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Paz y Ciencia

viernes, 6 de noviembre de 2020

Anthony de Mello: Amor

 


La base del sufrimiento es el apego, el deseo. En cuanto deseas una cosa compulsivamente y pones todas tus ansias de felicidad en ella, te expones a la desilusión de no conseguirla. De no haber deseado tanto que tu amigo o tu pareja te acoja, te contemple y te tenga en cuenta; de no desearlo tanto, no te importaría su indiferencia ni su rechazo. Donde no hay «deseo-apego», no hay miedo, porque el miedo es la cara opuesta del apego, inseparable de él.

Si amas de verdad, tendrías que poder decir sinceramente: “Te veo como eres, y no como yo desearía que fueses, y así te quiero ya, sin miedo a que te escapes, a que me faltes, a que no me quieras.»

Porque en realidad, ¿qué deseas? ¿Amar a esa persona tal cual es, o a una imagen que no existe?
En cuanto puedas desprenderte de esos apegos, podrás amar; a lo otro no se le debe llamar amor, pues es todo lo contrario de lo que el amor significa.

 

«El miedo es la cara opuesta del apego, inseparable de él.»

 

El enamorarse tampoco es amor, sino desear para ti una imagen que te imaginas de una persona. Todo es un sueño, porque esa persona no existe. Por eso, en cuanto conoces la realidad de esa persona, como no coincide con lo que tú te imaginabas, te desenamoras. La esencia de todo enamoramiento son los deseos. Deseos que generan celos y sufrimiento porque, al no estar asentados en la realidad, viven en la inseguridad, en la desconfianza, en el miedo a que todos los sueños se acaben, se vengan abajo.

El enamoramiento proporciona cierta emoción y exaltación que gusta a las personas con una inseguridad afectiva y que alimentan una sociedad y una cultura que hacen de ello un comercio. Cuando estás enamorado no te atreves a decir toda la verdad por miedo a que el otro se desilusione porque, en el fondo, sabes que el enamoramiento sólo se alimenta de ilusiones e imágenes idealizadas.

El enamoramiento supone una manipulación de la verdad y de la otra persona para que sienta y desee lo mismo que tú y así poder poseerla como un objeto, sin miedo a que te falle. El enamoramiento no es más que una enfermedad y una droga del que, por su inseguridad, no está capacitado para amar libre y gozosamente.

La gente insegura no desea la felicidad de verdad; porque teme el riesgo de la libertad y, por ello, prefiere la droga de los deseos. Con los deseos vienen el miedo, la ansiedad, las tensiones y por descontado, la desilusión y el sufrimiento continuos. Vas de la exaltación al desespero.

 

«El enamoramiento sólo se alimenta de ilusiones e imágenes idealizadas.»

 

¿Cuánto dura el placer de creer que has conseguido lo que deseabas? El primer sorbo de placer es un encanto, pero va prendido irremediablemente al miedo a perderlo, y cuando se apoderan de ti las dudas, llega la tristeza. La misma alegría y exaltación de cuando llega el amigo, es proporcional al miedo y al dolor de cuando se marcha… o cuando lo esperas y no viene… ¿Vale la pena? Donde hay miedo no hay amor, y podéis estar bien seguros de ello.

Cuando despertamos de nuestro sueño y vemos la realidad tal cual es, nuestra inseguridad termina y desaparecen los miedos, porque la realidad Es y nada la cambia. Entonces puedo decirle al otro: «Como no tengo miedo a perderte, pues no eres un objeto de propiedad de nadie, entonces puedo amarte así como eres, sin deseos, sin apegos ni condiciones, sin egoísmos ni querer poseerte.» Y esta forma de amar es un gozo sin límites.

¿Qué haces cuando escuchas una sinfonía? Escuchas cada nota, te deleitas en ella y la dejas pasar, sin buscar la permanencia de ninguna de ellas, pues en su discurrir está la armonía, siempre renovada y siempre fresca. Pues, en el amor, es igual. En cuanto te agarras a la permanencia destruyes toda la belleza del amor.

 

«Donde hay miedo no hay amor, y podéis estar bien seguros de ello»

 

No hay pareja ni amistad que esté tan segura como la que se mantiene libre. El apego mutuo, el control, las promesas y el deseo, te conducen inexorablemente a los conflictos y al sufrimiento y, de ahí, a corto o largo plazo, a la ruptura. Porque los lazos que se basan en los deseos son muy frágiles. Sólo es eterno lo que se basa en un amor libre.
Los deseos te hacen siempre vulnerable.

 

Autor: Anthony de Mello («Despierta»)

Rodrigo Córdoba Sanz. Tfno.: 653 379 269

Psicólogo y Psicoterapeuta: Online/Presencial

Gran Vía 32. 3° izquierda. Zaragoza

Instagram: @psicoletrazaragoza

Página Web: Psicólogo Rodrigo Córdoba Sanz

jueves, 5 de noviembre de 2020

COVID-19- Manuel Arias Maldonado


Manuel Arias Maldonado

Es conocida la sentencia con que el psicoanalista Jacques Lacan despachó las revueltas estudiantiles de 1968: “La aspiración revolucionaria no tiene otra oportunidad que desembocar, siempre, en el discurso del amo. La experiencia ha dado pruebas de ello. Ustedes, como revolucionarios, aspiran a un amo. Lo tendrán”. A la luz del diagnóstico lacaniano se explica bien la indudable pertinencia de esta indagación de Manuel Arias Maldonado (Málaga, 1974) en la naturaleza filosófica de la ola populista que recorre el mundo. Que no sería más que una añoranza de soberanía, epílogo de una utopía sesentayochista donde, tras los sucesivos desencantos de la posmodernidad, la ilusión hubiera dejado paso a la rabia. Buscaba su amo el 15-M –y la figura que lo capitalizó hoy es un vicepresidente de vocación iliberal poco disimulada– y buscaba el suyo el 1-O en Cataluña, y si no lo encontró fue porque los jueces lo impidieron.

Arias Maldonado no ha tenido tiempo de considerar el impacto de la pandemia del coronavirus en su libro, pero las derivas autoritarias en aras de la seguridad que está favoreciendo el Covid-19 no vienen sino a corroborar su tesis: el Estado hobbesiano vuelve a estar de moda, así sea retóricamente, ante el pánico desatado por la enfermedad.

La nutritiva erudición que maneja el autor le permite trazar la genealogía del concepto de soberanía desde el absolutismo primitivo de Bodin y el leviatán secular de Hobbes hasta el decisionismo de Carl Schmitt –quizá el autor más citado del libro–, pasando por la voluntad general de Rousseau, el constitucionalismo liberal de Constant, el optimismo ilustrado de Kant (que prefigura una sociedad civil universal) o la razón encarnada en la historia de HegelLa definición del poder humano ejercido en sociedad va conociendo formulaciones crecientemente sofisticadas a lo largo de la historia de las ideas, que bien pueden verse como la progresiva emancipación de la arbitrariedad propia del estado de naturaleza, dominado por la superstición y el despotismo, hacia uno de civilización en el que imperan el juicio racional y la democracia.

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Arias Maldonado y la añoranza de un 'hombre fuerte'

Manuel Arias Maldonado

Nostalgia del soberano
Manuel Arias Maldonado
Catarata. Madrid, 2020. 192 páginas. 17 €

Es conocida la sentencia con que el psicoanalista Jacques Lacan despachó las revueltas estudiantiles de 1968: “La aspiración revolucionaria no tiene otra oportunidad que desembocar, siempre, en el discurso del amo. La experiencia ha dado pruebas de ello. Ustedes, como revolucionarios, aspiran a un amo. Lo tendrán”. A la luz del diagnóstico lacaniano se explica bien la indudable pertinencia de esta indagación de Manuel Arias Maldonado (Málaga, 1974) en la naturaleza filosófica de la ola populista que recorre el mundo. Que no sería más que una añoranza de soberanía, epílogo de una utopía sesentayochista donde, tras los sucesivos desencantos de la posmodernidad, la ilusión hubiera dejado paso a la rabia. Buscaba su amo el 15-M –y la figura que lo capitalizó hoy es un vicepresidente de vocación iliberal poco disimulada– y buscaba el suyo el 1-O en Cataluña, y si no lo encontró fue porque los jueces lo impidieron.

Arias Maldonado no ha tenido tiempo de considerar el impacto de la pandemia del coronavirus en su libro, pero las derivas autoritarias en aras de la seguridad que está favoreciendo el Covid-19 no vienen sino a corroborar su tesis: el Estado hobbesiano vuelve a estar de moda, así sea retóricamente, ante el pánico desatado por la enfermedad.

La nutritiva erudición que maneja el autor le permite trazar la genealogía del concepto de soberanía desde el absolutismo primitivo de Bodin y el leviatán secular de Hobbes hasta el decisionismo de Carl Schmitt –quizá el autor más citado del libro–, pasando por la voluntad general de Rousseau, el constitucionalismo liberal de Constant, el optimismo ilustrado de Kant (que prefigura una sociedad civil universal) o la razón encarnada en la historia de HegelLa definición del poder humano ejercido en sociedad va conociendo formulaciones crecientemente sofisticadas a lo largo de la historia de las ideas, que bien pueden verse como la progresiva emancipación de la arbitrariedad propia del estado de naturaleza, dominado por la superstición y el despotismo, hacia uno de civilización en el que imperan el juicio racional y la democracia.

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Por el camino, sin embargo, el animal humano no termina nunca de ser animal, ni la seráfica aspiración de Kant parece de este mundo. Sigue teniendo miedo, que es la primera de las emociones políticas, y cuando lo tiene en grado suficiente acaba confiando su voto al profeta que puede destruir el orden mismo que se trata de preservar. La historia registra cada tanto recaídas en una barbarie que con fatal arrogancia se creía superada, como ocurrió en el siglo XX, cuya brutalidad convenció a la Escuela de Frankfurt de que la idea cristiana del progreso lineal que vino a sustituir el tiempo circular del paganismo se había malogrado. Frente a los nuevos optimistas que, con Pinker Rosling a la cabeza, se afanan en recopilar los datos que informan de un bienestar sin precedentes, triunfan hoy los ensayistas que predicen el apocalipsis a ritmo de varios best seller por año: sea el armagedón climático, el retorno de las dictaduras o la reposición de las mañas inquisitoriales en la guerra identitaria a despecho de la concepción civilizada del derecho.

Tras trazar una completa y erudita genealogía del concepto de soberanía, Arias Maldonado sigue defendiendo el ideal demoliberal combinado con la economía de mercado, una mezcla sin sucesor

Con cortesía académica, alejada siempre de dogmatismos, Arias describe primero el campo de batalla a fin de equipar al lector con los elementos de juicio que le permitirán acompañarle a su conclusión, profetizada ya por Schmitt a propósito de la imposible República de Weimar: “Las democracias liberales se consumirán en el esfuerzo por dar forma a la voluntad general”. Cunde un hartazgo por la impotencia de la política –ahí están el referéndum de Tsipras o el inacabable Brexit–, por lo moroso del procedimiento parlamentario, por la perpetuación de un conflicto que el ciudadano hastiado quiere ver resuelto de una vez, a ser posible con la victoria de sus ideas sobre las del rival. ¿Fue un canto de cisne liberal el periodo comprendido entre la caída del Muro y la Gran Recesión, seguida de el Covid-19?

Arias sigue defendiendo a Fukuyama: el ideal demoliberal combinado con la economía de mercado no tiene mejor sucesor. La frustración democrática produce monstruos, y para que eso no ocurra conviene educar al ciudadano en la rebaja de sus expectativas respecto del arte de lo posible. La nostalgia es un sentimiento esencialmente tramposo, que idealiza un pasado mítico –ni la homogeneidad moral del populismo de derechas ni la solidaridad de clase del populismo de izquierdas existieron jamás– y favorece un declinismo perverso, pues cuando se da por cancelado el futuro todo está permitido en el presente.

Arias, siempre equilibrado, nunca neutral, apuesta por la formación de un espíritu irónico, entrenado en un único dogma: el metavalor de la sociedad abierta. La liberal intolerancia hacia la intolerancia.

Rodrigo Córdoba Sanz. Tfno.: 653 379 26

Gran Vía 32, 3° izquierda.

Psicólogo Clínico y Psicoterapeuta.

Página Web: Rodrigo Córdoba Sanz

Comunidad del Estrés

 


Peter Sloterdijk es un pensador gestual. Sus ideas -inspiradas, burlonas, enojosas, siempre provocativas- exigen la postulación de un espacio escénico como el que él mismo le imaginó alguna vez a Nietzsche, maestro indiscutido de histrionismo: un teatro, una cierta luz, una atmósfera, la presencia excitante de un público, condiciones decisivas para que desplieguen todo su élan performático y actúen con eficacia. Ese estilo, que campea en sordina en sus proyectos ampulosos (la trilogía Esferas, por ejemplo, o el notable "Debes cambiar tu vida", genealogía transdisciplinaria de la noción de disciplina), es particularmente flagrante en libros más recatados como "Estrés y libertad", generalmente nacidos de conferencias, discursos inaugurales o participaciones en coloquios, contextos públicos a mitad de camino entre la solemnidad y la comedia cuyas huellas siempre parecen preocupados por conservar.

A Sloterdijk, que, como buen alemán, es un hombre de razón y de teatro, pocas cosas le gustan tanto como salir a escena. Hay en ese primer paso una posibilidad de sorpresa, de perturbación, de tensión con las expectativas del público, que lo inspira y lo activa como una anfetamina. En "Estrés y libertad", el cruce del umbral se resuelve en el gesto del pope filosófico que, con toda la tradición sobre los hombros, se da el lujo de ser impune y cargar contra el lugar común publicitario que acompaña desde siempre a la filosofía: la idea de que pensar nace del asombro. Después de probar en dos páginas que no, que al menos desde Descartes no hay idea válida (de la filosofía, pero también de las ciencias sociales y la ciencia tout court) que no surja más bien del desapego, la abstinencia, la impasibilidad, Sloterdijk —es el segundo momento de su gesto— exhorta a recuperar el asombro como estado prefilosófico y a ejercerlo ante algo que, de tan impuesto, se nos ha vuelto natural y pasa inadvertido: el prodigio extraordinario de que las sociedades humanas —“esos conjuntos de millones y miles de millones de personas envueltos en capas culturales nacionales y múltiples divisiones internas”— se mantengan unidas. ¿Cómo es posible que los grandes cuerpos políticos occidentales sigan sosteniéndose, cuando todo en ellos tiende cada vez más a rehuir lo colectivo, “el absolutismo de lo común”, y a abrazar la particularidad, el rasgo distintivo, el individualismo más recalcitrante?

La explicación, como de costumbre en Sloterdijk, no procede de la bibliografía oficial (historiografía, teoría política, etc.), sino de esa tierra de nadie que va copando espacio en los medios bajo la rúbrica “Sociedad”, cajón de sastre donde la divulgación científica se codea con las encuestas de usos y costumbres y las excentricidades de la meteorología con la dietética, la etnografía urbana y la medicina. De ahí sale la noción de estrés, que Sloterdijk (junto con Heiner Mühlmann y otros sociólogos alemanes) arranca del difuso campo de trivia en el que sobrevive e implanta en el corazón del fenómeno de la sostenibilidad de las sociedades humanas.

Seguimos juntos, dice Sloterdijk, porque somos sistemas de preocupaciones que se estresan a sí mismos y huyen permanentemente hacia adelante. Una sociedad no es más que eso: un campo de fuerzas constituido por el estrés, “que sólo existe en la medida en que logra conservar su tono específico de inquietud a lo largo de la sucesión de temas día a día, año a año”. Mediáticas como son, como ya no tienen más remedio que ser, las sociedades occidentales viven de sus “agendas”, adictas a su oferta incesante de alarmas, tópicos inquietantes, vaticinios, zozobras, que consumen menos por curiosidad o imperativo de lucidez que para inocularse coherencia, estrechar filas en la preocupación, hacer de la ansiedad un principio de lazo social. Indignarse, excitarse, envidiar, exaltarse: de esos actings clásicos de la forma de vida estresada (y no de tradiciones o proyectos políticos colectivos) depende la sustentabilidad de la sociedad.

Nuevo nombre del malestar en la cultura freudiano, el estrés reemplaza aquí a la paranoia, factor de unión psicosocial muy enarbolado en la época (no tan arcaica) en que las comunidades postulaban enemigos exteriores para abroquelarse, y a su equivalente médico, la semántica inmunológica, que describía la sociedad como un sistema inmunitario enfrentado con toda clase de agentes externos microscópicos. Sloterdijk prefiere descartar —al menos por el momento— la hipótesis del otro maligno, el alien que amenaza al cuerpo social y, amenazándolo, lo cohesiona. Su hipótesis es interna y tiene la virtud —también freudiana— de desentrañar la dimensión fuerte de agencia y positividad implícita en un fenómeno como el estrés, a menudo reducido a un insidioso pero mero mal de la vida contemporánea.

Pero el estrés, además, tiene según Sloterdijk un “vínculo originario” con la libertad —y ése es otro punto en el que puede que nos depare algo más que migrañas, insomnio o taquicardia. Sloterdijk trae a colación dos ejemplos: el primero, la sublevación de los romanos contra los etruscos a principios del siglo VI antes de Cristo, desencadenada por la violación de Lucrecia a manos de un hijo del tirano Tarquinio el Soberbio; el segundo, el descubrimiento de la ensoñación como subjetividad subversiva, que el suizo Jean-Jacques Rousseau hace un día de otoño de 1765 en el lago Bieler, todavía acuciado por la persecución que le merecieron las temeridades que escribió en "El contrato social" y "Emilio". En el primer caso, el ultraje de Lucrecia es la primera contracción de un proceso que culminará con “el nacimiento de la libertad republicana”, pero lo que activa el proceso es la indignación colectiva generada por la vileza, “gran afecto político” que transforma a los romanos en un “grupo de estrés agresor” y una comunidad política. En el segundo, Rousseau, agobiado por los ataques del alto clero de París y el establishment de Ginebra, que le valen una orden de captura, la derogación del permiso de residencia y el apedreo de su casa en Môtiers, se entrega al éxtasis de la rêverie, piedra de toque de la subjetividad moderna, mixto de “extravío del yo y autoposesión completa” por el cual el sujeto accede a una experiencia de la libertad sentida, más allá de todo resultado y todo deber y “más allá también de cualquier pretensión de reconocimiento del otro”.

De la sublevación de los romanos, muscular, pasional, agonística, a la desconexión protohippie de Rousseau, que se libera del peso de lo objetivo panza arriba en un bote un día de sol, la distancia parece grande y las lecciones respectivas no demasiado compatibles. Sloterdijk parece confirmar la impresión cuando describe los doscientos años de filosofía posteriores a la revelación del lago Bieler como la querella entre dos facciones irreductibles, el romanticismo inaugurado por Rousseau, atónico y desarticulado, y el realismo duro alemán, paladín de la objetividad, siempre listo para “reimplantar la realidad como fuente de estrés en el sujeto relajado”. Es una descripción magnífica, otra gran muestra del talento sloterdijkiano para dramatizar en media docena de páginas jadeantes el plot más bien intrincado de la historia de las ideas. Pero en términos estrictos responde a una intención paradojal, tendiente a insinuar lo que a primera vista parecía dar por imposible: que hoy día, en los cuerpos políticos hiperindividualistas que son nuestras sociedades, solo pasando por la desconexión (la narcosis extática de Rousseau) es posible aspirar a cualquier liberación de la opresión política (la sublevación de los romanos). En rigor, entre el drogón despreocupado y el rebelde tenso hay un tercer término posible, equidistante de ambos, que Sloterdijk va a buscar allí donde ya lo habían encontrado Deleuze o Agamben: en la literatura. Es el hombre sin atributos, el neutro, el inoperante, antihéroes que se limitan a decir que no, a reinvindicar su derecho a no ser molestados, a defender la libertad “como negación del peso de la obligación”. El Bartleby de Melville, con su célebre grito de guerra (“Preferiría no hacerlo”), el Oblomov de Goncharov, disuelto en su propia pereza, los extenuados de Beckett, cuya “obra entera podría leerse como un ensayo sobre el nacimiento de la libertad a partir de la huelga contra la exigencia de lo real”.

Solo el que está disponible, dice Sloterdijk, recupera por sí mismo el camino hacia lo objetivo. Desestabilizado por una experiencia inolvidable, Rousseau baja del bote y se pone “a disposición del mercado de trabajo de lo verdadero, más allá de quererlo o no quererlo”. Agitando el fantasma del estrés, Sloterdijk reconcilia la cultura del ensimismamiento y la evasión con la del más aguerrido engagement, el cuelgue con la militancia, la inutilidad de los artistas con el cálculo y el tesón de los gladiadores. No es la “liberación”, sin embargo, lo que tiene en mente a la hora de ejecutar esa extraña pirueta. Cuando Sloterdijk habla de libertad, lo que quiere, en realidad, es hablar de liberalismo, o de lo que queda de él cuando “nunca antes el pensamiento liberal se alejó tanto del polo noble de las posibilidades humanas”: la liberalidad, la generosidad, cosas demasiado importantes para dejarlas en manos de los liberales. Alguna vez tildado de heideggeriano de izquierda, hoy sindicado como neoconservador, Sloterdijk —estresado por la tasa astronómica de estrés del capitalismo contemporáneo— parece replicar en el terreno del liberalismo el operativo de limpieza, desintoxicación y reciclaje que el pensamiento crítico se volcó a hacer con el archivo conceptual de la izquierda con la caída del muro de Berlín.

Rodrigo Córdoba Sanz. Zaragoza

Teléfono: 653 379 269 Gran Vía 32. 3° I.

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lunes, 2 de noviembre de 2020

Comunismo y Marx

 

EL CREADOR DEL MANIFIESTO COMUNISTA

karl marx, de rebelde a revolucionario

Estudioso apasionado de la filosofía de Hegel, Marx descubrió como periodista las injusticias sociales y elaboró una teoría de la revolución que plasmó en 1848 en el Manifiesto comunista

Karl Marx fue un pensador de origen alemán (Tréveris, Prusia occidental, 1818 – Londres, 1883) considerado como el padre del socialismo científico. Su obra más importante es ‘El Capital’ publicado junto a Engels en 1867.

Karl Marx ingresó en las Universidades de Bonn, Berlín y Jena para finalizar sus estudios —Derecho, Historia y Filosofía— en 1841. Aunque formalmente no estudió Economía, muchos historiadores lo consideran como un economista muy importante debido a su principal obra: El Capital. Una de las obras sobre economía más leídas y estudiadas de todos los tiempo.s

Karl Marx y Friedrich Engels —con quien compartiría una estrecha colaboración intelectual y política— se centraron en lo que denominaron “socialismo científico”. Basado en la crítica sistemática del orden establecido y el descubrimiento de las teorías que conducirían a su superación. De hecho, sería la fuerza de la revolución, la forma de acabar con la civilización burguesa.

Concretamente, fue en 1848, a petición de una liga revolucionaria clandestina integrada por emigrantes alemanes, cuando los dos autores plasmaron tales ideas en el «Manifiesto Comunista». En el Manifiesto expusieron la nueva concepción del mundo, la dialéctica como la más completa doctrina del desarrollo, la teoría de la lucha de clases y el papel revolucionario del proletariado como creador de la sociedad comunista. Este libro sentó las bases del comunismo.

Su principal obra: El Capital

Posteriormente, durante su estancia en Inglaterra, Marx profundizó en el estudio de la economía política clásica y elaboró su propia doctrina, que publicó en su obra «El Capital» en (1867). Partiendo de que sólo el trabajo humano produce valor, Karl Marx señaló la explotación del trabajador, patente en la extracción de la plusvalía. Es decir, la parte del trabajo no pagada al obrero y apropiada por el capitalista.

Denunciaba con ello la esencia injusta e ilegítima del sistema económico capitalista. Sin embargo, para Marx, el capitalismo estaba abocado a hundirse por sus propias contradicciones internas, lo que daría paso al socialismo y a su máximo objetivo: la emancipación global del hombre, al abolir la propiedad privada de los medios de producción. Algo que era, según él, la principal causa de la alienación de los trabajadores.

El legado de Karl Marx ha sido enormemente importante para el pensamiento económico y gran parte de sus principios siguen en continuo estudio e investigación. Sus ideas englobadas dentro del ideario conocido como marxismo, han sentado la teoría de la filosofía económica comunista.

El Marxismo de Karl Marx

Tras su militancia en la Liga de los Comunistas —disuelta en 1852—, Marx se movió en los ambientes de los conspiradores revolucionarios exiliados hasta que, en 1864, la creación de la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT) le dio la oportunidad de impregnar al movimiento obrero mundial de sus ideas socialistas.

Si bien es cierto que la AIT acabaría por hundirse como efecto combinado de las divisiones internas y de la represión desatada por los gobiernos europeos a raíz de la revolución de la Comuna de París (1870).

Pese a todo, la Segunda Internacional —bajo inspiración decididamente marxista— se fundó en 1889, tras la defunción del ideólogo. Sin embargo, Engels asumió el liderazgo de aquel movimiento y la influencia ideológica de ambos siguió siendo determinante durante un siglo.

Finalmente, es importante recordar que Karl Marx apenas planteó el modo en que debían organizarse el Estado y la economía socialistas una vez conquistado el poder, lo que ha dado lugar a interpretaciones muy diversas.

Como resultado, algunos de sus seguidores han optado por una rama socialdemócrata que promete salvaguardar las libertades políticas individuales. Ejemplo de ello son Karl Kautsky, Eduard Bernstein o Friedrich Ebert. Otros sin embargo, han seguido en una rama comunista que originó la Revolución bolchevique en Rusia y el establecimiento de Estados socialistas con economía planificada y dictadura de partido único —Lenin y Stalin en la URSS y Mao Tse-tung en China—


Rodrigo Córdoba Sanz. Psicólogo Clínico

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domingo, 1 de noviembre de 2020

Jiddu Krishnamurti

 

Jiddu Krishnamurti fue un pensador indio que dejó un importante legado de reflexiones. Este hombre universal no reconocía ninguna nacionalidad, religión, clase social o raza. Su pensamiento iba en pos de la concordia y la eliminación de todo tipo de fronteras.

Recibió la Medalla de la Paz de la ONU en 1984. Murió a los 90 años, pero su obra ha sido traducida a varios idiomas y sigue manteniendo gran vigencia. A continuación, te ofrecemos algunas de sus frases más importantes para que reflexiones sobre ellas, ¡adelante!

“La pasión es una cosa bastante aterradora porque si tienes pasión no sabes dónde te llevará”

-Jiddu Krishnamurti-

 

  • “Entre dos soluciones, opta siempre por la más generosa”.
  • Solo si escuchamos podremos aprender. Y escuchar es un acto de silencio; solo una mente serena, pero extraordinariamente activa puede aprender”.
  • “Solamente el individuo que no se encuentra atrapado en la sociedad puede influir en ella de manera fundamental.”
  • “¿Ha notado usted que la inspiración llega cuando no la está buscando? Llega cuando toda expectativa se detiene, cuando la mente y el corazón se tranquilizan”.
  • “La libertad es esencial para el amor; no la libertad de la revuelta, no la libertad de hacer lo que nos plazca ni de ceder abierta o secretamente a nuestras apetencias, sino más bien la libertad que adviene con la comprensión".
  • “Lo decisivo para traer paz al mundo es nuestra conducta diaria”.
  • “Ten cuidado con el hombre que dice que sabe”.
  • El miedo corrompe la inteligencia y es una de las causas de la egolatría”.
  • “Cuando la mente está completamente silenciosa, tanto en los niveles superficiales como en los profundos; lo desconocido, lo inconmensurable puede revelarse”.
  • “Dando un nombre a algo nos hemos limitado a ponerlo en una categoría, y pensamos que lo hemos comprendido; no lo miramos más atentamente. Pero si no lo nombramos estamos obligados a mirarlo. O sea, abordamos la flor, o lo que fuere, con un sentido de novedad, con una calidad nueva de examen: la miramos como si nunca la hubiésemos mirado antes”.
  • “Sembrando trigo una vez, cosecharás una vez. Plantando un árbol, cosecharás diez veces. Instruyendo al pueblo, cosecharás cien veces”“La vida es un misterio extraordinario – no el misterio que hay en los libros, no el misterio de que habla la gente, sino un misterio que uno ha de descubrir por sí mismo; y por eso es tan importante para ustedes comprender lo pequeño, lo limitado, lo trivial, e ir más allá de todo eso”.

    • “Cuando uno está atento a todo, se vuelve sensible, y ser sensible es tener una percepción interna de la belleza, es tener el sentido de la belleza”.
    • La verdad es la que libera, no el esfuerzo por ser libre”.“La libertad consiste en reconocer los límites”.
    • “La sabiduría no es una acumulación de recuerdos, sino una suprema vulnerabilidad a lo verdadero”.
    • “Nadie puede ponerle en una prisión psicológica, ya está en ella”.
    • Evadir un problema sólo sirve para intensificarlo, y en este proceso la autocomprensión y la libertad se abandonan”.
    • “El nacionalismo es un proceso de aislamiento, que provoca guerras, miseria y destrucción”.
    • “La inteligencia es el cuestionamiento del método”.
    • “El amor se brinda a sí mismo tal como una flor da su perfume”.
    • “Sin la meditación la vida carece de perfume, de amor”
    • “Tienen que insistir en que se les imparta la clase de educación que les estimule a pensar libremente y sin temor, que les ayude a investigar, a comprender; deben exigirla de sus maestros.”
    • Una mente religiosa es aquella que es una luz para sí misma”.
    • “No se comprende primero y luego actúa. Cuando comprendemos, esa compresión absoluta es la acción”.
    • “Esto significa que deben vigilarse a sí mismos, que deben percatarse más y más de las influencias que buscan controlarles y dominarles; significa que jamás deben aceptar irreflexivamente, sino que deben cuestionar siempre, investigar y hallarse en estado de rebelión”.
    • El simple observar requiere una claridad asombrosa; de lo contrario, no es posible observar”.
    • “Por razones políticas e industriales, la disciplina se ha convertido en un factor importante en la presente estructura social, y es por nuestro deseo de tener seguridad psicológica que aceptamos y practicamos varias formas de disciplina”.
    • “Cuando decimos no sé, ¿qué queremos decir?”
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