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Paz y Ciencia
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lunes, 8 de diciembre de 2014

Watzlawick: "El Arte de Amargarse la Vida"



Paul Watzlawick en "El arte de amargarse la vida", a través de historietas, viñetas, cuentos, ejemplos literarios y refranes, nos ofrece la oportunidad de reconocer nuestro estilo personal frente a determinadas situaciones. Es un libro de lectura sencilla y compleja a la vez, puede ser leído como un relato de historietas o proporcionar una oportunidad expléndida para reflexionar sobre los procedimientos por los que una persona va construyéndose una vida desdichada. Su lenguaje ágil, irónico y paradójico nos provoca a veces la risa y en otras ocasiones nos confronta con los modos en que estamos contribuyendo a nuestra propia infelicidad.
Watzlawick, conocedor de la naturaleza paradójica del ser humano, renuncia a ofrecer buenos consejos para alcanzar la felicidad, procedimiento bastante usado en numerosos medios de comunicación por todo tipo de profesionales, por el contrario señala las maneras en que podríamos perseguir la vida desgraciada, quizá con la secreta complicidad de que el lector se rebelará y le desobedecerá.
A modo de invitación para que os acerqueis a la estupenda ilustración que el autor hace en el libro sobre estos temas, a continuación ofrezco algunas pinceladas sobre los modos y mandatos con los que podemos producir los momentos de insatisfacción en nuestra vida.
Convéncete de que sólo hay una opinión correcta, la tuya, y comprueba que todo el mundo va de mal en peor.
Aférrate al pasado de manera que no tengas tiempo de ocuparte del presente.
Convéncete de ser pura víctima de las circunstancias. Lo que te haya podido causar dios, el mundo, el destino, la naturaleza, los cromosomas y las hormonas, la sociedad, los padres, los parientes y sobre todo los amigos es tan grave que sólo insinuar que pudieras poner algún remedio a la situación ya sería una ofensa.
Asegúrate de que por mucho que cambien las circunstancias conviene seguir prefiriendo las soluciones que fueron suficientes y eficaces.
Rechaza o elude una situación peligrosa aunque te intenten hacer ver que el peligro ya ha desaparecido.
Haz un pronóstico o déjate profetizar un hecho que temes, considéralo después con consistencia propia e independiente de ti, así podrás llegar a donde precisamente no querías.
En las relaciones interpersonales es recomendable leer los pensamientos del otro y actuar en consecuencia. Si puedes acompáñalo con unos pocos reproches hacia el otro que tengan un gran tinte de violencia y ambigüedad. -Exige al otro que haga algo espontáneamente.
Siéntete frustrado al recibir un regalo sólo por haber expresado anteriormente el deseo de recibirlo.
En la relación con otra persona admite tan sólo la alternativa de ganar o perder para poder garantizar no sólo esa relación si no incluso otras futuras.
Me gustaría finalizar con un párrafo que Watzlawick refiere en el epílogo del libro y que refleja el mensaje de la obra:
"La regla fundamental que dice que el juego no es ningúnn juego, sino algo tremendamente serio, hace que la vida sea un juego sin fin que sólo la muerte acaba. La única regla que podría poner fin a este juego, no es ni siquiera una regla de este juego, tiene varios nombres y en el fondo significan lo mismo: honradez, confianza, tolerancia. Si lo creyéramos también sabríamos que no sólo somos los creadores de nuestra desdicha sino que del mismo modo podríamos crear nuestra felicidad".
LLegados a este punto quizá podamos compartir las afirmaciones que un personaje de Dostoyevski decía en "Los demonios":
"Todo es bueno, todo. El hombre es desdichado porque no sabe que sea dichoso. Sólo por eso. Esto es todo, todo. Quien lo reconozca será feliz en el acto, en el mismo instante".
Paul Watzlawick: "El arte de amargarse la vida". Barcelona, Herder, 1989.

Página personal de colegio de psicólogos

domingo, 17 de junio de 2012

El Arte de Amargarse la Vida: Paradojas de Paul Watzlawick



Cuidado con la llegada:

It is better to travel hopefully than to arrive, escribe R.L. Stevenson citando un sabio adagio japonés. La traducción literal es naturalmente: es mejor viajar lleno de esperanzas, que llegar; y quiere decir que la felicidad está en la salida y no en la meta.
Claro está que los japoneses no son los únicos que sienten desazón por la llegada. Lao-tse ya recomendaba olvidar el trabajo una vez acabado. También George Bernard Shaw toca este tema en su famoso aforismo, plagiado con frecuencia: "En la vida hay dos tragedias. Una es el no cumplimineto de un deseo íntimo; las otra es su cumplimiento". El seductor de Hermann Hesse suplica a la personificación de sus anhelos: "Defiéndete, mujer hermosa, entiesa tu porte. Cautiva, atormenta; pero no me escuches"; pues él sabe "que toda realidad destruye el sueño". No tan poético, pero con más detalle, el contemporáneo de Hesse, Alfred Adler, se engolfó en este problema. Su obra, cuyo redescubrimiento llega con retraso, entre otros temas, se ocupa con detalle del estilo de vida del que está en viaje permanente y pone sumo cuidado en no llegar nunca.
Una versión muy libre de Adler podrían ser las reglas siguientes para un ejercicio futuro: llegar -que tanto literal como metafóricamente indica la consecución de un objetivo- se tiene como señal importante de éxito, poder, reconocimiento y autoaprecio. Lo contrario, fracaso o incluso vida ociosa, se tiene como señal de estupidez, holgazanería, falta de responsabilidad o cobardía. Pero el camino del éxito es penoso, pues uno tiene que empezar por esforzarse y aun así no es seguro que la empresa no acabe mal. Por esto, en vez de emprender una política trivial de "pasos cortos" e imponerse unos objetivos modestos y razonables, se aconseja fijar el objetivo muy alto, que cause admiración.
Mis lectores adivinirán sin duda las ventajas de esta táctica. El afán de Fausto, la búsqueda de la flor azul, la renuncia ascética a las satisfacciones más bajas de la vida, se cotiza mucho en nuestra sociedad y hace palpitar más fuerte los corazones maternales. Y, sobre todo, si el objetivo está lejos, hasta el más tonto comprende que su camino será largo y fatigoso y que los preparativos del viaje serán minuciosos y exigirán mucho tiempo. ¡Que se atreva uno a criticar que todavía no se haya emprendido la marcha! Con todo, se está menos expuesto a la crítica, si una vez en camino, uno se desvía o ronda en círculo o incluye pausas en la marcha. Al contrario, extraviarse en el laberinto y naufragar en empresas sobrehumanas ha sido el sino de héroes ejemplares, a cuya luz entonces uno también resplandece un poquito.
Pero esto no es todo, ni mucho menos. La llegada a la meta más augusta trae consigo el peligro que es el común denominador de las citas aludidas al principio, esto es, el desasosiego. El experto de la vida desdichada tiene conocimiento de este peligro, tanto da que tenga o no tenga conciencia clara de ello. La meta todavía no alcanzada -así parece haberlo dispuesto el creador de este mundo- es más apetecible, romántica, trasfigurada como nunca puede serlo la que ya se ha alcanzado. No pretendamos vender gato por liebre: en la luna de miel se acaba la miel antes de lo previsto; al llegar a la ciudad leja y exótica, el taxista ya está al acecho para tomarnos el pelo; superar con éxito el examen decisivo es mucho menos impresionante que la invasión complementaria e inesperada de complicaciones y quebraderos de cabeza; y hablar de la serenidad del crepúsculo de la vida después de la jubilación, como se sabe, no es para tanto [...]

Paul Watzlawick: "El Arte de Amargarse la Vida". Herder, 2009, Barcelona. Pp.:71-74

miércoles, 16 de mayo de 2012

El hombre que espantaba elefantes: La Evitación y el TOC



Se trata de la historia de un hombre que daba una palmada cada diez segundos. Uno le pregunta por el motivo de tal extraño proceder. El hombre responde: "Para espantar elefantes".
"¿Elefantes? Pero si aquí no hay ninguno."
Replica: "Y pues, ¿ve usted?"
La moraleja de la historia es que rechazar o eludir una situación peligrosa de buenas a primeras parece ser la solución más razonable, pero, por otra parte, también garantiza la permanencia del problema. Aquí está su interés para nuestro propósito. Otro ejemplo para que se vea más claro: Si por medio de una plancha metálica en el suelo del establo se aplica un electroshock a un casco de un caballo e inmediatamente antes se hace sonar una señal acústica, el caballo va levantar la pata para evitar la descarga. Una vez establecida la asociación entre señal acústica y shock, el shock ya no es necesario: basta la señal acústica para que el caballo levante la pata. Y cada uno de estos actos de evitación refuerza en el animal (podemos suponer) la "convicción" de que de este modo ha contribuido eficazmente a evitar un peligro doloroso. Lo que no sabe el caballo (y de seguir comportándose así no lo sabrá nunca) es que ya hace tiempo que no hay peligro alguno. (Por otra parte, lo contrario de evitación es la búsqueda romántica de la flor azul.. La evitación eterniza el problema; la fe en la existencia (nunca demostrada) de la flor azul eterniza su búsqueda).
Como usted ve, no se trata aquí de una superstición vulgar. Es notorio que uno no puede fiarse de los actos supersticiosos; en cambio, la eficacia de la evitación merece toda la confianza del aspirante a la vida desdichada. Hay que añadir que la aplicación de la técnica es mucho más simple de lo que puede parecer a primera vista. Se trata esencialmente de perseverar de un modo consecuente en el sentido común de los hombres, ¿qué cosa podría ser más razonable?
Nadie pondrá en duda que una gran porción de lo que hacemos cada día tiene un elemento de peligro. ¿Acuánto peligro puede uno arriesgarse? Razonablemente al mínimo o mejor a ninguno. Incluso los más audaces considerarán temerario al boxeador o al que se lanza al espacio con unas alas delta. ¿Y conducir? Piense cuántas personas mueren cada día o se quedan inválidas en accidentes de circulación. Pero ir a pie también tiene muchos peligros, que pronto descubre la mirada indagadora de la razón. Carteristas, gases de los tubos de escape, casas que se derrumban, partículas incandescentes de las sondas espaciales..., la lista no tiene fin, y solo un loco puede exponerse alegremente a estos peligros. Entonces lo mejor es quedarse en casa. Pero la seguridad de la casa no es más que relativa. Escaleras, contingencias del cuarto de baño, estado resbaladizo del suelo o pliegues de las alfombras, o simplemente, cuchillo, tenedor, tijeras y luz, y no hablemos de gas, agua caliente y electricidad. La única conclusión razonable parece ser que más valdría no levantarse de la cama por la mañana. Pero, ¿qué protección ofrece la cama contra un terremoto? ¿Y si por estar acostado le vienen a uno úlceras de encentamiento (decubitis)?
Cierto que exagero. Solo muy pocos entre los másw aventajados consiguen llegar a ser tan razonables que comprenden todos los peligros imaginables y empiezan a evitarlos (incluyendo comtaminación del aire, corrupción del agua, colesterina, triglicerida, sustancias carcinógenas en los alimentos y otros muchos peligros y toxinas).
El hombre medio no logra en general abrir su razón a esta mirada exhaustiva del mundo, evitando cada uno de los peligros y convirtiéndose de este modo en beneficiario al ciento por ciento de la Seguridad Social. Nosotros, los menos dotados, tenemos que conformarnos con un éxito parcial que, no obstante, ya es algo. Ello consiste en la aplicación concentrada del sentido común a un problema parcial: uno puede lesionarse con los cuchillos, por tanto hay que evitarlos; los pomos de las puertas están realmente cubiertos de bacterias. ¿Quién sabe, si la mitad del concierto sinfónico no sentirá la necesidad urgente de ir al lavabo, o si al asegurarse de haber cerrado bien la puerta de casa no la habrá dejado abierta por equivocación? Para esto, el hombre razonable evita los cuchillos, abre las puertas con el codo, no va al concierto y se cerciora cinco veces de haber cerrado realmente la puerta. De todos modos, la condición es que poco a poco uno no se acostumbre y no pierda de vista el problema. La historia que sigue enseña como puede evitarse esto.
Una solterona vive a la orilla de´un río y se queda a la policía de que unos jovenzuelos se bañan desnudos delante de su casa. El inspector manda a un subalterno que diga a los chicos que no se bañen delante de la casa, sino río arriba donde ya no hay casas. Al cabo de unos días, la dama llama de nuevo por teléfono: los jóvenes nadan todavía al alcance de la vista. El policía vuelve y los manda más arriba. Unos días después, la señora indignada acude otra vz al inspector y se queja: "Desde la ventana del desván todavía puedo verlos con unos prismáticos".
Uno puede preguntarse: ¿Qué hará la dama, cuando finalmente ya no pueda ver a los chicos desde su casa? Tal vez dará un paseo río arriba, o tal vez le baste la seguridad de que en alguna parte hay quien se baña desnudo. Lo cierto es que seguirá dando vueltas a la idea. Y lo más importante en una idea fija es que es capaz de crear su propia realidad. Este fenómeno será nuestra ocupación próxima: "Autocumplimiento de Profecías"...

Paul Watzlawick: "El Arte de Amargarse la Vida". Herder. 1984, Barcelona. Pp.:59-64.

jueves, 26 de abril de 2012

El arte de amargarse la vida: Los guisantes en la mano

Los guisantes en la mano.
Naturalmente, este conocimiento de unos mundos superiores no es tan sencillo y no hay que excluir la posibilidad de fallos. El más fatal de todos constituye el quid de la historia que sigue: En su lecho de muerte, una mujer joven hace jurar a su marido que no se comprometerá con ninguna otra mujer. "Si faltas a tu promesa, vendré en espíritu y no te dejaré vivir tranquilo". El marido, al principio, mantiene su palabra, pero, al cabo de unos meses, conoce a otra mujer y se enamora de ella. Muy pronto empieza a aparecérsele un espíritu cada noche que le acusa de haber faltado a su juramento. Para el hombre no hay duda de que se trata de un espíritu, pues el fantasma nocturno no solo está informado ed todo lo que pasa cada día entre el y su nueva amiga, sino que también conoce exactamente sus pensamientos, esperanzas y sentimientos. Como la situación se le hace insoportable, el hombre decide pedir consejo a un maestro zen. "Vuestra primera mujer se ha convertido en espíritu y sabe todo lo que hacéis -le declara el maestro-. Todo lo que vos hacéis o decís, todo lo que dais a vuestra prometida, el lo sabe. Tiene que ser un espíritu muy sabio. En verdad, tedríais que admiraros de un tal espíritu. Cuando se os aparezca de nuevo, haced un trato con el. Decidle que sabe tanto, que vos no le podéis ocultar nada y que vais a romper vuestro compromiso, si puede contestaros a una sola pregunta". "¿Qué pregunta he de hacerle?", inquiere el hombre. El maestro responde: "Tomad un buen puñado de guisantes y preguntadle por el número exacto de guisantes que tenéis en la mano. Si no os sabe responder, sabréis que el espíritu no es más que un producto de vuestra imaginación y ya no os molestará más". Cuando a la noche siguiente apareció e espíritu de la mujer, el hombre le alabó profusamente por su gran sabiduría. "Efectivamente -respondío el espíritu- lo sé todo y sé que hoy has ido a ver al maestro zen". "Y ya que sabes tanto -prosiguió el hombre-, dime cuántos guisantes tengo en la mano". Y ya no hubo espíritu alguno para responder a esta pregunta. Vea usted, me refería precisamente a esta especie de cortocircuito, cuando antes advertía que un problema como este ha de ser cultivado y seguido de un modo puramente reflexivo y que toda comprobación de la realidad sería contraproducente para el éxito de la empresa. Si usted llegara al extremo de que su desesperación e insomnio hacen que vaya a ver el equivalente moderno de un maestro zen, acuda usted entonces al menos a uno que no tenga ninguna estima por soluciones de este tipo. Consulte más bien con el pasado, conduciéndole a la búsqueda prácticamente inacabable, de los fundamentos del problema a base de las experiencias que usted hizo en su más tierna infancia. Paul Watzlawick: "El arte de amargarse la vida". Herder, 2009, Barcelona. Pp.: 55-58. Les recomiendo este segundo libro, titulado "El arte de no amargarse la vida", que invita a trabajar desde una perspectiva cognitivista, basada en Beck y Ellis fundamentalmente, un libro que enseña a pensar de forma científica. Pero claro, como les comenté en otras entradas, "la mente emocional es más rápida que la mente racional" (Daniel Goleman, "Inteligencia Emocional"). La psicología cognitiva extrema de este segundo libro es muy agradable pero, tal vez, demasiado esperanzada en la capacidad de la personas que padecen un problema grave, o de gravedad medida a refutar sus pensamientos según el penamiento científico. En todo caso es muy sugerente y atractiva su lectura. No es un libro grandioso pero sí, es un libro útil en el que se enseña a cambiar la forma de pensar. Rafael Santandreu explica que muchos de los problemas emocionales actuales son causa de una mala filosofía de vida. Con gran facilidad nos creemos deprimidos, ansiosos o muy desgraciados. El arte de no amargarse la vida cuenta que todos estos trastornos emocionales podrían calificarse de terribilitis. En nuestra sociedad tenemos muchas creencias que nos hacen ser infelices como que si no tienes pareja eres desdichado o que hay que tener un puesto de trabajo muy importante para realizarse.

sábado, 21 de abril de 2012

La llave perdida o "más de lo mismo"

La Llave perdida o "más de lo mismo": Un borracho está buscando con afán bajo un farol. Se acerca un policía y le pregunta qué ha perdido. El hombre responde: "Mi llave." Ahora son dos los que buscan. Al fin, el policía pregunta al hombre si está seguro de haber perdido la llave precisamente aquí. Este responde: "No, aquí no, sino allí detrás, pero allí está demasiado oscuro". ¿Le parece a usted absurda la historieta? Si es así, busque usted también fuera de lugar. La ventaja de una tal búsqueda está en que no conduce a nada, si no es más de lo mismo, es decir, nada. En estas pocas y simples palabras, más de lo mismo, se esconde una de las recetas de catástrofes más eficaces que jamás se hayan formado sobre nuestro planeta en el curso de millones de años y que han llevado especies enteras de seres vivientes a la extinción. Se trata de un ejercicio con el pasado que ya conocieron nuestros antepasados en el reino animal antes del sexto día de la creación. A diferencia del mecanismo anterior que atribuye la causa y la culpa a la fuerza mayor de unos sucesos pasados, este ejercicio cuarto se basa en el aferrarse tercamente a unas adaptaciones o soluciones que alguna vez fueron suficientes, eficaces o quizás las únicas posibles. El problema de toda adaptación a unas circunstancias determinadas no es otro que estas cambian. Entonces es cuando empieza el ejercicio. Está claro que ningún ser viviente puede comportarse con desorden -es decir, hoy así y mañana de un modo totalmente distinto- en su medio ambiente. La necesidad vital de adaptarse conduce inevitablemente a la formación de unos modelos de conducta que tienen como objetivo conseguir una supervivencia lo más eficaz y libre de dolor posible. Pero, en cambio, por unos motivos todavía enigmáticos a los mismos investigadores de la conducta, animales y hombres tienden a conservar estas adaptaciones óptimas en unas circunstancias dadas, como si fueran las únicas posibles para siempre. Ello acarrea una obcecación doble: primero, que con el paso del tiempo la adaptación referida deja de ser la mejor posible, y segundo, que junto a ella siempre hubo toda una serie de soluciones distintas, o al menos ahora las hay. Esta doble obcecación tiene dos consecuencias: primera, convierte la solución intentada en progresivamente más ineficaz y la situación en progresivamente más difícil; y segunda, lleva el peso creciente del mal a la única consecuencia lógica aparentemente posible, esto es, a la convicción de no haber hecho todavía bastante para la solución del mal. Es decir, se aplica más cantidad de la misma "solución" y se cosecha precisamente más cantidad de la misma miseria. La importancia de este mecanismo para nuestro propósito es evidente. Sin necesidad de recursos especializados, el principiante puede aplicarlo; en realidad está tan difundido que ya desde los días de Freud va ofreciendo buenos ingresos a generaciones de especialistas; de todos modos queremos observar, de paso, que ellos no lo llaman "recetas del más de lo mismo", sino neurosis. Pero lo importante no es el nombre, sino el efecto. Este está garantizado, mientras el aspirante a la vida desdichada se someta a dos normas sencillas: primera, no hay más que una sola, posible, permitida, razonable y lógica solución del problema, y si estos esfuerzos no consiguen el éxito, ello solo indica que uno no se ha esforzado bastante. Segunda norma, el supuesto mismo de que solo hay una solución no puede ponerse nunca en duda; solo está permitido ir tanteando en la aplicación de este supuesto fundamental. Paul Watzlawick: "El Arte de Amargarse la Vida", Herder, 2009, Barcelona. Pp. 32-35. Aquí, Watzlawick habla de lo que se ha tratado en el post "La Torre de Marfil", en un tono irónico, como envuelve el discurso de este libro paradójico. Como pueden detectar, su afición por el psicoanálisis no es demasiado pronunciada, más bien considera que es "más de lo mismo". Es decir, que es una técnica donde la vuelta al pasado impide cambiar el presente. Hay que decir que fue formado, entre otras instituciones, en el Instituto C.G. Jung de Zúrich.

viernes, 20 de abril de 2012

El vaso de cerveza fatal: Paul Watzlawick

Paul Watzlawick (25 de julio de 1921-31 de marzo de 2007) fue el pionero de la terapia sistémica constructivista y también de la teoría de la comunicación. En este último ámbito se estudia la génesis de las psicosis en base a lo que se llamó doble-bind, traducido por "doble vínculo". En esta teoría explica que cuando son contradictorios los mensajes analógicos (no verbales) y digital (verbal) se produce el doble vínculo, una situación esquizofrenógena que explica las bases de la psicosis. Él pensaba que cambiando una parte del sistema, es posible que todo el sistema cambie. Algunos lo han relacionado con la Antipsiquiatría, aquellos que han contribuido a tal movimiento no siempre han querido adherirse a esa corriente que cambió las propuestas de la psiquiatría y que Hollywood ha realzado en películas como "Alguien voló sobre el nido del cuco". Watzlawick también describió los 5 axiomas de la Comunicación Humana: 1.Es imposible no comunicar. Aunque no hablemos con otras personas, eso no significa que no nos comuniquemos, y es que la comunicación no es sólo verbal (digital), sino que también los gestos y comportamientos que realizamos constituyen una forma de comunicación (analógica). 2.Toda comunicación tiene un nivel de contenido y un nivel de relación, de tal manera que el último clasifica al primero, y es, por tanto, una metacomunicación. Nos comunicamos con los demás en función de la relación que tenemos con ellos. Y en función de esa relación lo hacemos tratamos de que el receptor del mensaje lo entienda de la forma que intentamos expresarlo. Toda esa "parafernalia" supone información sobre la comunicación que efectuamos, o sea, resulta que es metainformación. 3.La naturaleza de una relación depende de la puntuación de las secuencias comunicacionales entre las personas comunicantes. Básicamente significa que el proceso de comunicación es un proceso cíclico, cada comunicación se resuelve en función de lo que entendemos que nuestro interlocutor ha entendido, así alimentamos nuestras creencias de que caemos mejor o peor, o que el otro está enfadado, alegre, triste, etc. No se puede establecer un proceso lineal de comunicación. 4.La comunicación humana implica dos modalidades: la digital y la analógica. Como se ha expresado antes, una cosa es lo que se dice (comunicación verbal o digital) y otra es cómo se dice (comunicación no verbal o analógica). 5.Los intercambios comunicacionales pueden ser tanto simétricos como complementarios. Esto se debe a la relación existente entre las personas que participan en la comunicación. Si son relaciones de igualdad (entre amigos, parejas, etc), o bien, si las relaciones resultan complementarias (padres-hijos, jefes-empleados, etc). Rodrigo Córdoba Sanz es especialista en psicoterapia breve.
El vaso de cerveza fatal. Del libro "El Arte de Amargarse la Vida": Un maestro antiguo del cine cómico norteamericano, W.C. Fields, enseña en su película, The Fatal Glass of Beer, la ruina espantosa e inevitable de un joven que no puede resistir ante la tentación de beber su primer vaso de cerveza. El dedo levantado en señal de advertencia (si bien una risa reprimida lo hace temblar) no puede pasar inadvertido: el hecho es breve, el arrepentimiento largo. ¡Y tan largo! (Piénsese en nuestra primera madre de la Biblia: Eva, y el bocado de manzana...) Esta fatalidad tiene sus ventajas innegables que hasta ahora, en nuestra época iluminada, se silenciaron vergonzosamente pero que ya no se pueden ocultar por más tiempo: arrepentimiento va, arrepentimiento viene. Para nuestro tema es mucho más importante el hecho de que, si las consecuencias irreparables del primer vaso de cerveza no disculpan los vasos que siguen, sí los determinan. Dicho de otro modo: muy bien, uno carga con la culpa, entonces debiera uno haberlo sabido mejor, pero ahora ya es demasiado tarde. Se pecó entonces, ahora se es víctima del propio paso dado en falso. Naturalmente, esta forma de construcción de desdicha no es la ideal, puede pasar. Intentemos, pues, afinarla. ¿Qué pasa en el caso de que no haya habido participación alguna de parte nuestra en el suceso original?, ¿en el caso de que nadie pueda acusarnos de cooperación? Sin duda, entonces somos puras víctimas. ¡Y que intente alguien sacudirnos de nuestro status de víctima o esperar que adoptemos medidas en contra! Lo que nos hayan podido causar Dios, el mundo, el destino, la naturaleza, los cromosomas y las hormonas, la sociedad, los padres, los parientes o, sobre todo, los amigos, es tan grave que la simple insinuación de que quizás podríamos intentar poner algún remedio a la situación, ya sería una ofensa. Y por si fuera poco, desprovista de todo rigor científico. Cualquier manual de psicología nos abre los ojos, para que nos percatemos de que la personalidad ya viene determinada por unos factores del pasado, principalmente situados en la más tierna infancia. Y hasta los niños saben que los sucesos, una vez hechos, ya no se pueden deshacer nunca más. De aquí -dicho sea de paso- la enorme seriedad (y duración) de los tratamientos psicológicos especializados. ¿Adónde iríamos a parar, si fuera en aumento el número de los convencidos de que su situación es desesperada, pero no seria? Basta mirar la advertencia ejemplar que nos ofrece Austria al mantener como himno nacional la canción placentera que la oficialidad insiste en negar: "O du lieber Augustin, alles ist hin" (Agustín querido, todo está perdido). Si alguna que otra vez - no es fácil que pase-, el mismo curso independiente de las cosas compensa, sin intervención nuestra, por el trauma o fallo del pasado y nos da gratuitamente lo que deseamos, el experto en el arte de amargarse la vida no se desalienta ni mucho menos. La fórmula "ahora ya es demasiado tarde, ahora ya no quiero", le permite permanecer inaccesible en su torre de marfil de indignación y evitar así que, lamiéndose las heridas infligidas en el pasado, estas vayan a curar. Pero el non plus ultra, ,que naturalmente es cosa de genios, consiste en responsabilizar el pasado incluso del bien, y sacar de ahí un capital a cuenta de la desdicha presente. Un ejemplo insuperable de esta variante del tema es la sentencia, que ha pasado a la historia, de un marinero veneciano después que marcharon los Habsburgos de Venecia: "¡Malditos austríacos que nos han enseñado a comer tres veces al día!".

jueves, 19 de abril de 2012

La mujer de Lot

Otra ventaja de aferrarse al pasado está en que no deja tiempo de ocuparse del presente. Si esto se hiciese, podría suceder muy que uno, por pura casualidad, en un viraje de 90 o hasta 180 grados de su ángulo visual, tuviese que comprobar que el presente no solo le ofrece contrariedades suplementarias, sino también alguna que otra contra-contrariedad; no hablemos de muchas novedades que podrían hacer tambalear nuestro pesimismo adopatado una vez para siempre. En este punbto, contemplamos con admiración a nuestra maestra ejemplar de la Biblia, la mujer de Lot -usted lo recuerda, ¿verdad?-. El ángel dijo a Lot y a su familia: "Escapa, por tu vida. No mires atrás, ni te detengas en toda la llanura..." Pero su mujer "miro atrás y se convirtió en estatua de sal" [Gén 19,17,26]. Paul Watzlawick: "El Arte de Amargarse la Vida", Herder, 2009, Barcelona. Pp. 27-28 Esos teóricos de la comunicación y de la cibernética, entre otras cosas, enfocan la psicoterapia de un modo muy original, son los pioneros de la psicoterapia breve estratégica que creo el díscípulo de Watzlawick, Giorgio Nardone. Un método muy eficaz y que está dando vueltas a todo el mundo. Por ejemplo podemos pensar en la obra "El Diálogo Estratégico". Así pues, Paul Watzlawick, que trabajó duro en el MRI de Palo Alto (California), estuvo con Gregory Bateson entre otras figuras destacadas. Fue un grupo muy interesante, donde había biólogos, psicólogos y psiquiatras. Entre todos y a través de estudios y análisis llegaron a formar los cimientos de la Psicoterapia Breve. En cuanto a la obra de Paul Watzlawick, de la que representamos un esbozo pero con el sentido que promueve esa corriente de que "el pasado no se puede cambiar". Hay que trabajar el presente y focalizar en el problema que demande el paciente.
) Paul Watzlawick (izq.), John Weakland (centro, con anteojos) y una sonriente Mara Selvini Palazzoli (1979).