
La obsesividad es una función que puede y funciona para conectar con un pensamiento racional los contenidos emocionales que colapsan la tolerancia anímica del sujeto pensante. Por ello, es sorprendente cómo somos capaces de elaborar, como apuntó Ernest Jones con el concepto de “racionalización”, alambicados argumentos para explicar motivaciones subyacentes de pigmentación claramente afectiva. De esta forma la aislamos de contenido emocional, la controlamos y evitamos conectar directamente con esa zona peligrosa que puede ponernos en el límite del miedo al derrumbe. Es allí, donde la desintegración se avecina, o su miedo colindante, cuando la racionalización (mecanismo de defensa por el que se tiende a dar una explicación lógica a los sentimientos, pensamientos o conductas que de otro modo provocarían ansiedad o sentimientos de inferioridad o de culpa), y la intelectualización (el individuo se enfrenta a conflictos emocionales y amenazas de origen interno o externo generalizando o implicándose en pensamientos excesivamente abstractos para controlar o minimizar sentimientos que le causan malestar). Dichos procesos son potentes recursos que nos distancian de nuestros sentimientos y evitan, al mismo tiempo el colapso, el funcionar de esa manera es un indicador de alarma, de un aparato defensivo grueso, resultado de un mundo interno alborotado pero hay que ser cautelosos en su desmantelamiento porque esos recursos cuando existen y son duraderos, como señas de identidad, pueden efectivamente, desorganizar a la persona. Guárdenlos, consérvenlos, préstenles atención y tengan presente que pueden vivir sin dar explicación a cada bocanada de aire que toman, quizá puede resultar la vida un poco más fácil, sólo tal vez.