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Paz y Ciencia
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jueves, 8 de julio de 2021

Nietzsche. Leyendas

 


Rodrigo Córdoba Sanz. Psicólogo Psicoterapeuta. Zaragoza. Presencial (Gran Vía) y Online. IG: @psicoletrazaragoza Website: www.rcordobasanz.es

Nietzsche fue un tipo enamoradizo que ejerció a lo largo de su vida una misoginia muy singular. “El hombre ama dos cosas: el peligro y el juego. Por eso ama a la mujer, el más peligroso de los juegos”. Este aforismo lo sacó de sus entrañas y lo puso en boca de Zaratustra después de conocer en Roma a Lou Andreas-Salomé y haber recibido de ella la suficiente cosecha de calabazas. Zaratustra fue el profeta que lanzó la proclama del superhombre, un ejemplar humano que, según la teoría de Nietzsche, debería ser profundamente culto, bello, fuerte, independiente, poderoso, libre, tolerante, a semejanza de un dios epicúreo, capaz de aceptar el universo y la vida como es. Pues bien, este modelo de superhombre aplicado por Nietzsche a sí mismo, en la vida real babeaba ante cualquier mujer atractiva que se pusiera a su alcance y si era rubia y rica la pedía en matrimonio de forma compulsiva, casi como un reflejo condicionado. El consiguiente rechazo le despertaba una descarga agresiva contra todo el género femenino. “Hasta aquí hemos sido muy corteses con las mujeres. Pero, ¡ay!, llegará el día en que para tratar con una mujer habrá primero que pegarle en la boca”. Y una vez vomitada la invectiva literaria, el superhombre quedaba tranquilo.

Su padre fue pastor protestante, de quien recibió una educación muy religiosa y que al morir tempranamente de enfermedad mental dejó a su hijo Friedrich, de cuatro años, tal vez inoculado con el germen de la locura. Durante la infancia y adolescencia del filósofo en Röcken (la actual Alemania), su lugar de nacimiento, estuvo rodeado de un férreo círculo femenino compuesto por la madre Franziska, la hermana Elizabeth, la tía Rosalie y la abuela Erdmunde. Fue un paisaje familiar agobiante, que le dejó unas secuelas de las que no se recuperaría nunca. Además de Lou Andreas-Salomé, una galería de mujeres pasó por su vida, unas como amor platónico, otras a través de una relación epistolar erótica, otras bajo la especie de amor maternal, otras como amor imposible y cada una de ellas formaba una ola sucesiva de un solo tormento. A todas adoraba en la práctica, a todas zahería literariamente y pese a su misoginia, lejos de aborrecerle, ellas se sentían atraídas por su talento y su bondad enloquecida, pero al final siempre terminaban por pararle los pies. Tampoco él estaba muy seguro de su virilidad. Por ejemplo, cuando una de sus amigas, Rosalie Nielsen, lo citó en la habitación de un hotel y comenzó a insinuarse Nietzsche tuvo que huir saltando por una ventana.

Nietzsche estudió Teología en el internado de Schulpforta e imbuido de religión se adentró después en la filología griega en las Universidades de Bonn y de Leipzig. Su cerebro no encontró la forma de asimilar la mezcla explosiva de cristianismo y belleza socrática. Deslumbrado por los mármoles de una Grecia imaginada, se convirtió al paganismo, que le obligó a gritar a los cielos el aforismo famoso: “¡Dios ha muerto!”.

viernes, 13 de marzo de 2020

Amor Platónico





Don Quijote decía que Dulcinea era la dama de sus pensamientos. Pensar mucho en alguien es estar a las puertas de enamorarse de él. Esta actitud tiene un nombre específico: amor platónico, modalidad de la especie sentimental, frecuente en los amores primerizos juveniles, que se elabora con muy pocos materiales reales y se incendia con la imaginación desbordada y sin el más mínimo control. Se fabrican paraísos y escenarios mentales que alientan la relación, pero la base es escasa: conversaciones, gestos, miradas, palabras difusas que invitan a repensarlas y la atracción física como anzuelo.

¿Es peligrosa esta situación? Es conveniente adentrarse en los distintos pasadizos del edificio sentimental, e insisto en algo importante: lo que no puede fallar es la base. Lo importante es que el corazón no vaya más deprisa que los hechos, si no después viene el desencanto y la melancolía, ganados a pulso, de un amor construido con demasiada fragilidad, vulnerable a los primeros vientos contrarios.

Cuanto más deseamos algo, más debemos salvaguardarlo con el orden de la razón. La inteligencia es la capacidad para aprehender la realidad en su complejidad, pero sin la afectividad es poca cosa. Ambas deben ensamblarse en la misma operación. Ése es el itinerario que propongo recorrer: geografía que atraviesa valles y collados, ríos caudalosos y paisajes agrestes. Es menester poner bases sólidas para edificar un amor fuerte y resistente, porque, como he comentado en otra ocasión, la vida no se improvisa, menos aún en sus grandes temas. 

En la mitología griega Eros era hijo de Pernia y Poros, de la riqueza y de la pobreza. Ésta es la estructura paradójica del amor. Cada hombre tiene sus audacias y cada amor sus argumentos.

Rodrigo Córdoba Sanz. Psicólogo y Psicoterapeuta. Nº Col.: A-1324
Tfno.: (+34) 653 379 269
Instagram: @psicoletrazaragoza
Página Web: www.rcordobasanz.es

miércoles, 5 de diciembre de 2012

Victimización

Podría llamarse "compensación", como una búsqueda insatisfecha de igualdad, sostenida por la idea de que el mundo ha sido injusto. Esto nos provoca rabia y nos da derecho a esperar la compensación. Se apoya en una actitud de constante comparación que lleva a ver que los otros siempre tienen más y a valorar mejor lo ajeno que lo propio. Parece como si el sufrimiento fuera lo que nos diera derecho a la vida, al amor...y a la compensación.
La creencia tiene que ver con ser especial, pero justamente lo que nos hace especiales es que sufrimos más, somos más sensibles, tenemos menos cosas favorables que los demás, más dificultades en conseguir los deseos.
La ilusión es que la capacidad de sufrimiento nos da mayor valor como persona.
La reacción específica proviene de una experiencia de insatisfacción, de un sentimiento de carencia ante el que se aprende a mirar el mundo de forma comparativa y en el que enseñar el propio sufrimiento es una actitud de venganza y deseo. Es un reclamo doloroso y cargado de rabia. La demanda implícita provoca culpa en el otro. También se hipertrofia la necesidad del otro, a través del cual voy a obtener lo deseado, y se acentúa el control sobre sus acciones para evitar que me abandone. Lo excesivo de la demanda suele conseguir que se produzca el abandono y vuelve a generar la sensación de melancolía.
La dificultad específica es la sensación de vacío, de insatisfacción, de sentirse excluido, de que los demás tienen algo de lo que no participo. Se une con una necesidad de ser amado de forma especial.