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miércoles, 9 de agosto de 2017

Winnicott y el Grupo Independiente

Tras el fracaso de Winnicott en su análisis con Joan Rivière, fue analizado por James Strachey. En 1924 después de tres años de análisis. De, spués comenzó su carrera de psicoanalista. Supervisado con Melanie Klein, admiró su finura analítica y la respetó profundamente, siempre.
Freud se desplazó de Viena a Londres por la persecución nazi, y con él, la esencia psicoanalítica y, también, la dispersión de orientaciones.
Tras la muerte de Freud, en la Sociedad Psicoanalítica Británica se organizaron dos grupos polares; por un lado los seguidores de Melanie Kein y en el contrario Anna Freud. Esto este enfrentamiento ideológico del psicoanálisis es lo llamado "grandes controversias".
Winnicott, no quiso adherirse a ningún compartimento estanco de pensamiento uniforme.
Winnicott y otros destacados analistas como Ferenczi, Balint o Bowlby llevaron a cabo aportaciones originales y creativas sin temor a desmarcarse de la línea oficialista o al rechazo por parte de su grupo, conocido como el " Middle Group".
Curiosamente, todos ellos se orientaron, se sintieron implicados en tareas psicosociales: niños maltratados, abandonados por su familia, separados de sus padres por causas externas, o atendiendo el sufrimiento físico de los enfermos o de los propios cuidadores.
No es casual que estos importantes psicoanalistas, junto con Ferenczi, sean considerados hoy en día como los precursores del psicoanálisis relacional.

Rodrigo Córdoba Sanz. Psicólogo
Agosto del 2017, Oropesa del Mar

sábado, 20 de septiembre de 2014

Psicoanálisis de las relaciones objetales



La teoría de las relaciones objetales puede verse, según como la definamos, como un capítulo de la teoría psicoanalítica freudiana o como una de las versiones contrastantes de la teoría psicoanalítica que existen en la actualidad. La posición del autor se ubica en la segunda línea de pensamiento, ya que cuestiona la hipótesis de que las pulsiones impersonales a la búsqueda de descarga tensional constituyen el principal —o tal vez el único— sistema motivacional del ser humano. La teoría de las relaciones objetales plantea la existencia de una necesidad primaria de objetos, que no puede reducirse a la búsqueda del placer. 

Si uno acepta la existencia de esta búsqueda primaria de relaciones, esto cambia nuestra comprensión del proceso psicoanalítico. El trabajo describe, brevemente, cómo puede verse este proceso a partir de una concepción que privilegia el vínculo analítico como factor terapéutico fundamental.

    La teoría de las relaciones objetales puede verse, según como la definamos, como un capítulo de la teoría psicoanalítica freudiana, o como una de las versiones contrastantes de la teoría psicoanalítica que existen en la actualidad (Kernberg, 1976). Mi propia perspectiva se ubica en la segunda línea de pensamiento, por lo que dejaré de lado las consideraciones referentes al concepto de objeto en la obra de Freud. En particular, el concepto de “objeto de la pulsión” poco o nada tiene que ver con la forma en que se concibe al objeto en la teoría de las relaciones objetales.

    El objeto de la pulsión es aquella entidad —ya sea externa al cuerpo del sujeto o parte del mismo— que permite la descarga de tensión pulsional, generadora de placer, a través de una conducta consumatoria que constituye el “fin” de la pulsión. En este contexto, el objeto es el elemento más variable de la dinámica pulsional, ya que es infinitamente reemplazable (Freud, 1915).

    En cambio, cuando hablamos de objeto en la teoría de las relaciones objetales nos estamos refiriendo siempre a un “objeto humano”, es decir, a una persona, una parte de una persona, o una imagen más o menos distorsionada de éstas. Aquí el objeto deja de ser impersonal y reemplazable, para volverse intensamente personal. No es el objeto de una pulsión, un mero requisito para la obtención del placer, sino un objeto de amor o de odio, que el yo busca para encontrar respuesta a su necesidad de relación. Y, una vez encontrado, estos sentimientos quedan tan ligados a ese objeto específico, que sólo a través de un duro y difícil trabajo de duelo podrá abandonarlo y volver a colocarse en las condiciones que permitirían una nueva elección.

    Esta concepción se origina también, desde luego, en la obra de Freud, particularmente en “Duelo y melancolía” (Freud, 1917) y “El yo y el ello" (Freud, 1923). Recuerdo que un analista brasileño me dijo, en una ocasión, que “La metapsicología se murió con ‘Duelo y melancolía’, ¡y todavía la estamos duelando!”.  Por otra parte, también en “Los instintos y sus destinos” (Freud, 1915) encontramos un detallado argumento para demostrar que el amor y el odio no son en absoluto pulsiones, sino expresiones de “la relación del yo total con sus objetos”.



    Una forma de definir la teoría de las relaciones objetales es afirmar que ésta pretende dar cuenta de cómo la experiencia de la relación con los objetos genera organizaciones internas perdurables de la mente. En otras palabras, se trata del desarrollo, hasta sus últimas consecuencias, de la hipótesis de que las estructuras psíquicas se originan en la internalización de las experiencias de relación con los objetos. Existe, desde luego, una interacción entre la internalización de las experiencias de relación, por una parte, y la actualización de las estructuras relacionales internalizadas, encarnándose en nuevas relaciones, que a su vez serán internalizadas. En consecuencia, la vida de relación toma la forma de un proceso circular, semejante a los descritos por los teóricos de los sistemas generales (Bateson, 1972; Foerster, 1991).

    Como puede apreciarse, esta teoría permitiría integrar, en forma armoniosa, los elementos “internos” y “externos” de la experiencia humana, ya que investiga y conceptualiza la influencia de las relaciones interpersonales “externas” sobre la organización de las estructuras mentales “internas”, así como la forma en que estas últimas determinan las nuevas relaciones interpersonales que se establecen posteriormente.

    Sin embargo, la antigua discusión sobre lo “interno” y lo “externo” continúa siendo una importante fuente de conflicto en psicoanálisis. En la medida en que nuestra tradición ubica el origen oficial del psicoanálisis en el abandono de la mal llamada “teoría de la seducción”, esto ha sido el origen del prejuicio que afirma que toda muestra de interés por los factores “externos” simplemente “no es psicoanálisis” (Tubert-Oklander, 1994). Éste fue el principal motivo del violento rechazo padecido por Sándor Ferenczi cuando pretendió reformular el problema teórico-clínico del efecto estructurante de las experiencias reales de maltrato vividas por los niños (Masson, 1984).

    A partir de ese momento, el desarrollo de la teoría de las relaciones objetales se bifurcó en dos corrientes. La primera de ellas, iniciada por Karl Abraham (1924) y posteriormente desarrollada por Melanie Klein y su escuela (Klein, 1932; Klein, et al., 1952), enfatiza la determinación pulsional de la experiencia de la relación con el objeto y concentra su atención en el objeto interno y su efecto determinante sobre la vida posterior del sujeto. La segunda, que proviene de la obra de Sándor Ferenczi (1955, 1985), y se continúa con la de Michael Balint (1965, 1968), Donald W. Winnicott (1958, 1965, 1971), M. Masud R. Khan (1974, 1979, 1988), W. Ronald Fairbairn (1952), Harry Guntrip (1961, 1968, 1971), Charles Rycroft (1966, 1968, 1979), Marjorie Brieley (1951) y otros autores de la llamada “escuela británica”, así como también con la de Erik Homburger Erikson (1950, 1968, 1987) y, más recientemente, con la “psicología del self” de Heinz Kohut (1971, 1977, 1984), enfatiza el efecto estructurante que la relación real con el objeto y con el entorno cultural tiene sobre el psiquismo. Otto Kernberg (1976), por su parte, intenta integrar ambas versiones en una visión más sistémica de la interacción entre sujeto y objeto, entre lo interno y lo externo.

    Todo lo anterior determina formas bien diferentes de concebir la naturaleza, objetivos y curso del proceso analítico. Denominaré “teoría de las relaciones de objeto”, en el contexto de esta discusión, a aquella línea de pensamiento que proviene de las propuestas originales de Freud en “Duelo y melancolía” (1917) y “El yo’ y el ello” (1923), pasando a través de las contribuciones pioneras de Ferenczi, para desembocar en las del “grupo intermedio” británico, de Erik Erikson y de la “psicología del self” de Kohut y su escuela. Esta visión destaca la importancia de la matriz interpersonal y social de la que se nutre y en la que crece la organización de la vida psíquica del individuo. Esto por oposición al “psicoanálisis freudiano clásico” —al que considero una versión unilateral y empobrecida del complejo universo abierto por la obra de Freud— y la “teoría de la fantasía inconsciente” de Klein y sus discípulos, con su énfasis en los determinantes exclusivamente intrapsíquicos y pulsionales.

    La teoría de las relaciones objetales rompe desde un comienzo con la teoría de las pulsiones al destacar otras motivaciones del ser humano, no relacionadas con la búsqueda del placer impersonal, sino con las necesidades de relación, altamente personales. Es por eso que Fairbairn afirmó que “la libido es esencialmente buscadora de objetos” (pág. 163) y no de placer.  En la misma línea, Winnicott (1960) distinguió entre las “necesidades del ello”, es decir, los deseos pulsionales, y las “necesidades del yo”. De estas últimas afirmó que no es adecuado decir que se gratifican o se frustran, ya que nada tienen que ver con la búsqueda del placer como descarga, sino que simplemente encuentran respuesta en el objeto, o no la encuentran.  Estas necesidades incluyen anhelos tales como el de ser visto, reconocido o comprendido, o el de compartir la propia experiencia subjetiva con otro ser humano. Cuando éstas no encuentran respuesta, la reacción emocional del sujeto no es de frustración, sino de vacío y desesperanza. Cuando sí la encuentran, lo que surge no es una experiencia de placer sino de armonía y plenitud.

    El reconocer la importancia esencial de estas necesidades de relación objetal no supone en absoluto ignorar la vigencia de los deseos pulsionales —sexuales y agresivos. Estos existen, indudablemente, pero en condiciones normales sólo se manifiestan en el contexto de relaciones altamente personales. En ello, la norma es el deseo sexual como parte del amor objetal, y el deseo agresivo como parte del odio objetal, ambos indisociables de las personas a quienes se dirigen. La lujuria y la ira impersonales sólo se manifiestan en situaciones de descomposición de la integridad de la personalidad, que permiten la operación de esos mecanismos disociados de búsqueda del placer a los que Freud denominara “pulsiones” (Kohut, 1981).

    A partir de estas consideraciones, el proceso analítico ya no puede concebirse como organizado alrededor del “hacer consciente lo inconsciente”, sino en términos de una evolución progresiva del vínculo personal que se establece entre el paciente y el analista. La estrategia básica del tratamiento consistiría en la resolución de los fenómenos de transferencia-contratransferencia y de resistencia que obstaculizan el logro de un encuentro humano pleno, novedoso, creativo y mutuamente empático entre ambos participantes en la experiencia. Y dicho encuentro constituye el principal factor curativo de todo este intercambio (Tubert-Oklander, 1981, 1994; Hernández de Tubert, 1995, 1996).

    El vínculo analítico oscila, como todas las relaciones humanas, entre los polos representados por la objetivación del otro, tomado como un “objeto” a conocer, explicar, manejar o explotar, y el encuentro intersubjetivo. Los pacientes llegan a tratamiento porque, en su vida emocional, las relaciones se han deshumanizado, objetivándose, al punto de que llegan a tratar a los demás seres humanos como “cosas” a ser utilizadas para su propia conveniencia o placer. Esta degradación de las relaciones alcanza también al medio ambiente no humano (Searles, 1960), que pasa a revestir características inanimadas, y al propio ser, que se despersonaliza y desvitaliza, llegando a tornarse, en algunas de las patologías más graves, en una grotesca caricatura mecánica de un ser humano (Tustin, 1972, 1981, 1986, 1990). Lo mismo ocurre con la historia, que pierde su vitalidad, transformándose en un pasado muerto, solo susceptible de actuar como una “causa” mecánica e impersonal de un presente absolutamente predeterminado.

Ésta es precisamente la situación que debe resolverse en el curso del tratamiento analítico. A tal fin, el analista debe maniobrar para resolver las múltiples trampas relacionales que mecanizan y estereotipan el vínculo, deshumanizándolo e impidiendo aquel encuentro que reavivaría ese mundo muerto en el que se debate el paciente. A esto lo llamamos el “análisis de la transferencia”, si bien resultaría mucho más adecuado denominarlo “análisis de la transferencia-contratransferencia” (Racker, 1960; Baranger y Baranger, 1969).

    El diálogo analítico comienza como un encuentro entre dos extraños, que sólo pueden percibirse como “objetos” a conocer y sobre los cuales habrá que operar, en formas más o menos racionales. Éste es el momento de máxima objetivación del otro, en el cual éste sólo puede ser explicado, pero no comprendido (Jaspers, 1946). Esta situación pronto da lugar al mutuo involucramiento de la transferencia-contratransfrencia. En ese momento, el analista se encuentra con que el paciente, al igual que él mismo, si bien no son extraños tampoco le resultan totalmente comprensibles, ya que existen importantes áreas de su experiencia mutua que han sido secuestradas de la relación, operando desde lo inconsciente. De esta nueva situación busca rescatarse por medio de la interpretación. Esta última es una operación intelectual —mucho menos objetivante y despersonalizada que la explicación— que media entre estas dos personas que no han podido todavía encontrarse, actuando a la manera de un puente que los une y los separa a la vez, pasando por encima del abismo de su mutuo extrañamiento. En esta circunstancia, el paciente ya no se nos presenta con un ente impersonal a ser explicado en términos causales, ya que su presencia y su accionar nos han herido en lo más profundo de nuestra intimidad, tornando personal la relación. Sin embargo nuestras mutuas defensas nos tornan todavía extraños el uno para el otro. Es en esta paradójica situación de ser a la vez objetos totalmente ajenos y personas intensamente comprometidas en lo emocional que debemos recurrir a la interpretación, como la única forma de reunir estas dos visiones incompatibles en un todo armonioso (Tubert-Oklander, 1994). Cuando tenemos éxito, logramos pasar, tal vez sólo por breves momentos, a un nuevo entendimiento intersubjetivo, en el que el otro se torna nuestro semejante y en el que logramos comprenderlo empáticamente, sin que medie operación intelectual alguna, ni explicativa ni interpretativa.  Esto constituye una nueva vía para el conocimiento del ser humano, a la que Kohut (1981) denominara la “inmersión empática total”.

    Pero estos breves encuentros pronto ceden su lugar a nuevos momentos de extrañamiento, en los que tendremos que lidiar, con todos nuestros recursos, para recuperar el contacto con ese desconocido que tenemos enfrente. Y así volveremos a explicar, hasta que nos encontremos en condiciones de interpretar, e interpretaremos una y otra vez, hasta que la repentina comprensión torne innecesarias todas estas operaciones. El proceso se desarrolla así como una espiral progresiva, en la cual cada vuelta del ciclo nos acerca un poco más a ese intercambio pleno, novedoso y creativo que denominamos la “relación real” (Greenson, 1967; Tubert-Oklander, 1991). De esta forma van cediendo los aspectos repetitivos y estereotipados de la relación, iluminando los rincones más oscuros de la experiencia de ambos y revitalizando aquellas áreas muertas e inanimadas que transforman al paciente en una especie de autómata causalmente determinado. Entonces el pasado y el presente cobran una nueva vida, abriendo el camino para un futuro difícil e indeterminado, pero pleno de esperanzas. Éste es el momento en el que paciente y analista comienzan, paradójicamente, a pensar en su separación.

    A lo largo de todo este proceso, la relación del paciente con su familia, amigos, enemigos, vecinos y compañeros de trabajo ha sufrido también un proceso de reanimación, revitalización y rehumanización (Solís Garza, 1981; Tubert-Oklander, 1987, 1996). Lo mismo ha ocurrido con sus relaciones consigo mismo, con su cuerpo, con la comida, con sus necesidades físicas y emocionales, con el trabajo, con la sociedad y con su entorno físico y ecológico. Si esta evolución ha resultado exitosa, ya no le resultará posible deteriorar impunemente el medio ambiente, actuar en formas deshonestas o abusivas con sus semejantes, explotarlos en el terreno sexual, agresivo, económico o narcisista, o aceptar pasivamente unas condiciones de vida inadecuadas o un trabajo enajenante. En otras palabras, se habrá convertido en una mejor persona, si bien esto no deja de provocarle problemas, ya que se encuentra ahora mucho menos adaptado a un medio poco adecuado para la existencia humana. Pero allí donde acaba la adaptación pasiva a la realidad, se inicia el largo y difícil camino de la adaptación activa, a de través acciones transformadoras de ese entorno inhóspito. Camino que no es fácil ni agradable, y que implica una larga lucha y un arduo trabajo pero, al fin y al cabo, ¿no  es ésta, acaso, la esencia de la vida humana?


viernes, 25 de abril de 2014

Ronald Fairbairn



Carlos Rodríguez Sutil ©

SOBRE LA OBRA DE W. RONALD D. FAIRBAIRN


INTRODUCCIÓN
La obra de Fairbairn dentro del movimiento psicoanalítico es sorprendentemente original, sobre todo si tenemos en cuenta la época en que fue realizada, años cuarenta y cincuenta principalmente. Parte de esta originalidad es atribuida por Ernest Jones a que Ronald Fairbairn desarrolló prácticamente toda su carrera aislado de la comunidad psicoanalítica. Harry Guntrip distingue tres fases en el desarrollo profesional de Fairbairn:
a)      el período freudiano (1927-1934),
b)      el período kleiniano (1934-1940), y
c)      el período propiamente fairbairniano (de 1940 hasta el final en 1965).

Con Melanie Klein se tiene la sensación de observar procesos puramente endopsíquicos que evolucionan con el estímulo, sólo parcial, de los acontecimientos externos. Por ejemplo, para Fairbairn la maldad del objeto (la madre) procede de no haber prestado la atención debida, mientras que para Melanie Klein esa maldad era una consecuencia del sadismo intenso, innato o de la pulsión de muerte. La teoría de las relaciones objetales que propone Fairbairn anuncia una epistemología intersubjetiva, externalista, en consonancia con el enfoque anticartesiano de autores recientes como Mitchell o Stolorow. Un hecho que parece ser afectó profundamente a Fairbairn fue la manifestación de una de sus primeras pacientes, tras varios años de terapia, que le dijo:

“Usted está siempre hablando de que yo quiero tener satisfecho tal o cual deseo, pero lo que yo realmente quiero es un padre”.

Fairbairn siempre estuvo en contra de las concepciones energetistas en psicoanálisis y en su madurez afirmó que lo que busca la libido desde el inicio no es la descarga sino al objeto; el placer libidinoso, dirá, no es más que un medio para obtener al objeto. Además, si pensamos la libido en relación con el objeto estará de acuerdo con el principio de la realidad, sólo si se concibe sin relación con el objeto es cuando sigue el principio del placer, y se trata, por tanto, de una falsa dicotomía. Si sólo buscara el placer no se explicaría el paso al proceso secundario. Freud recurrió a partir de 1920 al mecanismo de la compulsión a la repetición para comprender el fenómeno de la adherencia neurótica a una experiencia dolorosa pero, comenta Fairbairn, si consideramos que la libido busca primariamente al objeto no es necesario recurrir a ese mecanismo. Rechaza el concepto de pulsión de muerte y entiende que la agresión es una reacción a la frustración de las necesidades libidinales. El principio del placer no es la forma primaria de la actividad humana sino, más bien un deterioro de la actividad basada en el principio de realidad, más naturalmente primario.
Fairbairn concede gran trascendencia al entorno materno en la aparición o no del trauma. Los trastornos del desarrollo se producen cuando la madre no hace sentir al niño que lo ama por sí mismo, como persona. Estas madres pueden ser tanto posesivas como indiferentes de una manera semejante a las madres erráticas de las que hablará Winnicott para referirse a la maternidad errática en las psicosis provocadas por el ambiente.
Entre las aportaciones teóricas fundamentales se cuenta también la introducción de la posición esquizo-paranoide en la base de la estructuración psíquica, por lo que la escisión psicótica es el fondo de toda personalidad. También su concepto de las neurosis como formas de defensa ante las ansiedades básicas (psicóticas). Fairbairn elaboró igualmente una metapsicología propia y describió una estructura del psiquismo en términos de relaciones objetales, diferente de la freudiana. Finalmente, el objetivo de la psicoterapia no es tanto analizar la culpa o los conflictos inconscientes sino hacer salir los objetos malos interiorizados.

ESTRUCTURA Y DEFENSAS
     
Ronald Fairbairn postula, en un artículo publicado en 1944, Las Estructuras Endopsíquicas Consideradas en Términos de Relaciones de Objeto, que el aparato psíquico debe estar constituido por los objetos introyectados o interiorizados. Si las pulsiones no pueden existir en ausencia de una estructura del yo - digamos, de un psiquismo - no es posible establecer una delimitación práctica entre el yo y el ello. Si los impulsos no pueden ser considerados a parte de los objetos – externos o internos – no son, en definitiva, más que los aspectos dinámicos de las estructuras endopsíquicas. La represión, según Fairbairn, se establece sobre los objetos malos internalizados, pero no sólo sobre ellos, sino también con las partes del yo que buscan establecer relaciones con estos objetos. El yo, por consiguiente, se fragmenta, y unas partes se oponen a otras, proceso no muy diferente del que sugiriera Freud en Duelo y Melancolía, de 1915. El yo y el superyó reprimidos son estructuras, pues lo que se reprime son estructuras, no impulsos.
La tópica que propone Fairbairn consta de cinco instancias: Yo Central (YC), Yo Libidinoso (YL), Saboteador Interno (SI), Objeto Rechazante (OR) y Objeto Necesitado (ON).

Yo Central (YC): no tiene su origen en otra estructura (el ello como postulaba Freud) ni es una estructura pasiva que dependa de las pulsiones. Es una estructura primaria y dinámica, de la que se derivan las otras estructuras mentales.
Yo Libidinoso (YL): se deriva del yo central y no es un mero depósito de impulsos instintivos, sino una estructura dinámica pero más infantil, menos organizada, menos adaptada a la realidad y más cercana a los objetos internalizados.
Saboteador Interno (SI): no es un objeto interno, sino una estructura del yo y está relacionado con un objeto interno, el Objeto Rechazante.

Para explicar los otros dos elementos (OR, ON) debemos advertir que para Fairbairn el niño se vuelve ambivalente hacia su madre porque ésta se convierte en un objeto ambivalente, a la vez bueno y malo. Entonces divide a la madre en dos objetos e internaliza el malo, porque siente que en su interior las situaciones están bajo su control. El objeto malo internalizado, a su vez, tiene dos facetas, una que frustra – el objeto rechazante (OR) -  y otra que tienta y atrae – el objeto necesitado(ON)-.
El mecanismo responsable del proceso es la represión. La constitución de la estructura endopsíquica básica tiene lugar antes del Edipo. Lo que aporta el Edipo, en realidad, es la última capa en la estructuración del psiquismo. En el primer nivel el cuadro se encuentra dominado por la situación edípica misma. En el nivel siguiente está dominado por la ambivalencia hacia el padre heterosexual y en el nivel más profundo está dominado por la ambivalencia hacia la madre. El Edipo es un fenómeno más sociológico que psicológico, cuya mayor importancia reside en que divide el objeto ambivalente en dos, siendo uno el objeto aceptado, identificado con uno de los padres, y el otro el objeto rechazado, identificado con el otro padre.
Pero, de manera más genérica, propone una crítica de las fases del desarrollo psicosexual. Lo importante no es el canal sino la naturaleza de la actitud emocional personal, ya sea libidinal, sádica, destructiva o inhibida. Y en consecuencia se puede afirmar que el adulto no es maduro porque sea genital, sino que es capaz de relaciones genitales adecuadas porque es maduro. Ronald Fairbairn diferencia tres fases principales en el desarrollo:
·         Dependencia Infantil
o   Oral primaria
o   Oral secundaria
·         Transición
·         Dependencia madura

La fase oral, por tanto, como ya ocurría con Melanie Klein pasa a ser el fundamento de la organización del psiquismo y la época en que se forman las dos posiciones: esquizo-paranoide y depresiva. La caracterización de la posición esquizoide es una aportación original de Fairbairn, que introduce a partir de un artículo publicado en 1940, Factores Esquizoides de la Personalidad, aceptada después por M. Klein. Esta es la posición básica de la psique y cierto grado de disociación está presente de forma invariable en el nivel mental más profundo. En el esquizoide la intensa necesidad de un buen objeto de amor coincide con un temor igualmente grande a las relaciones objetales. Sin embargo, lo que aparece ante el exterior es una máscara de distanciamiento y apatía emocional.
Las psicosis son una manifestación de la dependencia infantil y de angustias primitivas, esquizoides y depresivas, mientras que las psiconeurosis son una defensa contra dichas angustias o, dicho en otras palabras, los estados esquizoides y depresivos no pueden ser considerados defensas, sino que son algo de lo que el yo se defiende.
En cuanto a las técnicas para defenderse de las angustias primitivas, se identifican cuatro:


TÉCNICA

OBJETO ACEPTADO

OBJETO RECHAZADO
OBSESIVA
Internalizado
Internalizado
PARANOIDE
Internalizado
Externalizado
HISTÉRICA
Externalizado
Internalizado
FÓBICA
Externalizado
Externalizado

La técnica paranoide consiste en expulsar fuera o proyectar el objeto rechazado. La técnica obsesiva es más desarrollada porque trata la excreción no sólo como la expulsión de un objeto malo (perseguidor), sino también como la separación de un objeto (en parte bueno) que puede ser perdido, con lo que se pone en funcionamiento la necesidad de controlarlo, es decir, retenerlo. El fóbico, como el paranoide, coloca el objeto rechazado en el exterior, pero no para reaccionar ante él con hostilidad sino para huir del mismo. El histérico, como el obsesivo, internaliza el objeto malo pero no intenta dominarlo sino que, como el paranoide, lo rechaza, usando en cambio la represión y la disociación. En definitiva, el obsesivo retiene e intenta dominar ambos objetos, el fóbico los trata ambos como externos, busca huir del malo y refugiarse en el bueno. El paranoide externaliza el objeto malo y lo ataca, y acepta el objeto bueno en su interior, identificándose con él, mientras que el histérico hace lo contrario, externaliza el objeto bueno y se adhiere a él e internaliza el objeto malo y lo rechaza en su interior.

RECOMENDACIONES TÉCNICAS

            Como sugiere Fairbairn en un artículo escrito en 1958 debemos suponer que el paciente ha sufrido importantes deprivaciones en la infancia y acude a nosotros con un intenso anhelo por lograr relaciones objetales. Puesto que la situación analítica ortodoxa impone la deprivación de las relaciones objetales con el analista (principio de abstinencia), su efecto es la reproducción de la deprivación originalmente sufrida. Esta situación es propicia para provocar una regresión en el paciente que le permita ver el principio del placer y los procesos primarios como técnicas realmente defensivas, es decir, no como fenómenos auténticamente primarios sino como reacciones a las carencias iniciales. La utilidad de la regresión terapéutica también ha sido destacada por Winnicott y por Ronald Laing y el movimiento antipsiquiátrico por él fundado en los años setenta. Sin embargo, Fairbairn se situaba en contra de la regresión como procedimiento terapéutico. Tal vez esto se deba al hecho de que él trabajaba con pacientes esquizoides, narcisistas y límites, ya de por sí regresivos.
            En cuanto a dos conceptos centrales de la terapia psicoanalítica, transferencia y resistencia, Fairbairn opinaba lo siguiente. La resistencia proviene del mantenimiento del mundo interno del individuo como un sistema cerrado. La transferencia puede entenderse como una forma de resistencia pues deriva de la fijación en los objetos internos y consiste en convertir al analista en uno de esos objetos internos.
            La tarea terapéutica debe entenderse como el intento por reducir la escisión original del yo recuperando las partes escindidas y colocadas en las instancias auxiliares, pulsiones y objetos parciales. Este intento produce resistencia en el paciente, resistencia que sólo puede ser superada cuando la transferencia ha llegado a un punto en que el analista se vuelve un objeto bueno, tan bueno que el paciente se atreve a exteriorizar sus objetos malos inconscientes. El psicoterapeuta, por consiguiente, se entiende como un “sucesor del exorcista” cuya misión no es tanto perdonar los pecados como desalojar los demonios. En psicoterapia la culpa actúa como una resistencia, como una defensa adicional a la represión, por lo que no es adecuado centrarse en la culpa edípica.

sábado, 2 de junio de 2012

El Apego en Profundidad




[...] De los muchos analistas que, desde la época de Freud han contribuido al estudio de la teoría de las relaciones objetales, posiblemente los cuatro que han ejercido mayor influencia han sido Melanie Klein, Balint, Winnicott y Fairbairn. Aunque las versiones teóricas propugnadas por cada uno de ellos tienen mucho en común, también difieren en algunos aspectos. En cuanto al tema que nos interesa aquí, creo que al diferencia más importante entre estos autores está en hasta qué punto sus teorías se refieren -pura y exclusivamente- a las relaciones objetales o constituyen teorías más complejas en las cuales los conceptos sobre relaciones objetales se combinan con los de energía psíquica. De las cuatro teorías, la de Melanie Klein es la más compleja, debido al modo en que subraya la importancia del instinto de muerte; y la de Fairbairn es la más pura, en cuanto que rechaza explícitamente todo concepto ajeno a las relaciones objetales.
Como la teoría expuesta aquí proviene de la de las relaciones objetales, mi deuda con esos cuatro analistas británicos es inmensa. Sin embargo, yo no adopto exactamente la posición de ninguno de ellos y algunos puntos difieren bastante de lo que estos exponen. La diferencia fundamental respecto de estos cuatro autores reside en que yo parto de un nuevo tipo de teoría de los instintos. La falta de toda alternativa teórica a la teoría instintiva de Freud constituye -en mi opinión- el fallo central de las teorías vigentes sobre relaciones objetales.
El modelo de conducta instintiva empleado proviene, a semejanza del de Freud, de disciplinas afines y, como aquel, refleja también el clina científico de la época. En parte, deriva de la etología; y -también en parte- de modelos tales como los que sugieren Miller, Galanter y Pribram en Plans and the Structure of Behavior (1960) y Young en A model of the Brain (1964). En lugar de energía psíquica y descarga de esta, los conceptos fundamentales se refieren a sistemas de conducta y su control, de información, de retroalimentación negativa y a una forma conductual de homeostasis. Se considera que las formas más complejas de conducta instintiva provienen de la ejecución de planes que -según la especie- pueden resultar más o menos flexibles. La ejecución de un plan se inicia, seguramente, con la recepción de determinada información (captada por los órganos de los sentidos a partir de fuentes externas o internas, o de una combinación de ambas) que orienta y culmina -en última instancia- gracias a la recepción continua de ulteriores series de información, originadas a partir de los resultados de la acción emprendida ( y que los órganos de los sentidos captan -a su vez- de fuentes externas, internas o combinadas). Hacemos la hipótesis de que, en la concreción de los planes y de las señales que dan lugar a la ejecución de estos, intervienen componentes tanto aprendidos como no aprendidos. En cuanto a la energía necesaria para llevar a cabo toda esa actividad, no elaboro postulado alguno, excepto, por supuesto, el de la energía que se aplica en la física. Es esto lo que diferencia mi modelo del de la teoría tradicional.
Tales son, en síntesis, algunas de las características principales del modelo que empleo. Más adelante, amplío, tras considerar algunos datos empíricos, el modelo propuesto. Indiquemos, entre tanto, tres de los fallos de que adolece el modelo de energía física y que se evitarían, o al menos se reducirían, en el modelo nuevo. Tales deficiencias tienen relación con el modo en que la teoría trata la terminación de la acción, sus posibilidades de comprobación y la relación existente entre los conceptos empleados y los que son corrientes en el campo de las ciencias biológicas.

John Bowlby: "El Apego". Paidós, 1998, Barcelona.


sábado, 21 de enero de 2012

Fairbairn

Fairbairn, Ronald Médico y psicoanalista escocés, destacado precursor y artífice de la teoría de las relaciones de objeto. En Estudios psicoanalíticos de la personalidad (1952) compila buena parte de su pensamiento, donde destaca su estudio de los fenómenos esquizoides. Fairbairn se desvincula de la teoría estructural de Freud, la segunda tópica, a favor de una estructura endopsíquica donde lo primordial es la relación de objeto. Su aportación principal es que la libido busca el objeto, y no el placer o la descarga como plantea Freud. Aunque las teorizaciones de Fairbairn y Winnicott presentan ciertos puntos de contacto, su relación es escasa y ninguno de los dos aborda la comunicación directa o el intercambio teórico de sus ideas; Winnicott comparte los conceptos de búsqueda del objeto y de sentirse real de Fairbairn.
Apunte biográfico
Fairbairn nace el 11 de agosto de 1889 en Edimburgo, donde estudia Teología y Filosofía, antes de orientarse hacia la medicina y el psicoanálisis. Una vez licenciado, trabaja en la clínica hospitalaria y como docente universitario en la Facultad de Medicina de Edimburgo. En 1952 publica Psycoanalytic Studies of the Personality (Estudios psicoanalíticos de la personalidad), donde expone su pensamiento. A partir de 1954 se dedica exclusivamente al psicoanálisis, siendo el único miembro de la Sociedad Británica de Psicoanálisis que ejerce en la capital escocesa. Al permanecer parcialmente aislado, sus novedosas ideas no cristalizan en una escuela de pensamiento. Tras una primera aproximación a Melanie Klein, desarrolla su propio ideario, lo que genera la reticencia del grupo kleiniano. Cuando el 18 de junio de 1958 Fairbairn expone su trabajo On the Nature and Aims of Psycho-Analytical Treatment, donde cuestiona la validez universal del uso de diván y el tiempo fijo de la sesión analítica, Klein abandona la sala junto a sus partidarios y gruñendo: "Psicoanálisis... ¡ja!". Más tarde se incorpora como independiente al middle-group o grupo intermedio, hasta su fallecimiento el 31 de diciembre de 1964.
La aportación decisiva de Fairbairn es su teoría de las relaciones objetales, en la que modifica la metapsicología freudiana al desplazar la sexualidad por las relaciones de objeto. Con este nuevo marco teórico lo central del desarrollo emocional del bebé es la construcción del self. Para Freud, la libido busca el placer o la descarga; para Fairbairn, el yo libidinal busca el objeto, el contacto con otro ser humano. Fairbairn destaca la importancia de que el bebé sea aceptado por los padres –y, por extensión, el paciente por el terapeuta–, para el desarrollo de su autoestima. En cambio, para Winnicott, lo determinante es el factor ambiental: el mundo interno se estructura a partir de la relación primaria de objeto, de la relación del bebé con su madre. El Yo soy (como persona total) es el que busca el objeto. Un concepto esencial de Fairbairn es el de estructura endopsíquica (frente al aparato psíquico de Freud: yo, ello y superyó), en tanto que admite un yo rudimentario en el bebé; y también el de posición esquizoide, cuyo mecanismo predominante es la escisión (del yo y del objeto), que inspira la posición esquizo-paranoide de Melanie Klein. Asimismo, rechaza el término fantasía y propone reemplazarlo por el de realidad psíquica u objeto interno:
En mi opinión, ha llegado para nosotros el momento de remplazar el concepto de fantasía por el concepto de realidad interior poblada por el yo y sus objetos internos. Debiera considerarse tales objetos internos como provistos de una estructura organizada, una identidad propia, una entidad endopsíquica y una actividad tan real dentro del mundo interior como la de cualquier objeto del mundo exterior. A algunos puede parecerles alarmante que se atribuyan tales rasgos a los objetos internos pero, después de todo, no son sino rasgos que Freud ya había atribuido al superyó. La evidencia actual es simplemente que el superyó no es el único objeto interno… [Phyllis Grosskurh, Melanie Klein, Paidós, Barcelona, 1990, p. 259]. En 1941 Fairbairn establece tres tipos de yoes: un yo central y dos periféricos: el yo libidinal y el yo antilibidinal o "saboteador interno", que se unen a los tres tipos de objeto que surgen en relación a la experiencia con la madre (gratificante, seductora o deprivativa): el objeto ideal, el objeto excitante y el objeto rechazante. Reseña de Estudios psicoanalíticos de la personalidad En 1952 Fairbairn publica Psycoanalytic Studies of the Personality (Estudios psicoanalíticos de la personalidad), un libro que compila en orden cronológico diversos trabajos escritos a partir de su experiencia clínica y en el que expone su teoría personal sobre el psiquismo humano. Al año siguiente, Winnicott escribe en colaboración con Masud R. Khan una reseña en el International Journal of Psycho-Analysis sobre el libro de Fairbairn, en la que vierten una crítica acerba por su osadía de considerar su obra más importante que la de Freud y Klein.
Al reseñar esta obra, uno se encuentra en una posición menos afortunada que el lector corriente, ya que Fairbairn formula una afirmación muy definida –que su teoría puede suplantar a la de Freud–, y lo que debe evaluarse y criticarse es esta afirmación. Si Fairbairn está en lo cierto, lo que debemos enseñar a nuestros alumnos no es Freud sino Fairbairn. Si fuera posible dejar de lado esta pretensión, se disfrutaría de los escritos de un analista que cuestiona todo, da prioridad a las pruebas clínicas y no a la teoría aceptada, y no se presenta como un devoto ante el altar. Pero la pretensión existe. Dicho sea de paso, Fairbairn escribe como si aparte de Freud, Abraham y Klein no existiera prácticamente ningún otro teórico del psicoanálisis; para ser completa, la reseña debería incluir, pues, citas de otros autores de los que él parece haber prescindido. No obstante, no será ése nuestro modo de proceder [EP II, 149-150]. Para la dupla crítica, el primer texto, titulado "Factores esquizoides en la personalidad" (1940), es tal vez el más estimulante y gratificante del libro. En su teoría, Fairbairn otorga un lugar central a lo esquizoide ya que en su criterio abarca casi todas las facetas del ser humano: "El fenómeno esquizoide fundamental es la presencia de escisiones en el yo" dice, lo que acredita por el estudio de la estructura formal de los sueños. En su opinión, "el sueño representa, por lo tanto, un fenómeno esquizoide universal". En su nosología establece la siguiente clasificación: Esquizofrenia; personalidad psicopática de tipo esquizoide; carácter esquizoide; y estado esquizoide o episodio esquizoide transitorio.
En otro de los artículos del libro, "El análisis de un paciente con una anormalidad genital" (1931), Fairbairn estudia el fenómeno de la personificación en los sueños del paciente. El camino metodológico que emprende va de las personificaciones a los objetos internos, y de estos a las estructuras endopsíquicas. Apoyándose en Freud, Bleuler y Abraham, considera que si la clínica esquizoide tiene un punto de fijación en la etapa oral, debe haber una íntima conexión entre la escisión del yo y una actitud libidinal de incorporación oral. En la citada recensión, Winnicott y Khan escriben: "Como en muchos otros casos, aquí nos queda la impresión de que el sentido clínico e intuitivo de Fairbairn lo hace avanzar, en tanto que su teoría queda empantanada varios kilómetros atrás" [EP II, 157]. La crítica de Winnicott y Khan a la obra de Fairbairn se resume en los siguientes puntos: uno, la ausencia de una teoría sobre la creatividad primaria y su consideración de que esta no es una propiedad humana sino el resultado del interjuego de introyecciones y proyecciones según el modelo de Melanie Klein; dos, su falta de contacto clínico con bebés y parejas de crianza; y tres, su natural inclinación a permanecer aislado de los grupos psicoanalíticos, lo que debilita su obra al no integrarse con el cuerpo general de la teoría psicoanalítica. Suplantar a Freud y a Klein En el verano de 1954, un año después de la reseña del libro de Fairbairn, Donald Winnicott y Harry Guntrip intercambian misivas a tenor de su interés por relacionar la obra de Fairbairn con otras ideas. En ambas cartas Winnicott le insta a seguir su propio ideario y, aunque reconoce la aportación teórica de su analista, incide en su crítica sobre la inclinación de este a suplantar a Freud y a Klein. En la segunda carta que Winnicott envía a Harry Guntrip, fechada el 13 de agosto de 1954, comenta:
Es verdaderamente notable que Fairbairn se las haya ingeniado para efectuar su positiva contribución manteniéndose desconectado del cuerpo principal de analistas, a raíz de vivir en Edimburgo. Por mi parte, pienso que la desventaja de que se haya mantenido desconectado es que no pudo ver hasta qué punto él desempeña un papel en el desarrollo de la teoría, un proceso que está en curso permanentemente en la Sociedad, pero que se incorpora a la bibliografía diez años después [GE, 145-146]. En la citada reseña, Winnicott y Khan también se muestran muy críticos con su forma de conducirse con la obra de Klein. (Dicho sea de paso, parece vano tratar de correlacionar estas enunciaciones con la obra de Melanie Klein, ya que esta fue expuesta con gran claridad, en tanto que los descubrimientos de Fairbairn parecen entrecruzarse con los de Klein. Sería fácil pedirle a Fairbairn que estudie más detenidamente la obra de Klein antes de citarla, pero por otro lado debemos conceder a cualquier colega el derecho de expresar sus opiniones a su manera, aun cuando su obra corra paralela a la que se lleva a cabo en otras partes. Es una lástima, sin embargo, que se utilicen aquí términos que sugieren la familiaridad con una obra como la de Klein, con respecto a lo que ella denominó las posiciones del desarrollo emocional: la depresiva, la paranoide y la esquizoide, respectivamente) [EP II, 155]. Reconocimiento de Fairbairn Años después, Winnicott modifica su opinión sobre el trabajo de Fairbairn. Harry Guntrip, discípulo de Ronald Fairbairn y analizado por él –y después por Donald Winnicott–, en "Mi experiencia analítica con Fairbairn y Winnicott>" (1975), evoca que Winnicott le facilita una copia de su artículo "La ubicación de la experiencia cultural" (1967) tras escribirlo. Y comenta: "Dijo: “Me doy cuenta de que me encuentro en el territorio del concepto de Fairbairn [1941] sobre la búsqueda del objeto (en oposición a la búsqueda de satisfacción)”. Sentí, entonces, que Winnicott y Fairbairn habían unido sus fuerzas para neutralizar los traumas de mis primeros años". En la conferencia "Posfacio: D.W.W. sobre D.W.W." (1967), reconoce su importante aportación teórica al Psicoanálisis y la deuda de su influencia: Esto me llevaba a la dependencia y a las teorías sobre la adaptación. Me parece interesante que encontrase cada vez más difícil las excavaciones retrospectivas de M. Klein, quien se remontaba más y más hasta los conflictos y procesos del bebé individual. Fue entonces cuando Fairbairn vino una noche a darnos una charla, y fue una clase de velada que trasciende mi comprensión pero que sin duda tuvo tremenda importancia. La cuestión era si la primera introyección es de un objeto bueno o de un objeto malo –la clase de cuestiones para las que yo no sirvo–. Por entonces no entendía qué nos estaba diciendo Fairbairn; más tarde vi que era algo muy importante, relacionado con trascender las satisfacciones y las gratificaciones instintivas para llegar a la idea de búsqueda del objeto. Él y M. Klein tenían mucho en común. Durante años y años yo no me di cuenta [EP II, 341-342]. Al final de su charla, dice: "Ahora sé que Fairbairn ha hecho un aporte tremendo, aunque solo tomemos de él dos cosas. Una es la búsqueda del objeto, que corresponde al ámbito de los fenómenos transicionales, etc., y la otra es eso de sentirse real, en lugar de sentirse irreal" [EP II, 344-345]. Vid. creatividad primaria, Guntrip (Harry), objeto, sentirse real.
Escrito realizado por el colega Javier Lacruz Navas; autor de Winnicott: Vocabulario Esencial. Editor de la Revista Digital El Gesto Espontáneo.