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Paz y Ciencia

jueves, 21 de febrero de 2013

Trastorno Esquizoide

TRASTORNO ESQUIZOIDE
 
 

Me he decidido a escribir este artículo porque- por lo visto- ha tenido mucho impacto el que escribí hace algunas semanas en este mismo diario (EL DÍA), y que titulé “El Síndrome de Münchausen. Muchas preguntas al respecto del mismo han surgido y me han comunicado. Aunque similares, nada tiene que ver. Así como también he de decir que este trastorno de la personalidad no significa inexorablemente- padecer de Esquizofrenia. Espero queden más claras las características de cada uno mediante el presente escrito. Francamente creo que- sin ser mi especialidad- es francamente difícil el diagnóstico diferencial entre estos tipos de problemas. La Psicoterapia y la Psiquiatría, juntas en mi opinión, tiene todavía mucho que decir y hacer al respecto.

El trastorno esquizoide de la personalidad está caracterizado por una falta de interés en las relaciones sociales, una tendencia hacia una forma de vida solitaria, el secretismo, la frialdad emocional, y la apatía. Las personas afectadas
también pueden mostrar un mundo de fantasía simultánea rica, compleja, interna y exclusiva, aunque esto a menudo es más sugestivo de trastorno esquizotípico de la personalidad.

 No es lo mismo que la esquizofrenia, a pesar de que comparten algunas características similares, tales como desprendimiento o embotamiento afectivo, hay una mayor prevalencia de este trastorno en las familias con esquizofrenia manifiesta.

Las personas con personalidad esquizoide son a menudo distantes, frías, indolentes e indiferentes, lo que les provoca dificultades en sus relaciones interpersonales.
La mayoría de los individuos diagnosticados con este trastorno tienen problemas para establecer relaciones personales o para expresar sus sentimientos de una manera significativa, y pueden permanecer pasivos frente a situaciones desfavorables.

Su comunicación con otras personas puede ser indiferente y muy parca , a veces. Debido a su falta de comunicación significativa con otras personas, aquellos que son diagnosticados del mismo no son capaces de desarrollar un reflejo exacto de sí mismos con respecto a lo bien o mal que se llevan con los demás.


Supuestamente, estas reflexiones son importantes para la conciencia de sí mismo y para con otra persona, ni de su capacidad para evaluar el impacto de sus propias acciones en situaciones sociales.

Laing sugiere que sin ser enriquecido por las inyecciones de la realidad interpersonal, se produce un empobrecimiento en el que la imagen de uno mismo se convierte en cada vez más vacía y se volatiliza, llevando al individuo mismo a sentirse irreal. 
De acuerdo con Gunderson, la gente con este trastorno de personalidad "se siente perdida, sin rumbo" sin las personas que están normalmente a su alrededor, ya que requieren un sentido de seguridad y estabilidad. Sin embargo, cuando el espacio personal del individuo es violado – o sienten que está siendo violado-, se sienten asfixiados y sienten la necesidad de liberarse y ser independientes. Las personas con este problema tienden a ser más felices cuando están en una relación en la que el “socio” (familiar, amigo, conocido...) le pone pocas exigencias emocionales o íntimas.

Esto significa que es posible que los individuos esquizoides necesiten - para formar relaciones con los demás- intelectuales, físicas, actividades familiares, laborales o recreativas-, siempre que estos modos de relación no le exijan u obliguen a tener necesidad de una intimidad emocional, pues- en este caso de exigencia u obligación- la persona afectada los rechaza.

Winnicott resume la necesidad del individuo esquizoide a modular la interacción emocional con los demás con sus criterios de que los individuos esquizoides "prefieren hacer las relaciones en sus propios términos y no en términos de los criterios de otras personas", y de no alcanzar esto, prefieren el aislamiento.

Paradójicamente, hay muchas personas fundamentalmente esquizoides que se presentan con un estilo afable, educado, seductor y atractivo,y con una personalidad interactiva que contradice la característica observable de relieve de las definiciones de la personalidad esquizoide.

Klein clasifica a estos individuos como ESQUIZOIDES SECRETOS (o manipuladores) , que se presentan socialmente como muy dispuestos y disponibles, interesados​​, extremadamente agradables y simpáticos, muy comprometidos e involucrados – aparentemente- en los problemas de los demás (a los ojos del observador), mientras que al mismo tiempo, son emocionalmente inseguros, con una baja autoestima y retirados y retenidos dentro de la seguridad del su propio mundo interno.

Es decir ¡Dan una impresión que no les corresponde, sino más bien todo lo contrario!
De ahí la dificultad de hacer un diagnóstico de certeza y su correspondiente tratamiento tanto psico-terapéutico como farmacológico (Paradoja esquizoide).

Las personas con este tipo e personalidad son a veces sexualmente apáticas, aunque normalmente no sufren de anorgasmia. Muchos esquizoides tienen un impulso sexual saludable, pero algunos prefieren masturbarse en lugar de lidiar con los aspectos sociales de encontrar una pareja sexual. Por lo tanto, su necesidad de sexo puede parecer menor que en el resto y, o bien prefieren permanecer solos y aislados o bien todo lo contrario, rozando la promiscuidad.

Al tener relaciones sexuales, este tipo de individuos con frecuencia sienten que su espacio personal está siendo violado, y comúnmente sienten que la masturbación o la abstinencia sexual es preferible a la cercanía emocional que deben soportar durante las relaciones sexuales. Aunque, como ya he escrito es significativo y son muy notables las excepciones en estos individuos, involucrándose en acciones sexuales ocasionales o incluso frecuentes con los demás, y- de ser posible- con gente diferente a fin de no tener que “soportarlos”.

Harry Guntrip describe el "romance secreto sexual" celebrado por algunos individuos esquizoides casados. ​​ Más recientemente, Seinfeld, profesor de trabajo social en la New York University, ha publicado un volumen sobre este tipo de trastorno en el que detalla ejemplos de "hambre esquizoide", que puede manifestarse como una verdadera promiscuidad sexual. Seinfeld explica algunos ejemplos de mujeres esquizoides que –encubiertamente- asisten a varios bares u otros acontecimientos para cumplir con los hombres con el propósito de obtener una gratificación sexual impersonal, un acto, dice Seinfeld, que alivia sus sentimientos de hambre y el vacío.

Según los expertos consultados, la característica - y dependiendo de la gravedad del proceso - las personas no buscan más que la interacción social para contrarrestar su consciente falta de interés, en comparación con el tipo de personalidad por evitación en el que existe el deseo de interacción, pero el miedo al rechazo.

Las causas del trastorno esquizoide de la personalidad pueden ser varias, aunque en los últimos estudios, parece ser que hay una cierta evidencia para sugerir la existencia de un aumento en la prevalencia del trastorno esquizoide de la personalidad en los familiares de las personas con esquizofrenia o trastorno esquizotípico de la personalidad: La crianza de los hijos sin amor, de manera intrusiva, dictatorial , o negligente se cree que juega un papel importante. Según estos estudios (Harry Guntrip , Seinfeld y otros) hay una fuerte correlación entre el abuso sexual sufrido en la infancia y el posterior desarrollo de un trastorno esquizoide de la personalidad, y de la mayoría de los trastornos de la personalidad en general.

http://eldiadigital.es/not/53060/el_trastorno_esquizoide/

Psicoanálisis y esquizofrenia

Psicoanálisis y esquizofrenia. Una historia con moraleja


Fragmento de lo Publicado en la revista nº009 Aperturas Psicoanalíticas

Autor: Willick, Martin S


Psychoanalysis and schizophrenia: A cautionary tale. Publicado originalmente en Journal of the American Psychoanalytic Association, vol. 49, No.1 p. 27-56 (2001). Copyright del JAPA. Traducido y publicado con autorización del Journal of the American Psychoanalytic Association.

Traducción: Rafael Gautier Roques


    La historia del psicoanálisis y la esquizofrenia es usada como un ejemplo de las teorías psicoanalíticas sobre etiología que no han soportado el paso del tiempo. Esas teorías apuntaban a tres factores principales: inadecuaciones muy graves por parte de las personas que cuidaron al paciente; la presencia tan temprana de estos problemas durante el período preverbal que condujeron a una alteración de las relaciones objetales tempranas, del desarrollo de la estructura del psiquismo y de las funciones yoicas básicas; y la ausencia de anormalidades biológicas subyacentes. En la actualidad, aún muchos analistas son reticentes a considerar los factores etiológicos biológicos de otras enfermedades psiquiátricas. En relación a trastornos como las condiciones “borderline” y algunas alteraciones graves del carácter, en las que todavía hay muchas dudas sobre el papel de los factores biológicos, muchos analistas actuales siguen proponiendo formulaciones causales similares a las propuestas para la esquizofrenia. Aún cuando estas formulaciones pudieran de hecho probarse como correctas para estos trastornos, los analistas no debemos perder de vista la moraleja que nos deja la historia del psicoanálisis y la esquizofrenia.

Lo que viene a continuación es una historia con moraleja; la historia sobre cómo ha sucedido que dos o tres generaciones de analistas eminentes que han escrito sobre la esquizofrenia desde los años 40 a los 70, e incluso más allá, propusieran una serie de teorías sobre las causas de este trastorno que se han comprobado como incorrectas. Después de detallar algunas de las razones de estos errores, plantearé la cuestión de si algunas de estas razones aún podrían estar vigentes en la actualidad, llevándonos a cometer otra vez los mismos errores en relación a otros trastornos psiquiátricos.

Todos sabemos que el camino hacia el descubrimiento científico está marcado muchas veces por hipótesis erróneas, teorías falsas y conclusiones no válidas, pero las aceptamos como partes inevitables del proceso científico. En muchos casos, los mismos científicos que han aportado al mundo las reflexiones más penetrantes han cometido también serios errores, los cuales no pudieron ser corregidos hasta que tuvieron lugar cambios en la teoría o avances tecnológicos que los capacitaron, a ellos o a otros, para obtener los datos que dieron lugar a la rectificación.

Los errores en nuestro propio campo de estudio empiezan, por supuesto, con el mismo Freud. Cuando éste se percató de que su antigua creencia sobre la universalidad de la seducción sexual infantil en los casos de histeria no era correcta se permitió desarrollar uno de los descubrimientos más importantes; a saber, el descubrimiento de la sexualidad infantil y su representación en el inconsciente, las fantasías sexuales reprimidas. Veinte años más tarde, corrigió su teoría sobre la ansiedad; revisión que abriría las puertas a nuevas investigaciones sobre los procesos defensivos.

Las correcciones y revisiones freudianas requirieron no sólo de una nueva tecnología, sino también de una reevaluación de los datos clínicos existentes, así como también de la obtención de otros nuevos datos obtenidos a partir de las revisiones de su técnica. A partir de entonces hemos ido revisando constantemente nuestros puntos de vista sobre la naturaleza y génesis de la psicopatología a medida que reunimos y reevaluamos las observaciones y los datos clínicos. No obstante, más recientemente, el psicoanálisis ha sido sometido a confrontación con datos de otra naturaleza obtenidos del campo de la neurobiología -datos que nos han forzado a revisar nuestras formulaciones sobre la etiología de trastornos mentales tales como la esquizofrenia, el trastorno bipolar, el trastorno obsesivo compulsivo y el autismo infantil. (Marcus, 1992) Aún cuando aceptamos estas revisiones, será muy útil examinar las fuentes de nuestras teorías etiológicas incorrectas de forma que podamos comprender cómo llegamos a creer en ellas y así alertarnos ante la posibilidad de que estemos cometiendo errores similares en la actualidad.

Posiblemente no exista mejor ejemplo de una teoría psicoanalítica que se haya evidenciado como incorrecta que la que una vez fuera la teoría prevalente acerca de la etiología de la esquizofrenia. Esta teoría, o mejor diría convicción, con respecto a la causa de la esquizofrenia, tenía tres componentes. Primero, se creía que el daño al yo y sus funciones tenían lugar principalmente en los primeros uno o dos años de vida del sujeto. Segundo, que las causas primordiales de este daño al yo dependían de un cuidado profundamente inadecuado por parte de los cuidadores; tercero, que en la mayoría de los casos no existían procesos orgánicos responsables del trastorno. De manea igual a como ha ocurrido con otras ideas científicas erróneas, la corrección de estas ideas hubo de esperar hasta que se desarrollase una tecnología capaz de estudiar el cerebro de una manera imposible hasta ese momento; tecnología que ya lleva hoy cerca de 25 años en el campo de la neurociencia. Si bien cuando es cierto que los datos obtenidos de estudios genéticos con gemelos, familias y crianzas separadas de gemelos ya existían antes de estas informaciones neurobiológicas, dichos estudios fueron frecuentemente ignorados por los analistas o eran situados en el último lugar de las consideraciones etiológicas ofrecidas.

La investigación neurobiológica de los últimos 25 años, ofrece una importante evidencia de que la etiología de la esquizofrenia es, para decirlo de manera sucinta, biológica en vez de psicogénica. A pesar de que las causas exactas, así como su patogénesis, todavía necesitan determinarse, la mayoría de los investigadores creen que una combinación de una predisposición genética y daños en la vida intrauterina y durante el nacimiento es necesaria para que se pueda desarrollar la enfermedad. Si existen ciertos factores ambientales después del nacimiento que contribuyen a la causa de la esquizofrenia, hay muy poca evidencia de que los mismos ocurran en el primer o segundo año de vida. (ver Willick, 1990; 1993)1

Debemos hacer notar que aún existe un cierto número de psicoanalistas que, aunque aceptan ahora la contribución de una predisposición genética, creen que un ambiente destructivo temprano está relacionado con la expresión posterior del trastorno. Robbins (1993), cree que un buen cuidado materno en las etapas tempranas de la vida puede prevenir la emergencia de la enfermedad en niños predispuestos. Volkan (1997) propone que la esquizofrenia ocurre en aquellos individuos que tienen un self psicótico infantil “formado durante la temprana interacción de la madre y el niño…” (p. 8).

Lo que intento hacer al mostrar esta historia con moraleja es, en primer lugar, revisar algunas de las razones que han llevado a tantos analistas a formular estas teorías sobre la etiología de la esquizofrenia. ¿Quiénes fueron los analistas que abrieron el camino a tales formulaciones? ¿Qué ideas les influyeron en esa dirección? ¿Qué tipo de datos clínicos manejaron?

Mi propósito aquí no es criticar a los analistas por los errores pasados. Tal y como he dicho, los errores son una parte inevitable de cualquier empresa científica. Lo que es importante es cuestionarse sobre sus razones. Luego de una breve revisión de algunas de ellas, me detendré en un examen de las teorías psicoanalíticas recientes con respecto a la causa de otras patologías psiquiátricas graves de manera que podamos hacernos la siguiente pregunta: ¿estamos cometiendo los mismos errores otra vez?

Me refiero a dos clases de errores. Uno de ellos es la continua reticencia de muchos de nosotros a reconocer predisposiciones biológicas subyacentes en trastornos tales como el “trastorno por déficit de atención con hiperactividad”, el trastorno de pánico, la depresión recurrente, la distimia e, incluso, quizás algunas formas de trastornos borderline. El otro tiene que ver con nuestras teorías sobre las causas de los trastornos graves para los que no se han podido demostrar anormalidades biológicas subyacentes. Me estoy refiriendo a algunas de las condiciones borderline y a trastornos severos del carácter. Leyendo la literatura más reciente sobre trastornos borderline, muchas veces me sorprendo por el hecho de que muchos analistas están formulando una teoría sobre la patogénesis similar a la ofrecida para la esquizofrenia, a saber, el papel inadecuado de la madre durante el primero y segundo año de vida. En nuestra búsqueda para descubrir las causas de estos trastornos tan graves ¿No estaremos cometiendo los mismos errores que cometimos con la esquizofrenia? ¿O es, precisamente, que para estos trastornos estas teorías causales sobre las deficiencias en la relación madre-hijo podrían probarse como ciertas?

La lista de analistas que se unen a la última consideración, la que señala una propuesta errónea para la etiología de la esquizofrenia, aparece como el “Who´s who” (N.T. El libro “Quién es quien” que contiene la lista de los importantes en diferentes campos) del psicoanálisis2. Citaré a algunos de ellos que parecen haber sido los más influyentes y cuyos trabajos son utilizados más frecuentemente en los institutos psicoanalíticos que todavía ofrecen cursos sobre psicosis (que son sólo casi la mitad de los institutos pertenecientes a la Asociación Psicoanalítica Americana). Son diversos grupos que incluyen a los psicólogos del yo, los teóricos de la escuela inglesa de las relaciones objetales y la escuela de psiquiatría de Washington (el punto de vista interpersonal). Al revisarles, me tomaré la libertad de condensar sus ideas en una o dos frases con el propósito de ilustrar los conceptos primordiales de sus formulaciones. Aún cuando algunos mencionan en ciertos casos la posibilidad de procesos orgánicos subyacentes, la mayoría ha sostenido que el daño más considerable ocurre en el primero o segundo año de vida y muchos enfatizan las profundas deficiencias en la persona cuidadora como la causa prioritaria de estas alteraciones.3

¿Qué formulaciones etiológicas propusimos?

Los Psicólogos del Yo

Muchos de los psicólogos del yo que han escrito sobre esquizofrenia ya vinieron a este país influenciados por los puntos de vista prevalentes de la psiquiatría europea, que reconocía algunas cuestiones orgánicas en la etiología del trastorno. No obstante, todos ellos se adhirieron a la postura de que aún cuando los factores hereditarios y biológicos de hecho tenían que ver, lo hacían en los períodos muy tempranos de la vida, cuando todavía se estaba formando la estructura yoica. Además, con frecuencia defendieron la idea de que esas dificultades en la relación temprana entre la madre y el niño podían provocar alteraciones en las relaciones de objeto y en la estructura yoica y su función. Aunque todos ellos enfatizaron que tales alteraciones yoicas eran más importantes que el tipo particular de conflicto dinámico, seguían creyendo que un conflicto temprano muy severo causaba las alteraciones en la función yoica, especialmente en la diferenciación gradual del self y las representaciones objetales.

Para Hartmann (1953), uno de los más importantes defectos en la esquizofrenia estaba en el fallo del proceso de neutralización. Dado que la neutralización está anclada en las relaciones objetales durante el desarrollo del niño, él colocó ese fallo en este lugar más que considerarlo como un evento que ocurría a partir de un deterioro orgánico posterior: “La capacidad para lograr unas relaciones de objeto completas y para la neutralización, así como la resistencia contra la pérdida del objeto y la desneutralización, están ancladas en el desarrollo del yo (p. 186); “El fallo o alteración de la neutralización…puede estudiarse en el niño”, y “estos defectos pueden considerarse relevantes en la predisposición a la esquizofrenia” (p. 189), de la misma forma en que lo son las “relaciones de objeto alteradas” (p. 191). No obstante, Hartmann sí reconoció que para ciertos pacientes “no es infrecuente que las características patognomónicas…podrían surgir…como consecuencia de alteraciones orgánicas posteriores”. (p. 195)

Bak (1954, 1971), consideró un aspecto diferente pero relacionado con lo anterior; a saber, la decatexis de la representación de objeto, la cual consideró como una defensa contra la agresión. A partir de que la “catexis…era originalmente deficiente” (p. 258), el autor también situó los orígenes del trastorno en la alteración de las relaciones objetales en los primeros años de vida. Aunque Bak ,como Hartmann, previnieron sobre la “falacia genética” donde los síntomas regresivos son considerados similares a estados tempranos infantiles, el primero creía que las diversas manifestaciones de la pérdida de límites yoicos eran regresiones a estados primitivos de pobre diferenciación entre el self y el objeto.

Tanto Jacobson (1953, 1954, 1966) como Bak se adhirieron al punto de vista que defendía que el desarrollo temprano del yo estaba más alterado en la esquizofrenia que en aquellas patologías consideradas menos graves. Para ilustrar este supuesto, Bak lo hizo comparó la esquizofrenia con las perversiones, mientras que Jacobson lo hizo con la enfermedad maníaco-depresiva. En palabras de Jacobson (1953): los “maníaco-depresivos…de alguna manera parecen haber alcanzado un mayor nivel en la diferenciación e integración de los sistemas psíquicos. Consecuentemente, los procesos regresivos agudos que tienen lugar durante sus episodios no llegan a ser como los de los esquizofrénicos y son de un tipo distinto”. (p.51) La autora también ofreció un cierto número de diferencias entre la esquizofrenia y la enfermedad maníaco-depresiva basándose en el tipo de síntomas regresivos que manifestaban los pacientes. Muchas de estas manifestaciones, tales como la pérdida de límites del yo y la presencia de inserción y transmisión del pensamiento, pueden encontrarse ahora en ambos tipos de pacientes, por lo que ya no son útiles para distinguir entre las patologías o entre grados de regresión. En definitiva, tanto Jacobson como Bak tenían una cierta idea común de que existía una especie de cronograma evolutivo para el desarrollo de varios trastornos psiquiátricos.

La propuesta de un cronograma evolutivo también puede encontrarse en los escritos de Kernberg de los años 70 (1975, 1976). Este autor cree que existen dos tareas fundamentales para el yo temprano: la primera es diferenciar el self de las representaciones de objeto; la segunda es la de integrarlos. En virtud de considerar que los sujetos borderline logran la primera tarea pero no la segunda, mientras que los psicóticos no alcanzan ninguna de las dos, Kernberg promueve la idea de que tales defectos en la estructura yoica en la esquizofrenia ocurren durante el primer año de vida, mientras que los propios en la patología borderline lo hacen más tarde en el desarrollo del niño.

El trabajo de Mahler (Mahler y Furer, 1968; Mahler, Pine y Bergman, 1975) concerniente al desarrollo de una secuencia de estadios desde la posición autista, pasando por otra simbiótica hasta la de separación-individuación para lograr la constancia del objeto, promovió la idea de que a más gravedad en la patología, más tempranas sus raíces en la evolución del sujeto.

En general, los psicólogos del yo creían que los síntomas tales como la pérdida de los límites yoicos o la de la diferenciación del self y el objeto eran manifestaciones de regresiones a estadios muy tempranos del funcionamiento normal. Llegaron a la conclusión de que tales alteraciones yoicas debían estar causadas por algunas fallas básicas en la propia constitución de las estructuras psíquicas durante la infancia. Por tanto, no fue difícil para un clínico como Greenacre (1953) afirmar que “la matriz de estas graves alteraciones…descansa en aquellas alteraciones propias de un período muy temprano de la constitución yoica, alrededor de los seis meses de edad y un poco más tarde…(p. 10)

Klein y los teóricos de la escuela inglesa de las relaciones objetales

Los teóricos de la escuela inglesa de las relaciones objetales nos han proporcionado muchas reflexiones penetrantes concernientes a las operaciones mentales primitivas, así como acerca de las fantasías inconscientes primitivas, pero sus formulaciones con respecto a los orígenes de la esquizofrenia han llegado a ser uno de los errores más serios en esta historia con moraleja. Debido a la naturaleza de la concepción kleiniana (1946) de que existe una posición esquizo-paranoide en la vida mental del niño durante los primeros seis meses, sus teorías se afincaron en una dirección que inexorablemente conduciría a la conclusión de que los orígenes de la esquizofrenia se establecen durante estos tempranos meses.

Klein creía que tanto la esquizofrenia como la psicosis paranoide y la personalidad esquizoide eran el producto de algún fallo para sobrepasar adecuadamente la posición esquizo-paranoide. Si el infante está dotado de un impulso agresivo muy importante o si ha sufrido de mucha frustración durante estos tempranos meses, persistirán miedos persecutorios y defensas primitivas como la escisión y la identificación proyectiva. Al resumir el punto de vista de Klein sobre la etiología de la esquizofrenia, Segal (1964), resumiendo el punto de vista kleiniano, escribió: “Sabemos que los puntos de fijación de la psicosis yacen en los primeros meses de la infancia… En la medida en que el psicótico regresa a los primeros meses de la infancia, también lo hace a una fase del desarrollo que ya posee características patológicas en su infancia. A través del estudio de casos de pacientes esquizofrénicos y esquizoides, y de las observaciones de infantes desde su nacimiento, ahora progresivamente podemos ser capaces de diagnosticar características esquizoides en la infancia temprana y prever futuras dificultades”. (p. 54-55; énfasis añadido).

Aquellos que vinieron después de Klein propusieron el punto de vista de que no era la intensidad del impulso agresivo, sino la inadecuación de la madre, o por lo menos alteraciones en la diada madre-hijo, lo que hacía difícil la superación de la posición esquizo-paranoide. El trabajo de Winnicott (1965), se cita con frecuencia con respecto a la esquizofrenia, debido posiblemente a su énfasis sobre la importancia de la díada temprana y su concepto de “madre suficientemente buena”. Este autor afirmó que los psicópatas y algunos otros sujetos con patología grave del carácter habían tenido un cuidado materno de estas características, pero subsecuentemente lo habían perdido y, consecuentemente, se sentirían deprivados de por vida; por el contrario, la persona con esquizofrenia nunca había tenido un cuidado materno lo suficientemente bueno, privación establecida incluso antes de que el niño fuese capaz de percibirla. (vea p. 131-136) De manera similar, Fairbairn (1954) propuso que en los niños que desarrollarían esquizofrenia había un aislamiento considerable y temprano por parte de la madre, conduciéndoles a una deprivación profunda. Cuando el infante en la posición esquizo-paranoide siente esta deprivación, “considera” que el amor es malo y destructivo, llevándole al abandono de contacto emocional con el mundo externo y a un sentido distorsionado de la realidad externa.

Rosenfeld (1965), sostuvo que algunas madres de niños que han desarrollado esquizofrenia demuestran una tolerancia disminuida a las proyecciones del infante; al sentirse alteradas y perseguidas, se retraen en sus sentimientos acerca del niño. Del esquizofrénico, escribió, “Nunca ha sobrepasado su fase más temprana de desarrollo a la cual pertenece su relación de objeto…” (1952, p. 458). Aunque tanto Bion (1967) como Guntrip, (1969) son valorados por sus descripciones sobre las operaciones mentales primitivas, de alguna manera también formularon ideas similares con respecto a la etiología de la esquizofrenia.

Por lo tanto, los teóricos de la escuela inglesa de las relaciones objetales ubicaron fuertemente las raíces de la esquizofrenia en alteraciones del yo consecuentes a varios tipos de deficiencias en la temprana diada madre-hijo. Fue una sorpresa para mí cuando fui incapaz de encontrar un solo caso de esquizofrenia bien documentado en los trabajos de Klein, Winnicott, Fairbairn, Bion o Guntrip. Sólo Rosenfeld parece haber tratado pacientes con este trastorno. (Kernberg, quien ha estudiado cuidadosamente a los teóricos de la escuela inglesa de las relaciones objetales, ha confirmado mi observación en una comunicación personal). Muchos de sus casos parecen haber sido personalidades esquizoides o trastornos graves del carácter. Pero, en verdad, y esto es parte del problema con sus teorías sobre la etiología de la esquizofrenia, nunca hicieron una gran diferenciación entre esquizofrenia, personalidad paranoide, personalidad esquizoide y otros trastornos graves del carácter; más bien todas estas patologías se amontonan entre sí como ejemplos del fallo en sobrepasar adecuadamente la posición esquizo-paranoide.

Interpersonalistas

La observación de que la mayoría de los teóricos pertenecientes a la escuela inglesa de las relaciones objetales y sus escritos sobre esquizofrenia carecieron de experiencia real con esta enfermedad, no puede aplicarse a los analistas americanos agrupados bajo el nombre de Escuela de Psiquiatría de Washington. Estos autores, defensores del punto de vista interpersonal, han publicado extensas historias de casos de pacientes esquizofrénicos tratados cuatro a cinco veces por semana, la mayoría en un entorno hospitalario.

Muchos de los analistas de esta escuela reconocerían que Sullivan (1953, 1956, 1962) ha aportado la mayor parte de los cimientos de sus formulaciones, aún cuando éstas hayan sido elaboradas posteriormente. El modelo interpersonal de Sullivan sobre el desarrollo humano, es similar al de los teóricos británicos de las relaciones objetales en que el infante se considera como motivado primariamente por la necesidad de relación con el objeto más que por la satisfacción pulsional. Como Winnicott, Sullivan creía que no existe una psicología del infante que sea independiente de la psicología de la díada madre-hijo.

Sullivan quedó tan impresionado por el grado de ansiedad y terror con frecuencia presentes en los episodios esquizofrénicos agudos, que colocó la génesis de la ansiedad en la infancia, considerándola el paradigma de sus concepciones etiológicas. Entonces él obtuvo la conclusión que la ansiedad es transmitida inicialmente al niño por una madre ansiosa en la situación interpersonal. Esto llevaría a un estado propio de ansiedad intolerable o, en palabras de Sullivan, a una ansiedad “no mía”. En algunos momentos, sus afirmaciones sobre el papel destructivo de los cuidadores son extremas: “Hablemos acerca de la extrema escasez de oportunidades favorables que ha tenido el esquizofrénico para construir una autoestima exitosa debido a que, tempranamente en su vida, se le transmitió la idea inevitable de que era casi infrahumano…”(1956, p.364).4

El término madre esquizofrenógena parece haber sido utilizado por primera vez en 1948 por Fromm-Reichmann. La autora escribe: “El esquizofrénico está dolorosamente resentido y desconfiado de los demás debido a la distorsión y rechazo tempranos severos que ha recibido de personas importantes de su infancia y niñez, por lo general, casi siempre de una madre esquizofrenógena (1948, pp.163-164). Otros interpersonalistas llegaron a conclusiones similares, sólo que sin utilizar este término.5

Will (1961), lo dice de la siguiente forma: “Ya sean “defectos” o “debilidades”, es mi impresión que la persona que eventualmente desarrolla una reacción esquizofrénica ha estado sujeta a experiencias interpersonales tempranas en su vida que serían destructivas para cualquiera de nosotros, y que podría beneficiarse de su participación en eventos sociales dirigidos a intercambios con sus compañeros menos atemorizantes y más. Estoy respaldado en este punto de vista por la respuesta (usualmente lenta y cautelosa) del paciente ante la experiencia de aprendizaje correctivo brindado en una situación terapéutica caracterizada por la aceptación y cierta claridad definitoria de sus características y límites”. (p. 14).

Lo que surge ahora en los escritos de estos analistas es el uso de las interacciones transferenciales-contratransferenciales, particularmente los sentimientos contratransferenciales propios para comprender o reconstruir la experiencia temprana del paciente con la persona que lo cuidaba. El mejor ejemplo de esto lo podemos encontrar en el trabajo de Searles (1965), cuyos escritos han inspirado a toda una generación de analistas. Dedicado a ayudar a sus pacientes trabajando con ellos durante muchos años en una relación terapéutica intensa y cercana, este analista fue uno de los primeros en llamar la atención sobre la necesidad del terapeuta de utilizar los sentimientos contratransferenciales para comprender los conflictos y la experiencia del paciente. Fue precisamente aquí cuando Searles consideró que esto era lo más importante en los pacientes muy graves cuya patología podía provocar todo tipo de sentimientos en el terapeuta.

Desdichadamente, fue precisamente el uso de sus propios sentimientos lo que le llevó al tipo de formulaciones etiológicas que estoy cuestionando. Con pocas excepciones, Searles creyó que sus respuestas subjetivas a estos pacientes derivaban de dos fuentes: un esfuerzo inconsciente del paciente para que el terapeuta pudiese saber lo que había sentido en su niñez, y el deseo del paciente de hacerle al terapeuta lo que le habían hecho en esa etapa. Más importante aún, Searles estaba convencido de que estas interacciones de la infancia entre el paciente y su cuidador tenían una relación causal en el desarrollo de la esquizofrenia del primero.

Sus Collected Papers (1965), contienen numerosos ejemplos de sus experiencias con sentimientos de ansiedad, desesperación, sentimiento de inhumanidad o de sentirse “loco”. En un artículo, “The Effort to Drive the Other Person Crazy – an Element in the Etiology and Psychotherapy of Schizophrenia” (“El esfuerzo para enloquecer a la otra persona –un elemento en la etiologìa y psicoterapia de la esquizofrenia”), describe un número de casos donde su sentimiento de estar loco le ayudó a comprender que su paciente también “había sido enloquecido” por sus padres, literalmente. Cuando un paciente constantemente le confundía con otro, y Searles se sentía insignificante o como experimentando una sensación de falta de autoconfirmación, concluía que esta era la manera en que se le había hecho sentir al paciente6. Aunque los ejemplos citados no se refieren específicamente a la experiencia del paciente siendo un infante, otros ejemplos condujeron a Searles (1965) a concluir que “El paciente esquizofrénico no experimentó en su infancia el establecimiento, y tampoco surgiò ulteriormente, una relación simbiótica sana con su madre; de ahí surge la enfermedad”. (p. 338-339)

Ping-nie Pao (1979), que llegó a ser director del Hospital de Chestnut Lodge, donde tantos de estos analistas trabajaron con pacientes esquizofrénicos, creía que algunos de estos pacientes sí padecía de un proceso orgánico hereditario. Para muchos otros pacientes también buscó alteraciones tempranas en la diada madre-hijo que podrían haber jugado un papel importante en la génesis del trastorno. Apoyándose en las observaciones de Mahler (1952; Mahler y Furer, 1968; Mahler, Pine y Bergman, 1975) sobre infantes y niños llegó a la conclusión de que la inhabilidad de la madre de empatizar con su hijo y atender a las necesidades del niño jugaban un papel importante en el desarrollo de algunas formas de esquizofrenia, especialmente en un niño vulnerable. Su punto de vista constituye un ejemplo de cómo se usan estudios de desarrollo infantil normal para sacar conclusiones acerca de la relación existente entre el desarrollo temprano y una posterior psicopatología.

¿Por qué propusimos tales teorías?

Cuando los psicoanalistas echamos una mirada atrás desde nuestra perspectiva actual a estas teorías sobre la etiología de la esquizofrenia, deberíamos ser más que curiosos con respecto al por qué las propusimos. ¿Cómo supimos que existía tal profundidad de deprivación, ansiedad u hostilidad materna causándoles a estos futuros esquizofrénicos esa devastadora alteración yoica tan tempranamente en su vida? Antes de subrayar los factores específicos más importantes que llevaron a estas formulaciones, sería bueno que recordásemos el clima psicoanalítico de los finales de 1940, los ‘50 y los ‘60; período en el que eran prominentes tales teorías psicogénicas sobre la etiología de la esquizofrenia.


El clima del psicoanálisis después de la Segunda Guerra Mundial

Se había generado una gran excitación de este lado del Atlántico con el trabajo de los psicólogos del yo, y del otro lado con los kleinianos y los teóricos ingleses de las relaciones objetales. La creencia general era que el psicoanálisis ofrecía una oportunidad para penetrar en los rincones más profundos de la mente, así como la esperanza de que no sólo las neurosis, sino también muchos de los trastornos psiquiátricos más serios, podían ser comprendidos y tratados usando un abordaje dinámico. Era la época en que todas y cada una de las enfermedades psicosomáticas se atribuían a un conflicto dinámico específico (Dunbar, 1948; Weiss y English, 1957). En este ambiente, los psicoanalistas dirigían su atención al estudio de la esquizofrenia con la creencia de que una comprensión creciente de los efectos del conflicto dinámico, así como un nuevo conocimiento sobre las fases tempranas del desarrollo, traería luz sobre la génesis de este trastorno y conducirían a un tratamiento eficaz. El hecho de que a finales de los ‘40 y principios de los ‘50 no hubiera otros medicamentos más efectivos que los barbitúricos con su efecto meramente calmante, alentaba la convicción y la esperanza de que una terapia a largo plazo orientada al insight fuese considerada el tratamiento más eficaz; además, los estudios biológicos habían fracasado en su intento de demostrar cualquier anormalidad orgánica en la esquizofrenia. Más aún, muchos creían que un abordaje psicoterapéutico podía ser más efectivo y humano que la psicocirugía o los tratamientos de choque insulínicos, la mayoría de los cuales nos ofrecen un ejemplo de los errores en las teorías etiológicas impulsadas por la psiquiatría clínica.

La constatación de que las personas con esquizofrenia de hecho eran capaces de establecer transferencias, motivó a los analistas a creer que Freud se había equivocado en su pesimismo a la hora de tratar analíticamente este trastorno. Muchos analistas, excitados por los trabajos pioneros de Anna Freud y Melanie Klein en psicoanálisis infantil, compartían una convicción cada vez más creciente de que los estudios analíticos en el desarrollo infantil podrían esclarecer los conflictos severos y alteraciones que se creía subyacían en la misma génesis de la esquizofrenia. Definitivamente, era la “época dorada” del psicoanálisis, como muchos han llamado a este período; con escasos estudios biológicos que pudiesen aportar alguna perspectiva alternativa respecto al desarrollo de la psicopatología.

Tres fuentes conceptuales de error

Dentro de este clima general, podemos enfatizar tres fuentes específicas de las formulaciones etiológicas propuestas. Todas ellas constituyen ideas que aún hoy son apreciadas por muchos psicoanalistas. La primera es la idea de que cuanto más amplia y severa sea la patología del yo, más se considera que sus raíces se encuentran en los primeros años de crecimiento y desarrollo. Un corolario a esta idea lo constituye el pensamiento de que si los síntomas regresivos, o las llamadas defensas y relaciones de objeto primitivos son muy evidentes, tenemos la justificación clara para concluir que las alteraciones tienen su origen muy tempranamente en la vida. La segunda idea es que podemos confiar y usar plenamente la transferencia-contratransferencia en la situación analítica para entender la naturaleza de las relaciones objetales tempranas del paciente. Y la tercera es que los estudios sobre la observación de la infancia normal pueden ayudarnos a comprender cómo esas dificultades tempranas pueden conducir a la psicopatología adulta.

Mientras más grave sea el trastorno, más tempranas son sus raíces etiológicas. La idea de que a mayor gravedad del trastorno, más tempranamente en la vida se hallarán las principales influencias psicogénicas fue establecida por el mismo Freud. Aunque Freud nunca señaló que las fijaciones o alteraciones en el desarrollo de la esquizofrenia se debían a fallos en el ambiente de crianza del sujeto en sus primeros años de vida, sus conceptos sobre fijación y regresión debieron tener un profundo efecto sobre las teorías patogenéticas (vea a Willick, 1990). Él adelantó la idea de una tabla cronológica para los puntos de fijación y más tarde de regresión, estableciendo que al contrario que en las neurosis, las fijaciones dispuestas para la esquizofrenia y la paranoia debían encontrarse en los estadios más tempranos del desarrollo libidinal. (Freud, 1913) A pesar de sus comentarios cautelosos acerca de la posibilidad de una alteración básica del yo en las psicosis, se establecieron las bases para el desarrollo de una teoría general sobre la etapa específica sosteniendo que a mayor gravedad de la patología más temprano en la vida habrán tenido lugar las alteraciones en el desarrollo. Estas ideas fueron elaboradas por Abraham (1908, 1924) quien propuso que las etapas psicosexuales podían subdividirse, con fijaciones en subfases, cada una llevando al desarrollo de una enfermedad específica, y por Tausk (1919) cuya investigación de un caso clínico de una mujer esquizofrénica con un delirio de máquina de influencia le hizo llegar a la conclusión que la temprana etapa de diferenciación self-objeto estaba alterada en esta enfermedad.

Así, tomó primacía un concepto muy poderoso en el pensamiento de muchos analistas. Para ellos parecía razonable que al examinar las manifestaciones sintomáticas de los pacientes con esquizofrenia se las interpretase como regresiones no sólo de la pulsión libidinal, sino también de las funciones del yo, del superyó y de las relaciones de objeto. Entonces, por consiguiente, debían haber habido dificultades en las etapas tempranas del desarrollo, ya sea siguiendo la terminología inicial de fijación a niveles muy tempranos de la infancia, o utilizando conceptos más tardíos como detención en el desarrollo o vulnerabilidad profunda a la regresión a esas etapas tan tempranas en momentos de estrés.

No obstante, la presencia de síntomas o comportamientos regresivos no necesariamente indican un fallo del desarrollo, dado que estamos utilizando el término regresión de una manera descriptiva más que etiológica. Además, algunas de estas manifestaciones “regresivas” no tienen una contrapartida real en el desarrollo infantil normal. Tanto los que proponen los modelos del déficit como los partidarios de la defensa, todavía creen que los orígenes del trastorno descansan en los primeros años de vida; los que sostienen el papel de la defensa proponen la idea del conflicto alrededor de la pulsión agresiva, lo cual influye sobre la función yoica y la defensa; y los que defienden la teoría del déficit hablan de un fallo para internalizar las buenas experiencias, lo que lleva a defectos en la estructura psíquica.

Inferencias obtenidas a partir de las interacciones transferenciales-contratransferenciales. La segunda idea, promovida principalmente por la escuela interpersonal continúa apoyando la influencia que ya conocíamos acerca de la patología del paciente. Analistas como Searles, nos alertaron sobre el hecho de que los sentimientos contratransferenciales no son meramente una intrusión de los conflictos inconscientes del analista en el marco clínico, sino que nos ayuda a comprender las interacciones interpersonales que acontecen en este marco. Incluso, estos analistas usaron estas interacciones transferenciales-contratransferenciales para comprender interacciones importantes en el pasado del paciente. Searles fue sólo uno de tantos que empezaron a aplicar estas introspecciones para comprender las tempranas relaciones de objeto patológicas en los esquizofrénicos. Los analistas, influenciados por la creencia de que las influencias dañinas en la esquizofrenia tenían que haber ocurrido muy tempranamente, se volvieron aún más osados al empezar a creer que podían percibir restos de relaciones de objeto incluso del periodo preverbal en estas interacciones.

Inferencias surgidas de la observación infantil. La tercera gran influencia, que aún persiste en la actualidad, surgió de la aplicación de los estudios de observación de niños normales llevados a cabo por psicoanalistas. Hartmann había expresado su esperanza de que estos estudios hubiesen clarificado las tempranas alteraciones de las funciones yoicas que él creía presentes en la esquizofrenia. Dado que el autismo era considerado como una alteración en la respuesta básica del infante hacia el mundo externo, se colocó junto a la esquizofrenia como una de las enfermedades mentales profundas con orígenes etiológicos en los más tempranos años de vida. 7

Tal y como mencionamos antes, el trabajo de Mahler sobre la psicosis y el desarrollo normal, donde establece una secuencia evolutiva de estadios desde la posición autista, pasando por la simbiótica y finalizando en la de separación-individuación para lograr la constancia objetal, desafortunadamente alimentó la idea de que a mayor severidad de patología, más tempranamente se encontraban sus raíces en el desarrollo. Aún cuando fue cuidadosa al decir que la fase autista normal (los dos primeros meses de vida) no era lo mismo que el síndrome de autismo infantil, su esquema evolutivo impulsó la creencia de que los síntomas autistas en la esquizofrenia eran regresiones hasta esa fase del desarrollo. 8

Mahler separó la etiología del autismo infantil temprano, donde se asocian causas orgánicas, de la psicosis simbiótica, cuyas causas descansan sobre las fallas de la madre para responder empáticamente a su hijo. No obstante, al establecer que “el autismo es la actitud defensiva de aquellos niños que no pueden utilizar la guía de la orientación emocional” y “que es un intento de dediferenciación y de animación” (1968, p. 69), la autora impulsó la idea de que las manifestaciones autistas de la esquizofrenia (lo que hoy llamaríamos “síntomas negativos”) son también defensivas. 9

En virtud de la descripción que Mahler hacía sobre la construcción gradual de unas representaciones objetales y un self sólido y diferenciado en la vida del infante, también se utilizó su trabajo para explicar algunas de las dificultades percibidas en el área de la diferenciación sujeto-objeto en adultos esquizofrénicos. Por ejemplo, porque Mahler indicó que uno de los principales impedimentos para desarrollo de la diferenciación self-objeto, y de la consiguiente constancia objetal, era la inadecuada respuesta empática o de “señal mutua” de la madre hacia su hijo, analistas como Pao creyeron que podrían aplicar sus hallazgos a la génesis de la esquizofrenia.

¿Estamos cometiendo los mismos errores otra vez?

Ahora situémonos en el año 2000. ¿Estamos cometiendo los mismos errores otra vez?. Realmente no sé la respuesta a esta pregunta, pero me gustaría extender esta historia con moraleja al trabajo actual. Creo que sería justo decir que las mismas ideas que condujeron en su momento a nociones erróneas sobre los determinantes etiológicos en la esquizofrenia todavía se encuentran muy presentes en nosotros y pueden estar induciéndonos a creer con gran seguridad acerca de las causas de otros trastornos.

Tal como he dicho, los fallos que me preocupan son de dos tipos. Uno es la reticencia que sienten muchos analistas en reconocer predisposiciones biológicas en síndromes psiquiátricos graves aparte de la esquizofrenia. El otro tiene que ver con el papel etiológico de varias alteraciones en la relación madre-hijo durante el período preverbal, el cual es considerado con frecuencia como determinante crucial para el desarrollo de las patologías borderline y otros trastornos graves del carácter como las personalidades esquizoide y paranoide.

Con respecto a la primera preocupación: dado que me he ido familiarizando poco a poco con el uso de medicamentos, algunos colegas me llaman con frecuencia para consultarme sobre pacientes que han estado en análisis durante un número de años pero no han respondido suficientemente al tratamiento. La mayoría de estos pacientes han estado padeciendo de depresiones crónicas moderadas, baja autoestima y sentimientos autocríticos severos y han sido considerados como masoquistas. En la psiquiatría actual se les clasificaría como distímicos. Algunos, y desde luego no todos, han mejorado con antidepresivos. Además, en algunos estudios se ha demostrado que algunos de los rasgos de personalidad observados en pacientes depresivos se han modificado cuando los medicamentos han sido efectivos en el levantamiento de la depresión. (Black y Sheline, 1997) La cuestión principal que quiero señalar es que cuando discuto los casos de estos pacientes con sus analistas usualmente me encuentro con una resistencia por su parte a la prescripción de medicamentos dado que existen suficientes conflictos “dinámicos” para explicar la enfermedad. En otras palabras, estos analistas han estado trabajando amparados en un modelo etiológico que les hace dudar de la necesidad de la medicación. Recordemos que no hace mucho tiempo los psicoanalistas estaban tratando esquizofrénicos con esta actitud en hospitales como el Chesnut Lodge y el Austin Riggs (McGlashan y Nayfack, 1988). En este momento debo afirmar aquí que para algunos trastornos psiquiátricos, la decisión de usar medicación no tiene que descansar en la comprensión etiológica del trastorno. Más bien, el uso de medicamentos para determinados trastornos ha probado ser útil en virtud de un juicio clínico apoyado no por convicciones etiológicas, sino por estudios clínicos empíricos. Debería también decir aquí que en esta época de “bonanza de la psiquiatría biológica” los errores también se encuentran en la otra dirección, cuando a algunos pacientes se les prescribe medicación a partir de la convicción de una etiología biológica, y desdeña la psicoterapia.

De forma más general, creo que los analistas todavía son renuentes a considerar el papel de las predisposiciones biológicas o incluso las anormalidades en la determinación de la “elección de la neurosis”, problema que todavía ni siquiera está cerca de resolverse. Así, aún cuando podemos detectar muchos conflictos dinámicos, incluso de tipo común, en personas que sufren de, digamos por ejemplo, ataques de pánico, trastornos obsesivo-compulsivo o trastornos de alimentación, estos conflictos pueden no ser suficientes para causar la expresión del síndrome. El factor etiológico primordial en muchos casos de trastornos esquizoide y paranoide de la personalidad puede llegar a ser debido no a deficiencia en la díada madre-hijo, sino a la ubicación del paciente dentro de un espectro esquizofrénico biológicamente determinado.

El segundo tipo de error potencial que me preocupa comprende a aquellos trastornos graves del carácter como la patología borderline. En una publicación anterior (Willick, 1990), señalé que cuando los analistas de las décadas de los 70 y 80 empezaron a investigar el grupo de trastornos borderline, usualmente afirmaban que su etiología se podía hallar remontándonos a las dificultades en el desarrollo infantil en una etapa más tardía que en la psicosis y más temprana que la neurosis. En el momento en que estas ideas se reafirmaron, ya eran bastante específicas, tal y como lo indica la siguiente afirmación de Modell (1968): “Para aquellos niños que han sufrido un rechazo masivo... el resultado parece ser una forma de esquizofrenia infantil.…Lo que podemos reconstruir de la historia de la esquizofrenia adulta y de los pacientes borderline no es la ausencia de un entorno materno sino un fallo relativo del ambiente materno”. (p. 84)

Muchos analistas, influenciados por el trabajo de Kernberg, acerca de la organización de la personalidad borderline, afirmaron que las alteraciones en la estructura yoica, las relaciones objetales y la organización defensiva, ocurrían antes de que se pudiera lograr una constancia objetal. Para muchos analistas tuvo sentido la creencia de que el funcionamiento borderline en la adultez estaba producido por las dificultades en la interacción madre-hijo durante una parte temprana de la fase de separación-individuación (Masterson, 1976; Frosch, 1983; Buie y Adler, 1982; Adler, 1985; Volkan, 1987). Resulta innecesario decir que aunque estas teorías etiológicas no sean correctas para la mayoría de las psicosis, ello no supone que sean incorrectas para el grupo de trastornos borderline. Sin embargo, creo que las mismas tres ideas que antes impulsaron los conceptos etiológicos para la esquizofrenia, también se están interviniendo aquí. Además, de forma creciente, estas ideas están contribuyendo a fomentar conclusiones en pacientes con otras formas graves de trastornos caracteriales. Estoy muy preocupado por la precisión de estas formulaciones, especialmente cuando invocan a la interacción madre-hijo en el período preverbal. Una de las razones de esta preocupación es que creo que no podemos alcanzar este tipo de conclusiones a través de nuestro trabajo analítico o a partir del marco psicoterapéutico. Segundo, estoy de acuerdo con Gunderson (1984) en que “Las teorías del desarrollo que intentan explicar la patogénesis del trastorno borderline de la personalidad sobre la base de un fallo en la interacción madre-hijo en una fase específica, están destinadas al fracaso. La naturaleza de la psicopatología del paciente borderline es tal, que las influencias que lo conforman se extienden a múltiples fases del desarrollo” (p. 42). Estas fueron también las conclusiones que mis coautores y yo alcanzamos en nuestro libro sobre pacientes borderline (Abend, Porder y Willick, 1983). Una precaución similar podemos hallarla en uno de los analistas más respetados en el campo de la investigación infantil, Fonagy (1966ª): “La identificación de lo que se cree que son modos primitivos de funcionamiento mental en sujetos con trastornos graves de la personalidad…usualmente se considera como una evidencia de la persistencia o recurrencia regresiva de experiencias evolutivas patogénicas tempranas. Sin embargo, aún en el caso que la escisión horizontal o la difusión de la identidad fuesen representativas de formas tempranas de pensar, cosa en cualquier caso discutible. su reemergencia en un funcionamiento mental adulto podría asociarse a un trauma persistente ulterior” (p. 405).

Ejemplo Uno

Un ejemplo interesante de la formulación de una alteración yoica muy temprana podemos encontrarlo en La Psicopatología Borderline y su Tratamiento de Gerald Adler (1985). Este autor cree que las formulaciones de Kernberg que sitúan las raíces del trastorno en una muy temprana inhabilidad del niño para integrar las representaciones del self y del objeto, no explican suficientemente el terror, la terrible soledad, los sentimientos de vacío interno y la sensación de pánico sentido como una aniquilación del self. Estos síntomas son considerados por Adler como los cardinales de la patología. Su propia teoría sobre la causa de los mismos, y sus alteraciones consecuentes, los sitúa incluso antes de la integración de las representaciones de objeto y self, cuando existe un fallo evolutivo relativo en la formación de introyectos que proveen al self de una función de seguridad propia y tranquilizadora.

¿Qué cosa informa a Adler de que existe tal alteración tan temprana en la vida del infante? ¿Cuáles datos clínicos utilizó?. A través de todo el libro, aparecen viñetas de casos clínicos extraídas de su trabajo clínico. Sin duda, el caso más discutido de estos es el de un hombre joven de unos 20 años que acude a tratamiento por un sentimiento crónico de vacío, ansiedad difusa y una falta de amigos cercanos verdaderos. Sabemos que su madre estuvo muy apegada emocionalmente al paciente en términos de sus propias necesidades, más que considerándole un ente separado. Alternativamente, podía ser una madre excesivamente cercana a él y en otros momentos estar muy pendiente de ella misma, hasta el punto de parecer que se olvidaba de él. La madre le envolvía en un sensual abrazo, sólo para rechazarle con disgusto cuando él le respondía.

Más adelante nos enteramos acerca de los siguientes acontecimientos de la vida del paciente acontecidos a la edad de tres años: Con frecuencia el paciente era enviado a una tía emocionalmente distante por períodos de varias semanas, hasta incluso un año, presumiblemente para paliar la carga de la madre cuando nació el hijo. Posteriormente, sus padres establecieron la práctica de irse de casa de noche cuando el niño se había dormido. Para asegurarse de que su hijo se mantendría en casa, quitaban los picaportes de las puertas y se los llevaban con ellos. En muchas ocasiones, el niño se despertaba y se encontraba solo y atrapado, sumido en pánico. El paciente describe los momentos de cercanía a su madre como angelicales, pero cuando le separaban de ella se sentía como abandonado en un desierto congelado. Más adelante, él llegó a creerle cuando ella lo había hecho y podía matarle. Su madre también sufría de episodios depresivos, en los cuales se iba a su cama y se desentendía de cualquier persona.

A mí me parece que si aceptamos esta historia como cierta, tenemos bastante para comprender la grave patología de este paciente sin postular un fallo en el desarrollo temprano de la introyección en su infancia. Con frecuencia olvidamos cuán vulnerable puede ser un niño de tres años o la soledad que experimenta uno de cinco o siete cuando le dejan solo. A través de todo el desarrollo infantil es necesario una comprensión que calme y cuide al niño por parte de sus padres.

Por supuesto que Adler no solamente se apoyó en la historia; también extrajo sus conclusiones de su trabajo con los pacientes en el entorno clínico, donde le impresionaron particularmente dos cosas: una fue que apareció una rabia hacia el terapeuta en las separaciones; el paciente no podía evocar la imagen del mismo y sentía de hecho que Adler no existiría más. Tal y como dice Adler, el paciente perdió su “memoria evocadora”. Lo segundo fue que junto a esta rabia sobrevinieron una serie de miedos a que el paciente “se perdiese dentro del pecho del terapeuta y desapareciera”, o que si el terapeuta se inclinaba hacia adelante en su silla, podría meterse dentro del pecho del paciente y ser totalmente absorbido. Adler interpreta la presencia de fantasías de “fusión” y el fallo en la memoria evocadora como reflejos de un fallo evolutivo en el primer año de vida. Sus conclusiones sobre el fallo en la “memoria evocadora” en el entorno clínico se derivan en parte de la aplicación de los estudios de observación de niños normales, en particular de aquellos llevados a cabo por Mahler, Pine y Bergman (1975) y Fraiberg (1969), junto a otros que investigaban la esquizofrenia. Dado que Adler creía que su paciente tenía un trastorno borderline muy grave, supuso que las raíces del trastorno debían remontarse al período preverbal.

Ejemplo Dos

Otro ejemplo, éste más reciente, está extraído de un artículo del Journal of Clinical Psychoanalysis llamado The Talking Cure and the Preverbal Period: Developmental Facts or Genetic Fallacies? (La Cura por el Habla y el Periodo Preverbal: ¿Pruebas del Desarrollo o Falacias Genéticas?)

En éste una analista usa su propia respuesta contratransferencial con un paciente junto a la aplicación de investigaciones infantiles actuales para extraer conclusiones respecto a las raíces tempranas de las dificultades de su paciente. (Lally, 1996)

La analista habla de las primeras doce sesiones de un análisis de una paciente joven de veinte y tantos años que tenía miedo a tumbarse en el diván: “Cuando hablamos de sus miedos con respecto al análisis, empecé a tener imágenes visuales cuidando a un niño. Sentía mi consulta como ‘la guardería’ y el diván como ‘la cuna’. Yo era consciente de un deseo intenso de aplacar su ansiedad. Sus ansiedades me estremecían como cuando un niño llora desesperadamente. Cuando ella reveló sus miedos, los comprendí y se los interpreté, me sentí como una madre que calma a un niño intranquilo y lloroso…Sentí como si estuviese usando palabras para mecerla, acariciarla y protegerla, para calmar su ansiedad interna” (p. 11). “Yo estaba especialmente alerta de los sentimientos como si estuviese con un niño llorando y hablando como los adultos lo hacen en estas circunstancias, percibiendo el estado emocional del niño tal y como él lo ve”. (p. 13)

Curiosamente, este paciente no parecía estar muy mal, a pesar de que la analista sentía que era como “un pájaro frágil o como una niña abandonada”. Lo que pudimos extraer de la historia de esta paciente es que su madre estuvo muchas veces hospitalizada por depresiones, comenzando cuando la chica era una niña. Usualmente era atendida por su tía y tenía muchos recuerdos de estar sola bastantes horas en esta casa, esperando a que llegara su padre. Durante la ausencia de su madre, la paciente se sentía desesperada por la soledad y la inculpación. Creía que si era muy buena, sería capaz de hacer volver a su mamá a casa.

Para poder entender su intensa reacción contratransferencial, la analista se apoyó en los trabajos de observación de niños de Stern, Emde, Brazelton y Beebe y Lachmann, y especialmente en el trabajo de este último sobre la respuesta recíproca. Ella cree que estas investigaciones refuerzan su convicción con respecto a la utilidad de la contratransferencia en la comprensión de su paciente y ofrece una justificación para sus intervenciones terapéuticas. Está claro que está convencida (aunque esto no fuese el foco de su artículo) de que la madre era incapaz de responder empáticamente a su hija debido a su depresión. “Descifré”, escribe, “un aspecto de la experiencia de Joan durante su infancia, cuando su deprimida madre era incapaz de corresponderle”. (p. 21)

En este ejemplo, las conclusiones que se extraen sobre su desarrollo preverbal surgen de la aplicación de la transferencia-contratransferencia y las investigaciones de observaciones madre-hijo. Debemos recordar que esta paciente tenía muchos recuerdos de horas solitarias en casa de su tía, esperando a que viniera su padre y sintiéndose desesperada de aislamiento e inculpación. La respuesta emocional de su analista, quizás aún siendo intuitivamente empática con el dolor de su paciente, pudo simplemente haber reflejado aquellos años tardíos de la infancia donde la paciente ya podía tener la capacidad de culpabilizarse.

En esta formulación no está presente la idea de que dado que la paciente estaba tan trastornada, debía de haber habido fallos tempranos. Para ser exactos, no existe ningún dato en su presentación del caso que indique que la paciente era “borderline” o que tenía alteraciones significativas en sus relaciones de objeto o en su funcionamiento yoico, como ha señalado uno de los discutidores de ese trabajo. (Olesker 1996)


Discusión

En ambos ejemplos tenemos formulaciones etiológicas que siguen las pistas de la psicopatología del paciente hasta llegar a varias alteraciones en el desarrollo de las relaciones objetales en la niñez; que ya es bastante con respecto a lo que se había hecho antes con la esquizofrenia. De hecho, aunque ninguno de estos pacientes era esquizofrénico, muchos analistas que escribieron en los ‘50, ‘60 o ‘70 podían haber argumentado que en el primer ejemplo, el papel causal podía atribuirse a un fallo en la capacidad de los objetos introyectados para calmar y cuidar. En el segundo, habrían hablado de una falta de respuesta recíproca. Precisamente con respecto a este último caso, he oído decir a un cierto número de colegas que la presencia de una depresión seria en la madre durante la infancia de su hijo juega un papel fundamental en el desarrollo de esquizofrenia.

Creo que todos los analistas somos conscientes de que, quizás al igual que cualquier otro científico, tendemos a buscar datos que confirmen nuestras teorías. Si somos psicólogos del self, habrá una amplia estadística que revele la falta de empatía en la madre; si somos analistas clásicos, existirá suficiente información que indique lo decisivo de un conflicto o una formación de compromiso, especialmente concerniente a las pulsiones y sus derivados; y así sucesivamente. De la misma manera, si estamos comprometidos con la búsqueda de los efectos profundos que tiene sobre el sujeto ese importante período preverbal, encontraremos una gran cantidad de material de estudios de casos que apoyen esta hipótesis. McGlashan (1984), que condujo un estudio de seguimiento a largo plazo de pacientes con psicosis en el Chesnut Lodge desde 1950 a 1975, dice que cuando los trabajadores sociales hacían los ingresos de pacientes esquizofrénicos en esa época, encontraban las cosas que andaban buscando; esto es, alteraciones en las relaciones tempranas con sus cuidadores (Comunicación personal).

Es importante tener en cuenta que nuestros recientes conocimientos sobre esquizofrenia no han surgido del entorno clínico sino a partir de otras formas de estudiar el trastorno; a saber, imagen cerebral y estudios de epidemiología genética en familias. Podemos decir lo mismo con respecto a los avances recientes en nuestro conocimiento sobre el trastorno bipolar, autismo, trastorno de déficit de atención e hiperactividad y trastorno obsesivo-compulsivo. También existe cierta indicación de que algunos pacientes borderline podrían tener una especie de enfermedad afectiva y otros alguna forma de trastorno del pensamiento; es decir, que algunos pueden tener una diátesis biológica que interactúa con el medio ambiente, más tarde o más temprano en la vida (vea, por ejemplo, Siever y Davis, 1991).

No obstante, dejemos las consideraciones biológicas aparte y centremos nuestra atención en la cuestión psicológica. Si las predisposiciones biológicas no juegan un papel, debemos tener alguna otra explicación que nos permita acceder a la etiología de los trastornos más graves del carácter y a las condiciones borderline, como en las neurosis y los trastornos más leves. Parece razonable suponer que estos pacientes más enfermos han debido pasar por grandes dificultades en su niñez, cuando la estructura yoica básica y su función se estaban desarrollando. Seguramente todos nosotros creemos que los primeros dos años de vida no solamente son extremadamente importantes sino que la díada madre-hijo es uno de los determinantes más cruciales del desarrollo del niño en esa etapa de la vida. Sin embargo, si se considera la historia como una guía, debemos ser cautos a la hora de formular teorías etiológicas que evocan la influencia de estos tempranos años. Primero, podríamos no ser capaces de confirmar tales teorías desde nuestro trabajo en la clínica. Segundo, debemos ser cuidadosos cuando usemos las respuestas contratransferenciales para reconstruir conflictos muy antiguos en las relaciones objetales. Tercero, deberíamos ser cautos al movernos tan fácilmente desde los estudios de observaciones de niños normales a la situación clínica. (Para leer sobre advertencias similares en las conclusiones sacadas de observaciones de niños, véase Wolff, 1996). Existen razones suficientes para creer que el abuso sexual o físico después de los primeros dos años de vida pueden ser determinantes cruciales de patologías graves. En otros casos, como los dos citados aquí como ejemplo, un trauma acumulado o dificultades continuas de los cuidadores pueden ser más importantes que lo ocurrido durante el período preverbal.

Para encarar las cuestiones relativas al papel del desarrollo en la etiología de varios trastornos tendríamos que cambiar desde la situación clínica hacia los estudios prospectivos que siguen a los infantes desde la niñez hasta la adultez. Hemos tenido un problema serio en psicoanálisis debido a la ausencia de algún sistema para probar y luego aceptar o rechazar las hipótesis. Como ha dicho Cooper (1993), “Sin estudios empíricos no tenemos ninguna manera de rechazar una hipótesis…Los psicoanalistas se han apoyado en la experiencia clínica para darnos confianza acerca de nuestras actividades aun cuando la historia de la medicina esté repleta de falsas creencias mantenidas de forma tenaz que están basadas en la experiencia clínica” (p. 383-384).

Un ejemplo de estudios empíricos prospectivos en psicoanálisis es la investigación llevada a cabo por Fonagy y sus colaboradores (1996b) sobre las implicaciones de la calidad de la relación temprana madre-hijo para el desarrollo ulterior. Trabajando con el “Adult Attachment Interview (Entrevista de Apego para Adultos) y la evaluación de la "Strange Situation" (Situación extraña), Fonagy parece ser capaz de predecir cuáles niños desarrollarán apego inseguro al año de edad. Algunos efectos también parecen estar presentes a los cinco años. Ahora lo que necesitamos son estudios de seguimiento a largo plazo de estos mismos niños para ver cómo serán de adultos. Cualquiera que sean las cosas que demuestren estos estudios, debemos tener en cuenta lo que ya sabemos; es decir, que el desarrollo no es estático. Con ulterioridad al período preverbal entramos en otras fases con todos sus conflictos y éstos también tendrán una gran influencia sobre el desarrollo de la personalidad.

La influencia de las fases tardías del desarrollo ha sido revisada por McDevitt (1977) en un estudio de seguimiento de veinticinco años de los mismos sujetos que Mahler describió en sus estudios sobre observación de niños. McDevitt cuestiona la “Validez de las inferencias con respecto a la vida interna y las experiencias intrapsíquicas y sus significados extraídos de datos muy amplios sobre la conducta” durante la infancia (p. 123). En un caso seguido durante muchos años, la influencia del conflicto y de la formación de compromiso que ocurre después del período verbal es cuidadosamente descrita por McDevitt.

A medida que trabajamos hacia una integración de los datos obtenidos en la situación psicoanalítica, en los estudios de observación de infantes y niños normales, y en la investigación neurobiológica, tendremos que ampliar nuestra comprensión sobre las complejidades del concepto de etiología. Puede resultar que en algunos síndromes psiquiátricos como el trastorno de estrés postraumático, el trauma psicológico haya producido cambios y anormalidades cerebrales. Dawson (1997) y sus colaboradores, nos proveen de un ejemplo reciente sobre los efectos posibles que una madre con dificultades para criar a sus hijos puede provocar en el cerebro de los bebés e infantes. Estos autores hallaron que a la edad de 13 a 15 meses, los niños de madres deprimidas tenían una actividad electroencefalográfica frontal izquierda reducida. Las consecuencias a largo plazo de estos cambios aún están por verse.

Para aquellos analistas que todavía creen que las disonancias de la madre en el primer y segundo año de vida contribuyen al desarrollo de la esquizofrenia u otras psicosis, estos hallazgos apoyarían su creencia de que la presencia de anormalidades biológicas en el adulto no necesariamente indica que la etiología del trastorno sea primariamente “biológica” u “orgánica”. No obstante, de la misma manera que con los resultados de los estudios sobre los trastornos del “apego”, las consecuencias a largo plazo de los cambios neurobiológicos en el cerebro de los niños aún queda por determinar. Tal y como he mencionado, ahora tenemos la oportunidad de lograr una integración de los resultados de estudios de nuestro propio campo, sean los llevados a cabo en el diván o en la guardería, con aquellos propios de las investigaciones neurobiológicas.

Yo solo quise coserme los ojos



PRINCESA INCA (Cristina Martín); de Radio Nikosia. Autora del libro "LA MUJER-PRECIPICIO". Comparto con ustedes uno más de sus poemas de su excelente libro. Un libro que es más valioso por la sincera vehemencia que por lo técnico, pero a quién le importa lo técnico...

La noche puso la promesa de silencio y quizás
si haya madrugada en las que coserse los ojos al cielo con hilo negro
y aguja fina y silbido o cualquier cosa,
coserse los ojos revuelta y en oscuridad bajo las sábanas.
¡Pero si no soy nada!
¡Pero si ayer caminé por la Gran Vía llorando y nadie se paró
a decirme si quería un poquito de agua, o de abrazo, o de cielo,
o si quería un sofá granate y pequeño donde poder apoyar
la cabeza y observar el masr, el mar o la calma, o la muerte o la principal estrella de los unicornios!
¿Y qué es? No lo sé.
¿Y dónde estás? No lo sé.
Yo solo quise coserme los ojos y lloré Gran Vía arriba, Gran Vía abajo lloraba, y nadie quiso pararse ni dejar de vivir por mí...

No se paraba nadie para decirme: Ve por ahí, que llegas al
mundo, y por allí llegas a estar viva... Y nadie traía un
trozo de suelo donde apoyarse y poder dormir un rato, y nadie
se paraba a cogerme por los hombros y sacudirme con violencia
y hacerme volver a la vida...
¡Despierta, Princesa, muñeca, caricatura, flor, puta, vacía, gitana, rota entraña!
¡Despierta y deja de llorar, que te harán más vieja y más pronto, y en tus arrugas se colgarán las arañas como los hijitos sucios que no tuviste! ¡Despierta, máscara inútil! No llores, que destiñes tus zapatos rojos, y tus vestidos de hilo, y te quedarás descalza, y entonces... Ay, ya verás que frío, y qué muerte, y qué nada más y nada más, nada más, puta Princesa, loca, ya verás, llorona y muerta, deja de llorar o ya verás.
Nadie se paró en la Gran Vía... Y solo quería, para no ver,
coserme los ojos...

miércoles, 20 de febrero de 2013

Infelicidad

La causa primaria de laub infelicidad nunca es la situación, sino lo que piensas sobre ella.

Sé consciente de los pensamientos que estás pensando. Sepáralos de la situación, que es siempre neutra, que siempre es como es. Por un lado está la situación o el hecho, y por otro mis pensamientos acerca de ello. En lugar de inventar historias, quédate con los hechos. Por ejemplo, "estoy en la ruina" es una historia. Te limita e impide que emprendas acciones efectivas. "Me quedan cincuenta céntimos en mi cuenta bancaria" es un hecho. Enfrentarse a los hechos siempre da fuerza. Sé consciente de que lo que piensas, en gran medida, genera las emociones que sientes. Observa la conexión entre tu pensamiento y tus emociones. En lugar de ser tus pensamientos y emociones,sé la conciencia que hay detrás de ellos.
Eckhart Tolle

Tratamiento Psicológico del Trastorno Bipolar

Tratamiento psicológico del trastorno bipolar


Publicado en la revista nº023 en Aperturas Psicoanalíticas

Autores: Franco, Carolina - Johnson, S. - Leahy, R.L.


Reseña: Psychological Treatment of bipolar disorder. Autores: Sheri L. Johnson y Robert L. Leahy. New York, The Guilford Press, año 2004, 338 páginas.



INDICE

1. Introducción

2. Objetivos del tratamiento.

3. Medidas psicoterapéuticas más efectivas en el tratamiento del trastorno bipolar

3.1. Terapia cognitiva-conductual (TCC)

3.2. Terapia Interpersonal y del ritmo social (TIRS)

3.2.1. Eficacia de la TIRS

3.3. Terapia Familiar (TF)

3.3.1. Estrategias terapéuticas en TF

3.3.2. Eficacia de la TF

3.4. Psicoeducación (PE)

3.4.1. Estrategias Terapéuticas en Psicoeducación

3.4.2. Eficacia de la psicoeducación

4. Conclusión

5. Tablas

6. Figuras

7. Referencias


1. Introducción

Los autores, Sheri L. Johnson y Robert L. Leahy, comienzan con una introducción en la que plantean que aunque existen guías terapéuticas actualizadas sobre el trastorno bipolar, los especialistas no tienen una guía de referencia en la que se incluya no solo el tratamiento médico sino también los factores sociales y clínicos que influyen el trastorno bipolar. Los autores consideran que, como en otros trastornos psiquiátricos, es necesario hacer un abordaje multidisciplinar del trastorno bipolar. Afirman que el objetivo de redactar este libro es aportar al profesional la idea que en el tratamiento del trastorno bipolar es necesario realizar un abordaje integral de todos los posibles factores que pueden influir en el paciente.

Los autores, en el capítulo primero, comienzan con una revisión de las características clínicas y diagnósticas del trastorno bipolar así como revisan brevemente la comorbilidad, las bases biológicas y el abordaje farmacológico.

Sheri L. Johnson hace mención a que el trastorno bipolar, conocido como psicosis maniaco-depresiva, ha sido un tema de estudio desde la antigua Grecia y en la actualidad sigue siendo un enigma. Señala que la hipomanía con euforia se ha descrito como un elixir, y no existe otra enfermedad en la que los pacientes tengan “ansia” de volver a tener síntomas. Dice Sheri L. Johnson que en el mundo del arte, la pintura y la literatura existen artistas con una creatividad característica y diagnosticados de trastorno bipolar como Vicent van Gogh, Martin Luther King, Tchaikovsky, Robert Schumann, John Berryman, Amy Lowell y Anne Sexton pero a pesar de esta genialidad artística el trastorno bipolar es un de las enfermedades psiquiátricas más severas.

Para la definición de la enfermedad, Sheri L. Johnson nombra a Kraepelin (1921) como el clínico que observó las características clínicas y el curso de la enfermedad. Dice Johnson que él en su momento ya describió la heterogeneidad de los diferentes tipos de síntomas, el patrón evolutivo de los episodios, y el nivel de funcionamiento de los pacientes y que la descripción que hace Kraepelin de los síntomas coincide con los términos que actualmente se incluyen como criterios diagnósticos de trastorno bipolar según el DSM-IV-TR.

Sheri L. Johnson revisa los dos subtipos más importantes de trastorno bipolar según la DSM-IV-TR: Tipo I y Tipo II. “El trastorno bipolar tipo I se diagnostica en función de la presencia de un único episodio maniaco o mixto. Hace referencia a que si bien se habla de trastorno bipolar, el episodio depresivo no es criterio diagnóstico. La autora dice que los síntomas de manía varían de una persona a otra y si bien el síntoma cardinal es la euforia o ánimo expansivo, la irritabilidad cambiante en el tiempo, los criterios diagnósticos de manía suponen al menos tres de siete síntomas (cuatro si es irritabilidad) durante una semana o con cualquier duración si complica con la necesidad de ingreso hospitalario y origina una importante alteración en el funcionamiento del sujeto”. Johnson menciona otros síntomas que consisten en: sentimientos de gran autoestima, disminución de la necesidad de dormir, verborrea, fuga de ideas, distracción, aumento de actividades, incluso aquellas de riesgo. La autora también revisa la clínica del episodio mixto que consiste en síntomas depresivos y síntomas de manía simultáneos en el mismo paciente, que tiene una duración mínima de una semana y que provoca una alteración en el funcionamiento del sujeto. Johnson tampoco olvida la definición de trastorno bipolar tipo II e hipomanía:

“El trastorno bipolar tipo II se diagnostica por la presencia un único episodio de hipomanía, combinado con un episodio de depresión mayor. El episodio de hipomanía incluye al menos tres de los síntomas descritos para la manía (cuatro si es irritabilidad) de unos cuatro días de duración y que no provoca alteración en el funcionamiento del sujeto”.

La autora menciona los otros tipos clínicos que se incluyen dentro del espectro bipolar según el DSM-IV-TR como son la ciclotimia, los trastornos del estado de ánimo inducidos por sustancias y el trastorno bipolar no especificado. Afirma que “los síntomas psicóticos pueden ocurrir tanto en los episodios maniacos como en los depresivos”. La autora hace referencia a los estudios de Judd (2002) donde se observa que estos síntomas psicóticos pueden aparecer en un tercio o en la mitad de los pacientes con trastorno bipolar tipo I, sobre todo en episodios de manía, y tienden a ser breves, generalmente una a dos semanas de duración (p. 4,5).

Sheri L. Johnson revisa la prevalencia de los trastornos bipolares y dice que éstos tienen una prevalencia aproximada del 0.8%, según los trabajos de Kessler (1994) y Weissman (1996). La autora señala que los trastornos dentro del espectro bipolar son más frecuentes (ciclotimia y bipolar II) y menciona que aunque, según los trabajos de Kessler (1994) y Loranger (1978), la edad media de aparición es en torno a los 20 años existen trabajos actuales como el de Géller (1997) que indican que actualmente la prevalencia del trastorno bipolar en los adolescentes es mayor de lo que se pensaba.

Sheri L. Johnson afirma que “el curso de los síntomas en el tiempo en trastorno bipolar es tremendamente heterogénea”. Hace mención a los resultados de los estudios de Keller (1992) y Sachs (1994) sobre este tema y resume que en la evolución del trastorno bipolar la mayoría de los pacientes tienen episodios múltiples y severos a lo largo de su vida a pesar del tratamiento con estabilizantes del humor. También dice que las recaídas con frecuencia acaban en múltiples hospitalizaciones y éstas son cada vez más frecuentes a lo largo del tiempo, independientemente en muchas ocasiones del tratamiento medico con estabilizantes del humor. La autora cita los trabajos de Judd (2002) y dice que aunque la gran mayoría de los pacientes en tratamiento refieren síntomas de manía y de depresión, los síntomas de depresión son tres veces más frecuentes que los de manía y es más habitual que los pacientes busquen tratamiento para los episodios de depresión que para los episodios de manía. La autora dice que independientemente de los episodios mayores, es importante tratar los síntomas prodrómicos y subsindrómicos. Estos síntomas tienen un inicio rápido y es por este motivo por lo que son tan importantes los programas de psicoeducación en los que se ayuda al paciente a identificar los síntomas prodrómicos. Johnson asegura que incluso en muchos casos los síntomas no tienen el ciclo clásico establecido y, para hacer más énfasis en la importancia de los programas de psicoeducación, menciona los datos obtenidos en el estudio de Judd (2002) donde se ha observado que en el trastorno bipolar puede darse una media de seis cambios por año en el nivel de los síntomas y los síntomas subsindrómicos son tres veces más comunes que episodios mayores.

En el capitulo primero la autora comenta que la presencia de comorbilidad es la regla en la enfermedad y aporta datos concretos sobre este aspecto obtenidos en los estudios de investigación. La autora hace referencia a Bown (2001), Chengappa (2000) y Zarate (2001) y dice que en el trastorno bipolar el abuso de alcohol y otras drogas aparece en más de un 50%. Luego menciona los resultados de Goodwin (2002) y dice que los trastornos de ansiedad suponen un 60% y los trastornos de personalidad en torno a un 33-50% según Uecok (1998). Según Jonson, es fundamental detectar la presencia de esta comorbilidad ya que este factor se asocia a mayor tiempo de recuperación, recaídas más rápidas, mala adherencia terapéutica y suicidio y, en este aspecto, hace referencia a los trabajos de Dunayevich (2000), Vieta (2001), Uecok (1998) y Frangou (2002).

Johnson en éste capitulo inicial menciona las bases biológicas del trastorno bipolar (TB). La autora dice que el TB es una de las enfermedades psiquiátricas con más base genética conocida. Y las únicas enfermedades comparables son el autismo y trastorno por déficit de atención e hiperactividad. Los familiares de primer grado tienen un riesgo del 10% de desarrollar trastorno bipolar comparado con la depresión unipolar. La autora dice que esta vulnerabilidad genética implica una desregulación de la homeostasis de neurotransmisores como serotonina, dopamina y adrenalina y de sistemas moduladores de la neurotransmisión como son el GABA y las proteínas g. También hace referencia a la influencia de la alteración del ritmo ciclo sueño-vigilia. Hace referencia a los resultados de estudios en anatomía patológica como los realizados por Vawter (2000) en los que no se han observado cambios en la densidad o cantidad neuronal en ninguna región anatómica concreta aunque en estudios postmortem se ha observado menor densidad de células gliales. Y, por otro lado, menciona al trabajo de Drevets (2001) según el cual se han observado cambios neurofisiológicos en la actividad cerebral en función del tipo de episodio. La autora resume que en fases de manía aparece una activación frontal, mientras que en fases depresivas aparecen cambios en la amígdala, cortex prefrontal, y cíngulo anterior durante tareas con implicación emocional.

Al final del primer capitulo, la autora revisa la aproximación terapéutica del trastorno bipolar y afirma que clásicamente la base del tratamiento del trastorno bipolar ha sido el tratamiento farmacológico con estabilizantes del estado de ánimo y a pocos individuos se les ha ofrecido psicoterapia. Menciona el litio como el estabilizante del estado de ánimo de primera elección y considera, como se ha visto en múltiples estudios, que es el único con el que se reduce la mortalidad y que su abandono es el predictor más importante de recaídas en el trastorno bipolar. La autora subraya que el gran inconveniente del litio es la lista de efectos secundarios. Menciona también otros fármacos antiepilépticos como el valproato, también efectivos como estabilizantes del estado de ánimo pero con menos efectos secundarios. Si bien estos fármacos controlan bien los episodios de manía son menos efectivos en el tratamiento de los síntomas depresivos.

Posteriormente, la autora revisa importancia de la aproximación psicoterapéutica en el trastorno bipolar. Dice que la importancia creciente de los modelos vulnerabilidad-estrés en los trastornos mentales permite aceptar la influencia de los factores sociales y ambientales en el transcurso de la enfermedad bipolar. Enumera los factores psicosociales más frecuentemente implicados que son: los acontecimientos vitales estresantes, la conflictiva familiar (incluyendo los altos niveles de emoción expresada), inestabilidad cronobiología (interrupción del ritmo circadiano) y la falta de cumplimiento terapéutico. Todos estos factores pueden tratarse con intervenciones psicológicas de diverso corte (ver Tabla 2). La autora dice que las terapias psicológicas pueden ser útiles como tratamiento complementario en pacientes con esquizofrenia o con trastorno depresivo importante. Inicialmente, la terapia psicosocial era la única opción existente pero en la actualidad hay un creciente interés en el desarrollo de un tratamiento psicosocial y en la investigación de la eficacia de estas intervenciones. Hasta la fecha, los estudios que evalúan la eficacia de del tratamiento psicosocial son limitados; muchos no son bien controlados, otros utilizan una muestra muy pequeña y otros no obtienen resultados a largo plazo.

Al final del primer capítulo la autora revisa y resume la importancia del tratamiento psicológico en trastorno bipolar. Johnson sostiene que aplicar un tratamiento combinado en el que se incluya el abordaje farmacológico y el uso de la psicoterapia es importante por los siguientes motivos:

1. Aporta psicoeducación sobre los síntomas.

2. Promueve la adherencia al tratamiento.

3. Identifica problemas comórbidos

4. Disminuye el sentimiento de estigma y la baja autoestima que implica el diagnóstico de la enfermedad.

5. Promueve y mejora el ajuste social y ocupacional del sujeto.

6. Reduce el riesgo de suicidio.

7. Identifica y reduce los factores desencadenantes que pueden aumentar el riesgo de recaída incluyendo los conflictos familiares y los estresantes de la vida diaria.

Según la autora, “quizás la razón más importante para aplicar la psicoterapia como tratamiento adyuvante es el resultado obtenido en los ensayos clínicos actuales que aportan la evidencia que la psicoterapia alivia y previene los síntomas de la enfermedad” y en este sentido la autora remite al capítulo 11 del libro escrito por Scott.

A lo largo del libro los autores realizan un repaso sobre la aproximación psicosocial y el tratamiento terapéutico del trastorno bipolar. En la parte I del libro abordan los hallazgos en los predictores psicosociales del trastorno bipolar. En la Parte II resume aquellas aproximaciones terapéuticas que tiene una base empírica demostrada. Y en la última parte revisa aspectos concretos del tratamiento el suicidio y la adherencia terapéutica.



2. Objetivos del tratamiento

En los últimos años los hallazgos sobre el impacto del TB sobre la calidad de vida y el funcionamiento social, cognitivo y ocupacional obliga a cambiar los objetivos de recuperación sintomática por los de recuperación funcional. La recuperación funcional será por tanto el nuevo objetivo terapéutico. Sheri L. Johnson y Robert L. Leahy junto con autores de todo el mundo han llegado a la conclusión que esta nueva meta implica la necesidad de un tratamiento combinado en el que la farmacología es lo esencial y el tratamiento psicológico permite no sólo abordar los problemas secundarios relacionados con el trastorno sino también mejorar los resultados para el paciente bipolar. La mayoría de las intervenciones contienen elementos psicoeducativos en los que se promueve el cumplimiento terapéutico, la identificación precoz de los síntomas, se hace hincapié en la importancia de la estabilidad en el estilo de vida, y se evalúan las creencias del paciente sobre su salud y la conciencia de su trastorno (Ver Tablas 1 y 2). Es más, las guías clínicas terapéuticas actuales incluyen la aplicación regular de la psicoterapia como parte integral del tratamiento.


3. Medidas psicoterapéuticas más efectivas en el tratamiento del trastorno bipolar

En general, los enfoques terapéuticos beneficiosos para el tratamiento del trastorno bipolar incluyen Psicoeducación (PE), Terapia Cognitivo Conductual (TCC), Terapia Interpersonal (TI), Terapia Familiar (TF).

3.1 Terapia Cognitiva-Conductual (TCC)
Robert L. Leahy, en el capítulo 7, revisa la aplicación de la TCC en el trastorno bipolar del trabajo de Albert Ellis y Aarón Beck en los años 70. El autor dice que la premisa básica de esta terapia se basa en la teoría que emociones intensas, disfuncionales y crónicas tienen origen en pensamientos distorsionados e irracionales. Estos pensamientos, según dice el autor, están internalizados pero tienen impacto en la conducta y patrones de comportamiento social del individuo. El autor, basándose en el trabajo de Ellis y Beck, expone que las percepciones de las situaciones de la vida diaria pueden producir problemas emocionales y comportamentales que pueden exacerbar los síntomas del TB y su impacto en la respuesta terapéutica.

Robert L. Leahy, de acuerdo con la TCC, dice que los “eventos activadores” (desencadenantes situacionales) llevan a creencias (pensamientos irracionales y distorsionados) que originan consecuencias emocionales y conductuales (depresión, ira, intentos de suicidio).

3.1.1 Estrategias terapéuticas de TCC

Según describe Robert L. Leahy citando a Lam (2000), el modelo cognitivo conductual se focaliza en la experiencia individual tanto en las fases maniacas como en las depresivas, pero sobre todo en éstas últimas. Según este modelo, la predisposición genética para el TB está influida por los acontecimientos vitales tanto positivos como negativos que son filtrados por los esquemas cognitivos individuales del sujeto. Estos esquemas cognitivos se reflejan en el contenido y la forma de los pensamientos automáticos y conclusiones desadaptativas y deformadas que caracterizan tanto a la fase depresiva como a la maniaca.

A lo largo del capítulo, Robert L. Leahy explica en qué consisten los pensamientos automáticos aplicados al TB. El autor sostiene que el contenido de los esquemas cognitivos varían en función del estado de ánimo -por ejemplo, ansiedad (miedo y peligro), enfado (humillación y dominación), depresión (perdida y privación) y manía (oportunidades y habilidades especiales). Inmediatamente aparecen los pensamientos automáticos, pensamientos espontáneos, creíbles, y con alta probabilidad de estar asociados a una disfunción. Leahy afirma que tanto los individuos en manía como en depresión comparten las mismas distorsiones cognitivas, siendo lo único que los diferencia el contenido de pensamientos que varían en función del estado de animo (hacia lo positivo en la manía o hacia lo negativo en la depresión) (Ver Tabla 3). El autor sostiene que los pensamientos automáticos se filtran a través de las distorsiones cognitivas individuales, que son reglas rígidas, irreales, aplicadas independientemente de sus consecuencias y cuyo contenido dependerá del estado de ánimo. Siguiendo lo que dice el autor, las deducciones depresivas reflejan como temas principales el rechazo inevitable y la pérdida, mientras que las deducciones maniacas hacen referencia a oportunidades ilimitadas, excitación, capacidades ilimitadas (Ver Tabla 4). El autor sostiene que estos pensamientos automáticos y distorsiones cognitivas apoyan el esquema cognitivo individual en función también del ánimo (deprimido/maniaco), y reafirman lo que la persona piensa de sí misma (“no valgo nada/soy el mejor del mundo”). Según explica Leahy, en la fase depresiva el esquema personal se activa junto con las distorsiones cognitivas y los pensamientos automáticos en la polaridad negativa (p.e “él piensa que soy un perdedor, y si a nadie le gusto es porque soy un perdedor”) mientras que en la fase de manía los esquemas personales están polarizados en el lado opuesto. Robert L. Leahy señala que varios autores han propuesto que estos esquemas pueden alternar en polaridad en un mismo individuo en función de la fase de la enfermedad en la que esté. En función de la polaridad de los pensamientos automáticos y las distorsiones cognitivas, el individuo tendrá un comportamiento compensatorio con unas estrategias de afrontamiento interpersonales características para poder manejar estos pensamientos (ver Tabla 5).

El autor hace referencia a otro trabajo suyo y sostiene que, aunque los pensamientos automáticos, las distorsiones cognitivas, los esquemas y las conductas compensatorias tienen contenidos opuestos, mantienen similitudes desde el punto de vista estructural que consisten en:

Filtro y evaluación selectiva de la información.

Atribución exagerada a un factor personal como elemento causal.

Ausencia de critica (diferenciación).

Dependencia de pensamientos que son secundarios al estado emocional.

Saltos inferenciales de la información disponible en ese momento.

Tendencia a malinterpretar y sobregeneralizar.

Sobreutilización del razonamiento deductivo.

Además, Leahy hace mención al trabajo de Scott (2000) en el que exponen que los individuos con TB tienen una memoria biográfica excesiva y pobres recursos y habilidades para la resolución de problemas.

Leahy considera que en TCC la en el TB se debe establecer un plan de tratamiento con unos pasos y que la secuencia de los pasos y prioridades dependerán de la “fase” en la que se encuentre el paciente. Incluso, en muchas ocasiones, el autor dice que el tratamiento inicialmente debe de centrarse en prioridades como el tratamiento de la comorbilidad (consumo de drogas, suicidio, control de la agresividad) y del no cumplimiento farmacológico. En la tabla 6 (ver tabla 6) se expone el plan general de tratamiento tanto para la fase de depresión como de manía. El autor señala que en pacientes con una fase maniaca como último episodio, el tratamiento debe aplicarse en estado de eutimia, sólo así se podrá revisar los síntomas de la última fase e idear un plan para minimizar el riego de fases maniacas futuras. En el tratamiento de fases maniacas es importante desarrollar la estrategia del “precompromiso” y hacer hincapié en ésta. Así, la sensación de urgencia en hacer algo, típica de la fase maniaca, se puede controlar con el precompromiso. Tanto en el tratamiento de fase de manía como de depresión es importante la técnica de inoculación contra el pensamiento distorsionado. Este proceso debe de realizarse en la fase de eutimia. El autor explica que el paciente y el terapeuta deben de valorar conjuntamente el riesgo-beneficio de los actos impulsivos realizados durante el episodio. Leahy dice que se deben de revisar los pensamientos distorsionados que tenía el paciente y que justificaron su conducta. Generalmente se escriben en cartas y el paciente las revisa diariamente. Según el autor, el objetivo de esta fase es encontrar en la eutimia la normalidad media. Considera que para realizar esto es necesario que el paciente reconozca una serie de situaciones y pensamientos. El objetivo final es animar al paciente a evitar el pensamiento que bien son los superiores o inferiores a la norma. También en esta técnica de inoculación el terapeuta puede utilizar el rol-play.

Leahy señala que otra parte del proceso terapéutico es realizar un programa de toma de decisiones realista en función de la polaridad del ánimo en ese momento. El objetivo clínico en esta fase será señalar al paciente las fuentes y recursos de que dispone desde un punto de vista realista. Así por ejemplo, en la fase maniaca el pensamiento es extremadamente positivo, con sobrevaloración de los recursos, de sus capacidades. El terapeuta debe detectar el pensamiento de “alto riesgo” y señalar los medios adecuados para su control, las capacidades reales del paciente etc.

Leahy hace mención al trabajo de Basco y Rush (1996) y considera que los objetivos de la TCC en el tratamiento del TB incluyen:

1) Enseñar sobre la enfermedad, opciones terapéuticas y las dificultades más comunes asociadas a la enfermedad.

2) Medios para monitorizar las recaídas, severidad, y el curso de los síntomas depresivos y maniacos y los cambios de comportamientos necesarios y la utilización de la resolución de problemas como una alternativa.

3) Estrategias para la adhesión al tratamiento.

4) Manejo de estrategias cognitivo-conductuales para manejar los problemas cognitivos, emocionales, y afectivos. Por ejemplo, reducir las cogniciones y emociones disfuncionales asociadas con síntomas que llevan a un comportamiento desadaptado. (p. ej.: pensamientos de desesperanza que llevan a un comportamiento suicida). Manejar factores estresantes que pueden interferir con el tratamiento o precipitara una fase maniaca y/ o depresión.

3.1.2 Eficacia de TCC

En el capítulo undécimo, Jan Scott señala que en los últimos años varios estudios han demostrado que la TCC es eficaz para mejorar el cumplimiento terapéutico. Scott hace mención a los resultados obtenidos en un estudio realizado por su grupo en 2001, en el que valoran que el impacto del tratamiento sobre los síntomas maniacos fue menor aunque se observó un número menor de episodios de manía y de depresión durante el tiempo de TCC y en el año posterior a éste. También, Scott revisa los resultados obtenidos del estudio llevado a cabo por el grupo de Lam (2003) en el que estudiaron a 103 pacientes con TB tipo I que aleatoriamente recibieron TCC o simplemente sirvieron de grupo control. Todos los pacientes estaban eutímicos, bajo tratamiento con estabilizantes de ánimo. A la mitad de la muestra se les aplicaron 20 sesiones de TCC durante 6 meses. Como resultado, este grupo de pacientes presentó un número menor de episodios de trastorno bipolar, con menor número de hospitalizaciones, mejor funcionamiento social y mejor cumplimento terapéutico así como un mejor afrontamiento de los pródromos maniacos a los 6-12 meses de seguimiento.

3.2. Terapia Interpersonal y del ritmo social (TIRS)

En el capitulo octavo del libro se revisa la Terapia Interpersonal y del ritmo social (TIRS). Ellen Frank y Holly Swartz explican a lo largo de este capitulo las características y el fundamento de la Terapia Interpersonal y del Ritmo Social (TIRS). Los autores dicen que los cambios en el ritmo de vida causan cierta inestabilidad en el estado de ánimo la cual es la disfunción fundamental del TB (modelo de la inestabilidad en el TB). Consideran que es preciso tener una visión integral de cómo interactúan los factores biológicos y psicosociales en el trastorno bipolar. Por este motivo, en el tratamiento del TB aparte de la medicación se deben de realizar cambios en el ritmo de vida (Ver Fig.1).

Los autores explican que la TIRS es una técnica terapéutica individual, de corta duración y centrada en el presente. Según los autores, la técnica deriva de la terapia interpersonal utilizada en el tratamiento de la depresión por Klerman (1984). Los autores dicen que la terapia interpersonal supone que para aquellos individuos con tendencia genética al TB, eventos interpersonales estresantes pueden contribuir al inicio de los síntomas, particularmente a los síntomas depresivos y hacen referencia a la teoría integral del trastorno bipolar basado en el” modelo de la instabilidad que aporta Goodwin (1990).

Frank y Swartz señalan la relación que existe entre factores psicosociales estresantes y no estresantes y los cambios en los ritmos biológicos. Basados en las investigaciones sobre el ritmo circadiano y como éste se altera por factores exógenos, y que en individuos con cierta vulnerabilidad se precipitan episodios afectivos, los autores consideran que acontecimientos vitales mayores y menores pueden actuar como precipitantes mediante la inducción de una disrupción del ritmo circadiano que tiene una relación directa con las características biológicas de los episodios afectivos. Señalan que acontecimientos de la vida diaria no necesariamente estresantes pero que originan una alteración de la vida rutinaria están asociados tanto a episodios maniacos como depresivos. Los autores hacen mención a trabajo de Brown (1973) en el que se describe cómo factores psicosociales precipitan un episodio depresivo al provocar la desincronización debido a la capacidad que tienen las relaciones interpersonales y las demandas sociales de sincronizar los ritmos biológicos. Los autores proponen un modelo sobre cómo los acontecimientos de la vida diaria están relacionados con la alteración en el ritmo social y, en último lugar, con la alteración del sueño. La aparición de la inestabilidad y los síntomas somáticos está determinada por el equilibrio entre factores de vulnerabilidad y protectores en la esfera psicosocial y biológica así como por la flexibilidad en el reloj biológico, la capacidad de adaptación al cambio de horarios, las habilidades sociales, el soporte social, el sexo, etc. El desarrollo de los episodios afectivos depende del grado de vulnerabilidad, de forma que aquellos individuos muy vulnerables ante los mínimos cambios de rutina pueden precipitar episodios afectivos de forma que quedan con una vulnerabilidad biológica persistente en la que la desincronización del ritmo biológico es continua. En aquellos individuos no vulnerables, los cambios en el ritmo biológico son autolimitados y se manifiestan con síntomas somáticos muy leves.

Los autores revisan el origen de la TIRS. Mencionan que esta técnica se desarrolló para la depresión unipolar, con el objetivo de mejorar la cualidad y cantidad de las relaciones interpersonales. Explican que esta terapia se centra en el contexto interpersonal en el que emergen los síntomas depresivos. Además, señalan que permite regular la actividad social diaria y resolver problemas sociales e interpersonales. Mencionan también la ayuda que aporta la técnica al individuo en la identificación de aquellos patrones sociales problemáticos y en la asociación de estos patrones con sus cambios en el estado de ánimo. Es este último aspecto lo que señalan los autores como la diferencia principal entre la TIRS y el otro tipo de psicoterapia como es la psicoeducación.

Los autores explican que la TIRS se administra en 4 etapas y en cada una es preciso que el terapeuta aplique otras estrategias terapéuticas asociadas como psicoeducación, terapia de ritmo social y psicoterapia interpersonal. Los autores comentan que en la primera etapa el terapeuta formula el caso y fija los objetivos terapéuticos así como valora la necesidad del tipo de tratamiento necesario. Para ello se recoge la historia clínica y se registran los síntomas y aspectos interpersonales de los episodios iniciales, sobre todo los del último episodio. Los autores consideran que se tienen que registrar también aquellos factores que irrumpieron en la estabilidad y la rutina diaria del paciente y en su ritmo social. Para los autores, es fundamental y útil distinguir entre factores externos que originan disrupción de la conducta y síntomas prodrómicos de episodios afectivos. Es necesario reconstruir la evolución longitudinal de la enfermedad. Consideran que se debe de incluir el número de episodios, tratamientos recibidos, duración de los mismos, eventos estresantes asociados, precipitantes, etc.

De forma paralela a este proceso, los autores dicen que en la primera etapa se educa al paciente en el trastorno bipolar. Se completa el cuestionario interpersonal, esto es, se revisan las relaciones interpersonales pasadas más significativas del paciente así como la naturaleza, los factores positivos y negativos, y la persistencia de éstas en el episodio más reciente. Adicionalmente, se identifican los problemas interpersonales susceptibles de tratamiento. Los cuatro problemas interpersonales más comunes son: duelo no resuelto en el que se incluye el duelo por la pérdida del “Yo sano”, discusiones interpersonales, cambio de rol debido a un acontecimiento vital (primer trabajo, matrimonio, paternidad...) y déficits interpersonales. La psicoterapia se tiene que abordar diferenciando el “antes de mi enfermedad” y el “después de ésta “. Se revisan los aspectos interpersonales que son centrales en el estado de ánimo actual y, por otro lado, el paciente aprende los medios para resolver los problemas actuales y prevenir su recurrencia.

Los autores explican y dan pautas para cada etapa:

1) Duelo ante la perdida (pérdida del “yo sano”). El terapeuta examina la presencia de un sentimiento anormal de “dolor”. En muchas ocasiones es el sentimiento de dolor ante la perdida del Yo sano, o por las oportunidades que se pierden por la enfermedad. (p. ej. “no haber podido terminar la carrera”) o duelos retrasados. Este sentimiento de dolor anormal mantenido durante dos a cuatro meses puede exacerbar un episodio de depresión bipolar. El objetivo en el tratamiento de la depresión en este caso sería facilitar que se rehaga el duelo y ayudar al paciente a establecer nuevos intereses y relaciones que sustituyan la pérdida.

2) Conflictos interpersonales. El paciente puede presentar conflictos de relación con las personas significativas de su entorno que pueden exacerbar los síntomas. Los objetivos del tratamiento en este caso consisten en identificar las disputas, generar un plan de actuación con varias opciones, modificar de los patrones de comunicación y/ o revisar las expectativas para resolver el conflicto.

3) Cambio de roles (cambio de puesto de trabajo o de situación familiar). El terapeuta debe trabajar con el paciente en un cambio de roles cuando una persona presenta dificultades en el manejo de los cambios de roles que surgen a lo largo de la vida. Debe de facilitar la expresión de sentimientos de enfado, culpa o pérdida, así como el desarrollo de nuevos grupos de apoyo.

4) Estrategias interpersonales deficitarias (p. ej.: dependencia, escasas habilidades sociales). La terapia interpersonal identifica aquellos aspectos deficitarios en la relación interpersonal que pueden contribuir a la aparición de síntomas o cambios afectivos. El objetivo de esta terapia consiste en reducir el aislamiento social y ayudar al paciente en la adquisición de estrategias/recursos que le permitan establecer relaciones interpersonales estables y duraderas. El clínico revisa las características de las relaciones previas exitosas, como por ejemplo aquellas que se crearon en función de intereses comunes, e incentiva al paciente a iniciar algún tipo de actividad que permita al paciente interaccionar socialmente.

En la segunda etapa, los autores explican el proceso y se basan en las pautas marcadas por Monk (2002) en uno de sus trabajos. En esta etapa se determina un problema en concreto; es la fase intermedia del tratamiento. Consideran que en esta etapa es necesaria la eutimia del paciente gracias al tratamiento con fármacos eutimizantes. Los objetivos son la regularización de los ritmos sociales del paciente y la resolución de problemas. Para la regularización de los ritmos sociales del paciente, los pacientes tienen que realizar una tabla donde registren las actividades y los horarios a lo largo del día. Se le solicita al paciente que la rellene de forma semanal. Las primeras 3-4 semanas se estabiliza al paciente en sus actividades basales. Los autores explican que posteriormente, y una vez identificados los patrones de irregularidad, se empieza a trabajar realizando cambios graduales y secuenciales en los hábitos del paciente. El objetivo a largo plazo es monitorizar la frecuencia y la intensidad de las interacciones sociales e identificar la relación existente entre el ánimo y el nivel de actividad. La tercera etapa, que puede durar años, se centra en el mantenimiento de los ritmos sociales, la anticipación y resolución de problemas interpersonales antes que originen estrés y el mantenimiento del ánimo eutímico. La cuarta y última etapa, se centra en el proceso de terminación.

Los autores enfatizan que uno de los retos de este tipo de terapia es generar la motivación suficiente para que el paciente participe activamente en el tratamiento y cambie hábitos. Hacen referencia que esta tarea es especialmente complicada en pacientes jóvenes. Señalan que estos pacientes habitualmente tienen dificultades para asimilar y asumir que tienen un problema que durará toda la vida. Y otro problema añadido es la mala adherencia terapéutica en estas edades. Señalan que es necesario distinguir entre el no cumplimiento terapéutico de forma voluntaria y los síntomas prodrómicos de un episodio afectivo. También otro problema que dificulta el tratamiento es la inestabilidad afectiva sobre todo cuando el ánimo es irritable, ya que dificulta en gran medida el tratamiento. Y, por último, la existencia de comorbilidad con otras enfermedades psiquiátricas y rasgos de personalidad, sobre todo trastorno de personalidad del cluster B y trastornos de ansiedad y consumo de tóxicos.

Los autores concluyen que son claras las implicaciones clínicas del modelo de inestabilidad y el papel que tienen los eventos estresantes de la vida diaria en los ritmos sociales en la inestabilidad afectiva del paciente. Enfatizan que el clínico debe intervenir de forma precoz y contundente, enfatizar el tratamiento a largo plazo y facilitar la estabilidad de los ritmos circadianos del paciente. Señalan que, de acuerdo con este modelo, existen tres vías que originan una posible recaída en pacientes que están estabilizados con tratamiento médico. Estos tres factores son: 1) abandono del tratamiento; 2) eventos estresantes; y 3) interrupción del ritmo social. Con la TIRS se consigue que el paciente acepte la naturaleza crónica de la enfermedad y se disminuye la negación que el paciente suele hacer de su problema y consecuencias.

Los autores concluyen que TIRS es una técnica psicoterapéutica con tres objetivos claros: 1) dismimuye la incidencia de nuevos episodios; 2) aumenta la estabilidad interepisódica; y 3) disminuye el riesgo de suicidio. Los autores señalan éste último objetivo como el más importante.

3.2.1. Eficacia de la TIRS
En el capítulo undécimo, Scott hace una revisión del trabajo de Frank (1999) en lo que se refiere a la eficacia de TIRS en el tratamiento del TB. Su grupo ha demostrado en varios estudios, y así lo indican los resultados publicados hasta el momento, que TIRS ayuda a los pacientes a obtener ritmos sociales y de sueño más estables, promueve el mantenimiento del estado de eutimia en el TB y disminuye la probabilidad de desarrollar un episodio depresivo.



3.3 Terapia Familiar (TF)

El modelo de TF creado por Goldstein y Miklowitz es la intervención familiar más estudiada. Miklowitz revisa en el capitulo nueve la intervención familiar aplicada al TB. El autor considera que la TF es un tratamiento psicoterapéutico que asume que el ambiente donde el paciente vive influye en las recaídas. Y señala que la TF se aplica una vez que el paciente se estabiliza de la fase aguda de un episodio. Según el autor, el objetivo de la terapia es mejorar el funcionamiento familiar mediante la educación del paciente y su familia sobre la naturaleza, los síntomas, el curso, el tratamiento de la enfermedad. La finalidad última es que tanto el paciente como su familia adquieran un buen manejo de la enfermedad. Adicionalmente, se ayuda a los miembros de la familia a adquirir recursos en comunicación y resolución de problemas que ayudarán a disminuir la tensión en el ámbito familiar. El autor señala que existen múltiples estudios controlados que evalúan la TF y es la intervención terapéutica mejor conocida y válida para el tratamiento del TB.

3.3.1 Estrategias terapéuticas en TF
Miklowitz explica que la TF consiste en 21 sesiones a lo largo de 9 meses, que se aplican adicionalmente al tratamiento farmacológico. El autor indica que el tratamiento intensivo se hace en las 3 primeros meses (un total de 12 sesiones repartidas a ritmo de una sesión /semana) seguidas de una sesión cada dos semanas durante los siguientes tres meses y 1 sesión /mensual durante los últimos tres meses. Para pacientes adolescentes, las sesiones de mantenimiento son trimestrales seguidas de tratamiento activo durante 9 meses. El autor añade que también se pueden asociar sesiones de recuerdo. En las sesiones participan el paciente y al menos un familiar significativo (p.ej.: padres, esposa, amigo íntimo, cuidador). El autor explica los tres pasos necesarios en el tratamiento: psicoeducación familiar, habilidades en comunicación, y entrenamiento en resolución de problemas. Considera que es especialmente importante en la planificación de las intervenciones familiares de pacientes con trastorno bipolar, valorar el nivel de expresión emocional [(EE) actitudes muy criticas y hostiles de los cuidadores)] que tienen en el ambiente familiar o marital. Elevados niveles de EE en la actitud de los cuidadores son los indicadores principales de la vida familiar después de los episodios y se ha asociado un mayor índice de recaídas en aquellos pacientes con mayores niveles de EE. Estos niveles elevados hace que se originen ciclos de escalada negativos tanto verbales como extraverbales, así como atribuyen un comportamiento negativo a factores controlables y personales del paciente más que a factores incontrolables (enfermedad bipolar). De acuerdo con el modelo de terapia de familia, el aumento de la eficiencia y el tono emocional en la comunicación familiar y el estilo en la resolución de problemas y fomentar la tolerancia fomenta la estabilidad afectiva del paciente a lo largo del tiempo.

A lo largo del capítulo, el autor aporta pautas terapéuticas a realizar en cada etapa:

1) Psicoeducación familiar: en esta etapa el autor señala que se debe revisar el material educacional sobre la enfermedad, síntomas, factores de riesgo, factores protectores, origen de la enfermedad, tratamiento médico y psicoterapéutico así como automanejo de la enfermedad. Se abordará también la influencia biológica y genética de la enfermedad desde la teoría vulnerabilidad-estrés y se enfatiza que para una persona con dicha vulnerabilidad genética el estrés ambiental puede influir en la aparición y severidad de los episodios. Se debe hacer hincapié en la importancia del cumplimiento médico, se aporta información sobre las recaídas y su prevención, se educa para identificar los signos precoces de alarma y se desarrolla un plan para prevenir las recaídas.

2) Habilidades en comunicación: En esta etapa, Miklowitz considera que el paciente debe adquirir habilidades en la comunicación para poder manejar el estrés familiar. Estas estrategias en comunicación incluyen: a) escucha activa, entrenamiento para escuchar atentamente e incorporar el significado verbal, los sentimientos, emociones, y lenguaje corporal que aparece en el discurso. En la escucha activa se puede parafrasear lo que se ha dicho previamente para asegurar la comprensión correcta del mensaje; b) expresión de sentimientos positivos y negativos; c) solicitar cambios adaptativos en la conducta de otro. Esta técnica permite solicitar cambios en la conducta de sus seres queridos sin hacer uso del ataque verbal. Estas estrategias en comunicación se adquieren mediante rol-playing y estudios del comportamiento.

3) Entrenamiento en estrategias de afrontamiento y resolución de problemas: es la etapa final. En ella, según el autor, se identifican, definen, y solucionan problemas familiares concretos relacionados con el TB (Ver Tabla 7)

Miklowitz también hace referencia a que entre las sesiones el paciente y la familia deben trabajar en casa los aspectos tratados en las sesiones terapéuticas.

El autor explica la última etapa del proceso, la etapa 5 o terminación (p.200). Considera que en las últimas sesiones se revisa los progresos de la familia en los objetivos planteados al inicio del tratamiento. Se debe de repasar el plan de prevención de recaídas y si es necesario modificarlo. Y también aporta la opción de discutir con el paciente la continuidad del tratamiento médico. Esta última sesión, según el autor, permite discutir con la familia y el paciente el seguimiento y evolución del tratamiento. El autor aporta la indicación de hacer alguna sesión de recuerdo en los meses posteriores y ofrecer la disponibilidad del terapeuta si en algún momento es necesario.

3.3.2 Eficacia de la TF

En el capítulo undécimo, Scott hace una revisión del trabajo de Van Gent (1998) y comenta que la terapia de pareja mejoró el conocimiento sobre la enfermedad y al final de las sesiones habían mejorado las habilidades en el manejo de la misma. También menciona los resultados de Glick (1994) y señala que la terapia supuso una mejora en el funcionamiento social, laboral y familiar del paciente. También añade que la terapia de pareja facilita el cumplimiento terapéutico y la adaptación social. También comenta el estudio más amplio realizado en este tipo de terapia, realizado por Miklowitz (2000). En este estudio compara la terapia estándar con una intervención familiar breve en dos sesiones; los sujetos que la recibieron experimentaron una mejoría de los síntomas depresivos en comparación con el grupo control así como una menor incidencia de recaídas. Pero el autor comenta que sólo se observaron estos resultados en los episodios depresivos. Sin evidenciarse influencia en las fases de manía. Pero Scott hace hincapié en que los mayores beneficios de la TF es para aquellos individuos que tiene un entorno con altos niveles de EE.

3.4. Psicoeducación

Miklowitz, en el capítulo noveno, revisa los fundamentos de la psicoeducación (p. 189-194) y la encuadra dentro de la terapia de familia como un pilar de este tipo de intervención. Según el autor, la psicoeducación consiste en mostrar a los pacientes con TB y a sus familias las opciones terapéuticas disponibles, y cómo reconocer los signos de recidiva de forma que puedan acceder al tratamiento antes que el cuadro empeore o recurra. Además, el autor señala que este tipo de terapia aconseja al paciente la posibilidad de aprender técnicas de resolución de problemas y estrategias de afrontamiento para poder ayudar a sus familiares en el manejo del TB. Tiene un enfoque integrativo que selecciona diversos abordajes dependiendo de las características individuales del paciente.

3.4.1. Estrategias Terapéuticas en Psicoeducación

La Psicoeducación, según Miklowitz, puede centrarse en uno varios de los siguientes aspectos:

1) Cumplimiento terapéutico. Miklowitz considera que se puede prestar ayuda al paciente a entender como el cumplimiento terapéutico mejora los síntomas y el curso de la enfermedad, potencialmente prolonga los periodos de normalidad y reduce o minimiza los síntomas afectivos cuando aparecen. Además se puede incluir los motivos más habituales del abandono de la medicación y las posibles consecuencias de dicha decisión.

2) Entender los factores de riesgo que pueden precipitar una recidiva. En este enfoque, los pacientes, según el autor, aprenden qué sucesos estresantes pueden precipitar una recaída, por ejemplo dejar la medicación o un simple cambio de domicilio. Con este conocimiento los pacientes adquieren mayor capacidad para identificar y anticipar los síntomas emergentes de una posible recaída.

3) Aprender el reconocimiento de los signos de recaída. Los pacientes adquieren la capacidad para identificar sus signos de alarma individuales.

4) Aprenden el manejo de situaciones estresantes de la vida diaria. Se ayuda al paciente a identificar qué acontecimientos de su vida son especialmente estresantes y a desarrollar técnicas que faciliten el manejo de dichas situaciones (p. ej.: ejercicio, llamar a un amigo, etc.)

5) Identificación de factores protectores. Los pacientes aprenden a conocer qué factores facilitan el cumplimiento terapéutico y el manejo de los síntomas del TB. (p. ej.: contacto diario con un familiar, o tener un grupo de apoyo).

Miklowitz aporta ideas para la práctica diaria de la psicoeducación y considera que puede desarrollarse de varias maneras. Según el autor, una forma muy sencilla y directiva es comentar con la enfermera la nueva medicación pautada o, de una forma más compleja, mediante el uso de material visual, escrito e interactivo sobre el TB y su tratamiento. El autor reconcluye que, con la psicoeducación, el paciente aprende a reconocer los síntomas y signos de la enfermedad y a seguir los pasos adecuados para evita un nuevo episodio. Miklowitz subraya que una herramienta muy útil es la utilización de una tabla de actividades diarias, en la que el paciente registre todos los cambios en su estado de ánimo y cómo se relacionaban éstos con acontecimientos estresantes.

3.4.2 Eficacia de la psicoeducación

En el capitulo undécimo del libro, Scott cita el estudio de Colom y cols (2003) en el que a partir de una muestra aleatoria de 120 pacientes de los que a un grupo se le aplicaron 21 sesiones de psicoeducación grupal frente a otro grupo al que se realizaron sesiones grupales no estructuradas. Y señala que estos investigadores observaron que la psicoeducación era significativamente más eficaz que la intervención no estructurada en la prevención de recaídas tanto de manía como de depresión, el tiempo de aparición de recurrencias era mayor para el grupo de psicoeducación y, a lo largo de los dos años, el numero de hospitalizaciones y su duración fue significativamente menor en el grupo de la psicoeducación que en el grupo control.



4. Conclusión

A lo largo del libro, los autores abordan con detalle las distintas técnicas psicoterapéuticas aplicadas al TB y aportan datos contundentes sobre el papel de la psicoterapia asociada al tratamiento farmacológico. La idea que trasmiten Sheri L. Johnson y Robert L. Leahy es que la psicoterapia mejora sustancialmente la adherencia al tratamiento y facilita la recuperación clínica y funcional del paciente. Además, reduce los síntomas e incrementa los periodos de estabilidad de la enfermedad. Quizás los autores no dejan suficientemente claro el tipo de terapia que es necesario aplicar en cada etapa de la enfermedad, aunque sí señalan que, a pesar de todos los estudios existentes hasta la fecha, no hay una evidencia definitiva sobre el tipo de terapia a aplicar en el tratamiento del TB. La idea que los autores trasmiten de la enfermedad es que cada una de estas intervenciones asume que los dominios cognitivos, conductuales, emocionales e interpersonales están interrelacionados e interactúan con factores biológicos, lo que influye en la recurrencia y persistencia de los síntomas. Y que las opciones terapéuticas deben incluir los cinco dominios como objetivos para cambio (ver fig.2) pero el énfasis en un aspecto o en otro permite al clínico elegir entre las distintas aproximaciones terapéuticas.

Los autores señalan que, como en todos los abordajes terapéuticos, la opción de aplicar psicoterapia debe valorarse previamente en una conversación con el paciente y su núcleo de apoyo. Es necesario hacer una valoración de los posibles riesgos y beneficios de la intervención.

En resumen, tanto los autores como las investigaciones recientes han demostrado que la psicoterapia es útil como tratamiento adyuvante al tratamiento farmacológico del TB. La psicoterapia reduce los síntomas agudos, previene nuevos episodios, aumenta el cumplimiento terapéutico con la medicación y disminuye los índices de hospitalización. Por otro lado, el tratamiento psicológico ayuda al paciente a adquirir estrategias que le permiten manejar los acontecimientos estresantes de la vida diaria, incrementar su red de apoyo social, regularizar el ritmo sueño-vigilia, e identificar y controlar aquellos mecanismos psicológicos que pueden precipitar la aparición de un episodio agudo.

Las intervenciones psicoterapéuticas son muy variadas y utilizan diversas técnicas que están orientadas para el tratamiento individual del paciente. La gran mayoría de estas intervenciones psicológicas incluyen ciertos aspectos de la psicoeducación (enseñar al paciente/ familia sobre la enfermedad, el tratamiento y la prevención de recaídas).

Las intervenciones que tienen evidencia científica de su efectividad en el tratamiento del TB son la TCC, TIRS y TF. La diferencia fundamental entre las distintas intervenciones es que las primeras son más breves (alrededor de seis a nueve sesiones en lugar de las 20 a 25 de las segundas) y habitualmente ofrecen un paquete terapéutico genérico más que una aproximación individualizada. Aunque también se ha visto que las intervenciones muy breves no son tan eficaces en el tratamiento de la depresión del TB pero ofrecen un método eficaz de prevención en síntomas maniacos aislados que evolucionan a un episodio maniaco completo. Estas tres terapias breves (TCC, TIRS y TF) han demostrado ser eficaces en el tratamiento de los trastornos unipolares (TCC, TIRS) y en la esquizofrenia (TCC y TF).

En mi opinión, el trabajo de los autores cubre y cumple los objetivos expuestos en la introducción del libro. Aportan una idea clara, práctica y sencilla del abordaje terapéutico del trastorno bipolar con la finalidad última en todo momento de mejorar la calidad de vida del paciente.