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lunes, 26 de abril de 2021

Erich Fromm: Psicoanalista Humanidta

 


Rodrigo Córdoba Sanz. Psicólogo y Psicoterapeuta. Zaragoza -Gran Vía- Y Online Instagram: @psicoletrazaragoza.                  Página Web: Contacta  rcordobasanz@gmail.com


Últimamente hemos hablado, y seguimos hablando, de cambio, de la necesidad de cambio en España, en Europa, en las sociedades del presente. Cambio es una palabra que ha entrado en las vidas de muchos de nosotros con su carga de renovación, de esperanza, pero que también ha producido en otros una cierta sensación de desasosiego. Andaba yo reflexionando sobre todo esto, a raíz de noticias y acontecimientos recientes, cuando, del modo más natural, como ese amigo al que hace tiempo que no vemos y, que de repente, vuelve a pasar delante de nuestra puerta cuando más lo necesitamos, apareció Erich Fromm y el recuerdo de su reveladora lectura, la lectura de libros tan esenciales como El arte de amarEl miedo a la libertad y ¿Tener o ser?, obra esta última a la que he regresado con avidez, deseando recuperar, argumentos y conceptos que me ayudaran a entender un poco mejor lo que estamos viviendo.

Filósofo, psicoanalista, psicólogo social, Erich Fromm (Hesse, Alemania 1900-Suiza, 1980) ha vuelto a ser, con su claridad expositiva, con su capacidad para analizar en profundidad y para destapar las máscaras de las conductas humanas, las trampas de la colectividad, una gran compañía para mí en estas últimas semanas, del mismo modo que lo fue en otras etapas de mi vida. Como me gusta hacer habitualmente cuando regreso a un territorio conocido de la literatura, del pensamiento, busqué en las librerías un nuevo título para ampliar los márgenes de esa región revisitada, y me alegró comprobar que su legado sigue vivo, actualizado.

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No sin dificultad, entre dos o tres opciones, me decanté por una recopilación de artículos, de ensayos cortos, con un sugestivo título, Sobre la desobediencia, porque, tras repasar el sumario, percibí que allí estaban muchos de los temas, de las preocupaciones, que llenaron el trayecto de este hombre inquieto, explorador de verdades. No me equivoqué. El pensador pacifista, que con tanto ímpetu se opuso en su momento a la Guerra de Vietnam y defendió el desarme, está en las páginas de esta entrega, del mismo modo que el humanista convencido que nos hace darnos cuenta de lo alejados que estamos de la esencia, del sentido de lo que debería ser prioritario en la vida, en el llamado Primer Mundo, en esta Europa cada vez más atada a la trampa de los préstamos y los intereses, cada vez más entregada a los beneficios por encima de la solidaridad con los pueblos (pensemos en la situación de Grecia, de los países del sur de Europa).

¿Estamos despertando? ¿Hasta qué punto la crisis económica, con todas sus consecuencias, y como efecto imprevisto por quienes nos gobiernan, está haciendo que nos demos cuenta de que es posible una existencia más sobria, basada en un consumismo menos voraz, más equilibrado y abierto a la colaboración? Uno de los pilares básicos del pensamiento de Erich Fromm está en la diferenciación entre el ser y el estar. A partir de ahí puede interpretarse casi todo. Entre una sociedad interesada principalmente en las personas y otra interesada en las cosas no puede haber más que un gran abismo. “La orientación del tener es característica de la sociedad industrial occidental, en que el afán de lucro, fama y poder se han convertido en el problema dominante de la vida (…) El hombre moderno no puede comprender el espíritu de una sociedad que no esté centrada en la propiedad y en la codicia”, trazaba Fromm su diagnóstico a finales de la década de los 70, lejos de saber, o tal vez temiendo, que en el siglo XXI, ese siglo que las generaciones del pasado atisbaban pleno de los logros del progreso, todos esos males habían de extremarse.

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LA GUERRA DE CLASES Y EL MERCADO DE “PERSONALIDADES”

La guerra entre clases, esencialmente entre los explotadores y los explotados, siempre ha existido en las sociedades basadas en el principio de la codicia”, leemos a Fromm. “Si hay deseos ilimitados”, prosigue, “ni aun la mayor producción puede mantenerse al ritmo de la fantasía universal de tener más que los vecinos. Necesariamente los más fuertes, más astutos, o más favorecidos por otras circunstancias, tratarán de establecer una posición favorable, e intentarán aprovecharse de los menos fuertes, sea por la fuerza y la violencia, o por la sugestión”.

“LA ORIENTACIÓN DEL TENER ES CARACTERÍSTICA DE LA SOCIEDAD INDUSTRIAL OCCIDENTAL, EN QUE EL AFÁN DE LUCRO, FAMA Y PODER SE HAN CONVERTIDO EN EL PROBLEMA DOMINANTE DE LA VIDA (…) EL HOMBRE MODERNO NO PUEDE COMPRENDER EL ESPÍRITU DE UNA SOCIEDAD QUE NO ESTÉ CENTRADA EN LA PROPIEDAD Y EN LA CODICIA”, TRAZABA FROMM SU DIAGNÓSTICO A FINALES DE LA DÉCADA DE LOS 70.

Mientras hoy los responsables europeos negocian casi secretamente, y con la más mínima trascendencia en los medios convencionales, las condiciones de un tratado con Estados Unidos que ofrecerá aún más capacidad de acción a las corporaciones empresariales frente a los estados (el polémico TTIP, tan cuestionado por los partidos más progresistas y por la ciudadanía concienciada), no puede dejar de resultarnos absolutamente visionario el trazado argumental de Fromm, quien a partir de la definición del “carácter mercantil” retrata los comportamientos dentro de la ansiosa sociedad capitalista.

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Una sociedad donde el ser humano se ha convertido “en una mercancía en el mercado de personalidades”, nos dice, explicándolo del siguiente modo: “El éxito depende en gran parte de que las personas se vendan bien en el mercado, de que puedan imponer sus personalidades, de que sean un buen paquete; de que sean alegres, sólidos, agresivos, confiables, ambiciosos; además, influyen sus antecedentes familiares, los clubes a que pertenecen, si conocen a la gente adecuada (…) Lo que modela la actitud ante sí mismo es el hecho de que no bastan la capacidad y las facultades para desempeñar una tarea dada; para tener éxito se debe ser capaz de imponer la personalidad en competencia con muchos otros. Si para ganarse la vida se pudiera depender de lo que se sabe y lo que se puede hacer, la propia estima estaría en proporción con la propia capacidad, con el valor de uso, pero como el éxito depende en gran medida de cómo se vende la personalidad, el individuo se concibe como mercancía o, más bien, simultáneamente como el vendedor y la mercancía que vende...”

El conocimiento de la psicología, la capacidad para observar el devenir colectivo y para desnudar los intereses de la política, se aúnan en Erich Fromm y contribuyen a levantar un análisis tan lúcido que cuando recorremos las páginas de sus libros nos da la impresión de estar quitándonos de encima un ocultador velo, una cortina espesa, o, por elegir una imagen más luminosa, de estar bañándonos en un manantial absolutamente transparente. De la mano del filósofo que tanto estudió las religiones, que bebió en las fuentes de Marx, el Marx no distorsionado ni contaminado, y que, partiendo de los descubrimientos cruciales de Freud, fue capaz de poner en cuestión muchos de sus dogmas, dejamos el campo del estar y avanzamos hacia el del ser.

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EL MODO DE “SER”

El modo de ser, nos explica, “tiene como requisitos previos la independencia, la libertad y la presencia de la razón crítica. Su característica fundamental es estar activo, y no en el sentido de una actividad exterior, de estar ocupado, sino de una actividad interior, el uso productivo de nuestras facultades, el talento, y la riqueza de los dones que tienen (aunque en varios grados) todos los seres humanos. Esto significa renovarse, crecer, fluir, amar, trascender la prisión del ego aislado, estar activamente interesado, dar. Sin embargo, ninguna de estas experiencias puede expresarse plenamente con palabras…

Seguimos por el camino que nos abre Fromm, un camino que nos acerca a los místicos en su búsqueda del vaciamiento, del “volverse pobres” y, con su ayuda, somos capaces de encontrar la bifurcación, el puente que nos conduce hacia los hombres y mujeres corrientes que buscan otra manera de desarrollarse en el ser, un estado donde palabras como posesión o dominación no tienen sentido. Es desde la cercanía, desde la experiencia compartida, desde donde el autor se dirige a nosotros. “No avanzar”, nos dice, “permanecer donde estamos, retroceder, en otras palabras, apoyarnos en lo que tenemos, es muy tentador, porque sabemos lo que tenemos; podemos aferrarnos y sentirnos seguros en ello. Sentimos miedo, y en consecuencia evitamos dar un paso hacia lo desconocido, hacia lo incierto; porque, desde luego, aunque dar un paso no nos parece peligroso después de darlo, antes de hacerlo nos parecen muy peligrosos los aspectos desconocidos, y por ello nos causan temor. Sólo lo viejo, lo conocido, es seguro o así parece. Cada paso nuevo encierra el peligro de fracasar, y esta es una de las razones por las que se teme a la libertad”.

NO AVANZAR”, NOS DICE ERICH FROMM “PERMANECER DONDE ESTAMOS, RETROCEDER, EN OTRAS PALABRAS, APOYARNOS EN LO QUE TENEMOS, ES MUY TENTADOR, PORQUE SABEMOS LO QUE TENEMOS; PODEMOS AFERRARNOS Y SENTIRNOS SEGUROS EN ELLO. SENTIMOS MIEDO, Y EN CONSECUENCIA EVITAMOS DAR UN PASO HACIA LO DESCONOCIDO, HACIA LO INCIERTO…

Me refería al anhelo de cambio al principio de este artículo, a la necesidad de un cambio que se resiste a llegar porque las viejas estructuras se oponen con todas sus fuerzas y porque aún son muchos los ciudadanos que temen dar pasos en una nueva dirección. El párrafo anterior nos explica mejor que cualquier análisis de actualidad por qué sucede esto, más allá de circunstancias concretas. Y, por supuesto, está esa falta de criterio propio que tanto critica y que tanto anima a cultivar Erich Fromm. “La mayoría de la gente está semidespierta, semidormida, y no advierte que la mayor parte de lo que cree verdadero y evidente es una ilusión producida por la influencia sugestiva del mundo social en que vive”, leemos en ¿Tener o ser? Y seguimos la argumentación: “Conocer significa penetrar a través de la superficie, llegar a las raíces, y por consiguiente a las causas. Conocer significa ver la realidad desnuda, y no significa poseer la verdad, sino penetrar bajo la superficie y esforzarse crítica y activamente por acercarse más a la verdad”.

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LA MALA EDUCACIÓN Y EL APRENDIZAJE DEL “NO”

Fromm arremete contra los uniformes y los títulos de cualquier índole, que sirven para ser utilizados como símbolos de autoridad por quienes se benefician de ellos y contribuyen a “embotar” el pensamiento crítico de la gente. “La educación”, se queja, “generalmente intenta preparar al estudiante para que tenga conocimientos como posesión, que por lo general se evalúan por la cantidad de propiedad o prestigio social que probablemente tendrá más tarde (…) Las escuelas son las fábricas que producen estos paquetes de conocimientos generales, aunque usualmente afirman que intentan poner a los estudiantes en contacto con los logros más elevados del pensamiento humano”.

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“En el modo de ser, el conocimiento óptimo es conocer más profundamente. En el modo de tener, consiste en poseer más conocimientos”, señala, estimulándonos a poner en cuestión cualquier certidumbre, cualquier verdad entendida por absoluta, cualquier pensamiento único. Partiendo de ahí, en el compendio de textos que componen Sobre la desobediencia, título tomado del primer ensayo, el filósofo argumenta que la humanidad ha ido avanzando sobre actos de desobediencia. “Reyes, sacerdotes, señores feudales, patrones de industrias y padres han insistido durante siglos en que la obediencia es una virtud y la desobediencia es un vicio”, nos dice, enfrentando ese principio con la formulación siguiente: “La historia humana comenzó con un acto de desobediencia, y no es improbable que termine por un acto de obediencia”.

FROMM ARREMETE CONTRA LOS UNIFORMES Y LOS TÍTULOS DE CUALQUIER ÍNDOLE, QUE SIRVEN PARA SER UTILIZADOS COMO SÍMBOLOS DE AUTORIDAD POR QUIENES SE BENEFICIAN DE ELLOS Y CONTRIBUYEN A “EMBOTAR” EL PENSAMIENTO CRÍTICO DE LA GENTE. “LA EDUCACIÓN”, SE QUEJA, “GENERALMENTE INTENTA PREPARAR AL ESTUDIANTE PARA QUE TENGA CONOCIMIENTOS COMO POSESIÓN, QUE POR LO GENERAL SE EVALÚAN POR LA CANTIDAD DE PROPIEDAD O PRESTIGIO SOCIAL QUE PROBABLEMENTE TENDRÁ MÁS TARDE.

Así comienza este ensayo clarividente en el que Fromm nos sigue diciendo que el desarrollo espiritual de las generaciones ha sido posible porque no todo el mundo dijo sí a los poderes; porque no todo el mundo aceptó las mordazas que, a lo largo de la Historia, las autoridades han intentado poner a los pensamientos nuevos; porque no todo el mundo aceptó que los cambios no tenían sentido. Si algo valoro en este pensador, y en otros muchos que admiro, es la capacidad de su vuelo para sacarme de las casillas de lo convencional, para despejarme la mente de ideas preconcebidas, de prejuicios. Sólo por el hecho de agitar nuestras conciencias, de llevarnos a cuestionar las lecciones aprendidas, de destapar ante nuestros ojos las mentiras de quienes nos venden la resignación por encima de todo, merece la pena leer a Erich Fromm.

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Manifestación de la Dignidad. Madrid. Nacho Goberna © 2014

A la hora de hablar de la desobediencia él distingue, por supuesto, entre las leyes, tantas veces injustas del Estado, y las leyes acordes con los principios naturales de la humanidad. “La obediencia a mi propia razón o convicción (obediencia autónoma) no es un acto de sumisión sino de afirmación”, apunta, desarrollando posteriormente los conceptos de “conciencia autoritaria” (“la voz internalizada de una autoridad a la que estamos ansiosos de complacer y temerosos de desagradar”) y “conciencia humanística (“la voz presente en todo ser humano e independiente de sanciones y recompensas externas”). Dos ejemplos, el de maestro y alumno y el de amo y esclavo, le llevan a distinguir también entre la autoridad racional y la irracional. La primera la podemos aceptar sin someternos; a la segunda nadie se sometería si dependiera de su arbitrio evitarlo.

La obediencia, el deseo de seguridad, el miedo al cambio. Todo forma parte de la misma cadena y nos permite comprender diáfanamente muchas de nuestras acciones y comportamientos habituales, así como la sumisión a los órdenes viejos, aunque sepamos de sus grietas, caso de la corrupción generalizada en nuestro país, ante la que tanto los gobernantes como muchos gobernados optan por mirar para otro lado, como si nada pasara. “Mi obediencia”, señala Fromm, “me hace participar del poder que reverencio, y por ello me siento fuerte. No puedo cometer errores, pues ese poder decide sobre míno puedo estar solo, porque él me vigila; no puedo cometer pecados, porque él no me permite hacerlo, y aunque los cometa, el castigo es sólo el modo de volver al poder omnímodo”.

“PARA DESOBEDECER DEBEMOS TENER EL CORAJE DE ESTAR SOLOS, ERRAR Y PECAR», ESCRIBIÓ ERICH FROMM. «PERO EL CORAJE NO BASTA. LA CAPACIDAD DE CORAJE DEPENDE DEL ESTADO DE DESARROLLO DE UNA PERSONA (…) SÓLO SI UNA PERSONA SE HA DESARROLLADO PLENAMENTE Y HA ADQUIRIDO ASÍ LA CAPACIDAD DE PENSAR Y SENTIR POR SÍ MISMA, PUEDE TENER EL CORAJE DE DECIR NO AL PODER”.

La obediencia es el arma que, a lo largo de la Historia, han utilizado las minorías para gobernar a las mayorías. Podía aplicarse por la fuerza,  pero se corría el peligro de que, en un momento dado, los muchos se hicieran con los medios para derrocar a los pocos. Por eso se inculcó a las poblaciones la idea de que la virtud era obedecer y el pecado  desobedecer. Así, a grandes rasgos –imposible desarrollar toda la riqueza de sus argumentos– nos lo expone el pensador, quien concluye: “El hombre-organización ha perdido su capacidad de desobedecer, ni siquiera se da cuenta del hecho de que obedece. En este punto de la historia, la capacidad de dudar, de criticar y de desobedecer puede ser todo lo que media entre la posibilidad de un futuro para la humanidad, y el fin de la civilización”.

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Interior del Museo de la memoria en Hiroshima . Nacho Goberna © 2004
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LA AMENAZA NUCLEAR, LA CATÁSTROFE MEDIOAMBIENTAL

El filósofo partía de una situación diferente a la actual. El mundo que conoció estaba dividido en dos bloques: el capitalista y el comunista (él ya vaticinaba que ambos acabarían convergiendo en lo que denominaba un nuevo “neofeudalismo industrial”). Estaba muy implicado en la oposición a la Guerra de Vietnam, clamaba por la paz y por el desarme y vaticinaba que la humanidad podía propiciar su autodestrucción si no era capaz de parar la catástrofe medioambiental en marcha y la amenaza nuclear. Recientemente en el Foro Internacional Emancipación e Igualdad, celebrado en Argentina, Noam Chomsky se pronunciaba en la misma dirección. “Hasta ahora hemos tenido suerte, pero estas amenazas siguen creciendo y para parar el reloj apocalíptico, la carrera hacia el desastre, no queda otro camino que acabar con las armas y con las centrales nucleares”.

Chomsky y otros pensadores activistas, han tomado el relevo de Fromm y se afanan en contagiar otras ideas a la sociedad, en trabajar por el compromiso y la toma de conciencia. “El sistema capitalista está atravesando uno de sus peores períodos de crisis, pero el resultado dependerá de lo que la gente decida”, señalaba el filósofo y lingüista estadounidense en el citado foro. Sus reflexiones están tan cerca de las del autor de Miedo a la libertad que nos da la impresión de no haber avanzado o, mejor, de que se han ido dando pasos hacia atrás.

FROMM ESTABA MUY IMPLICADO EN LA OPOSICIÓN A LA GUERRA DE VIETNAM, CLAMABA POR LA PAZ Y POR EL DESARME Y VATICINABA QUE LA HUMANIDAD PODÍA PROPICIAR SU AUTODESTRUCCIÓN SI NO ERA CAPAZ DE PARAR LA CATÁSTROFE MEDIOAMBIENTAL EN MARCHA Y LA AMENAZA NUCLEAR. RECIENTEMENTE NOAM CHOMSKY SE PRONUNCIABA EN LA MISMA DIRECCIÓN. “HASTA AHORA HEMOS TENIDO SUERTE, PERO ESTAS AMENAZAS SIGUEN CRECIENDO Y PARA PARAR EL RELOJ APOCALÍPTICO, LA CARRERA HACIA EL DESASTRE, NO QUEDA OTRO CAMINO QUE ACABAR CON LAS ARMAS Y CON LAS CENTRALES NUCLEARES.”

A comienzos de los 60 Erich Fromm escribió un ensayo titulado Hagamos que prevalezca el hombre, un ensayo en el que observaba que por primera vez en la Historia los habitantes del mundo occidental podían ocuparse fundamentalmente de vivir bien más que de luchar para procurarse las condiciones materiales de vida. Estaba lejos de saber que el siglo XXI, en su arranque, volvería a ser el siglo de la precariedad y que la supervivencia volvería al primer plano. Estaba lejos de saber que la insolidaridad y el ansia de beneficios de las élites iban a ser los pilares del presente. Sin embargo, ya observaba, como más tarde haría Tony Judt, otro pensador esencial para comprender y comprendernos, que algo iba mal, que algo estaba torcido en el trayecto.

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Aún dentro del país más rico del mundo, Estados Unidos, alrededor de la quinta parte de la población no participa de la buena vida”, constataba entonces. Y señalaba: “Tenemos abundancia, pero no llevamos una vida placentera. Somos más ricos, pero tenemos menos libertad. Consumimos más, pero estamos más vacíos. Tenemos más armas atómicas, pero estamos más indefensos. Disponemos de más educación, pero tenemos menos sentido crítico y convicciones menos firmes. Tenemos más religión, pero nos hemos vuelto más materialistas”.

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Las palabras de Fromm nos trasladan al momento anterior al estallido de la crisis económica actual, un momento que sólo se convertirá en la grieta necesaria y dolorosa para cambiar de rumbo si se cambian los valores, si se adquieren nuevos usos y costumbres, si todos, hombres y mujeres, somos conscientes de la necesidad de comprometernos en la construcción de un mundo diferente. Ya se planteaba el filósofo la siguiente pregunta: “¿En qué nos hemos transformado y hacia dónde nos encaminamos si seguimos la trayectoria que ha tomado nuestro sistema industrial?

Ahora ya conocemos la respuesta a esa pregunta: nos hemos encaminado, y por ahí se nos quiere seguir llevando, hacia el neoliberalismo más salvaje, pero en su día nuestro hombre ya identificó la ruta, los rasgos del sistema que se iba imponiendo: la concentración del capital, las empresas gigantescas, la burocracia jerárquicamente organizada… “Las corporaciones gigantes que controlan el destino económico, y en gran medida también político, constituyen exactamente lo opuesto del proceso democrático; representan el poder sin posibilidad de control por parte de los sometidos a él”.

Añoraba Fromm las ideas de los padres fundadores de Estados Unidos, enraizadas en la tradición espiritual del mesianismo profético, los Evangelios, el humanismo y los filósofos iluministas del siglo XVIII. “Todas estas ideas y movimientos se centraban en torno a una esperanza; que el hombre, en el curso de su historia, pudiera liberarse de la pobreza, la ignorancia y la injusticia, y construir una sociedad de armonía, paz y unión entre unos y otros y con la naturaleza”, señalaba, lamentando que todo se hubiera “deteriorado y convertido en un chato concepto de progreso, en una perspectiva centrada en la producción  de más y mejores cosas, en vez de promover el nacimiento de personas más vivas y productivas, en el mejor sentido de la palabra”.

La manipulación, la sugestión, la publicidad… Todo se ha aliado para crear a consumidores, a seres materialistas, conformes con el discurso único, con un sentido crítico cada vez más escaso. Todo esto lo analiza Fromm una y otra vez. “El individuo no se experimenta como portador activo de sus propias capacidades y de su riqueza interior, sino como una cosa empobrecida, dependiente de poderes ajenos a él…”, expone. Y más adelante: “Hemos creado un difuso sistema de comunicación mediante la radio, la televisión y los diarios. Sin embargo, la gente está desinformada y adoctrinada, no informada, acerca de la realidad política y social. Existe en verdad un grado de uniformidad en nuestras opiniones e ideas que podría explicarse sin dificultad como resultado de la presión política y del temor”.

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EL “SOCIALISMO HUMANÍSTICO”

Pese a sus diagnósticos certeros, capaces de tocar donde más nos duele, de agitarnos, Erich Fromm no era un pesimista. Capaz de contagiar ideales, de devolvernos al lenguaje del corazón, de la solidaridad, del nosotros, en sus libros se dibuja un horizonte de renovación. Los seres humanos no estamos hechos para ser “cosas” y, pese a todas las satisfacciones que pueda proporcionar el consumo, nuestras fuerzas vitales no podrán mantenerse permanentemente inactivas. Ahí, en ese convencimiento, está la semilla de su confianza, de su ilusión. “Tenemos una sola opción, la de volver a dominar a la máquina, convirtiendo la producción en un medio y no en un fin, utilizándola para el desarrollo del hombre, pues en caso contrario las energías vitales reprimidas se manifestarán en formas caóticas y destructivas...”, seguimos escuchándole.

Erich Fromm, absolutamente crítico con los regímenes totalitarios que fracasaron en su aplicación de las ideas comunistas, así como con el voraz capitalismo, reflexionó mucho sobre los principios de una nueva sociedad que participase de los valores de un socialismo de tipo humanista. En la parte final de este texto intentaré transmitir las bases de ese mapa imaginario de organización, de convivencia, pero, eso sí, recomiendo que se abstengan de seguir leyendo los acomodados, los absolutamente escépticos, todas esas personas que siempre califican de imposibles, de ilusorias, de utópicas, las propuestas innovadoras, diferentes.

El socialismo humanístico está a favor de la libertad, de liberar al hombre del temor, de la necesidad de la opresión y de la violencia. Pero la libertad no es sólo liberarse de, sino tener libertad para; libertad para participar de forma activa y responsable en todas las decisiones referentes a los ciudadanos, libertad para desarrollar el potencial humano del individuo en el grado más pleno posible”, señala, y nos convence de que somos las personas quienes tenemos que dominar al capital y gobernar nuestras circunstancias de vida, “porque si bien para vivir humanamente deben satisfacerse necesidades básicas, el consumo no puede constituir un fin en sí mismo”.

Hasta aquí el discurso, un discurso lleno de sentido común que a menudo olvidamos, pero no pensemos que Erich Fromm se queda en un bello discurso. En sus libros encontramos propuestas, líneas de acción que de haberse tenido en cuenta, de haberse probado, habrían conducido a las sociedades a un presente completamente distinto. El principio del cambio tiene que estar en extender la democracia a la esfera económica (volver a la política con mayúsculas) y eso significa, nos dice, “el control democrático de todas las actividades económicas por los participantes: trabajadores manuales, ingenieros, administradores, etcétera…

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HACIA UNA NUEVA SOCIEDAD: LA RENTA BÁSICA

Fromm aboga por la colaboración y por la participación ciudadana como mecanismo central de la vida social. Expone que para evitar los peligros de la burocratización, el debilitamiento de la integridad, el Estado debe someterse a un eficiente control de sus ciudadanos y deja claro que el poder social y político de las grandes corporaciones debe neutralizarse. “Que desde el comienzo mismo”, indica,  “se promuevan todas las formas de asociaciones descentralizadas y voluntarias en la producción, el comercio y las actividades sociales y culturales”.

En la sociedad ideal que imaginó Fromm y que tanto se acerca a lo que tanto empezamos a soñar muchos, sectores aún minoritarios, las grandes empresas deberán ser controladas por administradores designados por el conjunto de los trabajadores y será básica la participación de sindicatos, de representantes de los consumidores, así como la aportación de todos y cada uno de los protagonistas en las distintas actividades. Fromm nos abre un nuevo camino. Apuesta por el modelo de las cooperativas, que propiciarán que se repartan las ganancias y el control de la administración en condiciones de igualdad; defiende el principio de las asambleas urbanas, a través de la formación de centenares de miles de pequeños grupos que trabajen cara a cara (habla de un nuevo tipo de Cámara Baja capacitado para compartir la toma de decisiones con un parlamento elegido por voluntad nacional) y proporciona argumentos a los defensores de la renta básica, una opción que en la actualidad cada vez gana más adeptos, aunque los poderes arraigados pongan toda su maquinaria de propaganda en marcha para disuadir a las poblaciones de su defensa.

Hay que proteger al individuo del temor y de la necesidad de someterse a la coerción de cualquier otro. Para lograr este propósito, la sociedad debe proporcionar a cada uno, sin cargo, los elementos necesarios mínimos de la existencia material, en lo referente a alimentos, vivienda y vestimenta. Quien aspire a un mayor confort material tendrá que trabajar para lograrlo, pero al estar garantizadas las necesidades mínimas de la vida, nadie tendrá poder sobre ningún otro sobre la base de coerción social directa e indirecta”, expone con absoluta claridad y convencimiento.

FROMM ABRE UN NUEVO CAMINO. APUESTA POR EL MODELO DE LAS COOPERATIVAS, QUE PROPICIARÁN QUE SE REPARTAN LAS GANANCIAS Y EL CONTROL DE LA ADMINISTRACIÓN EN CONDICIONES DE IGUALDAD; DEFIENDE EL PRINCIPIO DE ASAMBLEAS URBANAS, A TRAVÉS DE LA FORMACIÓN DE CENTENARES DE MILES DE PEQUEÑOS GRUPOS QUE TRABAJEN CARA A CARA, Y PROPORCIONA ARGUMENTOS A LOS DEFENSORES DE LA RENTA BÁSICA.

Y tiene respuestas para quienes argumentan que el sueldo asegurado puede reducir el incentivo del trabajo. “Puede demostrarse que el incentivo material de ningún modo es el único que impulsa hacia el trabajo y el esfuerzo (…) Hay otros incentivos: el orgullo, el reconocimiento social, el placer del trabajo, etcétera...”, expone, poniendo como ejemplo la labor de los científicos, de los artistas, “cuyas realizaciones más destacadas no han sido motivadas por el incentivo del provecho monetario”.

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Erich Fromm no obvia tampoco el hecho incontestable de que no hay trabajo para todos, razón de peso para apoyar medidas de este tipo. Leyéndolo pienso que quienes critican y ridiculizan estas posibilidades; quienes ignoran el problema de la pobreza y de la desigualdad social, cada vez más acentuado; quienes maltratan la naturaleza; quienes sólo conciben seguir por la senda del neoliberalismo feroz, en el fondo tienen poco amor por la humanidad.

El carácter mercantil no ama ni odia. Estas emociones anticuadas no encajan en una estructura de carácter que funciona casi enteramente en los niveles cerebrales y evita los sentimientos, sean buenos o malos, porque son obstáculos para llegar a la meta principal: vender y comprar (…) Como los caracteres mercantiles no sienten un afecto profundo por sí mismos ni por los demás, no les importa nada, en el sentido más hondo de la palabra, y no porque sean egoístas, sino porque sus relaciones con los demás y consigo mismos son muy débiles. Esto también puede explicar porque no les preocupan los peligros de una catástrofe nuclear o ecológica, aunque conocen todos los datos que indican estos riesgos”, escribe el psicólogo social, quien prosigue. “Que no les preocupe personalmente el riesgo de su vida podría explicarse suponiendo que son muy valientes y poco egoístas, pero que no les preocupen sus hijos y sus nietos excluye esta posibilidad...”

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Manifestación en Madrid en defensa de la Cultura . Nacho Goberna © 2014

Fromm sí cree, pese a todo, en las cualidades positivas del ser humano, en su capacidad para el sacrificio, para dar y compartir. Pero para que se manifiesten plenamente habrá que dar un salto hacia el “ser”. He aquí el gran reto, el cambio fundamental, que hará que todos los demás sean posibles. “Si soy lo que soy, y no lo que tengo, nadie puede arrebatarme ni amenazar mi seguridad y mi sentimiento de identidad. Mi centro está en mí mismo; mi capacidad de ser y de expresar mis poderes esenciales forma parte de mi estructura de carácter y depende de mí (…) Mientras que tener se basa en algo que se consume con el uso, ser aumenta con la práctica”, nos indica.

Los poderes de la razón, del amor, de la creación artística e intelectual, todos los poderes esenciales aumentan mediante el proceso de expresarlos (…) La única amenaza a mi seguridad de ser está en mi mismo: en mi falta de fe en la vida y en mis poderes productivos, en mis tendencias regresivas, en mi pereza interior y en la disposición a que otros se apoderen de mi vida...”, sigue diciéndonos.

El pensador se pregunta si existe una oportunidad razonable de salvación para la sociedad. En su época veía signos tan alentadores como la creciente insatisfacción de las personas, de la gente corriente, cada vez más consciente del vacío de sus vidas, de que tener mucho no les procuraba el bienestar, la alegría anhelada. Lejos de avanzar, en Occidente hemos retrocedido hacia la precariedad, lo que nos ha conducido hacia una mayor falta de atención, de solidaridad, con los problemas del Tercer Mundo. Pero la insatisfacción sigue aumentando y se convierte en un acicate para la práctica del altruismo, para la unión en pos de la defensa de los derechos básicos.

Son muchas las enseñanzas, las orientaciones, que nos ofrece Erich Fromm. Leer sus libros es una experiencia transformadora. Os recomiendo ir a sus obras, a cualquiera de ellas, si queréis sentir que algo se mueve, se agita, en vuestro interior, que la manera de mirar experimenta un giro poderoso. Desde las nuevas perspectivas que nos abre podemos reflexionar, de una manera renovada, enriquecida, sobre todo: sobre el amor y las relaciones de igualdad entre hombres y mujeres (indispensable aquí acudir a El arte de amar). Pero hay que ser desobedientes, hay que hacer un ejercicio de desobediencia para decir no a lo establecido, para no aceptar tantas verdades asumidas, para preparar el cambio hacia un mundo en el que nuestros descendientes realmente puedan “ser”.

Cambiar del modo de tener al de ser, en realidad es un cambio del equilibrio de la balanza, y para lograr el cambio social se favorece lo nuevo y se combate lo viejo. Además, no se trata de que el nuevo Hombre sea tan distinto del antiguo como el cielo de la tierra, sino sólo de un cambio de dirección. Un paso en una dirección será seguido por otro, y si se toma la dirección indicada, estos pasos significarán todo”, concluyo con este párrafo de ¿Tener o ser? que es toda una esperanza.

    • Los libros de los que he partido para escribir este artículo son: ¿Ser o estar? (edición del Fondo de Cultura Económica, 1978, con traducción de Carlos Valdés) y Sobre la desobediencia, recopilación de ensayos traducidos por Eduardo Prieto Paidós, 1984). Paidós también ha publicado en castellano otros títulos esenciales del autor como El arte de amar o Miedo a la libertad.
  • No hemos podido localizar los créditos de las fotografías de Erich Fromm. Tampoco el de la fotografía de la guerra de Vietnam. El Resto de fotografías fueron tomadas por Nacho Goberna. De él, música, letra y realización, también es el vídeoclip que aparece al final del artículo.

lunes, 21 de diciembre de 2020

Al Dr. Carlos Castilla del Pino

 


Castilla del Pino, Carlos. San Roque (Cádiz), 15.X.1922 – Córdoba, 15.V.2009. Psiquiatra y escritor.

Nacido en el seno de una familia monárquica y conservadora (su padre fue alcalde de San Roque), Castilla del Pino estudió el bachillerato en Ronda, La Línea de la Concepción y Sevilla (donde los escolapios lo expulsaron del colegio, en 1938, por “soberbia con reincidencia”). Tuvo más trascendencia para su formación intelectual la amistad de un anciano epígono de la Institución Libre de Enseñanza, Federico Ruiz Castilla, que desde su infancia le inició en la lectura de ensayistas y literatos, prestándole libros de su biblioteca, pidiéndole que los resumiese por escrito, comentándole sus propias lecturas y convirtiéndose en el gran maestro personal de un muchacho ávido de saber. Premonitoriamente, el primer libro que Ruiz Castilla le dio a leer fue Recuerdos de mi vida, de Ramón y Cajal, que será una figura emblemática para Castilla del Pino durante toda su vida. Le siguieron obras de Ortega, Marañón, Azorín, Baroja, Clarín, La Bruyère, Kant, Vives...

El inicio de la Guerra Civil supuso para aquel muchacho de trece años una vivencia que le marcaría de por vida (tal como narrará, de forma impresionante, en el primer volumen de sus memorias, Pretérito Imperfecto, 1997). El 27 de julio de 1936 tiene que recoger en las calles de San Roque los cadáveres de tres tíos y un primo hermano asesinados por milicianos de la Federación Anarquista Ibérica (FAI), que a su vez son fusilados pocas horas después por falangistas y regulares que reconquistan el pueblo.

Licenciado en Medicina y Cirugía por la Universidad de Madrid en 1946, se doctoró al año siguiente con la tesis titulada Fisiología y Patología de la percepción óptica del movimiento. Ya en 1943 se vinculó como alumno interno al departamento de Psiquiatría del Hospital Provincial de Madrid, dirigido por Juan José López Ibor, junto al que realizará su especialización en psiquiatría.

Su etapa formativa se desarrolló en los años cuarenta en Madrid, donde se interesó profundamente por tres aspectos de la neuropsiquiatría: 1) las bases neurológicas de las enfermedades mentales, que estudió con maestros como Manuel Peraita y lo que entonces quedaba del Instituto Cajal; 2) la psicopatología de orientación fenomenológica que fomentaba el profesor López Ibor; 3) la clínica psiquiátrica elaborada por autores clásicos, como Kraepelin, Bleuler o Jaspers, a los que Castilla lee de forma autodidacta y cuyas ideas aplica y contrasta con los enfermos que atiende diariamente. El depauperado ambiente cultural de la posguerra madrileña fue el escenario en que aquel joven psiquiatra siguió buscando lecturas científicas y culturales, orientación intelectual y compañeros con los que dialogar.

Se casó en 1950 y tuvo siete hijos, de los que fallecieron cinco.

Sus primeros artículos científicos los dedicó a cuestiones neuropsiquiátricas y psicopatológicas; recopilará los más importantes en el volumen Cuarenta años de Psiquiatría (1987). En 1949 ganó por oposición la plaza de director del Dispensario de Psiquiatría e Higiene Mental de Córdoba. Su ideología antifranquista y agnóstica, su temperamento independiente y sus circunstancias históricas, políticas y académicas hicieron que la trayectoria profesional de Castilla del Pino se desarrollase en los márgenes de la psiquiatría oficial española. Tras el rechazo que sufrió en sus intentos de acceder a una cátedra de la especialidad, su respuesta a la hostilidad académica fue la concentración en una ambiciosa obra científica personal quese alimenta de tres fuentes esenciales: 1) el contacto permanente con los pacientes; 2) el estudio directo de la bibliografía internacional más rigurosa sobre los avances de las ciencias psiquiátricas, de las ciencias sociales y de las disciplinas humanísticas; 3) el diálogo constante con los colaboradores y discípulos que nunca dejaron de buscar su magisterio. A partir de 1949, en Córdoba, éstas fueron las condiciones en que se desarrolló su trabajo.

Su formación psiquiátrica inicial estuvo condicionada por la psiquiatría fenomenológica (tal como era entendida en el entorno de López Ibor). Pero más tarde intentó superar de forma crítica la fenomenología, rechazó la analítica existencial y se abrió tanto a los avances de la psiquiatría orgánica como a las corrientes psicoanalíticas y sociogenéticas. La psicoterapia se articula con el análisis contextual, ya que los mecanismos psicodinámicos adquieren un sentido más pleno cuando se encuadra su análisis en el entorno social en el que se producen. Sus lecturas sobre sociología, antropología, psicoanálisis y marxismo le condujeron a la elaboración de una “antropología dialéctica”. Entre sus libros de este período se encuentran: Un estudio sobre la depresión. Fundamentos de antropología dialéctica (1966); El humanismo “imposible”. Estructura social y frustración (1968); La culpa (1968); Dialéctica de la persona, dialéctica de la situación (1968); Naturaleza del saber (1970); Vieja y nueva Psiquiatría (1971); Patografías: Neurosis de angustia.

Impotencia sexual (1972).

La faceta social de su trabajo médico y su experiencia personal le llevaron a un compromiso político que —en los últimos años del franquismo y en los primeros de la transición— hizo de él una figura pública de referencia para la izquierda española. Sus libros Psicoanálisis y marxismo (1969), La incomunicación (1970), Sexualidad y represión (1971) o Cuatro ensayos sobre la mujer (1971) se convirtieron en lectura obligada para todo intelectual progresista. Su actividad como conferenciante y su presencia en los medios de comunicación era constante por entonces. En la España de los años sesenta y setenta, Castilla del Pino, vinculado al Partido Comunista, representó un paradigma del intelectual políticamente comprometido.

Desde finales de los años sesenta pasa a primer plano en la obra de Castilla el interés por el lenguaje.

Según su planteamiento, la vida social (en la que se desarrolla la existencia humana y en la que irrumpe la enfermedad mental) es una red de relaciones interpersonales.

Cada una de esas relaciones nos obliga a realizar interpretaciones de las conductas que se puede observar en nuestros semejantes, con el fin de conjeturar de forma adecuada sus motivaciones. Todo acto de conducta puede ser considerado como un discurso interpretable y entre ellos el discurso hablado es particularmente importante, aunque no sea el único. El problema que se tendrá ante cada interlocutor —y los clínicos ante cada paciente— es el de realizar interpretaciones acertadas. La evolución intelectual de Castilla del Pino le llevó a buscar los fundamentos de esa interpretación en la lingüística, y en particular en la hermenéutica del lenguaje, la disciplina que permite comprender la significación de los actos de conducta para inferir a partir de ellos las motivaciones del sujeto.

Toda esta trayectoria le condujo, en las últimas décadas, a su intento más maduro de elaborar una ciencia de la conducta y del sujeto que la realiza. La denomina “psico(pato)logía” porque intenta englobar tanto la psicología del sujeto sano como la patológica.

Esta ciencia aspira a ser el corpus teórico que sirva de base a la práctica psiquiátrica. Se apoya en la mencionada idea de que todo acto de conducta (a diferencia de los puramente fisiológicos) tiene sentido, por lo que el psicopatólogo tendrá que interpretar el sentido del discurso (verbal y extraverbal) del paciente como primer paso para poder ayudarle terapéuticamente.

Castilla piensa que la psiquiatría sigue enfrentándose a fenómenos como el delirio con criterios diagnósticos intuitivos y ambiguos, que deben ser superados mediante un análisis riguroso de su base lógica, su estructura formal y su significación. Desde esta perspectiva, las conductas psicóticas son actos comunicativos que se expresan mediante formulaciones lingüísticas, por lo que son estas formulaciones las que resultan directamente accesibles al clínico. Por consiguiente, Castilla introduce su propia terminología psicopatológica y no habla ya —en sus textos más técnicos— de ilusiones, alucinaciones y delirios, sino de varios tipos de ilusemas, alucinemas y deliremas, que son sus formulaciones verbales. Su proyecto, como se ha dicho, es la construcción de una nueva psico(pato)logía científica, y sus ciencias de referencia son las ciencias del lenguaje.

Son significativas de esta etapa obras como Introducción a la hermenéutica del lenguaje (1972); Introducción a la psiquiatría (1978-1979, 2 vols.); Teoría de la alucinación. Una investigación de teoría psico(pato)-lógica (1984); Celos, locura, muerte (1995); El delirio, un error necesario (Premio Internacional de Ensayo Jovellanos, 1998); y Teoría de los sentimientos (2000). Fue profesor interino en la Facultad de Medicina de la Universidad de Córdoba desde 1977 y catedrático extraordinario de Psiquiatría Dinámica y Social desde 1983 hasta su jubilación en 1987.

En 1989, tras separarse de su primera mujer, se unió a Celia Fernández Prieto, profesora titular de Teoría de la Literatura en la Universidad de Córdoba.

Desde 1987 organizó en los Cursos de Verano de San Roque un seminario sobre antropología de la conducta que dio lugar a una importante serie de volúmenes dirigidos por él: El discurso de la mentira (1988); Teoría del personaje (1989); De la intimidad (1989); El silencio (1992); La obscenidad (1993); La envidia (1994); La extravagancia (1995); La sospecha (1998); El odio (2002).

En reconocimiento a su labor científica, la Junta de Andalucía creó en 1988 el Aula Castilla del Pino, que posteriormente dio lugar a la Fundación Carlos Castilla del Pino, desde la que dirigió un amplio programa de becas, seminarios y congresos psiquiátricos.

Junto a su obra profesional desarrolló una importante labor como ensayista sobre temas culturales, sociales y literarios. Una amplia selección de estos trabajos fue publicada con el título Temas. Hombre, Cultura y Sociedad (1989) y una monografía con el de Cordura y locura en Cervantes (2005). En tono más literario publicó una narración de fondo autobiográfico, Discurso de Onofre (1976), y una novela sobre el tema del delirio, Una alacena tapiada (1991). Su obra más importante en este apartado ensayístico y narrativo es su autobiografía en dos volúmenes: Pretérito imperfecto (IX Premio Comillas de Biografía, Autobiografía y Memorias, 1997) y Casa del Olivo (2004).

Fue profesor invitado en múltiples universidades nacionales y extranjeras. Doctor honoris causa por la Universidad de San Marcos (Lima, Perú, 1981), por la Universidad Autónoma de Madrid (1999) y por la Universidad de Cádiz (2004). En el ámbito andaluz ha merecido una docena de títulos honoríficos. Fue galardonado también, en 2002, con la Medalla de Honor de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo y la Medalla de Oro del Círculo de Bellas Artes de Madrid. Asimismo, en 2004 ingresó en la Real Academia Española con el discurso titulado Reflexión, reflexionar, reflexivo.

La obra psiquiátrica de Castilla del Pino muestra que las valiosas contribuciones de la psiquiatría biológica no excluyen —sino que requieren— las aportaciones complementarias del psicoanálisis, la epistemología, la sociología, la hermenéutica del lenguaje, la lógica o la antropología. “Un psiquiatra escolástico es cualquier cosa menos un psiquiatra actual”, escribía Castilla del Pino ya en 1968. Su obra está considerada como un potente ejemplo de apertura intelectual en la compleja tarea de superar las perspectivas parciales y reduccionistas para elaborar una concepción integral y coherentemente articulada del funcionamiento normal y alterado del cerebro humano, del sujeto humano y de la conducta humana. Una difícil, pero necesaria, integración de las diferentes disciplinas que la tradición germánica llamaba ciencias de la naturaleza y ciencia del espíritu, las que hoy llamamos ciencias biológicas, ciencias sociales y humanidades.

 

Obras de ~: Un estudio sobre la depresión. Fundamentos de antropología dialéctica, Barcelona, Península, 1966 (10.ª ed., 2002); El humanismo “imposible”. Estructura social y frustración, Madrid, Ciencia Nueva, 1968 (5.ª ed., 1972); La culpa, Madrid, Revista de Occidente, 1968 (4.ª ed., 1981); Dialéctica de la persona, dialéctica de la situación, Barcelona, Península, 1968 (6.ª ed., 1992); Psicoanálisis y marxismo, Madrid, Alianza, 1969 (5.ª ed., 1981); Naturaleza del saber, Madrid, Taurus, 1970 (2.ª ed., 1972); La incomunicación, Barcelona, Península, 1970 (14.ª ed., 2001); Cuatro ensayos sobre la mujer, Madrid, Alianza, 1971 (10.ª ed., 1989); Sexualidad y represión, Madrid, Ayuso, 1971 (7.ª ed., 1978); Vieja y nueva Psiquiatría, Madrid, Seminario y Ediciones, 1971 (2.ª ed., 1978); Patografías: Neurosis de angustia. Impotencia sexual, Madrid, Siglo XXI, 1972 (4.ª ed., 2002); Introducción a la hermenéutica del lenguaje, Barcelona, Península, 1972 (3.ª ed., 1975); Introducción al masoquismo, Madrid, Alianza, 1973 (3.ª ed., 1983); Discurso de Onofre, Barcelona, Península, 1976 (2.ª ed., 1999); Introducción a la psiquiatría, Madrid, Alianza, 1978-1979, 2 vols. (4.ª ed., 1991-1993); Teoría de la alucinación. Una investigación de teoría psico(pato)lógica, Madrid, Alianza, 1984; Cuarenta años de Psiquiatría, Madrid, Alianza, 1987; Temas. Hombre, Cultura y Sociedad, Barcelona, Península, 1989 (2.ª ed., 2002); Una alacena tapiada, Barcelona, Península, 1991 (3.ª ed., 1991); Celos, locura, muerte, Madrid, Temas de Hoy, 1995; Pretérito imperfecto, Barcelona, Tusquets, 1997 (6.ª ed., 2004); El delirio, un error necesario, Oviedo, Nobel, 1998; Teoría de los sentimientos, Barcelona, Tusquets, 2000 (7.ª ed., 2005); Casa del Olivo. Autobiografía (1949-2003), Barcelona, Tusquets, 2004 (3.ª ed., 2005); Reflexión, reflexionar, reflexivo: discurso leído el día 7 de marzo de 2004 en su recepción pública [...], Madrid, Real Academia Española, 2004; Cordura y locura en Cervantes, Barcelona, Península, 2005.

 

Bibl.: J. R. Solé Puig, “Psiquiatría y lingüística. A propósito de la psico(pato)logía de Castilla del Pino”, en Revista del Departamento de Psiquiatría de la Facultad de Medicina de Barcelona, VII (1980), págs. 173-190; B. Vicente, A. Monteiro, J. Liappas y F. A. Jenner, “Castilla del Pino’s Contribution to a Scientific Psychopathology”, en Psychopathology, 22 (1989), págs. 35-41; VV. AA., “Carlos Castilla del Pino. La construcción de una psiquiatría científica”, en Anthropos. Revista de documentación científica de la cultura, n.º monogr., 121 (1991); J. M. Valls Blanco y R. Luque Luque, “Breve introducción a la obra psiquiátrica de Castilla del Pino”, en Psiquiatría Pública, 5 (1993), págs. 3-10; A. Díez Patricio, “La obra psiquiátrica de Castilla del Pino”, en Revista de la Asociación Española de Neuropsiquiatría, 17 (1997), págs. 11-36; J. Lázaro, “Carlos Castilla del Pino: la medicina del sujeto”, en JANO, Medicina y Humanidades, LXIII (2002), págs. 1124-1128; VV. AA., Homenaje a Carlos Castilla del Pino en su 80 cumpleaños, Córdoba, Fundación Castilla del Pino, 2002; J. Lázaro, “Laudatio de Carlos Castilla del Pino”, en Homenaje a Carlos Castilla del Pino: palabras pronunciadas en ocasión de la entrega de la medalla de honor de la UIMP a don ~ […], Santander, Universidad Internacional Menéndez Pelayo, 2003, págs. 19- 33; J. L. Pinillos, “Contestación” a C. Castillo del Pino, Reflexión, reflexionar, reflexivo: discurso leído el día 7 de marzo de 2004 en su recepción pública [...], op. cit.; A. Caballé, Carlos Castilla del Pino: Cinco conversaciones sobre la psiquiatría, la felicidad, la memoria, los libros, Barcelona, Península, 2005.


Rodrigo Córdoba Sanz. Psicólogo Clínico. Zaragoza.

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