingheads.com) y escritor.
 
Ha publicado numerosos trabajos de investigación sobre temas psiquiátricos y de salud pública en Journals científicos de gran prestigio así como otros tantos libros de su campo de especialidad, entre los que podemos destacar: “Nuestra incierta vida normal” (2004); “Más allá del 11 de Septiembre” (2001); “Nuestra felicidad” (2000); “Las semillas de la violencia” (1995) –con el que ganó el Premio Espasa de Ensayo– o el último de ellos, “La fuerza del optimismo” (2005), una excelente obra que recomendamos desde Executive Excellence sobre las ventajas del optimismo en todos los ámbitos de la vida y que ya ha sido traducida al alemán, italiano, portugués, catalán y coreano, y de la que se llevan vendidos hasta el momento más de 100.000 ejemplares.
El Dr. Rojas Marcos nos concedió esta entrevista el pasado mes de julio con motivo de una de sus visitas a España para atender algunos de sus compromisos profesionales.
FRANCISCO ALCAIDE: Para empezar Doctor, ¿qué entendemos por optimismo y pesimismo?
L. R. M.: Es una forma de percibir y ver la vida, una actitud hacia las cosas. El optimista, ante una decisión o situación, evalúa tanto lo positivo como lo negativo, pero dándole más importancia a lo primero. No es que sea incapaz de percibir lo negativo, sino que se detiene más en lo bueno que en lo malo. Tiene su mirada educada para descubrir lo mejor de cada alternativa. El pesimista, en cambio, evalúa sólo lo negativo y deja de lado lo positivo. Ve sólo las amenazas y no las oportunidades.
El optimismo se refleja en tres parcelas: cómo vemos el futuro, el pasado y el presente. En cuanto al futuro, que es lo que llamamos esperanza, es la sensación que experimentamos de alcanzar algo, y está muy relacionada con la confianza que tenemos en nosotros mismos, en nuestra fuerza de voluntad.
El optimismo también se refleja en cómo vemos el pasado, nuestra autobiografía. Hay gente que mira hacia atrás y no se perdona, no es condescendiente con el error y tampoco se da segundas oportunidades.
Y por último, el optimismo se refleja en cómo vemos el presente. La persona optimista ante una situación de crisis o adversidad tiende a pensar que no va a durar eternamente y que él no es el responsable exclusivo de esa situación.
F. A.: ¿Cuáles son los factores que explican que una persona sea optimista o pesimista?
L. R. M.: En primer lugar, los genes. Esto se observa nítidamente en los mellizos. Hay tres estudios científicos que así lo corroboran. El primero, llevado a cabo por el profesor de Psicología de la Universidad de Minnesota, David Lykken, utilizó 4.000 parejas de mellizos para estudiar la propensión de las personas a gozar de las cosas buenas de la vida o descorazonarse ante las adversidades. El segundo, realizado por el psicólogo experimental del King´s College de Londres, Robert Plomin, analiza la perspectiva optimista y pesimista de casi 300 parejas de gemelos. Y el tercero, dirigido por Peter Schulman, psicólogo de la Universidad de Pensilvania, comparó en parejas de mellizos el estilo optimista o pesimista de explicar las adversidades de la vida.
Los resultados conjuntos de estas investigaciones concluyen que los gemelos monocigóticos, aquellos que poseen los mismos genes porque surgen de la misma célula original o cigoto, se parecen estadísticamente en su disposición optimista o pesimista, de tal modo que incluso entre gemelos que son adoptados por familias diferentes y que crecen y viven separados desde su nacimiento y no tienen contacto entre sí, se parecen más entre ellos en la forma de ver la vida que a la de sus hermanos adoptivos. Las investigaciones señalan que aproximadamente un tercio de nuestra actitud ante la vida tiene su explicación en la herencia genética.
Existe un segundo aspecto relevante que es la personalidad, nuestra forma de ser, que depende de nuestra educación, vivencias y experiencias.
F. A.: Helen Keller en Optimismo (1903), escribe: “Ningún pesimista ha descubierto el secreto de las estrellas, ni ha navegado por mares desconocidos, ni ha abierto una puerta al espíritu humano”. ¿Los pesimistas aportan algo a las organizaciones?
L. R. M.: Sólo en el departamento de finanzas, y conviene tener uno y no más que diga que algo no cuadra y ponga un poco de cordura: eso sí, el jefe debe saber siempre que está tratando con un pesimista y no darle mayor protagonismo del necesario. El pesimista aporta una visión negativa que hay que tener en cuenta pero mucho más relevante que describir “problemas” es proponer “soluciones”, y ello está muy relacionado con el entusiasmo y las ganas de salir adelante propias del optimista.
El profesor de Dinámica de las Organizaciones de la Universidad de Michigan, Karl Weick, cuenta un relato verídico en el que muestra la importancia del entusiasmo y la confianza a la hora de hacer frente a la adversidad. Durante unas maniobras militares en Suiza, un joven teniente de un destacamento húngaro en los Alpes envió a un pelotón de soldados a explorar una montaña helada. Al rato empezó a nevar y un par de días después la patrulla aún no había regresado. El teniente pensó angustiado que había mandado a sus hombres a la muerte. Al cuarto día, los soldados volvieron al campamento. El oficial, sorprendido, les preguntó qué les había ocurrido y cómo habían conseguido volver. El pelotón contestó que se habían perdido y que poco a poco su ánimo se fue consumiendo hasta que uno de ellos encontró un mapa en su bolsillo. Esto les tranquilizó. Esperaron a que la tormenta pasara y valiéndose del mapa dieron finalmente con el camino de vuelta. El oficial estudió detenidamente el mapa y comprobó que no era un mapa de los Alpes sino de los Pirineos.
Lo que les salvo la vida, evidentemente, no fue el mapa, sino que ese mapa sirvió para levantar el ánimo, el entusiasmo y la esperanza del grupo y de esta manera encontrar el camino de regreso a fuerza de ensayo y error.
F. A.: Los pesimistas se preguntarán. ¿Se puede aprender a ser optimista y qué hay que hacer?
L. R. M.: Se puede pero no es fácil y requiere esfuerzo y paciencia. La clave está en fomentar más el optimismo que en intentar reducir el pesimismo. Se ha demostrado que en lugar de pretender desprendernos de nuestros pensamientos pesimistas la fórmula reside en potenciar aquellos aspectos optimistas con los que todos contamos.
La metodología consiste, primero, en hablar de lo que a uno le gusta. Sabemos que la forma de pensar y de sentir van de la mano: según como siento, pienso. Si lo estás pasando bien y te pregunto qué piensas no me vas a decir cosas negativas. Cuando nos sentimos bien, los pensamientos son siempre positivos. La parte del cerebro que regula las emociones influye en los pensamientos, de forma que si potenciamos las situaciones de nuestra vida que nos resultan agradables tendremos más pensamientos positivos.
Segundo, hay que revisar y eliminar ese conjunto de pensamientos negativos automáticos que nos invaden a menudo y que no están fundamentados; como por ejemplo, “la felicidad no existe”; “esta vida no merece la pena”; o “sólo hay malas personas”. Viniendo a España, una señora en el avión me dice: “España está fatal”. Y yo le pregunto: “Pero por qué está fatal”. Y ella me contesta: “Estamos rodeados de maltratadores y terroristas”. Entonces le vuelvo a preguntar: “¿Cuántos hay en su familia o entorno cercano?”. Me reconoció que ninguno. Cada vez que salta un pensamiento automático negativo, hay que cuestionarlo; parar a la otra persona y decirle: “espera, apunta lo que estas diciendo y dime si tiene lógica”. En la mayor parte de las ocasiones ellos mismos son los que reconocen su error.
F. A.: ¿Se puede segmentar el optimismo por sexo, edades, razas, culturas, nivel intelectual u otras variables y cuáles son las causas?
L. R. M.: Hay culturas donde se le da más importancia al optimismo pero no quiere decir que sean más optimistas. Por ejemplo, yo no creo el directivo de Wall Street sea más optimista que el de España, pero le da más importancia al optimismo. En Europa, decir que eres optimista está mal visto mientras que en Estados Unidos es todo lo contrario, si no dices que eres optimista no consigues ningún trabajo.
F. A.: Vd. habla con frecuencia de la “empresa optimista”. ¿Qué es exactamente y qué es lo que hace que una organización reciba ese calificativo?
L. R. M.: La “empresa optimista” es aquella en la que el empleado cree que su aportación es determinante al resultado. Son organizaciones en las que las personas sienten que lo que hacen sirven para algo. La “empresa optimista” fomenta también la comunicación entre sus empleados incluso en momentos de crisis.
La cadena de cafés norteamericana Starbucks es un buen ejemplo. Hace unos años entré en uno de sus establecimientos en Nueva York y me dije: “¿Qué le dan a esta gente?”. No era sólo amabilidad sino una alegría y un optimismo contagiosos. Eran unos empleados que no ganaban mucho dinero pero sentían que tenían el control de lo que ocurría.
Para contar con una “empresa optimista” es muy importante la selección de personal, aunque también se puede fomentar el optimismo posteriormente. El entusiasmo que transmiten los líderes es determinante y cuanto más comunique y menos espacio deje a los rumores y chismes mejor. Los rumores son síntoma de falta de liderazgo y de seguridad. En una empresa en la que hay buen nivel de comunicación hay pocos chismes.
F. A.: ¿Existen estudios empíricos que muestren la relación entre optimismo y resultados empresariales?
L. R. M.: Sí. En un interesante proyecto dirigido a finales de la década de los ochenta por Martín E. P. Selingman, profesor de la Universidad de Pensilvania, 15.000 aspirantes a vendedores de pólizas de seguros de la empresa Metropolitan Life realizaron dos pruebas: la de aptitud para vendedores y otra de personalidad que medía el grado de optimismo y pesimismo de los candidatos.
Como resultado, se contrataron a 1.200 individuos que se dividían en tres grupos. El primero, los “optimistas”, formado por 500 candidatos que habían aprobado el examen de aptitud y que de acuerdo con el test de personalidad, eran moderadamente optimistas. El segundo grupo lo formaban los “pesimistas”, otros 500 aspirantes que también habían pasado la prueba de aptitud pero que tenían una personalidad moderadamente pesimista. El tercer grupo, denominado los “comandos especiales”, lo integraban unos 200 candidatos que habían suspendido la prueba de aptitud, pero que en el test de personalidad mostraban niveles muy altos de optimismo.
Dos años después, los directivos de Metropolitan Life comprobaron la productividad de los tres grupos. Los resultados revelaron que los más productivos habían sido los “comandos especiales”. Estos “superoptimistas” suspendidos en el examen de aptitud, aventajaron en venta de pólizas al grupo de los “optimistas” en un 26% y al de los pesimistas en un 27%. Al parecer, el éxito de los vendedores de talante optimista obedecía principalmente a su más alta persistencia en la labor y a su mayor resistencia a rendirse ante los rechazos de los posibles compradores. El optimista lo intenta más veces. Mientras un vendedor normal realiza doce llamadas de teléfono el optimista insiste el doble de veces.
F. A.: También en su libro “La fuerza del optimismo” recopila numerosas investigaciones científicas sobre las ventajas del optimismo en otros ámbitos diferentes al de la empresa. ¿Cuéntenos alguna que le ha llamado especialmente la atención?
L. R. M.: Hay muchos estudios que muestran las ventajas del optimismo sobre la salud, las relaciones sociales, la longevidad, el trabajo, el deporte o incluso la política.
Por ejemplo, existe una correlación destacable entre optimismo y salud. El “efecto placebo”, es decir, el efecto de mejora o incluso cura que experimenta un enfermo después de ingerir una sustancia inocua o someterse a una intervención sin ningún valor terapéutico, es un claro ejemplo. Está demostrado que entre el 25-50% de los enfermos más comunes mejora o incluso se cura después de tomar sustancias que no tienen ningún efecto en sus enfermedades pero que ellos creen que sí.
En un estudio dirigido por Lon Schneider, de la Universidad de Carolina del Sur, entre 728 pacientes mayores de 60 años y con cuadros depresivos, a la mitad de ellos se les dio un tratamiento con pastillas de un antidepresivo probado conocido como sertralina; a la otra mitad se les suministro un placebo de aspecto similar. A las ocho semanas habían mejorado el 45% de los enfermos en el grupo de tratamiento activo y el 35% de los pacientes que ingirieron placebo.
También el optimismo influye en nuestra longevidad. El psicólogo Christopher Peterson realizó un estudio entre más de 1.000 hombres y mujeres durante un periodo de casi cincuenta años. Los resultados publicados en 1998, revelaron que los pesimistas morían prematuramente con más frecuencia que los optimistas, incluyendo accidentes y muertes violentas.
En el mundo del deporte también encontramos evidencias empíricas. El deportista que cree que no va a ganar, no se esfuerza. Y ante las adversidades, los optimistas lo intentan más veces que los pesimistas lo que al final se traduce en mejores resultados. En un experimento llevado a cabo en la Universidad de Berkeley, un grupo de nadadores fue informado por sus entrenadores después de una competición de que sus marcas habían sido peores de lo que realmente fueron. Ante este revés, los nadadores considerados optimistas mejoraron su tiempo en la siguiente carrera, mientras que los pesimistas los empeoraron.
Desde un punto de vista científico, la explicación es sencilla: las personas optimistas son más perseverantes y obtienen mejores resultados. El paciente de cáncer más optimista sigue el tratamiento de una forma más rigurosa que el pesimista que piensa que haga lo que haga su enfermedad no tiene solución; o el conductor optimista se pone el cinturón de seguridad en el coche con más frecuencia que el pesimista que hace el siguiente razonamiento: “da igual lo que haga porque si me tiene que tocar no puedo evitarlo”.
F. A.: Según algunas investigaciones las personas hablan siete veces más de lo negativo que de lo positivo; y David Myers, Profesor de Psicología de la Universidad de Michigan, en una revisión electrónica de las revistas más prestigiosas del mundo, realizada entre 1967 y 1998, encontró 101.004 artículos sobre depresión, ansiedad o violencia, pero solamente 4.707 sobre alegría, amor o felicidad; es decir, por cada artículo que trataba sobre un aspecto positivo de la persona había veintiuno lo hacían sobre alguna faceta negativa. ¿En la vida, en general, y en el mundo de la empresa, en particular, prevalecen los pesimistas sobre los optimistas y por qué?
L. R. M.: A la hora de comunicarnos con otra persona tendemos a hablar más de lo negativo que de lo positivo porque es una forma de desahogarnos. Sin embargo, cuando doy una charla y hago la siguiente pregunta, “¿cuál es el nivel de satisfacción con la vida en general del 0 al 10?”, y pido a los asistentes que levanten la mano aquellos que se den más de 5, el 90% alza el brazo y se da entre un 6 y un 8. Algunos miran extrañados a su alrededor sin comprender muy bien cómo es que tanta gente ha levantado la mano.
Si la pregunta es: “¿Cuál cree Vd. que el nivel de satisfacción del mundo en general?”, todos damos menos nota a los demás que a nosotros mismos. Esto es universal, en cualquier parte del planeta. Pensamos que el resto está fatal, pero cuando nos acercamos y les preguntamos sobre su nivel de satisfacción, ellos se valoran con una nota alta. Incluso en países pobres se dan notas altas, porque es una forma de sobrevivir. Tendemos a eliminar la disonancia. Si pensamos que la vida no merece la pena, ¿qué hago vivo?
F. A.: En el libro también escribe: “El desarrollo de la civilización constituye otro fruto de la energía positiva humana. Es razonable pensar que una civilización como la nuestra que apareció en África y en menos de cien mil años dominó el planeta, albergase la chispa del optimismo, la vitalidad y la motivación para buscar formas novedosas de someter a la naturaleza en su propio beneficio y mejorar su existencia. Si analizamos la esperanza de vida, el nivel de educación general o el número de sociedades democráticas, nunca tantos hombres y mujeres han disfrutado de una calidad de vida tan alta”. ¿Hoy día somos optimistas que en el pasado y el optimista evoluciona?
L. R. M.: Yo creo que cada día somos más optimistas. Tenemos más confianza en nosotros y nos vemos más en el asiento del conductor y eso es bueno, porque si viene la adversidad te sientes con capacidad para hacerla frente.
El optimismo entendido como una sensación de control de la situación y que está en nuestras manos salir adelante, va en aumento porque forma parte de lo que los genes considera útil a la hora de sobrevivir y prodigar nuestra especie. Según la fuerza de selección natural, que está probada en los humanos y en los animales, los genes van incorporando aquellas facetas que nos ayudan a sobrevivir.
Por ejemplo, cada día tenemos menos dientes porque no nos hacen falta. Ya nuestros hijos no tienen cuatro muelas del juicio, sólo dos, porque los genes que hemos ido transmitiendo, según la fuerza de selección natural, hace que mantengamos y fortifiquemos lo necesario. Con el optimismo sucede lo mismo, nos ayuda a sobrevivir y lo incorporamos a nuestros genes. El problema es que el proceso de evolución y de selección natural genético es muy lento.
Por otro lado, si miramos hacia atrás y vemos lo que hemos avanzado, cualquier persona puede darse cuenta de los frutos del optimismo. Además, si hay un indicador de calidad de vida es la esperanza de vida, porque si estamos muertos no hay forma de buscar la felicidad. Para empezar hay que estar vivo. El vivir más es un dato de calidad de vida.
F. A.: Por su profesión ha vivido muy de cerca con personas con enfermedades muy delicadas y también una situación extrema como los atentados del 11-S de 2001. ¿Qué es lo mejor y lo peor que ha aprendido del ser humano?
L. R. M.: Lo que más me ha sorprendido del hombre es la capacidad para superar la adversidad. En cuanto a lo negativo, para mí los venenos de la vida son cuatro: el dolor que no se puede tratar; el miedo crónico; el odio; y la depresión que elimina la esperanza y genera indefensión.
F. A.: Para acabar Doctor. Díganos una frase o cita que refleje su filosofía de vida actual.
L. R. M.: Mi vida actual se rige por un ingrediente fundamental que es diversificar y compartimentar mis parcelas de satisfacción. Trato de distribuir mis fuentes de bienestar en diferentes ámbitos y con diferentes personas, ya que me ayuda a equilibrar y compensar los fallos y adversidades de la vida.
 
Entrevista publicada en Executive Excellence nº36
 
 
 
ALBERT EINSTEIN: LA CRISIS
 
"No pretendamos que las cosas cambien, si siempre hacemos lo mismo. La crisis es la mejor bendición que puede sucederle a personas y países, porque la crisis trae progresos.
La creatividad nace de la angustia como el día nace de la noche oscura. Es en la crisis que nace la inventiva, los descubrimientos y las grandes estrategias. Quien supera la crisis se supera a sí mismo sin quedar superado. Quien atribuye a la crisis sus fracasos y penurias, violenta su propio talento y respeta más a los problemas que a las soluciones.
La verdadera crisis, es la crisis de la incompetencia.
El inconveniente de las personas y los países es la pereza para encontrar las salidas y soluciones. Sin crisis no hay desafíos, sin desafíos la vida es una rutina, una lenta agonía. Sin crisis no hay méritos. Es en la crisis donde aflora lo mejor de cada uno, porque sin crisis todo viento es caricia.
Hablar de crisis es promoverla, y callar en la crisis es exaltar el conformismo.
En vez de esto, trabajemos duro. Acabemos de una vez con la única crisis amenazadora, que es la tragedia de no querer luchar por superarla"
 
http://youtu.be/3p4MZJsexEs Queen -Bohemian Rhapsody-
http://youtu.be/LRt2jX1kaYo  Queen -Somebody to Love-

lunes, 25 de junio de 2012

Tristeza normal y patológica



"La depresión abre una enorme grieta en el amor". Andrew Solomon. El demonio de la depresión, 2001.

Son muchas las personas que conocen de primera mano el poder de la melancolía para corromper sus relaciones y sus vidas. Al mismo tiempo, también es una fuente inagotable de inspiración para aquellos y aquellas que se expresan a través del arte, sea como oficio o como afición, tiene el mismo valor, la expresión del interior. Eso vale.
Algunas veces cuesta identificar el motivo del abatimiento. No tiene por qué haber precipitantes objetivos o tangibles, en muchos casos, se debe a una cuestión interna, un nudo, un quiste emocional que permanece bloqueando el limpio flujo de la conciencia por problemas acumulados en la biografía.
En ocasiones la causa se encuentra en un trastorno físico, por ejemplo: anemia, hepatitis o cáncer.
En ocasiones se debe a precipitantes externos bien detectados: despido, situación de incertidumbre por un ERE, separación de la pareja, etc.
La distinción entre en el sentimiento normal de tristeza y los efectos de un trastorno de depresión que requiere tratamiento especializado (a me humilde parecer la tristeza normal puede requerir si así lo siente la persona tratamiento especializado, aunque no sea medicamentoso, por cierto, tanto mejor). La distinción es un desafío.
La capacidad de ponernos tristes es una cualidad natural, como Charles Darwin detectó ya hace siglo y medio, al describir esta reacción común incluso en los primates cuando son separados de sus madres o de compañeros de grupo. Pese a ser una emoción dolorosa, la tristeza y el llanto que causan las desgracias son considerados en todas las culturas una especie de grito de socorro que merece una respuesta de apoyo, de compasión y de solidaridad por parte de los demás. Sin embargo, la amargura y la desesperación que, sin causa aparente, manifiestan las personas patológicamente deprimidas suelen provocar en los demás incomprensión e incluso rechazo y alejamiento de los afligidos, lo que retroalimenta el aislamiento, la depresión y el sentimiento de abandono.
La tristeza normal tiene tres características: es un estado emocional coherente con una circunstancia dolorosa específica; su intensidad es proporcional al suceso que la provoca, y remite cuando cesa el motivo o la persona se adapta o supera gradualmente la situación. La tristeza es una respuesta a una situación concreta de pérdida tanto transitoria como prolongada.
La segunda propiedad de la tristeza normal es que su intensidad y manifestación son proporcionales a la magnitud y duración de la pérdida. Esto también implica que la persona afectada percibe la circunstancia negativa correctamente y no la distorsiona ni exagera.
El tercer aspecto de la reacción normal de tristeza es que remite o se aplaca cuando la situación que la causó cambia para mejor, o la persona se adapta y la supera emocionalmente...
Distinguir la tristeza normal del trastorno depresivo es importante. Aunque puede ser nefasto considerar normal una depresión patológica, diagnosticar com patológica una condición normal también puede ser muy perjudicial. En efecto, lo habitual es que una vez que los afligidos son catalogados de enfermos (lo que, por cierto, no ayuda generalmente), la atención se concentre en la enfermedad como una agresión externa y en el tratamiento, por lo que tanto ellos como las personas a su alrededor dejan de tomar medidas apropiadas y beneficiosas para entender, cambiar o resolver sus circunstancias. Además corren el riesgo de recibir remedios médicos innecesarios o incluso nocivos.
La depresión puede ser un trastorno de personalidad, algo caracterial o un síndrome, tener esto en cuenta es fundamental porque hasta no hace mucho, la depresión se entendía y se entiende dentro de la "epidemia del siglo", etc. Sin embargo, aquellos que hayan leído el blog, saben que el narcisismo conduce a la depresión, y ese, de hecho, es el motivo de consulta en los trastornos de personalidad.
La depresión da lugar a síntomas, sensaciones, sentimientos y pensamientos. Los síntomas (que es lo que interesa en el DSM y a muchos psiquiatras) tienen que durar, al menos, dos semanas. Las personas deprimidas pierden completamente el interés en actividades y relaciones que hasta entonces le resultaban placenteras. Además de profundamente tristes, se sieten ansiosas, iritables e impacientes con los demás, en particular con los seres cercanos que más quiere.
Los estados depresivos alteran el pesamiento. Fomentan opiniones más desfavorables de sí mismos y la autocrítica mordaz de los fallos y defectos más insignifcantes. Estas personas profundamente melancólicas se consideran indignas de afecto, se juzgan culpables de cualquier desgracia, real o imaginaria, y llegan hasta considerarse merecedoras de su propia desdicha. Sin tratamiento, las perspectivas de sí mismos, del mundo que les rodea y del futuro se ensombrecen hasta el punto de no verle ningún sentido a la vida e incluso desear estar muertos. Es un recorrido angosto y oscuro donde, en términos psicoanalíticos  gobierna la pulsión de muerte: Thanatos. Es un camino hacia la muerte, hablando de forma metafórica, no obstante, las personas melancólicas llegan a desear la muerte e investigan en internet, por ejemplo, medios. La mayoría de los intentos de suicidio no llevan a la muerte. Antes de hacer ningún tipo de conducta desgarrada o si aparecen pensamientos catastróficos en ud pida ayuda. La depresión se puede curar, se cura de hecho.

Texto inspirado en el libro de Luis Rojas Marcos: "Convivir". Punto de Lectura, 2009, Madrid. Pp.:73-77.

Rojas Marcos es un representante de la psicología positiva en España, no obstante, su formación en EEUU en psiquiatría se plasma en sus textos, antes de la revolución "positiva" y plasma los clichés psiquiátricos, a veces, nihilistas. O, tal vez, ajenos a un marco de trabajo psicoanalítico, humanista, gestáltico, sistémico. La línea de trabajo es la medicación, segúnsu marco, y un apoyo en medidas psicoterapéuticas. Lo cual es más eficaz al revés. Psicoterapia y medicación, como último recurso. Quiero decir algo importante, desde mi prisma, me da igual que la persona no "reuna" los criterios diagnósticos para una depresión, con lo que trabajo es con un ser humano y sus sentimientos,  no con un libro absurdo y prejuicios diagnósticos y demás protocolos absurdos.  Rodrigo Córdoba Sanz.



lunes, 18 de junio de 2012

Heridas del Pasado



"Los traumas emocionales quiebran los vínculos de familia, de amistad, de amor y de comunidad". Judith Lewis Herman, Trauma y recuperación, 1992.

Los malos tratos durante la infancia son enormemente destructivos para el desarrollo natural de la capacidad de construir vínculos afectivos saludables. En los adultos, ciertas experiencias aterradoras a manos de semejantes también pueden privarles de la confianza necesaria para establecer relaciones íntimas. Por ejemplo, en las mujeres las secuelas de la violación sexual demuestran que la invasión al cuerpo por la fuerza descompensa el equilibrio físico y emocional hasta el punto de que el 50% de las víctimas de estos ultrajes perpetrados por narcisistas malignos son incapaces de volver a mantener relaciones sexuales con normalidad durante dos años. Y entre las mujeres agredidas que tienen que ser hospitalizadas, hasta seis años más tarde una de cada cuatro sufre todavía alguna secuela psicológica como insomnio, miedos nocturnos, cansancio crónico, depresión y aislamiento social. En bastantes supervivientes de agresiones, el trauma se perpetúa a través de recuerdos horripilantes del asalto, que les impide disfrutar de las relaciones de pareja.
Con esto quiero subrayar que hay experiencias abrumadoras, profundamente perjudiciales que desfiguran incluso el carácter más sólido y optimista. Los efectos de ciertos sucesos traumáticos alteran el funcionamiento de nuestro sistema nervioso y moldean negaivamente nuestra percepción del mundo. Aunque la gama de desastres naturales, accidentes fortuitos o atrocidades humanas que pueden afectarnos es muy amplia, la violencia humana intencional es sin duda la más maligna. Estas experiencias causan lo que en psiquiatría llamamos trastorno por estrés postraumático. Los síntomas más típicos de esta dolencia incluyen la intromisión en la mente de imágenes y recuerdos estremecedores, la repetición inesperada de las sensaciones corporales de terror -como palpitaciones, sudores fríos o ponerse la carne de gallina-, las pesadillas, la ansiedad, la tristeza, las fobias y el aislamiento social.
La mezcla de sentimientos de miedo e indefensión tiene efectos devastadores sobre el estado emocional de los seres humanos. Las personas que se sienten impotentes ante la adversidad y ven que hagan lo que hagan nada cambiará ni mejorará, son más proclives a sufrir secuelas del trauma y, con el tiempo, a adoptar una disposición apática y derrotista, a "tirar la toalla" ante las presiones y desafíos de la vida.
Además el temor excesivo y prolongado lesiona el sistema hipotalámico-hipofisario-adrenal. Esta especie de eje esencial conecta el hipotálamo, el área del cerebro responsable de regular las emociones y las funciones básicas -como la temperatura, el hambre y el dolor- con la hipófisis y las glándulas suprarrenales. La hipófisis es una gándula fundamental que está situada en la base del cráneo y se encarga de producir, entre otras, las hormonas que estimulan las suprarrenales, segregadoras de adrenalina y otras sustancias que controlan nuestra capacidad de responder al estrés y a los peligros. El miedo persistente también altera el equilibrio de ciertas sustancias transmisoras en el cerebro -como la serotonina y la dopamina-, que modulan el estado de ánimo y cuyo déficit nos predispone a la depresión. Con el tiempo, estos problemas arruinan nuestra armonia vital y, concretamente, la capacidad para establecer relaciones afectivas.
La naturaleza de la memoria también nos ayuda a entender los efectos perjudiciales de los traumas. Todos mantenemos desde la infancia dos memorias independientes, una verbal y otra emocional. La memoria verbal es el método habitual de almacenar y evocar los acontecimientos que forman el guion de nuestra vida. El contenido de esta memoria lo expresamos con palabras. Por el contrario, la memoria emocional se encarga únicamente de guardar las imágenes de horror y las sensaciones corporales vinculadas a experiencias de terror. Los recuerdos acumulados en la memoria emocional no están unidos a palabras, los evocamos reviviendo las escenas aterradoras y las sensaciones físicas de miedo. Mientras las experiencias que guardamos en la memoria verbal van perdiendo poco a poco su intensidad afectiva original, los sucesos que se guardan en la memoria emocional no cambian con el paso del tiempo, a nos ser que les pongamos palabras.

Texto inspirado en el libro de Luis Rojas Marcos: "Convivir".

http://youtu.be/TPoftZgCWmc Carlos Jean en el Congreso sobre la Felicidad, compartiendo espacio con Rojas Marcos, Eduard Punset y otros grandes. Me resultó curioso ver a este creativo en un Congreso. Hay que dar rienda suelta a esta idea, llegó un momento en el que al industria mandó un mensaje negativo, atribuir la música con lo negativo. Ahora está democratizando en internet la música de forma que todos podamos colaborar. Democratizar y compartir. Genial. ¿Qué es eso de Generación Perdida?

domingo, 10 de junio de 2012

Miedos reales e imaginarios




Este texto pertenece al libro de Luis Rojas Marcos: Convivir, Punto de Lectura, 2009, Madrid. A partir de la página 38.
Rojas Marcos en este texto saca su lado más psiquiátrico, sorpdendiéndome en cierto sentido, puesto que también es un representante de la psicología positiva. Sin embargo, en este libro relaciona los problemas emocionales como "venenos" de la afectividad. Me parece cientificamente válido pero humanamente torpe. No se puede generalizar. Quizá la intención es vender libros, o, tal vez se lo crea. En cualquier caso, Rojas Marcos no dice tonterías, ahora bien, existen infnitas personas con dificultades que mantienen una relación de pareja satisfactoria, y si se me permite, sana. En este libro, Rojas Marcos disecciona aquello de la Naturaleza Humana más oscura que interfiere en la capacidad de desarrollar un Amor sano. Rodrigo Córdoba Sanz.
Comparto la participación de Rojas Marcos en la segunda ponencia de la Felicidad: http://youtu.be/jAR6w-VpkXU
"Hablar es un protector de la felicidad" Rojas Marcos. Satisfacción con la vida en general. La única fórmula es preguntar. Para mí es un sentimiento estable de estar satisfecho con al vida en general. Un estado de ánimo que suele ir acompañado de que la vida tiene sentido, de que merece la pena... Todos nacemos con el potencial de ser felices. Los genes seleccionan aquellas cualidades que nos ayudan a sobrevivir, a defendernos, a prolificar, a tener descendencica...
De las palabras de Rojas Marcos se desprende que aquel que se considera feliz y lo verbaliza, parece, en el ámbito sociocultural donde nos desenvolvemos, una tontería. "El tiempo no pasa, quien pasa eres tú" Rojas Marcos. "Las personas que piensan que pueden hacer algo para mimizar los efectos de la crisis en nosotros". El pensamiento positivo (Martin Seligman) se relaciona ver el futuro con Esperanza. La depresión nos quita la esperanza. "Cómo vemos el pasado es muy útil". "Luego está el estilo explicativo, no llevamoso bien el vacío. Todo tiene que tener su significado". "Hay que diversificar las parcelas de felicidad: amigos, pareja, fútbol, trabajo, arte, el sexo,  correr, saltar, ir al gimnasio, el blog, el twitter...". "Otro protector es el sentido del humor. Es una perspectiva, ver una situación donde vemos las contradicciones, las disonancias, las incongruencias, con humor". Ejemplos: cuando dirigía los hospitales me gustaba ver como trabajaban los médicos. La paciente estaba muy angustiosa. La mujer dijo: no soy yo, tiene que ver con mi marido. Le han hecho unos análisis de sangre o tiene Alzheimer o tiene SIDA". "El médico dijo: llévaselo a las afueras y si vuelve no se acueste con él". "Un día, cuando mi madre vivía le dije: qué prefieres que te inceneremos o te enterremos, ella dijo: sorpréndeme"...


Miedos reales e imaginarios

"La ansiedad es un riachuelo de inquietudes que discurre por la mente. Pero, cuando crece, se convierte en un torrente caudaloso e irresistible que arrastra todos nuestros pensamientos". Arthur Somers Roche, La sombra de la duda, 1935.

El miedo es un reflejo indispensable para la supervivencia que llevamos incrustado en nuestros genes y que nos permite detectar de antemano las amenazas a nuestra integridad física y mental. Ante una situación que consideramos peligrosa nos sentimos inquietos, tensos y nos ponemos alerta. Muchas actividades del cuerpo -el aparato digestivo y el reproductor, por ejemplo- dejan de funcionar y el cerebro activa inmediatamente los mecanismos de emergencia que nos permiten protegernos y eludir o vencer el peligro. Además también nos asustamos ante lo que amenaza a nuestros familiares o amigos e, incluso, a desconocidos. Esto se debe a la capacidad humana de sentir compasión hacia quienes sufren y a nuestra empatía o aptitud para ponernos genuinamente y con afecto en las circunstancias de otros.
En los seres humanos el papel del miedo se expande más allá de su misión natural de anticipar los peligros reales del entorno, y también incluye amenazas imaginarias. Este estado de agitación e inquietud que no corresponde a la peligrosidad real de las circunstancias o una amenaza objetiva es lo que llamamos en medicina y psicología ansiedad. La ansiedad puede estar provocada por temores conscientes o inconscientes, por la anticipación sin base de desgracias futuras, como el miedo infundado a la aparición de una enfermedad, a la muerte, a la pérdida de un ser querido o al rechazo de la pareja.
Los miedos y las ansiedades influyen desde la infancia en nuestra existencia cotidiana. Nuestros esfuerzos por entender y superar aspectos de las relaciones que nos atemorizan nos ayudan a conocernos mejor, a liberarnos de amenazas reales o fantasiosas que nos angustian y alteran nuestro equilibrio y nuestras conexiones afectivas. Sin embargo, algunos individuos viven continuamente con niveles desmesurados de ansiedad. Unos padecen fobias, esos terrores irracionales a animales inofensivos, o a situaciones o actividades de escaso riesgo. Otros experimentan ansiedad crónica generalizada, sufren ataques de pánico o trastornos obsesivo-compulsivos que los amedrentan e inmovilizan por el incesante asalto a su mente de ideas o impulsos inquietantes.
Entre los más infelices se encuentran los hipocondriacos, que viven permanentemente angustiados al estar convencidos de que la más mínima indisposición, como un leve resfriado o breve mareo, es síntoma de alguna enfermedad grave o incluso mortal. En bastantes casos el terror es tal que arruina sus vidas y las de sus seres queridos.
La ansiedad social aflige particularmente a las personas que persiguen proyectar una cierta imagen ante los demás pero están convencidos de que fracasarán. Todos vivimos constantemente expuestos a los juicios y opiniones de otros. Incluso los niños de 5 años se preocupan ya de lo que los demás piensan de ellos, y se sienten mal cuando creen que se ríen de ellos o les ridiculizan. Ser receptivo a los juicios de los demás es positivo, pues nos puede ayudar a percibir aspectos negativos mejorables de nuestra forma de ser de los que no somos conscientes e intentar cambiarlos. Pero es igualmente importante analizar.el mérito de esas opiniones.
La ansiedad excesiva y continuada nos transforma en seres aprensivos, asustadizos, introvertidos, distantes, obsesivamente preocupados por hipótesis negativas y muy sensibles a los juicios de los demás. Y es que el estado de alarma constante consume nuestro ánimo, constriñe el horizonte de la vida, y nos encierra en un mundo que percibimos hostil. En los países desarrollados de Occidente la ansiedad o el miedo patológico afecta casi el 10 por ciento de la población. Su incidencia en las mujeres es casi el doble que en los hombres y aunque existen remedios eficaces, algunos enfermos soportan síntomas terribles muy recalcitrantes y resistentes a los tratamientos.


ENTREVISTA A ROJAS MARCOS: http://ultimahora.es/vips/quien-es-quien/luis-rojas-marcos-psiquiatra-de-pequeno-era-hiperactivo-mis-padres-pensaron-que-estudiar-no-era-lo-mio.html


Lleva 17 años consecutivos participando en el maratón de Nueva York. Cada fin de semana acude al Central Park con su perro 'Charlie' para seguir en forma. Luis Rojas Marcos nació en Sevilla el año 1943. Es psiquiatra. Actualmente es director médico de tres hospitales de Nueva York. Está casado, tiene 4 hijos. Le gusta la música, escribir ensayos: lleva publicados casi una docena ('La autoestima' 'La fuerza del optimismo'...), el último título, recién salido, es: "Superar la adversidad. El poder de la resiliencia".
Apesar de sus múltiples ocupaciones (ha llegado a gestionar toda la red de hospitales públicos de Nueva York), este psiquiatra andaluz, afincado en EE.UU desde hace más de 42 años, no deja de escribir ensayos y cultivar sus aficiones...
Xisco Busquets.- ¿Tiene tiempo para ir a correr?
Luis Rojas Marcos.- Casi todos los fines de semana, y al menos una o dos veces por semana, voy a correr al Central Park con mi perro Charlie que es un pastor alemán, disfruto mucho. Además soy de los que va escuchando música...
X.B.- ¿Se prepara para participar en el maratón de Nueva York?
L.R.- Sí. Llevo 17 años seguidos y mientras pueda seguiré participando porque aquí son muy tolerantes, en Catalunya, por ejemplo, te dan 6 horas para que llegues a la meta, en Nueva York puedes tardar hasta 12 horas, o sea que incluso te puedes parar, tomarte un café y después continuar (Risas).
X.B.- ¿Es usted feliz?
L.R.- Soy razonablemente feliz, mi nivel de satisfacción con la vida en general, es de un 8 sobre 10.
X.B.- ¿Y no teme a la vejez?
L.R.- Sí, sí claro, el ir perdiendo capacidades es algo preocupante porque la caducidad del ser humano es algo real, pero también creo que uno se puede adaptar. Ahora me gusta correr, aunque lo mío no es la velocidad, sino el fondo. Pero bueno, el día que no pueda correr, entonces iré en bici, y el último deportees nadar, ¿no?. Trataré de adaptarme a mis posibilidades.
X.B.- Y a la muerte, ¿le teme?
L.R.-Yo no me quiero morir pero la salida de este mundo es inevitable, claro. Acepto la muerte pero no me quiero morir, de momento; claro, me llegará algún día, porque es algo que nos llega a todos.
X.B.- ¿Qué le pide a Dios?
L.R.- (Pausa) No creo en poderes divinos, yo creo en las personas que me rodean y también en el azar. Entonces, lo que yo le pido a Dios, o a quien me escuche, es poder rodearme de personas a quienes yo pueda dar afecto y recibirlo de ellas y luego poder disfrutar razonablemente del trabajo y de los placeres cotidianos.
X.B.- ¿Qué hace actualmente?
L.R.- Soy director médico de los hospitales afiliados con la Universidad de Nueva York, y mi labor consiste, básicamente, en que funcionen bien. Y que los médicos se lleven bien entre ellos: los cirujanos con los anestesistas... Es un trabajo que me da bastante satisfacción porque en el fondo he de relacionarme con los compañeros y sobre todo con enfermos.
X.B.- Usted de pequeño no era, digamos, muy buen estudiante, ¿verdad?

A los 14 años, de 8 asignaturas me suspendieron 5 y tuve que cambiar de colegio"

L.R.
- ¿Cómo lo sabe? Era travieso, nervioso, hoy en día me hubieran llamado un niño hiperactivo. A los 14 años, de 8 asignaturas me suspendieron 5 y tuve que cambiar de colegio, repetir curso, y mis padres pensaron que debía de aprender inglés o un oficio porque creían que lo de estudiar no era lo mío.
X.B.- ¡Mire que si le ponen a trabajar de camarero...!
L.R.- (Risas) Como me distraía, siempre he tardado más que otros en aprender. Pero tuve la suerte de que a los 15 años cambié de colegio y se me debió de encender una luz en el cerebro y aprendí a estudiar.
X.B.- Sus padres se debieron alegrar...
L.R.- No se lo creían, decían: "¿Pero qué le pasa a Luis?" Se dieron una serie de circunstancias, y claro, al tener este ambiente positivo, me subió la autoestima y me pude rehabilitar.
X.B.- ¿Por qué se va de España a los 24 años?
L.R.- Por varias razones. Quería estudiar psiquiatría. Pero también en mi casa había cierta tensión. Mi padre era de derechas, mi hermano Alejandro, de izquierdas, estuvo en la cárcel por nada, por decir cuatro cosas normales... Esta tensión no la llevaba bien, yo me muevo muy bien en el gris; en el blanco y el negro no tan bien.
X.B.- ¡Y se va a Nueva York...!
L.R.- ¡Sin saber inglés! Pero a pesar de esta barrera, desde el primer día me sentí muy bien. Aunque no dicen bien mi apellido, pues no saben pronunciar ni la erre ni la jota.
X.B.- (Risas)
L.R.- ¡Aquí puedo ser yo mismo! Y en esta ciudad, si trabajas, hay muchas oportunidades.
X.B.- Dijo usted que para llegar a gestionar toda la red de hospitales públicos de Nueva York hay que "trabajar mucho, aprender, adaptarse, llevarse bien con la gente y hacer que confíen en uno..." Y además de todo esto, ¿no será que usted es un poco "trepa" doctor?
L.R.- (Risas). Bueno, en mi caso se dieron unas cuantas coincidencias: llevarme bien con los demás me ayudó, pero luego está el trabajo, siempre he trabajado mucho porque no me siento cómodo sin hacer nada. Mi mujer me lo dice: "¡Es que tú siempre tienes que estar haciendo algo!"
X.B.- Y tiene razón porque después de 12 obras, ahora acaba de publicar "Superar la adversidad". Por cierto, un padre que perdió a su hijo me dijo que esto no se supera nunca ¿Qué le puede decir?
L.R.- Es muy difícil de superar porque va contra natura, pero la capacidad del ser humano de superar todo tipo de adversidades es tan enorme que con el tiempo este padre podrá disfrutar de su vida, de sus relaciones, de su trabajo, va a poder dormir bien o sea que la pérdida de su hijo no va a interferir con su día a día ni con su capacidad para disfrutar de la vida, pero claro, tampoco se le va a olvidar.
X.B.- Usted dice que las adversidades nos debilitan, yo tenía entendido que las crisis nos ayudan, nos fortalecen ¿Me puede explicar su punto de vista?
L.R.- Sí claro. Se ha demostrado en estudios comparativos de personas que han sufrido los mismos desastres (terremotos, 11-S, muerte de seres queridos..) que las hay que lo superan antes que otras. Cuando se estudian a las que tardan más, suelen ser personas que ya han sufrido otras adversidades.
X.B.- ¿Qué me dice de aquellos que superan una enfermedad?
L.R.- Bueno, hay personas que después de una adversidad descubren su capacidad y su resistencia para superar golpes. Sorprende positivamente uno que ha superado un cáncer que te dice: "Fue un golpe tremendo pero descubrí que yo era más fuerte de lo que pensaba".

martes, 29 de mayo de 2012

Rodrigo Córdoba Sanz dialoga con Luis Rojas Marcos




"Tengo la fuerte sensación de que lo opuesto al amor no es el odio; es la apatía, la indiferencia... Es importante un bledo". Leo Buscaglia, Vivir, amar y aprender. 1993.

Todos nacemos con la capacidad de amar y dejarnos amar. Pero, desafortunadamente, no son pocas las personas que en el camino tortuoso de la vida son afligidas en algún momento por males que dañan temporalmente o incluso destruyen su aptitud para comunicarse y crear o mantener vínculos afectivos gratificantes con otros.
Existen, por ejemplo, rasgos enfermizos de carácter que, en dosis suficientes, interfieren seriamente con las relaciones afectivas y la convivencia saludable. Los rasgos más comunes son las tendencias paranoicas, antisociales o narcisistas y la inestabilidad emocional del llamado "trastorno límite" de la personalidad. Las personas de carácter paranoide tienen a proyectar o atribuir al prójimo actitudes hostiles o intenciones malévolas que realmente no posee. Asumen fácilmente que la gente los engaña o quiere explotarlos. En el seno de la pareja, son celosos del compañero, dominantes, controladores y ponen en tela de juicio continuamente y sin fundamento su fidelidad.
Por su parte, los caracteres antisociales muestran una fuerte propensión hacia el engaño, la irresponsabilidad, la manipulación y la explotación del prójimo. Ignoran los derechos de los demás sin escrúpulos ni remordimiento y hacen caso omiso de sus sentimientos y deseos. En cuanto a la personalidades narcisistas, sus rasgos típicos son la necesidad de admiración, la prepotencia, la envidia, la arrogancia, una excesiva sensibilidad hacia cualquier tipo de rechazo y la incapacidad de reconocer los sentimientos ajenos. La peculiaridad primordial de la personalidad "límite" es la profunda inestabilidad emocional que manifiestan estos individuos en el ámbito de las relaciones afectivas. Son personas muy impulsivas, volubles e inseguras. Por ejemplo, alternan entre los extremos de idealización y menosprecio de los demás. Ante la menor amenaza de pérdida de apoyo, la maravillosa imagen idealizada de la pareja es reemplazada por la odiosa imagen de un cruel perseguidor. Estas personas también son proclives a realizar esfuerzos frenéticos para evitar un distanciamiento real o imaginario del compañero, incluidas las amenazas o gestos suicidas. (Nota de Rodrigo C.: Entiendo que esta descripción de los "venenos de la intimidad" es algo vaga y difusa. Hay que matizar algunas cosas, con respecto a los antisociales, nadie suele sacarles la cara, hubo un profesional llamado Winnicott que escribió acerca de "La Tendencia Antisocial", de hecho, escribió un libro junto a Clare Britton, su segunda esposa, al respecto, ella era asistente social. Con respecto a los narcisistas hay que decir que ellos no consideran que tengan un problema, como los antisociales, eso es un engorro, puesto que las personas que les rodean y se ven afectadas por sus chantajes emocionales nada pueden hacer excepto aguantar y desgastarse psíquicamente; con respecto a los paranoides, que no paranoicos, son narcisistas que no han tenido el suficiente aporte externo de afecto y que han sido tratados con dureza emocional; con respecto a los trastornos borderline o límite, se suele asociar, con gente que no trabaja especialmente con esta patología un mito: que son narcisistas y manipuladores. Como los narcisistas, los límites son personas que han tenido, como todos los mencionados y estos, en un porcentaje muchísimo más elevado, biografías "salvajes", esto es, negligencias, abusos físicos y sexuales, etc. Los límite no hacen esas maniobras para llamar la atención, eso es más propio de los histriónicos. Los límite sienten, en muchos casos, placer al ver la sangre correr, como si se sintieran vivos, por otro lado, hay un alto componente autodestructivo. La inestabilidad emocional que describe Rojas Marcos tiene que ver con el "pensamiento dicotómico", lo que Kernberg hace tres décadas descubrió como escisión, mecanismo de defensa enunciado por Freud. Esto tiene que ver con que no tengan una imagen integrada de sí mismos ni de las personas significativas. Tal y como los plantea Rojas Marcos aquí, parecen "malas bestias", no obstante, esto no es así del todo. En un sentido de las relaciones amorosas sí, pero en un sentido humano debería dedicar varios libros a explicar con detalle tantos trastornos de personalidad. Creo que este tipo de mensajes en libros divulgativos contaminan, de forma más poderosa y tóxica que los mass media así que seamos sensatos y pongamos las cosas claras. Un paciente límite sufre muchísimo y suele tener enfermedades comórbidas. Algunos psiquiatras les medican tanto que pueden llegar a ser identificados por otros psiquiatras que se basen, como mecanismo de guía, en la medicación por esquizofrénicos, esquizoafectivos y patologías psicóticas. Ahora bien, esto es una pequeña parte de los pacientes límite. Lo común es la impulsividad, la labilidad y lo que conlleva: adicciones y conductas temerarias).
En general, todos estos rasgos caracterológicos inhabilitan al individuo para percibir a los demás como seres independientes, para sentir empatía o ponerse en el lugar de la otra persona, para confiar, ser leal y respetar las necesidades de otros, para tolerar la dependencia mutua y gozar de la intimidad y, en definitva, para dar y recibir cariño.
Otras alteraciones del ánimo, como la angustia o la depresión, así como el dolor físico crónico, las discapacidades graves del cuerpo, las adicciones, y ciertos procesos cerebrales patológicos, como la esquizofrenia (Nota de Rodrigo C.: Lo único que se ha demostrado es que las personas con ciertas esquizofrenia(s) tienen menor activación en el lóbulo prefrontal, decir procesos cerebrales patológicos es excederse), y sigue tan campante Rojas Marcos: o las demencias, también desfiguran nuestro raciocinio, trastornan la comunicación, inhiben los sentimientos amorosos y socavan la capacidad para relacionarnos.
(Rodrigo Córdoba Sanz. CONCLUSIÓN: Tener un Trastorno de Personalidad, especialmente, u otro Trastorno "inhibe los sentimientos y socava la capacidad para relacionarnos". Creo que Rojas Marcos en su formación en Nueva York ha dado con el núcleo más duro de la psiquiatría. Me sorprende porque he leído otros libros suyos, con un enfoque de psicología positiva, donde no estigmatizaba e incluso transmitía una identificación con la psicología positiva de Martin Seligman. Me quedo con esto último porque en el párrafo compartido con ustedes creo que escribe como lo que llama un colega "psiquiatrón". Esto es, un psiquiatra contra los que lucha Thomas Szasz, por cierto, profesor emérito de la Universidad de Nueva York y autor de libros que han pasado a la historia de la psicología y la psiquiatría como "El Mito de la Enfermedad Mental" o "El Segundo Pecado").

El texto en negro corresponde al libro de Luis Rojas Marcos: "Convivir". Con amargura titula el capítulo III: "Venenos de la intimidad". Parece que se lo hayan dictado los de la editorial... Si me permiten sacar mi espíritu inspirado en la Antipsiquiatría, este hombre en este arranque del capítulo haría repetir al psiquiatra escocés psicoanalista y humanista: Ronald D. Laing: "La ciencia ha destruido el mundo". No creo que haya que entender esa cita, extraída de una entrevista periodística, con lo que eso supone, y entenderla al pie de la letra. Creo que hay que contextualizarla con mensajes como lo dicho anteriormente. Salud.

Janis Joplin: "A Piece of mi Heart", dicen que tenía trastorno límite. Es curioso los psiquiatras diagnostican a personas muertas retrospectivamente y el modelo de Freud, que se basa en el análisis y la reconstrucción histórica, retrospectiva de la etiología de las neurosis les parece una especulación sin fundamento. En fin, paradojas...
http://youtu.be/N6caderaGS8 Que la disfruten, está subtitulada.