Entre las encrucijadas que pasamos reímos, sufrimos, lloramos, pero nos reconfortamos. ¡Porque somos únicos!, porque somos extraños
Y por que tal vez sea mejor morir de angustia y no de ceguera.
Este es el último fragmento de un poema de un foro sobre poetas malditos donde uno de los participantes se suelta y escribe su vida rasgada. Os acerco este fragmento por el destacado que hago de el. Porque tal vez sea mejor morir de angustia que de ceguera. Me hace pensar en Saramago y en su "Ensayo sobre la Ceguera", donde describe y denuncia esta desidia, dejadez y pereza social sobre los cambios sociales. Tan bien me evoca la evitación citada en el post de abajo que tiene que ver con aquellas personas que por evitar, evitan hasta contactar con su dolor. Evitan pedir ayuda por miedo a lo que pueda pasar, son personas que prefieren morir de ceguera. La ceguera es lo que impide a la persona el crecer, el desarrollarse, el autorrealizarse, el progresar, el cambiar, el convertirse en alguien creativo, en curarse.
Link del poema:http://www.mundopoesia.com/foros/poemas-generales/11282-los-poetas-malditos.html
miércoles, 8 de febrero de 2012
Proceso terapéutico desde el enfoque humanista
Desde el enfoque humanista siempre se ha prestado especial atención al potencial que todos compartimos de crecimiento de nuestras capacidades y de integración a nivel emocional, corporal, mental y espiritual. El malestar o el enfermar lo entendemos como la consecuencia de una pérdida de conciencia y de contacto con uno mismo y con el entorno. Cuando esto ocurre nos señala que existe a nivel interno una división de la unidad cuerpo/emoción/intelecto que se reflejará a nivel externo en un continuo proceso de evitación de determinadas situaciones. Todo esto nos llevará a la acumulación de asuntos sin resolver (inconclusos) y a la repetición de comportamientos que nos apartan de nuestras verdaderas necesidades.
El proceso terapéutico por tanto lo centramos en restablecer el nivel de conciencia y la unidad interna.
Desde el enfoque humanista, gestaltico y psicocorporal nos centramos en tres aspectos; la toma de conciencia, la experiencia y la relación.
Conciencia: En terapia ayudamos a la persona a “darse cuenta” es decir, percatarse en el presente de sensaciones, sentimientos, ideas o fantasías. Desde aquí van apareciendo los bloqueos, evitaciones y distorsiones de la realidad implicados en los conflictos que se repiten.
Experiencia: Entendemos el encuentro terapéutico como un proceso por el que no solo se habla “acerca de” sino que creamos un espacio en el que la persona pueda vivir y experimentar con sus procesos internos o psicosomáticos. Esto se hace siempre respetando su ritmo y haciendo análisis e integración de los contenidos que van apareciendo.
Relación: Lo más importante en un proceso terapéutico es la relación paciente-terapeuta. Si pensamos que nuestro desarrollo quedó bloqueado o distorsionado al no haber encontrado el apoyo adecuado para nuestras características y potenciales, el proceso de crecimiento tiene que venir de la mano de una relación de empatía, confianza y apertura. Nos interesa que cada persona que pide ayuda encuentre un espacio que le permita mostrarse y “ser quien es” tanto en sus aspectos mas defensivos como en su parte mas saludable.
Abraham Harold Maslow nace el primer día de abril de 1908, en Brooklyn, Nueva York (Encarta, 2000). Tuvo seis hermanos más, de los cuales él era el mayor de todos. Sus padres eran inmigrantes rusos, sin educación y devotos de la religión judía, es por ellos que quisieron que sus hijos tuvieran todo lo mejor en América, es por ello que presionaron para que obtuvieran éxito académic; es por ello que Abraham se convierte en un niño solitario y refugiado en sus libros. (Boeree, 1997).
Primero estudia leyes, sólo para satisfacer a sus padres. Se casa con Bertha Goodman en contra de los deseos de sus padres, ya que ésta era una prima cercana. Tuvieron dos hijas. Se mudaron a Wisconsin y es aquí donde obtiene su doctorado en psicología en 1934, gracias a su estudio sobre el comportamiento primate (Dushkin, 2000), trabajo realizado junto a Harry Harlow (Boeree, 1997).
Trabaja como profesor en las Universidades de Wisconsin y Columbia (DiCaprio, 1997). En Columbia realiza trabajos con E. L. Thorndike, donde Maslow se interesa por la investigación sobre la sexualidad humana (Boeree, 1997).
Enseña, por los próximos 14 años, en Brooklyn, donde hace contactos con muchos inmigrantes europeos intelectuales, personas como Adler, Fromm, Horney, entre otros, la mayoría seguidores de la corriente gestáltica y psicoanalítica (Boeree, 1997).
En 1951, es asignado en la Universidad de Brandeis como presidente del Departamento de Psicología (DiCaprio, 1997), por 10 años, donde conoce a Kurt Goldstein.
Durante 1962, escribe Hacia una psicología del ser (Encarta, 2000), más tarde en 1964 escribe Religiones, valores y experiencia cúspide (DiCaprio, 1997).
Es elegido presidente de la Asociación Americana de Psicólogos, en 1968. Un año más tarde, se traslada a la Fundación Laughlin en Menlo Park, California (Dushkin, 2000).
Posteriormente, en 1970, publica Motivación y personalidad (Dushkin, 2000). Un año más tarde, escribe La amplitud potencial de la naturaleza humana (Encarta, 2000).
Ése mismo año, muere de un ataque al corazón, el 8 de junio (Dushkin, 2000), a la edad de 62 años.
El proceso terapéutico por tanto lo centramos en restablecer el nivel de conciencia y la unidad interna.
Desde el enfoque humanista, gestaltico y psicocorporal nos centramos en tres aspectos; la toma de conciencia, la experiencia y la relación.
Conciencia: En terapia ayudamos a la persona a “darse cuenta” es decir, percatarse en el presente de sensaciones, sentimientos, ideas o fantasías. Desde aquí van apareciendo los bloqueos, evitaciones y distorsiones de la realidad implicados en los conflictos que se repiten.
Experiencia: Entendemos el encuentro terapéutico como un proceso por el que no solo se habla “acerca de” sino que creamos un espacio en el que la persona pueda vivir y experimentar con sus procesos internos o psicosomáticos. Esto se hace siempre respetando su ritmo y haciendo análisis e integración de los contenidos que van apareciendo.
Relación: Lo más importante en un proceso terapéutico es la relación paciente-terapeuta. Si pensamos que nuestro desarrollo quedó bloqueado o distorsionado al no haber encontrado el apoyo adecuado para nuestras características y potenciales, el proceso de crecimiento tiene que venir de la mano de una relación de empatía, confianza y apertura. Nos interesa que cada persona que pide ayuda encuentre un espacio que le permita mostrarse y “ser quien es” tanto en sus aspectos mas defensivos como en su parte mas saludable.
Abraham Harold Maslow nace el primer día de abril de 1908, en Brooklyn, Nueva York (Encarta, 2000). Tuvo seis hermanos más, de los cuales él era el mayor de todos. Sus padres eran inmigrantes rusos, sin educación y devotos de la religión judía, es por ellos que quisieron que sus hijos tuvieran todo lo mejor en América, es por ello que presionaron para que obtuvieran éxito académic; es por ello que Abraham se convierte en un niño solitario y refugiado en sus libros. (Boeree, 1997).
Primero estudia leyes, sólo para satisfacer a sus padres. Se casa con Bertha Goodman en contra de los deseos de sus padres, ya que ésta era una prima cercana. Tuvieron dos hijas. Se mudaron a Wisconsin y es aquí donde obtiene su doctorado en psicología en 1934, gracias a su estudio sobre el comportamiento primate (Dushkin, 2000), trabajo realizado junto a Harry Harlow (Boeree, 1997).
Trabaja como profesor en las Universidades de Wisconsin y Columbia (DiCaprio, 1997). En Columbia realiza trabajos con E. L. Thorndike, donde Maslow se interesa por la investigación sobre la sexualidad humana (Boeree, 1997).
Enseña, por los próximos 14 años, en Brooklyn, donde hace contactos con muchos inmigrantes europeos intelectuales, personas como Adler, Fromm, Horney, entre otros, la mayoría seguidores de la corriente gestáltica y psicoanalítica (Boeree, 1997).
En 1951, es asignado en la Universidad de Brandeis como presidente del Departamento de Psicología (DiCaprio, 1997), por 10 años, donde conoce a Kurt Goldstein.
Durante 1962, escribe Hacia una psicología del ser (Encarta, 2000), más tarde en 1964 escribe Religiones, valores y experiencia cúspide (DiCaprio, 1997).
Es elegido presidente de la Asociación Americana de Psicólogos, en 1968. Un año más tarde, se traslada a la Fundación Laughlin en Menlo Park, California (Dushkin, 2000).
Posteriormente, en 1970, publica Motivación y personalidad (Dushkin, 2000). Un año más tarde, escribe La amplitud potencial de la naturaleza humana (Encarta, 2000).
Ése mismo año, muere de un ataque al corazón, el 8 de junio (Dushkin, 2000), a la edad de 62 años.
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Humanismo,
Psicoterapia Integrativa
CItas para pensar
La anarquía está en todas partes cuando la responsabilidad no está en ninguna. Gustavo Le Bon
El mentiroso tiene dos males: que ni cree ni es creído. Baltasar Gracián
La biblioteca escolar habrá de ser un auténtico centro de recursos, un manantial eterno de información, de sugerencias, de actividades socioculturales y a la vez festivas, una fuente inagotable de herramientas para ampliar el conocimiento, y, al mismo tiempo, la cuna de la fantasía, el hogar de lo poético, el rincón de la palabra serena, la amistad, la libertad y los sueños. Kepa Osoro Iturbe
Aprender es descubrir que algo es posible. Fritz Perls
El insensato que reconoce su insensatez es un sabio. Pero un insensato que se cree sabio es, en verdad, un insensato. Buda
Aunque Cristo nazca mil o diez mil veces en Belén, de nada te valdrá si no nace por lo menos una vez en tu corazón. Angelo Silesio
La fuerza no proviene de la capacidad física sino de la voluntad indomable. Mahatma Gandhi
La Influencia de la Familia
Cuando un niño, un adolescente o un adulto viene a consulta acude con un bagaje previo, con una biografía. La psiquiatría académica ha obviado esto, así como la modificación de conducta donde el principio es que "Todo es conducta" y que la "Caja Negra no existe". Así se deja de lado lo que nos hace humanos, los sueños, los deseos, los proyectos existenciales, las vivencias sentimentales, los vínculos, las emociones. Existe trágicamente una dicotomía para la intervención en los problemas psíquicos que ya hace siglos desglosaba entre otros Jung, como pueden leer más abajo.
Ahora el paciente que tiene un problema psíquico y entra en la salud pública, se psiquiatriza en la mayor parte de los casos, muchas veces desde la atención primaria y se medicaliza. De forma tal que ese paciente se cronifica porque no puede elaborar, desglosar y entender la naturaleza de su dolor. Hay que decir que probablemente existen unos pocos trastornos que la psiquiatría académica ha absorbido como esencialmente biológicos, a saber, el trastorno bipolar y las esquizofrenias.
La evidencia científica dice que existe una gran heredabilidad genética en estos trastornos, pero formulemos una pregunta sencilla, con un papá que tiene un trastorno mental ustedes no creen que el medio ambiente que se proporciona a la criatura es menos sostenible que si no lo tuviera. No es una ecuación exacta. Pero las crisis del trastorno bipolar o de la esquizofrenia pueden provocar un entorno incómodo para la criatura. Y añado algo fundamental, esto sucede con personas que no padecen tan graves problemas psíquicos.
Día tras día en la consulta podemos ver a madres y padres que no tienen conciencia de haber proyectado sobre sus hijos un ideal y haber cercenado su gesto espontáneo, su creatividad, su auténtico self. Por citar otro ejemplo, podemos encontrarnos con una mujer masoquista que se casa con un estafador y luego con un alcohólico, se refugia en la religión y se victimiza porque su hija es manipuladora, chantajista y violenta. Esta madre no le ha puesto límites nunca a su hija, la hija ha aprendido a nivel observacional como diría Albert Bandura la actitud y conducta de la madre y la reproduce en su vida, chantajeando, manipulando y como diría un argentino "psicopateando" a la gente. El caso es que la hija consigue con la madre lo mismo que han conseguido todas las personas que se han relacionado intimamente con ella, tenerla humillada, asustada y ultrajada. No obstante ella se presenta en consulta como víctima y no asume su cuota de influencia en el desarrollo de su hija.
Yo, a diferencia de Vicente Garrido y Javier Urrra (en parte solo) no creo que los hijos nazcan con genes de "psicópatas", creo que eso es algo que se va construyendo y modelando a lo largo de la vida, y la experiencia psicoterápica así lo indica, bien distinto es lo que dicen los que se dedican a investigar en universidades, ajenos a la práctica clínica. El ambiente familiar es fundamental para el desarrollo armónico de la persona y las vivencias que haya podido tener son una base fuerte o endeble para su psiquismo, eso es la esencia de la fragilidad psíquica o un yo fuerte.
Os voy a poner otro ejemplo, una persona con muy buen fondo, una buena persona, afable y cariñosa pero enferma, sus padres le mandaron con sus tíos desde que él era un niño y sus tíos le maltrataron de una forma inexcusable y bárbara, dejándole cicatrices de gran tamaño. Él aprendió que hay que educar a los niños con violencia y a su hijo le gritaba al inicio de la psicoterapia, esto le asustaba a su mujer. Hay cuestiones que los fármacos no pueden tratar, la palabra puede hacer mucho daño si se emplea de manera sádica (si el terapeuta es un sádico, que no debería trabajar) y puede hacer mucho bien si el terapeuta es sensible, tiene empatía y está bien formado y tiene experiencia. Les pongo unos pocos ejemplos paradigmáticos porque la teoría ya la formula muy bien en el post anterior Sigmund Freud. Un abrazo, Rodrigo Córdoba Sanz.
Ahora el paciente que tiene un problema psíquico y entra en la salud pública, se psiquiatriza en la mayor parte de los casos, muchas veces desde la atención primaria y se medicaliza. De forma tal que ese paciente se cronifica porque no puede elaborar, desglosar y entender la naturaleza de su dolor. Hay que decir que probablemente existen unos pocos trastornos que la psiquiatría académica ha absorbido como esencialmente biológicos, a saber, el trastorno bipolar y las esquizofrenias.
La evidencia científica dice que existe una gran heredabilidad genética en estos trastornos, pero formulemos una pregunta sencilla, con un papá que tiene un trastorno mental ustedes no creen que el medio ambiente que se proporciona a la criatura es menos sostenible que si no lo tuviera. No es una ecuación exacta. Pero las crisis del trastorno bipolar o de la esquizofrenia pueden provocar un entorno incómodo para la criatura. Y añado algo fundamental, esto sucede con personas que no padecen tan graves problemas psíquicos.
Día tras día en la consulta podemos ver a madres y padres que no tienen conciencia de haber proyectado sobre sus hijos un ideal y haber cercenado su gesto espontáneo, su creatividad, su auténtico self. Por citar otro ejemplo, podemos encontrarnos con una mujer masoquista que se casa con un estafador y luego con un alcohólico, se refugia en la religión y se victimiza porque su hija es manipuladora, chantajista y violenta. Esta madre no le ha puesto límites nunca a su hija, la hija ha aprendido a nivel observacional como diría Albert Bandura la actitud y conducta de la madre y la reproduce en su vida, chantajeando, manipulando y como diría un argentino "psicopateando" a la gente. El caso es que la hija consigue con la madre lo mismo que han conseguido todas las personas que se han relacionado intimamente con ella, tenerla humillada, asustada y ultrajada. No obstante ella se presenta en consulta como víctima y no asume su cuota de influencia en el desarrollo de su hija.
Yo, a diferencia de Vicente Garrido y Javier Urrra (en parte solo) no creo que los hijos nazcan con genes de "psicópatas", creo que eso es algo que se va construyendo y modelando a lo largo de la vida, y la experiencia psicoterápica así lo indica, bien distinto es lo que dicen los que se dedican a investigar en universidades, ajenos a la práctica clínica. El ambiente familiar es fundamental para el desarrollo armónico de la persona y las vivencias que haya podido tener son una base fuerte o endeble para su psiquismo, eso es la esencia de la fragilidad psíquica o un yo fuerte.
Os voy a poner otro ejemplo, una persona con muy buen fondo, una buena persona, afable y cariñosa pero enferma, sus padres le mandaron con sus tíos desde que él era un niño y sus tíos le maltrataron de una forma inexcusable y bárbara, dejándole cicatrices de gran tamaño. Él aprendió que hay que educar a los niños con violencia y a su hijo le gritaba al inicio de la psicoterapia, esto le asustaba a su mujer. Hay cuestiones que los fármacos no pueden tratar, la palabra puede hacer mucho daño si se emplea de manera sádica (si el terapeuta es un sádico, que no debería trabajar) y puede hacer mucho bien si el terapeuta es sensible, tiene empatía y está bien formado y tiene experiencia. Les pongo unos pocos ejemplos paradigmáticos porque la teoría ya la formula muy bien en el post anterior Sigmund Freud. Un abrazo, Rodrigo Córdoba Sanz.
La Novela Familiar. Freud
La novela familiar del neurótico [1908]
Sigmund Freud
Cuando el individuo, a medida de su crecimiento, se libera de la autoridad de sus padres, incurre en una de las consecuencias más necesarias, aunque también una de las más dolorosas que el curso de su desarrollo le acarrea. Es absolutamente inevitable que dicha liberación se lleve a cabo, al punto que debe haber sido cumplida en determinada medida por todo aquel que haya alcanzado un estado normal. Hasta el progreso mismo de la sociedad reposa esencialmente sobre esta oposición de las generaciones sucesivas. Por otra parte, existe cierta clase de neuróticos cuyo estado se halla evidentemente condicionado por el fracaso ante dicha tarea.
Para el niño pequeño los padres son, al principio, la única autoridad y la fuente de toda fe. El deseo más intenso y decisivo de esos años infantiles es el de llegar a parecérseles -es decir, al progenitor del propio sexo-; el deseo de llegar a ser grande, como el padre y la madre. Pero a medida que progresa el desarrollo intelectual es inevitable que el niño descubra poco a poco las verdaderas categorías a las cuales sus padres pertenecen. Conoce a otros padres, los compara con los propios y llega así a dudar de las cualidades únicas e incomparables que les había adjudicado. Pequeñas experiencias de su vida infantil, que despiertan en él un sentimiento de disconformidad, lo incitan a emprender la crítica de los padres y a aprovechar, en apoyo de esta actitud contra ellos, la ya adquirida noción de que otros padres son, en muchos sentidos, preferibles a los suyos. La psicología de las neurosis nos ha enseñado que a este resultado coadyuvan, entre otros factores, los más intensos impulsos de rivalidad sexual. Las ocasiones que los motivan tienen por tema evidente el sentimiento de ser despreciado. Son frecuentísimas las oportunidades en las cuales el niño es menospreciado o en que por lo menos se siente menospreciado, en las cuales siente que no recibe el pleno amor de sus padres o, principalmente, lamenta tener que compartirlo con hermanos y hermanas. La sensación de que su propio afecto no es plenamente retribuido se desahoga entonces en la idea, a menudo conscientemente recordada desde la más temprana infancia, de ser un hijastro o un hijo adoptivo. Numerosas personas que no han llegado a la neurosis recuerdan a menudo ocasiones de esta especie, en las cuales, influidos generalmente por alguna lectura, interpretaron así las actitudes hostiles de los padres y reaccionaron en consecuencia. Ya aquí se evidencia, empero, la influencia del sexo, pues el varón se inclina mucho más a desplegar impulsos hostiles contra el padre que contra la madre, y mucho más también a liberarse de aquél que de ésta. A este respecto, la actividad imaginativa de la niña tiende a ser mucho más atenuada. Estos impulsos psíquicos de la infancia, conscientemente recordados, nos ofrecen el factor que ha de permitirnos comprender el mito [del nacimiento del héroe].
Este incipiente extrañamiento de los padres, que puede designarse como novela familiar de los neuróticos, continúa con una nueva fase evolutiva que raramente subsiste en el recuerdo consciente, pero que casi siempre puede ser revelada por el psicoanálisis. En efecto, tanto la esencia misma de la neurosis como la de todo talento superior tienen por rasgo característico una actividad imaginativa de particular intensidad que, manifestada primero en los juegos infantiles, domina más tarde, hacia la época prepuberal, todo el tema de las relaciones familiares. Un ejemplo característico de este tipo particular de fantasías lo hallamos en el conocido ensueño diurno, que persiste mucho más allá de la pubertad. Examinando detenidamente estos sueños diurnos, compruébase que sirven a la realización de deseos y a la rectificación de las experiencias cotidianas, persiguiendo principalmente dos objetivos: el erótico y el ambicioso, aunque tras este último suele ocultarse también el fin erótico. Hacia la época mencionada, la imaginación del niño se dedica, pues, a la tarea de liberarse de los padres menospreciados y a reemplazarlos por otros, generalmente de categoría social más elevada. En esta relación el niño aprovechará cualquier coincidencia oportuna que le ofrezcan sus experiencias reales -como los encuentros con el señor feudal o el terrateniente, si vive en el campo, o con algún dignatario o aristócrata en la ciudad-, despertando dichas vivencias casuales la envidia del niño, que luego se expresa en la fantasía de sustituir al padre y a la madre por otros más encumbrados. La técnica aplicada para realizar tales fantasías -que en ese período son, por supuesto, conscientes- depende de la habilidad y del material que el niño encuentre a su disposición. También es importante considerar si las fantasías son elaboradas con mayor o menor afán de verosimilitud. Esta fase se alcanza en una época en la cual el niño ignora todavía las condiciones sexuales de la procreación.
Poco después, cuando el niño llega a conocer las múltiples vinculaciones sexuales entre el padre y la madre, cuando comprende que pater semper incertus est, mientras que la madre es certissima, la novela familiar experimenta una restricción peculiar: se limita en adelante a exaltar al padre, pero ya no duda del origen materno, aceptándolo como algo inalterable. Esta segunda fase (sexual) de la novela familiar es sustentada asimismo por otra motivación que falta en la primera fase (asexual). Con el conocimiento de los procesos sexuales surge en el niño la tendencia a imaginarse situaciones y relaciones eróticas, tendencia que es impulsada por el deseo de colocar a la madre -objeto de la más intensa curiosidad sexual- en situaciones de secreta infidelidad y de relaciones amorosas ocultas. De tal modo aquellas primeras fantasías, en cierto modo asexuales, se ponen a la altura de los nuevos conocimientos adquiridos.
Además, el tema de la venganza y de la ley del talión, que en la fase anterior ocupaba el primer plano, reaparece también aquí. Por regla general, estos niños neuróticos son precisamente aquellos que fueron castigados por sus padres para corregir sus hábitos sexuales y que ahora se vengan de ellos mediante tales fantasías.
Los hermanos menores son los que más particularmente tienden a utilizar estas creaciones imaginativas para privar a los hermanos mayores de sus prerrogativas (igual que sucede en las intrigas históricas) y a menudo no vacilan en adjudicar a la madre tantas relaciones amorosas ficticias como competidores fraternos encuentran. Puede darse entonces una interesante versión de esta novela familiar, en la cual su protagonista y autor vuelve a reclamar la legitimidad para sí mismo, mientras que elimina a los hermanos y hermanas, proclamándolos ilegítimos. Otros intereses particulares pueden orientar asimismo la novela familiar, cuyas múltiples facetas y cuya vasta aplicabilidad la tornan accesible a toda clase de tendencias. Así, por ejemplo, el pequeño fantaseador puede eliminar la prohibitiva relación de parentesco con una hermana a la cual se siente sexualmente atraído.
Quien se sienta inclinado a apartarse con horror de esta depravación del alma infantil, y aun esté tentado de negar que tales cosas sean posibles, habrá de tener en cuenta que todas estas obras de ficción, aparentemente tan plenas de hostilidad, no son en realidad tan malévolas, y hasta conservan bajo tenue disfraz, todo el primitivo afecto del niño por sus padres. La infidelidad y la ingratitud son sólo aparentes, pues si se examina en detalle la más común de estas fantasías novelescas, es decir, la sustitución de ambos padres, o sólo del padre, por personajes más encumbrados, se advertirá que todos estos nuevos padres aristocráticos están provistos de atributos derivados exclusivamente de recuerdos reales de los verdaderos y humildes padres, de modo que en realidad el niño no elimina al padre, sino que lo exalta. Más aún: todo ese esfuerzo por reemplazar al padre real con uno superior es sólo la expresión de la añoranza que el niño siente por aquel feliz tiempo pasado, cuando su padre le parecía el más noble y fuerte de los hombres, y su madre, la más amorosa y bella mujer. Del padre que ahora conoce se aparta hacia aquel en quien creyó durante los primeros años de la infancia; su fantasía no es, en el fondo, sino la expresión de su pesar por haber perdido esos días tan felices. Así, en estas fantasías vuelve a recuperar su plena vigencia la sobrevaloración que caracteriza los primeros años de la infancia. El estudio de los sueños ofrece una interesante contribución a dicho tema, pues su interpretación enseña que, incluso en años avanzados, cuando en un sueño aparecen las figuras encumbradas del emperador y de la emperatriz, ellas representan siempre al padre y a la madre del soñante. De donde la sobrevaloración infantil de los padres subsiste asimismo en los sueños de los adultos normales.
(Traducción de Luis López-Ballesteros y de Torres)
Sigmund Freud
Cuando el individuo, a medida de su crecimiento, se libera de la autoridad de sus padres, incurre en una de las consecuencias más necesarias, aunque también una de las más dolorosas que el curso de su desarrollo le acarrea. Es absolutamente inevitable que dicha liberación se lleve a cabo, al punto que debe haber sido cumplida en determinada medida por todo aquel que haya alcanzado un estado normal. Hasta el progreso mismo de la sociedad reposa esencialmente sobre esta oposición de las generaciones sucesivas. Por otra parte, existe cierta clase de neuróticos cuyo estado se halla evidentemente condicionado por el fracaso ante dicha tarea.
Para el niño pequeño los padres son, al principio, la única autoridad y la fuente de toda fe. El deseo más intenso y decisivo de esos años infantiles es el de llegar a parecérseles -es decir, al progenitor del propio sexo-; el deseo de llegar a ser grande, como el padre y la madre. Pero a medida que progresa el desarrollo intelectual es inevitable que el niño descubra poco a poco las verdaderas categorías a las cuales sus padres pertenecen. Conoce a otros padres, los compara con los propios y llega así a dudar de las cualidades únicas e incomparables que les había adjudicado. Pequeñas experiencias de su vida infantil, que despiertan en él un sentimiento de disconformidad, lo incitan a emprender la crítica de los padres y a aprovechar, en apoyo de esta actitud contra ellos, la ya adquirida noción de que otros padres son, en muchos sentidos, preferibles a los suyos. La psicología de las neurosis nos ha enseñado que a este resultado coadyuvan, entre otros factores, los más intensos impulsos de rivalidad sexual. Las ocasiones que los motivan tienen por tema evidente el sentimiento de ser despreciado. Son frecuentísimas las oportunidades en las cuales el niño es menospreciado o en que por lo menos se siente menospreciado, en las cuales siente que no recibe el pleno amor de sus padres o, principalmente, lamenta tener que compartirlo con hermanos y hermanas. La sensación de que su propio afecto no es plenamente retribuido se desahoga entonces en la idea, a menudo conscientemente recordada desde la más temprana infancia, de ser un hijastro o un hijo adoptivo. Numerosas personas que no han llegado a la neurosis recuerdan a menudo ocasiones de esta especie, en las cuales, influidos generalmente por alguna lectura, interpretaron así las actitudes hostiles de los padres y reaccionaron en consecuencia. Ya aquí se evidencia, empero, la influencia del sexo, pues el varón se inclina mucho más a desplegar impulsos hostiles contra el padre que contra la madre, y mucho más también a liberarse de aquél que de ésta. A este respecto, la actividad imaginativa de la niña tiende a ser mucho más atenuada. Estos impulsos psíquicos de la infancia, conscientemente recordados, nos ofrecen el factor que ha de permitirnos comprender el mito [del nacimiento del héroe].
Este incipiente extrañamiento de los padres, que puede designarse como novela familiar de los neuróticos, continúa con una nueva fase evolutiva que raramente subsiste en el recuerdo consciente, pero que casi siempre puede ser revelada por el psicoanálisis. En efecto, tanto la esencia misma de la neurosis como la de todo talento superior tienen por rasgo característico una actividad imaginativa de particular intensidad que, manifestada primero en los juegos infantiles, domina más tarde, hacia la época prepuberal, todo el tema de las relaciones familiares. Un ejemplo característico de este tipo particular de fantasías lo hallamos en el conocido ensueño diurno, que persiste mucho más allá de la pubertad. Examinando detenidamente estos sueños diurnos, compruébase que sirven a la realización de deseos y a la rectificación de las experiencias cotidianas, persiguiendo principalmente dos objetivos: el erótico y el ambicioso, aunque tras este último suele ocultarse también el fin erótico. Hacia la época mencionada, la imaginación del niño se dedica, pues, a la tarea de liberarse de los padres menospreciados y a reemplazarlos por otros, generalmente de categoría social más elevada. En esta relación el niño aprovechará cualquier coincidencia oportuna que le ofrezcan sus experiencias reales -como los encuentros con el señor feudal o el terrateniente, si vive en el campo, o con algún dignatario o aristócrata en la ciudad-, despertando dichas vivencias casuales la envidia del niño, que luego se expresa en la fantasía de sustituir al padre y a la madre por otros más encumbrados. La técnica aplicada para realizar tales fantasías -que en ese período son, por supuesto, conscientes- depende de la habilidad y del material que el niño encuentre a su disposición. También es importante considerar si las fantasías son elaboradas con mayor o menor afán de verosimilitud. Esta fase se alcanza en una época en la cual el niño ignora todavía las condiciones sexuales de la procreación.
Poco después, cuando el niño llega a conocer las múltiples vinculaciones sexuales entre el padre y la madre, cuando comprende que pater semper incertus est, mientras que la madre es certissima, la novela familiar experimenta una restricción peculiar: se limita en adelante a exaltar al padre, pero ya no duda del origen materno, aceptándolo como algo inalterable. Esta segunda fase (sexual) de la novela familiar es sustentada asimismo por otra motivación que falta en la primera fase (asexual). Con el conocimiento de los procesos sexuales surge en el niño la tendencia a imaginarse situaciones y relaciones eróticas, tendencia que es impulsada por el deseo de colocar a la madre -objeto de la más intensa curiosidad sexual- en situaciones de secreta infidelidad y de relaciones amorosas ocultas. De tal modo aquellas primeras fantasías, en cierto modo asexuales, se ponen a la altura de los nuevos conocimientos adquiridos.
Además, el tema de la venganza y de la ley del talión, que en la fase anterior ocupaba el primer plano, reaparece también aquí. Por regla general, estos niños neuróticos son precisamente aquellos que fueron castigados por sus padres para corregir sus hábitos sexuales y que ahora se vengan de ellos mediante tales fantasías.
Los hermanos menores son los que más particularmente tienden a utilizar estas creaciones imaginativas para privar a los hermanos mayores de sus prerrogativas (igual que sucede en las intrigas históricas) y a menudo no vacilan en adjudicar a la madre tantas relaciones amorosas ficticias como competidores fraternos encuentran. Puede darse entonces una interesante versión de esta novela familiar, en la cual su protagonista y autor vuelve a reclamar la legitimidad para sí mismo, mientras que elimina a los hermanos y hermanas, proclamándolos ilegítimos. Otros intereses particulares pueden orientar asimismo la novela familiar, cuyas múltiples facetas y cuya vasta aplicabilidad la tornan accesible a toda clase de tendencias. Así, por ejemplo, el pequeño fantaseador puede eliminar la prohibitiva relación de parentesco con una hermana a la cual se siente sexualmente atraído.
Quien se sienta inclinado a apartarse con horror de esta depravación del alma infantil, y aun esté tentado de negar que tales cosas sean posibles, habrá de tener en cuenta que todas estas obras de ficción, aparentemente tan plenas de hostilidad, no son en realidad tan malévolas, y hasta conservan bajo tenue disfraz, todo el primitivo afecto del niño por sus padres. La infidelidad y la ingratitud son sólo aparentes, pues si se examina en detalle la más común de estas fantasías novelescas, es decir, la sustitución de ambos padres, o sólo del padre, por personajes más encumbrados, se advertirá que todos estos nuevos padres aristocráticos están provistos de atributos derivados exclusivamente de recuerdos reales de los verdaderos y humildes padres, de modo que en realidad el niño no elimina al padre, sino que lo exalta. Más aún: todo ese esfuerzo por reemplazar al padre real con uno superior es sólo la expresión de la añoranza que el niño siente por aquel feliz tiempo pasado, cuando su padre le parecía el más noble y fuerte de los hombres, y su madre, la más amorosa y bella mujer. Del padre que ahora conoce se aparta hacia aquel en quien creyó durante los primeros años de la infancia; su fantasía no es, en el fondo, sino la expresión de su pesar por haber perdido esos días tan felices. Así, en estas fantasías vuelve a recuperar su plena vigencia la sobrevaloración que caracteriza los primeros años de la infancia. El estudio de los sueños ofrece una interesante contribución a dicho tema, pues su interpretación enseña que, incluso en años avanzados, cuando en un sueño aparecen las figuras encumbradas del emperador y de la emperatriz, ellas representan siempre al padre y a la madre del soñante. De donde la sobrevaloración infantil de los padres subsiste asimismo en los sueños de los adultos normales.
(Traducción de Luis López-Ballesteros y de Torres)
martes, 7 de febrero de 2012
Psicosis. Menassa
Antes del psicoanálisis, antes que el psicoanálisis se ocupara de la locura (más o menos desde 1907) los tratamientos de la misma se dividían en dos: los que maltrataban al paciente psicótico, haciéndole responsable directo y total de sus padecimientos y los que bien trataban al paciente psicótico, haciéndole irresponsable de todos sus padecimientos.
Tanto en una como en otra forma (de manera diversa) el paciente quedaba aislado. Si era culpable, se lo condenaba a la soledad, con lo cual se ahondaba uno de sus problemas (el rechazo primordial de lo Otro). Y si era inocente, se lo acompañaba demasiado, con lo cual se ahondaba otro de sus problemas (no poder discriminarse del Otro como otro).
Debemos decir que es el psicoanálisis el que viene a plantear las cosas de tal manera que no habría tratamiento psicoanalítico de la psicosis antes que el paciente establezca un lazo (de cualquier signo o color) con el que de esa forma habría sido su psicoanalista. Si hay psicoanalista, decimos, aunque sea uno, el loco ya no está solo. Ha comenzado, también, para la locura una conversación.
No hay crueldad más cruel que la locura. Ni hay bondad ni amor que puedan contenerla. Es, sencillamente la palabra, la que tocada por el lazo establecido quitará al psicótico lo que le sobra.
Ya que es precisamente por no faltarle nada, que lo único que se significa en él es el deseo de una madre totipotente y sin fallas, ya que es él, precisamente, el colgajo que la completa.
En el psicótico el Otro no está fuera del cuerpo de su madre, él mismo no está fuera del cuerpo de la madre. En el psicótico hay algo único, completo, inmortal. Es esa unidad, ese paraíso casi sin voz, lo que el psicótico defiende con uñas y dientes y no ha de ser tarea fácil arrancar al psicótico del cuerpo de su madre, porque eso significa, exactamente, arrancar al sujeto de los brazos de la especie y herirlo de tal manera, que por esa herida abierta al inconsciente será sexuado y morirá.
No se trata de la forclusión (rechazo) del tres edípico, que hasta los animales tienen de eso representación, sino de la condición de mortal del ser humano. Aquel vacío que introduce en el sujeto cuarto como muerte. Esa rajadura que anuncia que todo ha de terminar algún día, eso es lo que el sujeto forcluye (rechaza). No al Otro, porque del lenguaje se sigue tratando, sino la metáfora que al sustituir el deseo de la madre por el nombre del padre o bien la inmortalidad por el goce, desprende al sujeto psíquico de la especie y lo mata.
Y esto tal vez plantee uno de los problemas más importantes en la clínica de la psicosis ya que todo hombre, por más psicoanalista que sea, o que lo pretenda, queda atrapado de una u otra manera en la promesa de la psicosis, que no es otra que la promesa de la inmortalidad que, además, transcurriría en plena libertad.
Ese ha de ser el psicoanalista de la locura y no vengo a deciros que ha de ser un poeta el que lo consiga, sino la poesía misma (como función poética) al borde mismo de la locura, podrá descifrarla y darle un destino dentro de los destinos de la palabra.
Quiero decir que es como psicoanalista que me presento en el territorio de la locura, ya que no es del saber que no se consume. Lo que parece no consumirse en el territorio de la locura es un psicoanálisis que arrase no sólo la vida del psicoanalista, sino también la vida del paciente. Un psicoanálisis donde el psicoanalista, más allá de su condición de asalariado, no se someta hasta el límite de no poder cumplir ya con la función.
Función que de devenir como tal, tendrá mi deseo en eso, porque sólo el deseo de quien se ocupa de eso, es la función.
Y si eso de ser la función invade eso de no ser nada en mí, mi deseo será social cada vez que le cuadre expresarse. Y cuando digo social, quiero decir que en su expresión no me dará el ser que ambiciono en el movimiento sino, por el contrario, aquel otro ser temido por ser deseo de Otro y que de ustedes ha partido, porque la función no habla, sólo desea. Y sordo es el desear de la función, ya que ella nada desea para sí, sino para la retórica que la crea como tal.
El psicótico nos propone ser un potro salvaje en plena libertad para siempre y ¿quién no quiere ser un potro salvaje en plena libertad para siempre?
Alguien que pueda contestar, yo soy ese potro salvaje, que no quiero serlo. Tengo plena libertad de hablar pero estoy dispuesto a perderla para escucharlo.
Alguien que pueda decirle al psicótico que no hay nada que dure tanto como las estrellas y, sin embargo, no siempre son las mismas.
Tanto en una como en otra forma (de manera diversa) el paciente quedaba aislado. Si era culpable, se lo condenaba a la soledad, con lo cual se ahondaba uno de sus problemas (el rechazo primordial de lo Otro). Y si era inocente, se lo acompañaba demasiado, con lo cual se ahondaba otro de sus problemas (no poder discriminarse del Otro como otro).
Debemos decir que es el psicoanálisis el que viene a plantear las cosas de tal manera que no habría tratamiento psicoanalítico de la psicosis antes que el paciente establezca un lazo (de cualquier signo o color) con el que de esa forma habría sido su psicoanalista. Si hay psicoanalista, decimos, aunque sea uno, el loco ya no está solo. Ha comenzado, también, para la locura una conversación.
No hay crueldad más cruel que la locura. Ni hay bondad ni amor que puedan contenerla. Es, sencillamente la palabra, la que tocada por el lazo establecido quitará al psicótico lo que le sobra.
Ya que es precisamente por no faltarle nada, que lo único que se significa en él es el deseo de una madre totipotente y sin fallas, ya que es él, precisamente, el colgajo que la completa.
En el psicótico el Otro no está fuera del cuerpo de su madre, él mismo no está fuera del cuerpo de la madre. En el psicótico hay algo único, completo, inmortal. Es esa unidad, ese paraíso casi sin voz, lo que el psicótico defiende con uñas y dientes y no ha de ser tarea fácil arrancar al psicótico del cuerpo de su madre, porque eso significa, exactamente, arrancar al sujeto de los brazos de la especie y herirlo de tal manera, que por esa herida abierta al inconsciente será sexuado y morirá.
No se trata de la forclusión (rechazo) del tres edípico, que hasta los animales tienen de eso representación, sino de la condición de mortal del ser humano. Aquel vacío que introduce en el sujeto cuarto como muerte. Esa rajadura que anuncia que todo ha de terminar algún día, eso es lo que el sujeto forcluye (rechaza). No al Otro, porque del lenguaje se sigue tratando, sino la metáfora que al sustituir el deseo de la madre por el nombre del padre o bien la inmortalidad por el goce, desprende al sujeto psíquico de la especie y lo mata.
Y esto tal vez plantee uno de los problemas más importantes en la clínica de la psicosis ya que todo hombre, por más psicoanalista que sea, o que lo pretenda, queda atrapado de una u otra manera en la promesa de la psicosis, que no es otra que la promesa de la inmortalidad que, además, transcurriría en plena libertad.
Ese ha de ser el psicoanalista de la locura y no vengo a deciros que ha de ser un poeta el que lo consiga, sino la poesía misma (como función poética) al borde mismo de la locura, podrá descifrarla y darle un destino dentro de los destinos de la palabra.
Quiero decir que es como psicoanalista que me presento en el territorio de la locura, ya que no es del saber que no se consume. Lo que parece no consumirse en el territorio de la locura es un psicoanálisis que arrase no sólo la vida del psicoanalista, sino también la vida del paciente. Un psicoanálisis donde el psicoanalista, más allá de su condición de asalariado, no se someta hasta el límite de no poder cumplir ya con la función.
Función que de devenir como tal, tendrá mi deseo en eso, porque sólo el deseo de quien se ocupa de eso, es la función.
Y si eso de ser la función invade eso de no ser nada en mí, mi deseo será social cada vez que le cuadre expresarse. Y cuando digo social, quiero decir que en su expresión no me dará el ser que ambiciono en el movimiento sino, por el contrario, aquel otro ser temido por ser deseo de Otro y que de ustedes ha partido, porque la función no habla, sólo desea. Y sordo es el desear de la función, ya que ella nada desea para sí, sino para la retórica que la crea como tal.
El psicótico nos propone ser un potro salvaje en plena libertad para siempre y ¿quién no quiere ser un potro salvaje en plena libertad para siempre?
Alguien que pueda contestar, yo soy ese potro salvaje, que no quiero serlo. Tengo plena libertad de hablar pero estoy dispuesto a perderla para escucharlo.
Alguien que pueda decirle al psicótico que no hay nada que dure tanto como las estrellas y, sin embargo, no siempre son las mismas.
De una persona que quiero
Y cuando llegue el día del último viaje,
y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo, ligera de equipaje,
,casi desnuda, como los hijos del mar.
Antonio Machado.
y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo, ligera de equipaje,
,casi desnuda, como los hijos del mar.
Antonio Machado.
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