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miércoles, 29 de septiembre de 2021

Homenaje a Franco Basaglia

 



Franco Basaglia y sus logros colectivos nos orientan: abrieron las puertas, cerraron el manicomio, abrieron los servicios territoriales, cerraron camino a la desasistencia y el abandono, abrieron las cooperativas, cerraron chances a la desocupación y al trabajo indigno, abrieron las microareas cerrando espacio a la segregación.

Abrieron las preguntas que hoy nos orientan ante las transformaciones pendientes en nuestros territorios. Y abrieron la resonancia de que hay que abrir, y seguir abriendo… para poder cerrar.

Máximo representante del movimiento para deconstruir los manicomios. Fue un psiquiatra italiano que influyó en todo el mundo, pionero en la lucha cultural y política en salud mental para lograr la paulatina clausura de las instituciones manicomiales. Promovió y militó la Ley 180 que ordenó el cierre de los manicomios y abrir servicios en los territorios. Hoy, conocida como «Ley Basaglia» y que cumple 40 años. Su obra y compromiso para restituir derechos a los usuarios de servicios de salud mental continua desde la Conferencia Permanente para la Salud Mental en el Mundo Franco Basaglia (http://www.confbasaglia.org/), que constituye una referencia internacional para establecer y fortalecer el paradigma de la salud mental comunitaria y desde múltiples actores y espacios que se disponen a sus resonancias.

 

A continuación, un acercamiento a sus ideas con algunas citas textuales de Franco Basaglia y una entrevista que le realizó el documentalista Nino Vascon cuando Basaglia dirigía el hospital mental de Gorizia:

 

 “-¿Y qué se puede hacer hasta que la institución no se abre? ¡Abrir la institución!” Conferencias Brasileñas 1979,

 

Franco Basaglia

 

La ideología dominante es que el loco es peligroso y tiene que estar encerrado en un manicomio. Por esto, el inicio del trabajo consiste en convencer de que las cosas no son así. Día a día tratamos de mostrar que cambiando concretamente la relación con el internado, cambiaba el sentido de esta relación. El enfermero empezó a convencerse que su trabajo podría ser diferente y a convertirse en un agente de transformación. Por otro lado, para convencer a la población era necesario llevar el internado a la calle, en la vida social. Y con esto estimulamos la agresión de la ciudad en contra de nosotros. Teníamos que crear una situación de tensión, para mostrar el cambio en curso. Con el tiempo la ciudad ha entendido lo que estaba sucediendo. Lo más importante en la formación de los enfermeros fue que el nuevo tipo de realidad les ha llevado a no depender del médico, a ser operadores que podían tomar decisiones por su cuenta”. Conferencias Brasileñas, 1979.

“Lo importante es que hemos demostrado que lo imposible se hace posible. Diez, quince, veinte años atrás era impensable que el manicomio se pudiera destruir. Tal vez los manicomios volverán nuevamente a ser cerrados y tal vez más cerrados que antes, no lo sé, pero de todos modos hemos demostrado que se puede asistir a la persona con problemas mentales de otra manera, y este testimonio es fundamental. Yo no creo que el hecho de que una acción logre generalizarse signifique que ganamos. El punto importante es otro, es que ahora sabemos lo que se puede hacer…» Conferencias Brasileñas, 1979.

 

FB: «Bajo toda enfermedad psíquica hay un conflicto social.»

 

FB: «Al manicomio va la gente que no tiene voz, la palabra; es decir, los pobres, los desheredados»

 

“Lo que se va evidenciando en las nuevas estructuras psiquiátricas, todavía restringidas dentro de los límites de la inversión del sistema tradicional, es que el hospital psiquiátrico no es una institución que cura, sino una comunidad que se cura enfrentando las propias contradicciones, dado que se trata de comunidades reales, ricas de todas las contradicciones que caracterizan justamente a la realidad. Por eso, desde el momento en que el mundo institucional no quede ya encerrado dentro de los confines de una realidad artificiosa, llegará a encontrarse cara a cara con el mundo exterior que, a su vez, deberá aprender y aceptar sus propias contradicciones, al no tener ya un lugar dónde relegarlas. En este sentido, se puede hablar de un encuentro de las dos comunidades (la exterior y la interior), que se ha concretado físicamente ya en la expansión de la ciudad hasta la periferia donde, en un tiempo, estaba confinada la casa de la locura, y en el desenvolverse de la comunidad clausurada que -en su manifestarse una comunidad viva, real y contradictoria deberá encontrarse dialécticamente con la realidad que la ha parido. Así se podrá minar al mismo tiempo la ideología del hospital como aparato que cura, como fantasma terapéutico, como lugar sin contradicciones, y la ideología de una sociedad que, negando sus propias contradicciones, quiere reconocerse como una sociedad sana.” ¿Qué es la psiquiatría?

 

 “La aplicación de esta normativa será tanto más posible cuanto más se acompañará desde abajo, en las administraciones locales, en las instituciones por separado, en las uniones periféricas de técnicos y de usuarios, en los movimientos políticos y sindicales, la voluntad de superar tanto históricas carencias y retrasos, como la histórica ausencia o distancia de la población de la gestión de las instituciones”. Franco Basaglia Maria Giannichedda, Ley y psiquiatria.

 «La condena de ser loco y pobre. Alternativas al manicomio. Franco Basaglia-Topia Editorial, 2013»

 

 

A continuación publicamos la entrevista realizada por el documentalista Nino Vascon a Franco Basaglia con motivo del registro de la tarea realizada por bajo la dirección de Basaglia en el hospital mental de Gorizia. Publicada en el libro La institución negada, Italia, 1968.

 

-VASCON: Dado que la vida del hospital está regulada por las asambleas, podemos deducir de ello que éstas constituyen el hecho más importante de la comunidad. ¿Son necesarias, útiles o terapéuticas? ¿Cuál es su finalidad? ¿Es indispensable que sean frecuentes?

-BASAGLIA: Nuestras reuniones no pueden ser consideradas como una psicoterapia de grupo, es decir, no tienen una base psicodinámica en su desarrollo o interpretación. Más bien podrían englobarse en la significación general de la dinámica de grupo, sin ninguna referencia específica a este tipo particular de psicoterapia. Dicho de otro modo, las reuniones que se llevan a cabo durante el día tienen esencialmente dos significados:

1) ofrecer al enfermo, en el marco del hospital, varias alternativas (asistir a las reuniones, ir a trabajar, no hacer nada, permanecer en el pabellón, ocuparse en otras actividades secundarias) y 2) crear un terreno de comparación y de verificación recíprocas.

Que un enfermo participe en las reuniones significa que su nivel de espontaneidad es suficientemente elevado, ya que acepta la comparación con los otros. Generalmente, en cambio, la psicoterapia de grupo implica una cierta obligación a participar en ella: los grupos son estimulados y animados por una inteligencia médica. Aquí intentamos actuar de manera que la vida de la comunidad, la vida cotidiana, no esté regulada por una inteligencia médica, sino que sea el resultado de la actividad espontánea de todos los que, de un modo u otro, participan en la vida del hospital. Como habrá usted podido constatar, los médicos, por ejemplo, no participan siempre en todas las reuniones. Probablemente porque se lo impiden otras actividades sanitarias, pero también es posible que quieran evitar expresar en estas reuniones un estado de tensión personal o de agresividad. Y lo mismo sucede con los enfermeros. Estos ejemplos demuestran que la presencia o la ausencia de los personajes y de las jerarquías de la vida institucional, son por sí mismas significativas. Las reuniones sólo tienen peso y valor en la medida en que la presencia de una persona es la expresión de una decisión, una elección entre diversas posibilidades. Tal vez éste sea el principal significado de todas las actividades que se desarrollan a lo largo de la jornada, actividades en parte espontáneas y en parte organizadas por el staff médico. Procurar que tengan lugar continuas elecciones: esta es la base de nuestro trabajo. Las personas en cuestión deben poder tomar sus decisiones sin estar organizadas hacia un fin determinado. Es importante que dicha espontaneidad de elección nazca de la participación de todos los miembros de la comunidad, médicos, enfermeros y enfermos, sin pretender crear, naturalmente, una realidad artificial que no tenga en cuenta la situación, el rol social, el status del enfermo, que es diferente al del médico y al del enfermero. El enfermo aún está atado, desgraciadamente, a una realidad social que le considera un individuo sin ningún derecho. Ponemos entre paréntesis el hecho de que no se le considere como una «persona», del mismo modo que ponemos entre paréntesis la enfermedad.

 

-VASCON: De cualquier modo, vistas desde el exterior, estas reuniones dan la impresión de ser el motor de la comunidad.

-BASAGLIA: Y lo son, pero sólo si se las considera como la ocasión, para los miembros de la comunidad, de encontrarse y de compararse: éste es su único significado. El hecho de que el enfermo tenga un status social, un papel diverso al de los enfermeros y médicos, es motivo de comparación y de discusión en las reuniones. A través de esta discusión cada uno va aclarando su propia posición. El enfermo ve en los médicos y en los enfermeros a personas «libres», poniendo en duda el papel privilegiado que ejercen en el seno de la institución; es decir, que analiza, frente a un poder exclusivo, su condición de excluido. Por otra parte, a los ojos de los enfermos, médicos y enfermeros no representan sólo el límite de la realidad, sino también el rechazo, a través de la negación dialéctica de su cometido social, de ser excluyentes. El cometido social del psiquiatra y de los enfermeros, coincide en que ambos son objetivados y determinados, en relación con el enfermo, con el papel de carceleros y defensores de la sociedad. En cierto sentido —tal vez en un grado diferente—, los psiquiatras mismos son excluidos, en la medida en que hacen inconscientemente el juego a la clase dominante. Sobre estas bases se establece el nivel de reciprocidad que permite la confrontación.

 

-VASCON: Entonces, para ofrecer al enfermo un status social nuevo, o renovado, sobre todo en relación con el exterior que se lo niega, es necesario dárselo de un modo continuo…

-BASAGLIA: De un modo continuo e independientemente de cualquier interpretación de tipo psicodinámico de las reuniones y de los grupos. Consideramos que la primera realidad del enfermo es ser un hombre sin derechos, e intentamos partir de esta realidad. La rehabilitación sólo es posible a partir de este hecho real: el enfermo es un hombre sin derechos, y nosotros discutimos con él este «ser sin derechos». El enfermo es un excluido y nosotros discutimos con él su exclusión.

 

-VASCON: Se tiene la sensación, desde el exterior, de que están ustedes prescindiendo de la enfermedad, como si ésta no existiera.

-BASAGLIA:  No es que prescindamos de la enfermedad, sino que, para entrar en relación con un individuo consideramos necesario no tener en cuenta la etiqueta que le define. Yo entro en relación con un hombre por lo que es y no por el nombre que lleva. Por tanto, si yo digo: «este individuo es un esquizofrénico» (con todo lo que implica, por razones culturales, este término), yo me relaciono con él de una forma particular; es decir, sabiendo que la esquizofrenia es una enfermedad contra la cual nada puede hacerse; mi posición sólo podrá ser la de un hombre que únicamente espera la «esquizofrenicidad» por parte de su interlocutor. Se comprende, pues, que sobre estas bases la vieja psiquiatría haya relegado, aprisionado y excluido al enfermo, considerando que no había para él ningún medio ni instrumento de curación. Por ello es necesario aproximarse al enfermo poniendo la enfermedad entre paréntesis, porque la definición del síndrome ha alcanzado ya el peso de un juicio de valor, de una etiqueta, que sobrepasa la significación real de la enfermedad en sí misma. El diagnóstico tiene el valor de un juicio discriminatorio, sin que por ello se niegue que el paciente esté, de algún modo, enfermo. Éste es el sentido de que pongamos entre paréntesis la enfermedad, que es colocar entre paréntesis la definición y la etiqueta. Lo esencial es tomar conciencia de lo que representa este individuo para mí, cuál es la realidad social en que vive, cuál es su relación con esta realidad. Por este motivo son importantes las reuniones: porque constituyen el terreno donde se hace posible una confrontación, más allá de cualquier categorización. Se trata de individuos hospitalizados a causa de su enfermedad. Y de su constante confrontación con la realidad, puede surgir la posibilidad de comprender algo de su enfermedad.

 

-VASCON: Está usted hablando de despsiquiatrización de su trabajo.

-BASAGLIA: La despsiquiatrización es, en cierto modo, nuestro leitmotiv. Es el intento de poner entre paréntesis cualquier esquema, con el fin de actuar en un terreno aún no codificado ni definido. Para empezar, sólo se puede negar todo lo que nos rodea: la enfermedad, nuestro cometido social, nuestro papel. Negamos, por tanto, todo lo que pueda dar a nuestra acción una connotación ya definida. A partir del momento en que negamos nuestro cometido social, negamos al enfermo como enfermo irrecuperable, y por extensión nuestro papel de simples carceleros, de responsables del orden público. Al negar al enfermo como irrecuperable, negamos también su connotación psiquiátrica. Al negar su connotación psiquiátrica, negamos su enfermedad como definición científica. Al negar su enfermedad, despsiquiatrizamos nuestro trabajo y lo iniciamos en un nuevo terreno, donde todo está aún por hacerse.

 

-VASCON: ¿Cuál es el punto de partida para ustedes?

-BASAGLIA: Hemos partido de la realidad del manicomio, que es trágica porque es opresiva. No era posible que centenares de seres viviesen en unas condiciones de vida inhumanas por el sólo hecho de ser enfermos, y no era posible que nosotros, en calidad de psiquiatras, nos convirtiésemos en artífices y cómplices de tal situación. El enfermo mental es «enfermo» sobre todo porque es un excluido, y está abandonado por todos. Porque es una persona sin derechos, en contra de la cual todo es posible. Por ello, nosotros negamos dialécticamente nuestro cometido social —que nos pide considerar al enfermo como un no-hombre—. También negamos por extensión, en el plano de lo práctico, la no-humanidad del enfermo como último resultado de su enfermedad, e imputamos el nivel de destrucción a la violencia misma del asilo, del instituto, cuyas mortificaciones, prevaricaciones e imposiciones, nos remiten automáticamente a la violencia, a las prevaricaciones y a las mortificaciones sobre las cuales se funda nuestro sistema social. Si todo esto ha podido suceder es porque la ciencia —siempre al servicio de la clase dominante—, decidió que el enfermo mental era un enfermo incomprensible y, como tal, peligroso y de reacciones imprevisibles, dejándole como única posibilidad la muerte civil.

miércoles, 6 de febrero de 2019

Reforma Psiquiátrica

FRANCO BASAGLIA REFORMÓ LA INSTITUCIÓN PSIQUIÁTRICA


El psicoanalista P.C. Racamier y otros, El psicoanalista sin diván, en la medida en que la tendencia psicoanalítica que él representa pretende prolongar y realizar el movimiento de reforma institucional iniciado desde el final de la segunda guerra mundial.

La crítica de la esperanza según la cual tales reorganizaciones dirigidas por la voluntad de transformar desde el interior la práctica y la teoría médicas podrían aportar una solución a los problemas de conjunto de la medicina mental, tanto desde el enfoque de una aprehensión psicoanalítica de la verdad de la locura (Maud Mannoni, Le psychiatra, son "fou" et la psychanalyse) o desde el ángulo de la crítica de la estructura del establecimiento terapéutico (Roger Gentis, Las tapas del manicomio).

La tentativa de autodestrucción de la práctica psiquiátricas y de la ideología psiquiátricas a partir de la denuncia de su función social propuesta por el movimiento "anti-psiquiátrico" italiano, (Franco Basaglia y otros, La institución negada).

Semejante "jerarquía" lleva implícita una cierta parcialidad, pero quizá ésta sea comprensible si recordamos que la orientación elegida aquí no es la única posible y que ésta en particular pone completamente entre paréntesis el punto de vista clínico y terapéutico.


jueves, 8 de agosto de 2013

Franco Basaglia: Líder de la Antipsiquiatría en Italia

 
 
FRANCO BASAGLIA: CREADOR DEL MOVIMIENTO DE LA ANTIPSIQUIATRÍA EN ITALIA

Franco Basaglia, líder de la denominada antipsiquiatría italiana, responsable de la salida de los manicomios italianos de millares de ciudadanos, que hoy llevan una vida normal, e inductor de la denominada ley 180 de aquel país, según la cual nadie puede ser internado contra su voluntad, y según la cual también los manicomios italianos han sido condenados a desaparecer, falleció el viernes, en Venecia, a los 56 años de edad, a causa de un tumor cerebral
Giordano Savarin es el nombre de un ciudadano italiano que asesinó a sus padres con un gran cuchillo. ¿Causas del crimen? Posiblemente en el inconsciente de Savarin existiesen determinantes infantiles, oscuros sentimientos o confusas venganzas que le impulsasen a ese acto, siempre irracional, que es el asesinato de dos seres humanos, pero los jueces italianos determinaron que Savarin era un perturbado mental, que «andaba suelto», por lo cual hubo de ser el responsable de su tratamiento el psiquiatra Basaglia, quien tuvo que comparecer para explicar por qué aquel ciudadano no estaba internado, si era un «loco peligroso». Giordano Savarin era un «enfermo mental liberado» del hospital psiquiátrico de Gorizia, en la Italia de los primeros años de la década de los setenta, donde más de 200.000 seres humanos estaban condenados a una de las peores formas de prisión: el manicomio. Privados de identidad, tanto en aquel como en los demás países, los locos, como son etiquetados los ciudadanos de comportamiento excesivamente diferente o con una manifestación disidente de su emotividad y su impulsividad, eran o siguen siendo internados en esas sepulturas definitivas del alma que son las llamadas casas de salud, mientras el cuerpo siga viviendo, definitivamente condenados a la no recuperación de su identidad.
Pero ¿quiénes van a los manicomios y por qué? Suenan fuertes y rotundas todavía las palabras de Franco Basaglia: «Al manicomio va la gente que no tiene voz, la palabra; es decir, los pobres, los desheredados». Para el antipsiquiatra italiano, sólo los desheredados van al manicomio, aunque la evidencia también nos muestra individuos de las clases dirigentes internados en esas ciudadelas de terror perpetuo, de camisas de fuerza, electro-choques y lobotomías. Pero, en este caso, también estamos ante desheredados, desheredados del amor de los suyos, individuos, como escribiera Sullivan, que se cuentan las más de las veces entre los elementos más inteligentes y brillantes de unas familias que les condenaron, por conflictivos, molestos y problemáticos, a ser ovejas negras, primero, y carne de manicomio, después.
Franco Basaglia se propuso destruir los manicomios. Heredero, sin duda, del espíritu de Sigmund Freud, quien, en palabras de Castilla del Pino, «inicio el diálogo con la locura, una locura siempre con significado», rechazó, sin embargo, ese otro aspecto de la práctica psicoanalítica, acomodaticio, burgués y, en resumen, tímido y cobarde en sus conclusiones.
Para el líder antipsiquiátrico, el diálogo con el llamado loco debe ser restaurado; y eso es incompatible con el funcionamiento del manicomio. El psiquiatra del manidomio desempena, según Basaglia, el papel de «difundir la psiquiatría como elemento del culto al pesimismo; es decir, haciendo creer que el enfermo mental no puede curarse, que es peligroso, etcétera».
Frente a esta amarga alternativa, la otra, la de la fe en la vida, en cualesquiera de sus manifestaciones, incluso en la de la locura, tremendamente cercana, por otra parte, al arte y a la libertad, es así expresada por Basaglia: «Cuando el psiquiatra da la palabra al internado, puede producirse el auténtico cambio, porque el desheredado habla y expone sus necesidades». Necesidades de afecto; necesidades de intelección en un medio o entorno, las más de las veces incapacitado para entender al loco, en muchas ocacíones, por la superioridad intelectual de éste; necesidad de comprensión en profundidad, etcétera.
« En ese momento», concluye Basaglia su magistral descripción del inicio del diálogo con la locura, «comenzaría el verdadero trabajo del psiquiatra y se podría comprobar si existe o no la psiquiatría una vez que se estableciera la recíprocidad entre el psiquiatra y la persona que sufre».
No siempre se da esa reciprocidad ni, menos aún, en el caso de las instituciones. «Cuando se destruye el manicomio», asegura Franco Basaglia, «que es la institución que protege al técnico, entonces es cuando nos encontramos con el sufrimiento del ciudadano y ya no se podrá dar una respuesta institucional, sino individual: una respuesta de lucha. Cuando el manicomio ya no existe, desaparece el prejuicio de que dentro están los malos y fuera los buenos».
Franco Basaglia tuvo que comparecer -¡cómo no!- en el banquillo de los acusados por una culpa que él no tenía, así descrita en palabras de otro antipsiquiatra, David Cooper: «Llevo toda una vida combatiendo contra el sentimiento de culpabilidad. Debe convencerse a las gentes para que acepten su propia locura sin temor. Hay que recuperar a la locura como una propiedad social común... Sobre todo mandando al carajo a los expertos, cortando la cabeza a los psiquiatras».
Basaglia, que no fue tan radical en sus expresiones como Cooper, respondió en una ocasión a la pregunta sobre si era o no antipsiquiatra con estas palabras: «¿Psiquiatra? ¿Antipsiquiatra? Son palabras sin significado para mí».
Lo cierto es que en la ciudad de Gorizia, donde el paciente Giordano Savarin asesinó a sus padres, se habían abierto las puertas de un manicomio. Pero, años más tarde, Trieste daba la respuesta al experimento: en el hospital psiquiátrico de aquella ciudad, de 1.200 pacientes que había, en 1978, quedaban sólo 420, de los que sesenta eran personas mayores de 75 años, trescientos no sabían adónde ir y sesenta eligieron formas de vida autogestionaria, comunal, no por casualidad, eligiendo antiguas dependencias de monjas y curas.
La Italia que hereda el espíritu de Basaglia aprobó recientemente, en su Parlamento, la denominada ley 180. Es esta, sin duda, la lógica continuación de la sentencia italiana que absolvió a Franco Basaglia, al reconocer, tácitamente, que valía la pena el riesgo de aquel desdichado asunto del asesinato de Giordano Savarin a sus padres. Los jueces valoraron positivamente el sentido de tantos cientos de vidas de locos de manicomio que recobraron su identidad y salieron de esa cárcel cuyo nombre, manicomio, viene del griego mania (locura) y komeo (cuidar). Los manicomios comienzan a cerrarse en Italia, y antiguos dementes recuperan su condición de ciudadanos normales, con una locura normal y un sufrimiento normal. «Se ha reconocido», afirmó uno de sus abogados defensores, «el honor profesional de un científico y un profesional que tiene una delicada misión que cumplir en favor de la humanidad que sufre».

http://elpais.com/diario/1980/08/31/sociedad/336520801_850215.html

sábado, 10 de noviembre de 2012

Psicología y Psiquiatría: No a la Institución


En los hospitales y sus plantas de psiquiatría en particular, hay médicos, batas blancas, enfermos y enfermerías. En realidad no es más que un instituto de vigilancia donde la ideología médica constituye una coartada para legitimar una violencia que ningún órgano puede controlar, ya que el.mandato confiado al psiquiatra es total, en el sentido que él representa concretamente la ciencia, la moral y los valores del grupo social del cual es su legítimo representante dentro de la institución.

Basado en el texto "Psiquiatría y Antipsiquiatría". En él se realiza la apertura con una entrevista a uno de los mayores exponentes de este movimiento: Franco Basaglia, quien fue portavoz en los hospitales que dirigió, como desde la producción científica. En dicha actividad, como han leído, se cuestiona el concepto mismo de ciencia.

http://www.youtube.com/watch?v=zBUJztI884M&feature=youtube_gdata_player

Thomas Szasz -Estigmatizar y Controlar por medio del Diagnóstico psiquiátrico-

martes, 23 de octubre de 2012

Foucault y la Antipsiquiatría



Análisis, contextualizacion y relaciones teóricas


RONALD LAING: Los esquizofrénicos son personas supersensibles y capaces de darse cuenta de la locura social. Al mismo tiempo no niega aspectos biológicos.

El análisis foucaultiano del poder esta centrado en su funcionamiento. Para Foucault en su forma moderna el poder se ejerce cada vez mas en un dominio que no es el de la ley, sino el de la norma, y, por otro lado, no simplemente reprime una individualidad o una naturaleza ya dada, sino que positivamente la constituye, la forma, Foucault distingue dos modalidades fundamentales de ejercicio del poder en las sociedades occidentales y modernas: disciplina y biopolitica. El concepto de normalización se refiere a este proceso de regulación de la vida de los individuos y de las poblaciones. En este sentido, nuestras sociedades son sociedades de normalización. La normalización describe el funcionamiento y la finalidad del poder.



Foucault establece 5 características de la norma:



-La norma refiere a los actos y las conductas de los individuos a un domino que es a la vez un campo de comparación, de diferenciación y de regla a seguir (la media de las conductas y delos comportamientos)

-La norma diferencia a los individuos respecto de este dominio considerado como un umbral, como una media.

-La norma se mide en términos cuantitativos y jerarquiza en términos de valor las capacidades de los individuos.

-A partir de la valoración de las conductas, la norma impone una conformidad que se debe alcanzar; busca homogeneizar

-Finalmente, la norma traza la frontera de lo que es exterior (la diferencia respecto de todas las diferencias): la anormalidad



La sociedad de normalización coincide con la formación de un ejercicio del poder que depende estrechamente del saber o mejor, con aquella forma en la que los mecanismos del poder y del saber se sostienen y refuerzan mutuamente. Foucault insiste sobre la función de normalización que desempeñan los saberes.



La sociedad de normalización entonces delinea el camino de lo correcto, es decir fija los limites de la normalidad en la anormalidad y le otorga el valor social que entra en la categoría de lo correcto, lo normal es lo que se debe hacer. Surge de inmediato el cuestionamiento y la problematizacion de lo normal por parte de otros autores, ¿donde y quien fija ese limite entre lo norma y lo anormal? Foucault hace el aproximamiento de la categoría de anormal desde lo que el poder de normalización catalogó como individuo peligroso, y fija el límite en el crecimiento dislocado, que traería conductas infantiles. La anormalidad vendría determinada por el instinto sexual. Dentro de la psiquiatría la normalidad es sinónimo de salud mental, y la Organización Mundial de la Salud OMS la define como:



"Estado sujeto a fluctuaciones provenientes de estados biológicos y sociales donde el individuo se encuentra en condiciones de conseguir una síntesis satisfactoria de sus tendencias instintivas, así como de formar y mantener relaciones armoniosas con los demás", asi vemos como desde la perspectiva del saber medico hay una relación efectiva entre normalidad y control de los instintos, normalidad y relación social, se encuentra presente también la noción de estado, se deriva que lo contrario a esta definición es patología y se asocia con anormalidad.

Sociología

La sociología a traspasado del saber biológico la problemática para emplazarla en el ámbito de lo social. El debate comienza con Comte quien hace analogías organicistas desde la metáfora del cuerpo social, su análisis supone leyes sociales análogas a las leyes que rigen el cuerpo individual. Y establece una distancia moral entre el concepto de normal y de patología, aunque no establece ningún tipo de criterio para entender que entiende por normal, solo reduce normal a "naturaleza" y "armonía" y anormal a "desvio" de la naturaleza.



Así para Durkheim, el par normal patológico se hará extensivo a los fenómenos poblacionales, prioritariamente, por acción estadística, única capaz de hablarnos de lo normal en términos de frecuencia. Esas regularidades matemáticas serán, sin embargo, un elemento indispensable para la sociología de Durkheim, para su comprensión de la normalidad y de la patología social. A partir de allí se podrán asociar los conceptos de frecuencia, normalidad y moralidad. Lo normal pasará a ser pensado, no como estado de equilibrio entre las partes de un todo, sino como un puente que permite unificar "tipo" y "valor". Durkheim aclara que la frecuencia de un hecho social le otorga su valor, es decir si es capaz de perpetuarse y mantenerse es una forma normal.



El autor George Canguilhem se contrapone a ambas definiciones, por un lado critica a Comte ya que afirma que las sociedades son conjuntos mal unificados de medios de acción, entonces "podemos negarles el derecho de definir a la normalidad por la actitud de subordinación que valorizan por el nombre de adaptación" esto en cuanto Comte entiende anormalidad como desviación armónica, suponiendo la armoniocidad de la sociedad.



Con respecto a la categoría social normal de Durkheim, Canguilhem afirma en su libro "lo normal y lo patológico" que no es la media lo que determina lo normal sino que es preciso considerarla como la expresión de Normas colectivas de vida que son histórica y socialmente cambiantes. Y contradiciendo la hipótesis afirma que "cualquier objetividad se desvanece en la determinación de una normalidad global, ya que la delimitación en torno a la media parece arbitraria (…) pues, la estadística no ofrece ningún medio para decidir si el desvio es normal o no lo es". En conclusión la norma como principio estadístico presupone que lo más frecuente es lo normal y depende de un ambiente y época determinados, y como criterio ideal la norma seria un criterio subjetivo, arbitrario y selectivo.



Foucault diría entonces que un poder normalizador que opera sobre la formación de hábitos, principios racionalizadores y legitimaciones históricas conforma la norma. Y encuentra en la identificación de la norma con el promedio una coacción privilegiada para analizar las relaciones de saber y poder. También el saber enuncia lo que se hace o piensa "todo el mundo" cuando el poder nos invita a hacerlo. El supuesto objetivo de la norma consiste en darle una justificación racional y en dar a la racionalidad un valor absoluto.



Ahora bien, Foucault hace su critica de los dispositivos de normalizan y posibilitan que esta norma forme efectivamente un orden binario en la sociedad, y se establezca como umbral legitimo que nos haría ponernos de un lado o de otro, es decir permite la clasificación entre normal y anormal. Aborda el poder psiquiátrico y su conformación como disciplina portadora de un gran poder como defensora de la sociedad y como tecnología del individuo, que se apodera y entra en el campo judicial y familiar desde su conformación como saber medico. La psiquiatría podría ser cuestionada desde la relatividad de la norma que utiliza como medio cuantitativo y cualitativo de selección, ya que normalidad y anormalidad no pueden ser términos absolutos y tampoco tener un relativismo total. Desde este punto es posible hacer el paralelo con la antipsiquiatria, y identificar como este saber totalizador cataliza la posibilidad de enfermedad en su juicio y como ese juicio esta abalado por un poder que no considera los factores netamente sociales de la enfermedad.



La Antipsiquiatría es un movimiento nacido en los años 1960 y 1970, cuyos propulsores fueron los psiquiatras David Cooper, R. Laing, F.Basaglia, R. Laing y T.Szasz. Pone en cuestionamiento las disciplinas hegemónicas, plantea un análisis muy acorde con el de Foucault de las ciencias de la salud mental como aparatos de control social. Supone un saber totalizador que se plantea desde un interés creado en la dominación social. Expresa las contradicciones de la familia y de una sociedad racionalista en exceso aunque alienada en cuanto a la verdadera satisfacción de las necesidades humanas. Se critica la conformación de una lógica que crea una racionalización centralizadora que engloba el concepto de normal y establece el límite para que cualquier actuar que no responda a sus parámetros sea calificado de anormal. Es el pensamiento único y homogenizante, el saber absoluto que sojuzga al sujeto quien lo adopta entrando en el juego de la vigilancia de los cuerpos incluido el propio, es decir, el individuo sin darse cuenta puede ser también gestor de la psiquiatrización de una conducta quizás regular pero desfavorable para un sistema.

Declarar algo como no racional es lógicamente situarlo en lo irracional y eso en el ser humano, en occidente, en general se asocia a locura en tanto que enfermedad mental o a antisociabilidad. Podríamos decir pues que el sistema tiene una fuerte tendencia a situar como enfermedad mental y conducta antisocial aquello que no puede digerir.



La psiquiatría supondría un factor economicista y de poder el cual implicaría la creación de una lógica favorable al sistema capitalista. Un ejemplo de esto es que en el manual psiquiátrico universal DSM-IV, considera como uno de los síntomas a tomar en cuenta para diagnosticar lo que se llama una conducta antisocial lo siguiente: irresponsabilidad consistente indicada por fallos en mantener una conducta de trabajo consistente o en cumplir obligaciones financieras.



"antipsiquiatria es oposición a ver y tratar la salud mental desde la óptica de los valores del statu quo y a la violencia que eso implica contra la diferencia…

…digamos finalmente con respecto a la antipsiquiatría, que esta se sitúa en una visión que podemos caracterizar como socio- existencial de la llamada enfermedad mental siendo este ultimo concepto a distinguir del de enfermedad cerebral en el que se incluirían aquellas enfermedades con clara causa somática, ya sea de origen traumático genético o infeccioso y añadiendo que hasta estas últimas, como esta claramente establecido, los factores sociales y biográfico y de posibilidad o no de realización del deseo, influyen en mucho, en algunos casos en su surgir o no y en todos en como cursa la enfermedad (ver a este respecto los trabajos del neurólogo Oliver Sasks, por ejemplo). Es decir, la antipsiquiatria se sitúa en el mirar hacia la estructura social, en lo micro y en lo macro y hacia lo biográfico y el deseo de cada cual, para encontrar una visión comprensiva del sufrimiento emocional incluido lo que llamamos locura y en la búsqueda de un salida positiva a este, vale decir una salida terapéutica"

¿Somos normales?

La creación de mecanismo de defensa social, más bien de defensa de un statu quo que se considera aceptable y que requiere su mantenimiento y reproducción. Es a lo que los individuos auto vigilados nos sometemos, y preguntarnos si somos o no normales, esta es la pregunta que nos cabe dentro de un contexto donde creemos debemos ser funcionales y adaptarnos a la sociedad. Pienso que esta interiorización y familiarización con un concepto creado históricamente nos demuestra el ejercicio del panóptico, que al lograr una economía de poder de vigilancia efectiva, logra la necesidad de insertarnos en lo correcto, asociado a lo normal, ¿es este o tal comportamiento normal?, ¿somos normales?, la duda que ejerce en nosotros un poder de querer incluirnos en el lado de la sociedad que es "razón-able", que entra en los parámetros de lo humano o lo deseable según un orden o poder mayor que absorbe y distribuye el modo, la lógica, la personalidad, y las conductas que le son funcionales a sus objetivos.


La relación intima del sujeto con la sociedad y consigo mismo, la extrapolación de la dimensión del anormal, es un mecanismo, que define nuestro modo de pensar, por ende, nuestros referentes y nuestras acciones.



sábado, 31 de diciembre de 2011

Artículo de EL PAIS sobre Franco Basaglia

Ha muerto Franco Basaglia, creador del movimiento antipsiquiátrico italiano
Procesado por un asesinato cometido por un paciente suyo, liberó a millares de personas de los manicomios

ALFONSO GARCIA PEREZ 31/08/1980

Franco Basaglia, líder de la denominada antipsiquiatría italiana, responsable de la salida de los manicomios italianos de millares de ciudadanos, que hoy llevan una vida normal, e inductor de la denominada ley 180 de aquel país, según la cual nadie puede ser internado contra su voluntad, y según la cual también los manicomios italianos han sido condenados a desaparecer, falleció el viernes, en Venecia, a los 56 años de edad, a causa de un tumor cerebral

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Giordano Savarin es el nombre de un ciudadano italiano que asesinó a sus padres con un gran cuchillo. ¿Causas del crimen? Posiblemente en el inconsciente de Savarin existiesen determinantes infantiles, oscuros sentimientos o confusas venganzas que le impulsasen a ese acto, siempre irracional, que es el asesinato de dos seres humanos, pero los jueces italianos determinaron que Savarin era un perturbado mental, que «andaba suelto», por lo cual hubo de ser el responsable de su tratamiento el psiquiatra Basaglia, quien tuvo que comparecer para explicar por qué aquel ciudadano no estaba internado, si era un «loco peligroso». Giordano Savarin era un «enfermo mental liberado» del hospital psiquiátrico de Gorizia, en la Italia de los primeros años de la década de los setenta, donde más de 200.000 seres humanos estaban condenados a una de las peores formas de prisión: el manicomio. Privados de identidad, tanto en aquel como en los demás países, los locos, como son etiquetados los ciudadanos de comportamiento excesivamente diferente o con una manifestación disidente de su emotividad y su impulsividad, eran o siguen siendo internados en esas sepulturas definitivas del alma que son las llamadas casas de salud, mientras el cuerpo siga viviendo, definitivamente condenados a la no recuperación de su identidad.

Pero ¿quiénes van a los manicomios y por qué? Suenan fuertes y rotundas todavía las palabras de Franco Basaglia: «Al manicomio va la gente que no tiene voz, la palabra; es decir, los pobres, los desheredados». Para el antipsiquiatra italiano, sólo los desheredados van al manicomio, aunque la evidencia también nos muestra individuos de las clases dirigentes internados en esas ciudadelas de terror perpetuo, de camisas de fuerza, electro-choques y lobotomías. Pero, en este caso, también estamos ante desheredados, desheredados del amor de los suyos, individuos, como escribiera Sullivan, que se cuentan las más de las veces entre los elementos más inteligentes y brillantes de unas familias que les condenaron, por conflictivos, molestos y problemáticos, a ser ovejas negras, primero, y carne de manicomio, después.

Franco Basaglia se propuso destruir los manicomios. Heredero, sin duda, del espíritu de Sigmund Freud, quien, en palabras de Castilla del Pino, «inicio el diálogo con la locura, una locura siempre con significado», rechazó, sin embargo, ese otro aspecto de la práctica psicoanalítica, acomodaticio, burgués y, en resumen, tímido y cobarde en sus conclusiones.

Para el líder antipsiquiátrico, el diálogo con el llamado loco debe ser restaurado; y eso es incompatible con el funcionamiento del manicomio. El psiquiatra del manidomio desempena, según Basaglia, el papel de «difundir la psiquiatría como elemento del culto al pesimismo; es decir, haciendo creer que el enfermo mental no puede curarse, que es peligroso, etcétera».

Frente a esta amarga alternativa, la otra, la de la fe en la vida, en cualesquiera de sus manifestaciones, incluso en la de la locura, tremendamente cercana, por otra parte, al arte y a la libertad, es así expresada por Basaglia: «Cuando el psiquiatra da la palabra al internado, puede producirse el auténtico cambio, porque el desheredado habla y expone sus necesidades». Necesidades de afecto; necesidades de intelección en un medio o entorno, las más de las veces incapacitado para entender al loco, en muchas ocacíones, por la superioridad intelectual de éste; necesidad de comprensión en profundidad, etcétera.

« En ese momento», concluye Basaglia su magistral descripción del inicio del diálogo con la locura, «comenzaría el verdadero trabajo del psiquiatra y se podría comprobar si existe o no la psiquiatría una vez que se estableciera la recíprocidad entre el psiquiatra y la persona que sufre».

No siempre se da esa reciprocidad ni, menos aún, en el caso de las instituciones. «Cuando se destruye el manicomio», asegura Franco Basaglia, «que es la institución que protege al técnico, entonces es cuando nos encontramos con el sufrimiento del ciudadano y ya no se podrá dar una respuesta institucional, sino individual: una respuesta de lucha. Cuando el manicomio ya no existe, desaparece el prejuicio de que dentro están los malos y fuera los buenos».

Franco Basaglia tuvo que comparecer -¡cómo no!- en el banquillo de los acusados por una culpa que él no tenía, así descrita en palabras de otro antipsiquiatra, David Cooper: «Llevo toda una vida combatiendo contra el sentimiento de culpabilidad. Debe convencerse a las gentes para que acepten su propia locura sin temor. Hay que recuperar a la locura como una propiedad social común... Sobre todo mandando al carajo a los expertos, cortando la cabeza a los psiquiatras».

Basaglia, que no fue tan radical en sus expresiones como Cooper, respondió en una ocasión a la pregunta sobre si era o no antipsiquiatra con estas palabras: «¿Psiquiatra? ¿Antipsiquiatra? Son palabras sin significado para mí».

Lo cierto es que en la ciudad de Gorizia, donde el paciente Giordano Savarin asesinó a sus padres, se habían abierto las puertas de un manicomio. Pero, años más tarde, Trieste daba la respuesta al experimento: en el hospital psiquiátrico de aquella ciudad, de 1.200 pacientes que había, en 1978, quedaban sólo 420, de los que sesenta eran personas mayores de 75 años, trescientos no sabían adónde ir y sesenta eligieron formas de vida autogestionaria, comunal, no por casualidad, eligiendo antiguas dependencias de monjas y curas.

La Italia que hereda el espíritu de Basaglia aprobó recientemente, en su Parlamento, la denominada ley 180. Es esta, sin duda, la lógica continuación de la sentencia italiana que absolvió a Franco Basaglia, al reconocer, tácitamente, que valía la pena el riesgo de aquel desdichado asunto del asesinato de Giordano Savarin a sus padres. Los jueces valoraron positivamente el sentido de tantos cientos de vidas de locos de manicomio que recobraron su identidad y salieron de esa cárcel cuyo nombre, manicomio, viene del griego mania (locura) y komeo (cuidar). Los manicomios comienzan a cerrarse en Italia, y antiguos dementes recuperan su condición de ciudadanos normales, con una locura normal y un sufrimiento normal. «Se ha reconocido», afirmó uno de sus abogados defensores, «el honor profesional de un científico y un profesional que tiene una delicada misión que cumplir en favor de la humanidad que sufre».

Franco Basaglia



Continuando con los debates en el campo de la Salud Mental publicamos este importante texto de Franco Basaglia. El mismo fue cedido por la presidenta de la Fundación Franco Basaglia, Maria Grazia Giannichedda, quien también escribió la nota introductoria para situarlo en el contexto de la obra de Basaglia.
Escrito extraído de www.topia.com.ar
Este artículo surgió como respuesta a un cuestionario que Franco Basaglia recibió en el año 1972, enviado por el prof. Christian Müller, Director del "Hospital de Cery", Lausana, Suiza. La intención de su encuesta era recoger las opiniones de los siete psiquiatras considerados por Müller como los más representativos del mundo occidental, acerca de la organización de un servicio psiquiátrico ideal para una abstracta población de 100.000 habitantes. Las respuestas obtenidas iban a ser publicadas en la revista Psiquiatría Social de Suiza. No se incluye el cuestionario porque el sentido del mismo queda explicitado a lo largo del artículo y además porque, precisamente, Basaglia lo rechazó, tanto en su construcción como en su objetivo, tomando lo que él consideró el eje de la problemática para definir su posición. Este artículo fue publicado por primera vez en “Schweizer Archiv fur Neurologie, Neurochirugie und Psychiatrie” (114, 1974) y en Italia en el libro de Franco Basaglia y Franca Ongaro Basaglia Crimini di pace. Ricerche sugli intellettuali e i tecnici come addetti all’oppressione (Einaudi, 1975), y en la más reciente antología de obras de Basaglia L’utopia della realtà ( Einaudi, 2005). Fue también publicado en la antología La institución en la picota (Franco Basaglia y Franca Ongaro Basaglia, Editorial Enquadre, Buenos Aires, 1974) traducido por María Elena Petrilli y Mauro Rossetti.
Maria Grazia Giannichedda. Presidente de la Fundación Franco Basaglia

El cuestionario parte, según mi impresión, de una premisa contradictoria implícita en la primera pregunta, que contiene en sí misma la calidad o la naturaleza de las respuestas que provoca.
El pedido de formular una hipótesis utópica (La organización de un servicio psiquiátrico para una abstracta población de 100.000 habitantes) precisando contemporáneamente los límites o los confines de la realidad en la que la utopía debe ser circunscripta (en un país occidental europeo o americano) significa proponer o aceptar un discurso puramente ideológico donde la utopía, la hipótesis, en vez de servir a la transformación de la realidad, está determinada o neutralizada por ella. El "mundo occidental" contiene tantas o tales contradicciones primarias o secundarias que no se puede hipotetizar una población tomada como muestra, sin precisar si se refiere a una zona subdesarrollada, a una en vías de industrialización o, aún más, a una zona donde exista un estado de bienestar económico generalizado. Sin estas referencias, no se puede más que proponer una hipótesis "técnica" que responda a las exigencias del técnico y no a las del enfermo, como resultado de una abstracción nunca probada en el terreno concreto de las necesidades, que es donde una organización sanitaria debería responder.
Probablemente éste sea el error primero del cuestionario: pensar que una organización sanitaria psiquiátrica hoy, en una sociedad en transformación, es un mundo cerrado que puede continuar renovándose sólo con la ideología técnico-científica de quien la administra.
"Realidad" y "utopía", en nuestro contexto social, no son términos contradictorios, tesis para producir una nueva, sucesiva realidad que realice e incorpore parte de la utopía. Ellas son reducidas a términos complementarios mediante los cuales son proyectadas a esferas de acción separadas, de tal forma que una pueda traducirse sin contradicciones en la otra. "Realidad" y "utopía" existen ambas como caras sólo aparentemente diferentes de la ideología que es una falsa utopía realizada sólo en beneficio de la clase dominante. La "realidad" en la que vivimos es ella misma una ideología, en el sentido de que no corresponde a lo concreto, a lo prácticamente verdadero, sino que es el producto de medidas tomadas por la clase dominante en nombre de la comunidad. Y, como estas medidas no corresponden a las exigencias de la comunidad sino a las de la clase dominante que las impone, ellas actúan como instrumentos de dominación. De la misma manera en que la utopía, como elemento contradictorio de la realidad que no puede revelar sus contradicciones porque no quiere transformarlas, se traduce en la ideología de una transformación, realizable en tanto que sea usada como instrumento de dominación.
En este sentido, en nuestro contexto social, determinado por una lógica económica a la que están subordinadas todas las relaciones y las reglas de la vida, no existe ni la realidad como expresión de lo prácticamente verdadero donde verificar las hipótesis como respuestas alternativas a las necesidades, ni la utopía como elemento hipotético que trascienda la realidad para transformarla. La utopía sólo podrá existir en el momento en que el hombre haya podido liberarse de la esclavitud de la ideología para poder expresar sus propias necesidades en una realidad que por esto se revele constantemente contradictoria o tal que contenga los elementos que consientan su superación y transformación. Sólo entonces se podrá hablar de realidad como de lo prácticamente verdadero y de utopía como del elemento prefigurante de la posibilidad de una transformación real de este prácticamente verdadero.
Sentada esta premisa de carácter teórico, intentaré ahora entrar en los problemas propuestos por el cuestionario, usando críticamente los términos realidad y utopía como se los entiende en este contexto, con el intento de aclarar la imposibilidad práctica de responder en una realidad como la del mundo occidental europeo o americano, a las necesidades de la comunidad a través de la organización abstracta de un sistema sanitario prácticamente irrealizable.
¿Se puede pensar en organizar un área hipotética según nuestra propia filosofía política o técnica, si este área hipotetizada está inserta en una esfera político-económica bien determinada, que no deja espacio ni a las contradicciones ni a la utopía, si no es en la medida en que logro transformarlas en ideologías? ¿Cómo hipotetizar un servicio de asistencia psiquiátrica si no es como respuesta a las necesidades específicas que se revelan en la realidad? ¿Cómo hipotetizar las necesidades a las que deberemos responder, si no es transfiriendo al área de la abstracción total (que no es, como vimos, área de la utopía) el conocimiento que tenemos de las necesidades que nacen de nuestra realidad? ¿Y qué conocimiento real tenemos de estas necesidades, si hasta ahora la única respuesta fue el manicomio y la segregación?
Cuando se nos pide organizar un servicio sanitario (en nuestro caso psiquiátrico), la dificultad está en poder encontrar respuestas concretas a las preguntas concretas que provienen de la realidad concreta en la que se opera. Pero las respuestas concernientes a la realidad deberían trascenderla (a través del elemento utópico), intentando transformarla. En este sentido, al hipotetizar una organización sanitaria se corre el riesgo de caer en dos errores opuestos: por un lado, el de proponer respuestas que van más allá del nivel de la realidad en que se encuentran las necesidades, creando otras a través de la producción de nuevas realidades ideológicas donde las medidas adop¬tadas están prontas a responder; por el otro, el de quedar tan adheridos a la realidad, como para proponer respuestas cerradas en la misma lógica que produce el problema que se quiere enfrentar. En ambos casos la realidad queda inmodificada y las respuestas se limitan a definir y a circunscribir la problemática de cada sector específico.
En el terreno de la asistencia, en el primer caso se crearán nuevos servicios que, en vez de hacer frente a las necesidades implícitas de la enfermedad a curar, crearán nuevas formas aún no codificadas, por lo que los servicios proyectados serán la adecuada respuesta ideológico-real. La hipótesis propuesta no nace como respuesta directa a las necesidades registradas, sino como evolución de un pensamiento científico que se desarrolla siguiendo la propia lógica, junto a la lógica económica del área en que opera. De este modo prefigura ideológicamente la realidad a la que se propone responder, creando necesidades artificiales u ocultando las necesidades reales. Los servicios psiquiátricos de carácter preventivo, así como se proyectan y actúan hoy, quedan insertos en la lógica económica que ha respondido a la enfermedad mental con la segregación. La enfermedad es incurable o incomprensible; el síntoma principal es la peligrosidad y la obscenidad, por lo tanto la única respuesta científica es el manicomio donde tutelarla y controlarla. Este axioma coincide, sin embargo, con lo otro en él implícito: la norma está representada por la eficiencia o la productividad; quien no responde a estos requisitos tiene que encontrar su ubicación en un espacio en que no entorpezca el "ritmo" social. En este sentido ciencia y política económica van de la mano, confirmando la primera los límites de norma más adecuados o útiles a la segunda. La ciencia sirve de esta manera para conformar una diversidad patológica que viene instrumentalizada según las exigencias del orden público o del desarrollo económico, cumpliendo su función de control social.
Por otro lado, ¿cómo se justificaría el hecho de que sólo quien no tiene poder económico termina en las redes de las instituciones públicas, donde la enfermedad en vez de ser curada es convertida la mayor parte de las veces en irreversible? El enfermo que puede manejar sus propios disturbios queda, aún en la enfermedad, inserto en el proceso productivo (como sujeto-objeto de un particular ciclo económico tal como el de las casas de cura o de los médicos privados); conserva entonces casi intacto su rol social. No es por lo tanto sólo la enfermedad lo que reduce al internado en nuestros asilos a lo que es, sino la internación o el pertenecer a una clase de origen antes de esta internación.
Conservando estos presupuestos, los servicios de carácter preventivo que no llevan a la transformación del manicomio o de la lógica de la exclusión en ellos implícita, son la demostración práctica de la dilatación del campo de la enfermedad más que de su empequeñecimiento, luego del tratamiento. Ellos no responden al problema de la enfermedad mental, sino que absorben, en el campo de la enfermedad, comportamientos que antes no eran incluidos (ver por ejemplo todas las desviaciones antes aceptadas y ahora definidas como anormales, como enfermedad). La utopía-ideología, en este caso, no hace más que confirmar en un nivel distinto la codificación de diversidad, sin mutar la naturaleza o la función dentro del juego social.
En cambio, el caso de adhesión total a la realidad, sin que elementos utópicos intervengan para transformarla, corresponde a la construcción de estructuras sanitarias técnicamente más eficientes, que obviamente conservan intacta la lógica en que está inserta la enfermedad, su definición y codificación, así como la naturaleza de las medidas hasta ahora tomadas para responderle. Por demasiado "realismo" se siguen dando sólo respuestas compatibles con el escepticismo hacia la enfermedad implícito en la estructura de los asilos; o sea, se siguen dando respuestas negativas o reductivas que se limitan a confirmar la negatividad de la realidad, en la que la utopía no se afirma o no sirve para transformar la lógica en la que ella se sostiene.
Lo que debe transformarse para poder transformar prácticamente las instituciones o servicios psiquiátricos (como por otra parte todas las instituciones sociales), es la relación entre ciudadano y sociedad, en la que se inserta la relación entre salud y enfermedad. O sea reconocer como primer acto que la estrategia, la finalidad primera de toda acción, es el hombre, sus necesidades y su vida dentro de una colectividad que se transforma para aleanzar la satisfacción de estas necesidades y la realización de esta vida para todos. Aquí está el significado de la necesidad de una toma de conciencia política en cada acción técnica. Esto significa entender que el valor del hombre, sano o enfermo, va más allá del valor de la salud o de la enfermedad; que la enfermedad, como toda otra contradicción humana, puede ser usada como instrumento de liberación o de dominio; que lo que determina el significado y la evolución de cada acción es el valor que se reconoce al hombre y el uso que se le quiere dar, de lo que se deduce el uso que se hará de su salud y de su enfermedad; que en base al distinto valor y uso del hombre, salud y enfermedad adquieren un valor absoluto (una positiva y la otra negativa) como expresión de la inclusión del sano y de exclusión del enfermo con respecto a la norma; o un valor relativo, en cuanto acontecimientos, experiencias y contradicciones de la vida que transcurre entre salud y enfermedad. Cuando el valor es el hombre, la enfermedad no puede representar la norma ya que la condición humana es la de estar permanentemente entre salud y enfermedad.
Si el valor primario es el hombre, el disminuido, el inválido, el ineficiente no son los elementos negativos de un engranaje que debe, a pesar de todo, proceder en un solo sentido, sino que forman parte de los sujetos necesarios para satisfacer las necesidades por las que la producción existe y se desarrolla. Pero en el mundo occidental, incluso en el caso de que se llegue a un nivelamiento que garantice, por ejemplo, la asistencia para todos en un régimen interclasista, el valor primero nunca sería el hombre ya que permanecería —también en esta dimensión— dominado y subordinado merced a una lógica económica totalmente extraña a él, donde no participaría sino como objeto pasivo: lógica que sobrevive, por eso mismo, por sobre la pasividad y la destrucción del hombre, cuyo valor no cambia a través de las transformaciones que ella misma produce.
Si no cambia esta actitud (que es inevitablemente de naturaleza política) hacia el enfermo, el inválido, el disminuido, no cambia el significado destructivo implícito en sus tratamientos: la segregación como respuesta institucional y la codificación de una diversidad que puede ser instrumentada como elemento de discriminación social, incluso en la fase preventiva.
Cuando se habla de exclusión en ciertos niveles sociales, de las relaciones de producción como fundamento de toda relación entre hombre y hombre en la sociedad occidental, se entiende también cómo la enfermedad —de cualquier naturaleza que ella sea— puede volverse uno de los elementos utilizables en el interior de esta lógica, aprovechable como confirmación de una exclusión cuya naturaleza irreversible está dada por la categoría de pertenencia del paciente y por su poder económico. Esto no significa —como muchas veces se ha mal entendido— que la enfermedad mental no existe y que no se tengan en cuenta en psiquiatría, o sea en medicina, los procesos fundamentales del hombre. Sino que significa que la enfermedad, como signo de una de las contradicciones humanas, puede ella misma ser usada dentro de la lógica de la explotación y el privilegio, asumiendo así otra cara —la cara social— que la transforma poco a poco en algo diferente de lo que era primitivamente.
En este sentido, programar un servicio sanitario que parta de las premisas político-sociales tratadas arriba, y que deje inalterado el mecanismo, significa aceptar incluir en el terreno de la enfermedad también aquello que no tiene nada que ver con la enfermedad. Esto significa que, en vez de responder a las necesidades reales, el servicio proyectado contribuirá a ampliar el terreno de la enfermedad englobando los elementos de naturaleza social que se le sobreponen y con los que se termina por identificarla. En la medida en que la utopía no es posible si no es como traducción automática de ideología-realidad, las técnicas terapéuticas no responden nunca a la enfermedad, sino al doble que de ella se construye, como respuesta a las exigencias de la producción o del consumo.
Proyectar sobre estas bases la prestación de un servicio donde impera la ideología médica, totalmente privada de todo elemento utópico que prefigure una respuesta a la enfermedad, significa aceptar que se definan como enfermos (y en consecuencia que sean englobados en las diversas instituciones competentes) comportamientos que pueden ser solamente la denuncia de malestares sociales.
El deber de una programación sanitaria que quiera responder a las necesidades reales, es entonces la individualización y reconocimiento del uso que explícitamente se hace de la enfermedad de tal manera que los servicios proyectados no sirvan para dilatarla sino para reducirla.
De estas premisas es fácil deducir, a mi parecer, que es imposible proyectar un programa real para una población hipotética de 100.000 habitantes. Imposible si la respuesta se limita a desarrollarse en el terreno de la ideología, o sea de la utopía realizada sólo en beneficio de pocos, dado que no estamos en condiciones, de esta manera, de conocer las necesidades de los más a quienes debemos responder; inútil si queda encerrada en los límites de la realidad actual (que es realidad-ideología) sin trascenderla para transformarla. Debemos aprender a entender que el médico o los grupos interdisciplinarios, no organizan en primera persona los servicios sanitarios como simple respuesta técnica a una necesidad humana. Ellos se limitan a desarrollar la delegación implícita en su rol: aquélla que proviene de su pertenencia a la clasa dominante o que les permite usar el propio conocimiento técnico como instrumento de poder o de dominio sobre la clase dominada, para la cual la alternativa de explotación en el caso de enfermedad o invalidez es únicamente la exclusión o la segregación; y por lo tanto la destrucción es total.
Si esta relación de dominación está en la base de la relación entre hombre y hombre, ¿cómo suponer que la relación terapéutica entre médico y paciente esocial? ¿Y cómo hablar de profilaxis psiquiátrica si uno de los lugares más nocivos para la salud del ciudadano es la institución médica (hospitales, ambulatorios, dispensarios, centros de higiene mental) donde rige, en todos los niveles, la relación de dominio y de abuso implícita en lo estructura de nuestra sociedad? Desde el momento en que las instituciones creadas y programadas por la prevención (primaria, secundaria, terciaria) son ellas mismas reproductoras de enfermedad, la prevención no sirve más que para confirmar la función de las instituciones como instrumentos de control a través de la enfermedad que, por lo tanto, será alimentada en vez de curada.Está exenta del componente de clase implícito en toda relación s Salud y enfermedad no son términos abstractos, sino elementos constitutivos de una realidad violenta y opresiva donde el encuentro entre hombre y hombre es por sí mismo "causa" y "ocasión" de enfermedad. En este sentido las estructuras que deberían servir para su prevención, resultan del todo inadecuadas, en la medida en que no atacan sino que confirman la naturaleza de las relaciones de subordinación y de dominio, a través de la relación técnico-asistido.
En el momento en que estas organizaciones sanitarias nacen, debemos ser concientes del rol que ellas juegan. El técnico, al poner a disposición del asistido su saber, debe negar en sí el poder social implícito en su figura. La ruptura del binomio saber-poder, actualmente automático e indivisible en el rol médico, es un deber de la nueva institución asignada a la prevención de la enfermedad. Pero esta prevención puede ser posible sólo a través de la protección simultánea del técnico y del asistido, de tal modo que la realidad conserve su contradicción como contradicción natural (la presencia simultánea en la vida, de salud y enfermedad), sin que la enfermedad se transforme en un valor negativo absoluto, instrumentalizable en todo sentido, contrapuesto al único valor absoluto positivo, representado por la salud.
Mientras sea la ideología dominante la que programe los nuevos servicios de sanidad, las nuevas estructuras y los nuevos modelos, no pueden más que continuar confirmando prácticamente los valores de la clase dominante. Y esto continuará a concretarse en la organización de las necesidades de la clase subalterna, sin que se responda jamás a tales necesidades dado que la organización responde siempre a las necesidades del técnico y no a las del asistido, incluso cuando aparentemente el médico cura y el asistido resulta curado.
A esta altura se podría formular diversamente la pregunta central del cuestionario, introduciendo realmente un elemento utópico: ¿Cómo proyectar un servicio psiquiátrico para 100.000 habitantes, servicio en el cual el técnico viva prácticamente la contradicción entre su rol de poder y su saber?
Es exactamente lo que intentamos hacer en un terreno práctico institucional. Somos perfectamente conscientes que se trata de una "apuesta" absurda, impregnada de elementos autodestructivos, pero que sin embargo tiende aún —a pesar del absurdo de esta perseveración obstinada— a la búsqueda de hacer posible la vida para el hombre.
A lo mejor, por esta absurda obstinación, he sido etiquetado por los colegas franceses de "politiquiatra" y como "inmaduro afectivo". Sin embargo mi "politiquiatría" o mi inmadurez afectiva no me impiden actuar, aunque sí con enormes dificultades, en el plano práctico. Estoy dirigiendo una institución hospitalaria que sirve a un área de 300.000 habitantes. No me retiro al mundo de las ideas o de las abstracciones, sino que trato en lo posible —entre realidad e ideología— de individualizar las necesidades de la población que debería asistir. La lucha y las dificultades que encuentro en esta acción son la única confirmación de la validez de lo que vengo sosteniendo: las fuerzas más retrógradas y moderadas nos impiden prácticamente actuar y no pueden comprender cómo y por qué tantos jóvenes, provenientes de diversos países europeos, vienen a trabajar a Trieste, con el intento de transformar la realidad institucional y su función dentro del sistema social. La defensa habitual es sostener que quizás en Italia las cosas están peor que en otras partes. Pero he visto manicomios suizos, franceses, alemanes e ingleses y todos tienen la misma cara porque cumplen todos la misma función social.
Le agradezco por haberme dado la oportunidad de aclarar algunos puntos de lo que sostengo y que ha sido muchas veces mal entendido. Considere cuanto he precisado aquí, un poco concisamente, como mi respuesta a su formulario, teniendo en cuenta al mismo tiempo el programa para el área de Trieste donde estoy tratando de actuar, con la conciencia constante de los límites sociales y políticos que cada acción técnica inserta en un país occidental europeo o americano, implica.

Franco Basaglia

domingo, 21 de marzo de 2010

Franco Basaglia


“Lo importante que hemos demostrado es que lo imposible se ha vuelto posible. Diez, quince, veinte años atrás, era impensable que un manicomio pudiera ser destruido. Tal vez los manicomios vuelvan a ser cerrados, incluso más cerrados que antes, yo no lo sé, pero de todas maneras nosotros hemos demostrado que se puede asistir a la persona loca de otra manera, y el testimonio es fundamental. No creo que el hecho de que una acción logre generalizarse quiera decir que se ha vencido. El punto importante es otro, es que ahora se sabe qué se puede hacer”.

Nació en 1924 en Venecia. En 1949 se recibió de médico y empezó a trabajar como asistente en la Clínica de Enfermedades Nerviosas de Padua. En 1962 ganó el concurso para dirigir el Hospital Psiquiátrico de Gorizia. En 1968 publicó La institución negada. Informe de un Hospital Psiquiátrico, libro emblemático donde relata la experiencia de Gorizia. En 1971 escribió junto con su esposa Franca Ongaro La mayoría marginada. La ideología del control social. Las luchas de Basaglia con el movimiento Psiquiatría Democrática y el conjunto de la izquierda italiana lograron que en 1978 fuera aprobada casi por unanimidad en el Parlamento la Ley 180 de reforma psiquiátrica en la cual se ordenaba el cierre progresivo de los hospitales psiquiátricos promoviendo la atención comunitaria. www.topia.com.ar

Tenemos que decir que en Argentina todavía existen reductos enajenadores de esta clase. Así mismo en España bajo la inocente semántica de Hospital Psiquiátrico también se adormecen la conciencia de los enfermos. Las unidades de hospitalización pueden resultar terribles. El ingreso en una unidad de hospitalización psiquiátrica es un paso decisivo en la constitución psíquica del enfermo. Quien vive una experiencia alienante con otros enfermos, con asistentes que tienen que mostrar una gran capacidad de tolerancia ante las idiosincrasias de los encerrados. La atmósfera de una hospitalización es difícil y marca sin duda. La hospitalización es el último de los recursos, no obstante la pérdida de contacto con la realidad es razón para que exista un ingreso. Si existiera una profilaxis o un "psicólogo de cabecera" formado, nos ahorraríamos muchos traumáticos desencuentros en el hospital.